Emperatriz Abandonada – Capítulo 15: La villa real de verano (5)

Traducido por Lugiia

Editado por YukiroSaori


♦ ♦ ♦

Hace mil años, cuando existía la magia, se decía que el poder divino era tan fuerte que mientras cualquiera alcanzara la posición de sacerdote, podría utilizar el poder divino.

Sin embargo, en la actualidad, los únicos sacerdotes que podían demostrar tal poder eran los sumos sacerdotes de Vita, el Padre de la Vida. Solo había seis sumos sacerdotes en todo el continente. Tenían el poder divino desde su nacimiento según la voluntad de Dios, y su nacimiento se dio a conocer a todos por una profecía. Su poder divino ayudaba a maximizar la vitalidad de sus pacientes y era eficiente para tratar el veneno y las heridas, internas o externas. Además, los sumos sacerdotes no estaban interesados en la fama o la riqueza a pesar de estar en la cima de su orden religiosa. Esto se reflejaba en la forma en que eran conocidos por el público. En lugar de sus nombres reales, se les llamaba por orden de nacimiento: Primus, Secundus, Tertius, Quartus, Quintus y Sextus [1]. Cuando uno de ellos moría, sus nombres volvían a coincidir con su orden de nacimiento.

No permanecen mucho tiempo en un solo lugar y se mueven sin cesar, practicando la voluntad de Dios.

Por eso, por muy alto que fuera un noble, no siempre podían recibir tratamiento de un sumo sacerdote. Se decía en el templo que recibir tratamiento del sumo sacerdote y seguir viviendo, o no poder ser tratado y recorrer el camino de la muerte, eran parte de la voluntad de Vita.

Además, el emperador desconfiaba del poder de los sumos sacerdotes y temía lo que pudiera ocurrir si decidían inmiscuirse en asuntos políticos. Por ello, los sumos sacerdotes rara vez ponían un pie en el Imperio. Y a pesar del inmenso poder que poseía el templo, los nobles rara vez buscaban su ayuda porque temían la ira del emperador si eran descubiertos.

Dicho esto, un sumo sacerdote se encontraba en las cercanías, ya que había sido llamado a la capital debido a los rumores de que la salud del emperador se estaba debilitando. Ya que mi padre sabía esto, pudo hacer una petición formal al templo.

—Ah, usted es la Dama de la Profecía. Sea bendecida por Dios.

—Gracias, Su Eminencia.

Me hizo una ligera reverencia y luego sonrió un poco. Sus claros ojos amarillo-verdosos brillaban.

La Dama de la Profecía. No tuve más remedio que llamarme así hasta que apareciera Jieun.

Sin embargo, como sabía que el título no me pertenecía realmente, me resultaba un poco incómodo que se dirigieran a mí como tal. Así que solo pude sonreír torpemente.

—El aroma de las flores que florecen en la tierra del Padre de la Vida, Vita, le envuelve. Que su dolor sea entregado al Padre de la Vida, y que reciba el amor de la vida.

¿Qué clase de oración es esa?

De las manos del joven brotó una luz blanca.

Al mismo tiempo, el aroma de las flores llenó el aire en todas las direcciones. Abrí mucho los ojos al ser testigo del poder divino en acción por primera vez. Mientras llevaba su mano, que desprendía luz blanca, a mi brazo izquierdo, sus ojos amarillo-verdosos me sonrieron. Al instante, la profunda herida desapareció y apareció una nueva piel.

—Su Eminencia, el que necesita tratamiento no soy yo, sino el que está allí —dije.

—Como usted es la Dama de la Profecía, su tratamiento es nuestra prioridad.

—Pero…

Su mano rozó las heridas que cubrían mi cuerpo antes de tocar mi costado. Se inclinó profundamente y acercó su rostro a mi oído, susurrando suavemente:

—Estoy haciendo esto por mi propia voluntad, Pioneer. Deberías aceptarlo con gracia.

Me quedé helada ante lo que dijo.

Pioneer.

Era mi segundo nombre. Me había sido concedido por una profecía, que me otorgaba el derecho a suceder en el trono. Era el principal obstáculo que me impedía romper mi compromiso con el príncipe heredero, así como una posible semilla de conflicto con el emperador. Nadie más lo sabía.

Pioneer. Una pionera del destino.

Había olvidado el nombre. Nunca imaginé que volvería a oírlo.

Apenas logré mover mi lengua congelada y respondí en voz baja:

—No sé de qué está hablando.

—“Eres la única que recibe mi atención, aquella que rechaza su destino. El camino que sigues es tu destino, y lo que quieres es tu camino. Tu nombre significa Pionera del Destino, Aristia Pioneer La Monique”. ¿Aún va a decir que no lo sabe, Dama de la Profecía?

—¿Cómo sabe todo esto?

—Soy un sumo sacerdote, así como uno de los pocos que ha recibido una señal de Dios. —Todavía susurrando en voz baja, enderezó la espalda, sonriendo débilmente.

Ya veo.

Antes me había quedado tan desconcertada que no podía entender lo que estaba oyendo, pero cuando mis sentidos volvieron a estar presentes, era obvio que él estaba en una posición en la que podía tener acceso a la profecía. Además, si había recibido una señal de Dios, era evidente que conocía mi segundo nombre. Habría escuchado personalmente la voz de Dios resonando en su cabeza.

Las profecías de Vita eran un poco diferentes a las de otros dioses. Si los sumos sacerdotes, con una señal de Dios, rezaban fervientemente por su voluntad, oían la voz de Dios que les respondía. Así que cuando se daba una profecía, los que habían recibido la señal de Dios oían lo mismo al mismo tiempo.

Después de haber regresado a cuando tenía diez años, había visitado el templo en busca de una respuesta y recibido una profecía de Dios que me concedía un segundo nombre. Como habían crecido con una señal de Dios, los sumos sacerdotes habrían sido los pocos que habían recibido directamente la profecía también. Como tal, sería más extraño que no supieran lo del nombre Pioneer.

Sin embargo, saberlo era una cuestión diferente a decirlo. Había permanecido en silencio todo este tiempo, así que ¿por qué iba a mencionar de repente el nombre ahora, incluso cuando el emperador lo había prohibido? Estoy segura de que el emperador incluso había presionado al templo para que guardara silencio.

Cuando lo miré con desconfianza, sus ojos claros me volvieron a sonreír. El aroma de las flores que me hacía cosquillas en la nariz se hizo aún más fuerte.

—Todo listo, señorita.

—Gracias, Su Eminencia.

Terminó el tratamiento tocando la palma de mi mano que se había desgarrado mientras manejaba la espada, y sonrió finamente antes de marcharse.

Se dio la vuelta y se acercó a Carsein, e hizo un gesto con los ojos.

Un sirviente se acercó rápidamente y desató el vendaje alrededor del hombro de Carsein. Aunque había sido recién vendado hace un rato, la tela estaba empapada de sangre, lo que me hizo vibrar el corazón. Si no fuera por mí, no habría sido herido de esa manera.

Aunque antes había estado bien, sus ojos estaban vidriosos por la fiebre cuando saludó al sumo sacerdote.

—Es un placer conocerlo, Su Eminencia. Soy Carsein De Rass.

—Sea bendecido por Dios. —Su voz era bastante fría ahora, a diferencia de antes. Mientras examinaba el estado del hombro de Carsein, una luz blanca salió de la palma del sumo sacerdote.

Observé con nerviosismo cómo el sumo sacerdote trataba a Carsein.

Espero que pueda mejorar.

Solo después de un largo rato, el sumo sacerdote terminó de tratar a Carsein y se levantó con una expresión de cansancio.

—La herida es profunda. Tanto el músculo como el hueso estaban gravemente heridos. Aunque le he tratado con el poder divino, necesitará hacer ejercicios de rehabilitación durante mucho tiempo.

—Ya veo. Gracias.

¿Tiene que hacer ejercicios de rehabilitación?

A diferencia de mí, quien estaba sorprendida, Carsein asintió como si no le sorprendiera la valoración del sumo sacerdote. Parecía mucho más animado que antes, pero aún no podía alegrarme. ¿Significaba eso que no estaba completamente curado, a pesar de haber sido tratado con el poder divino?

—Su Eminencia, por los ejercicios de rehabilitación… ¿Significa eso que no está curado del todo?

—Ah, no necesariamente, señorita Aristia. Los músculos cortados se han vuelto a unir, pero no volverán a ser los mismos de antes de inmediato. Si descansa un par de meses, volverán a tener toda su fuerza.

—¿Es así? Qué alivio.

—La Dama de la Profecía tiene buen corazón. Es merecedora del amor de Dios.

—Gracias.

El amor de Dios, ¿eh? Aunque quería preguntar si Dios me amaba de verdad o no, sería inútil planteárselo al sumo sacerdote, quien no sabía nada de la situación.

Mientras temblaba un poco al expresar mi gratitud, el sumo sacerdote sonrió y retiró sus manos de las heridas de Carsein, diciendo:

—Todo listo.

—Gracias, Su Eminencia.

—De nada —respondió fríamente, antes de darse la vuelta.

Mi padre, quien estaba en la habitación desde que curó las heridas de Carsein, se inclinó.

El sumo sacerdote se inclinó también y habló con una voz suave y misteriosa.

—Sea bendecido con la vida, Lanza del Imperio. Soy Tertius, la tercera raíz de Vita.

—Veo que ha cambiado su nombre desde la última vez que nos vimos. Soy Keirean La Monique, el jefe de la casa Monique. Le agradezco su tratamiento. —En el caso del sumo sacerdote, si su nombre cambiaba, era de buena etiqueta volver a presentarse.

—Todo va según la voluntad de Dios. Aunque su voluntad pueda ser malinterpretada por muchos.

—Es una pena que los humanos sean tontos y no sepan interpretar correctamente su voluntad.

El sumo sacerdote sonrió ligeramente ante las palabras de mi padre.

Mi padre, quien le había mirado con calma, habló con respeto.

—Aunque es un poco tarde, si Su Eminencia lo permite, nos gustaría invitarle a cenar.

—Ah, me resulta difícil aceptar hoy.

—Lo comprendo.

—Pero nuestro encuentro fue por la voluntad de Dios. Así que señorita Aristia, ¿me permitirá otro encuentro con usted? Enviaré un mensaje.

—¿Perdone…?

¿Por qué me arrastra a esto de repente?

Cuando le miré sorprendida, dijo con una leve sonrisa:

—Solo iba a curar al caballero de allí. Requiero una compensación adicional por curarla a usted también, señorita Aristia.

—En ese caso, me aseguraré de pagar al templo.

—No. Deseo recibir el pago en forma de reunión, señorita Aristia.

—¿Su Eminencia…?

—Originalmente, iba a dejar el Imperio dentro de unos días, pero no perderé la oportunidad de pasar tiempo con la Dama de la Profecía.

Las cejas de mi padre se dispararon. Sentí los ojos de Carsein y del señor Seymour sobre mí.

¿Qué demonios quiere?

Aunque miré sus ojos claros y amarillo-verdosos, no pude leer nada. Solo sonreía débilmente.

Tragué un suspiro y asentí. Había querido evitar enredarme con el templo, pero no podía rechazarlo después de que me pusieran en un aprieto así.

El sumo sacerdote me miró y se inclinó ligeramente, dándose la vuelta y abandonando la sala sin más.

El sonido de su larga melena blanca, arrastrándose por el suelo, se hizo más silencioso mientras se alejaba.

—Lo siento, Su Excelencia. Parece que fue por mí que la casa Monique se involucró con el templo.

—No, solo no sé qué quiere. Le acompañaré fuera y volveré. Por favor, quédense aquí.

—Por supuesto.

—Entonces, informaré al príncipe heredero —dijo el señor Seymour.

—Cuídese, señor Seymour. Muchas gracias por lo de antes.

Me senté junto a Carsein, con la mirada perdida hacia mi padre y el señor Seymour mientras salían de la habitación.

¿Cómo podían ocurrir tantos asuntos complicados en un solo día?

Suspiré profundamente mientras Carsein sonreía y me miraba con los ojos brillantes.

—Por eso no puedo evitar llamarte pequeña —dijo.

—¿Qué?

—¿Cómo puedes sentarte así? No llevo camisa.

Me sonrojé al instante. Por reflejo, intenté levantarme, pero Carsein me detuvo, riéndose.

—Es demasiado tarde, señorita —dijo.

—Bien, entonces, ponte la camisa.

—¿No estás siendo demasiado fría, Tia? Aunque he sido curado por el poder divino, hace poco que mi hombro tenía un cuchillo clavado. ¿Cómo puedes decirme que me ponga una camisa por mi cuenta?

—Ah, lo siento. Te ayudaré.

Me levanté apresuradamente y tomé la camisa que descansaba sobre sus hombros. Le puse la camisa con cuidado, aunque no sabía por qué sonreía.

Mientras le ajustaba el cuello de la camisa y le abrochaba los gemelos de las mangas, Carsein me dio unas ligeras palmaditas en la cabeza y sonrió, como si me elogiara por un trabajo bien hecho, diciendo:

—Gracias.

—No, debería haber prestado más atención. ¿Está bien tu hombro?

—Me duele un poco cuando me muevo, pero eso es mejor que sangrar por todas partes.

De repente, me sentí triste. Si no fuera porque el sumo sacerdote estaba en el palacio, su hombro seguiría en un estado horrible. Le habían llamado genio de la espada; era el caballero más joven del Imperio y las expectativas de muchos pesaban sobre él. Casi perdió la capacidad de empuñar su espada para el resto de su vida por mi culpa.

—Lo siento, Carsein.

—¿Por qué?

—Te has visto envuelto en todo esto por mi culpa. Si no te hubiera visitado hace unos años…, no me habrías conocido y no habría ocurrido algo así.

Carsein me miró estupefacto y me atrajo a su lado mientras hablaba.

—Oye, eso es una tontería. —Aunque dijera eso, todavía no podía evitar sentir que todo era culpa mía—. Fue mi decisión quedarme a tu lado. Es cierto que tú acudiste a mí primero, pero fui yo quien te visitó incluso cuando te fuiste y actuaste como si no fueras a volver a verme. Además, fui yo quien te visitó de nuevo a pesar de que me echaste por maleducado y también quien te persiguió constantemente hasta la finca Monique.

—Eso fue por el acuerdo entre nuestras familias…

—¿No me conoces? No importaba que fuera una formalidad, si no hubiera querido hacerlo, no lo habría hecho. Yo era el que quería estar a tu lado. Fue mi decisión. Tia, no hay razón para que asumas la responsabilidad.

Estaba a punto de asentir, sintiéndome arrastrada por su actitud inflexible, cuando de repente me vino algo a la cabeza.

—Pero…

—¿Pero qué?

—Si no pudieras volver a empuñar una espada, no estarías diciendo eso ahora.

Se quedó en silencio un momento. Me miró, sumido en sus pensamientos, y sonrió.

—Bueno, está bien. Hay otra espada que me encanta.

—¿Cuál es esa?

Me miró perplejo mientras yo ladeaba la cabeza, y de repente me dio un golpecito en la frente. La froté con la mano derecha y le fruncí el ceño.

—¡Ay! Eso ha dolido. ¿Por qué ha sido eso? —exclamé.

—Soy un hombre. Y como tu superior, ¿cómo podría volver a mostrar mi cara si no pudiera protegerte? Si hubiera sobrevivido y tú no, habría dejado de empuñar la espada por vergüenza. ¿Entendido?

Me sentí abrumada y solo le miré fijamente.

—Así que deja de culparte. Y tú estás bien, ¿verdad?

—Sí.

—De acuerdo. Entonces, todo está bien. —Se echó el cabello hacia atrás con una suave sonrisa. De alguna manera, parecía no estar familiarizado con esta situación. Si no me hubiera protegido dos veces durante el repentino ataque, habría muerto.

Sonreí con gratitud mientras miraba a este joven que parecía haber crecido de repente.

—Gracias, Carsein.

—De nada, señorita. —Me sonrió.

Mientras nos mirábamos, sonriendo, otra voz se interpuso de repente.

—Yo también quiero darle las gracias, señor Carsein. Gracias por salvar a mi hija.

Carsein respondió tranquilamente a mi padre, quien acababa de regresar, como si no hubiera pasado nada:

—Solo hice lo correcto, Su Excelencia.

Mi padre miró a Carsein con ojos pensativos y habló.

—¿Cenará con nosotros?

—Por supuesto. Gracias por la invitación.

—Estupendo. Entonces, bajemos juntos.

Seguí a los dos, quienes caminaban hombro a hombro. Aunque esta situación no me resultaba familiar, pensé que era bastante divertido y tranquilizador estar con ellos dos en este momento.

Son inesperadamente muy parecidos.

Eso fue todo. Tal vez como ambos eran caballeros, aunque eran opuestos en apariencia y personalidad, parecían extrañamente parecidos.

♦ ♦ ♦

—¿Puede explicarme cómo sucedió esto, señor Carsein?

—¿Conoce al señor Feathen del Segundo Escuadrón de Caballeros? El ataque ocurrió cuando volvíamos de visitar su casa.

—Hmm.

—Como aún no tengo experiencia, al bloquear el primer ataque, me hirieron. Aunque de alguna manera conseguimos acabar con la mitad de ellos, si los guardias reales no hubieran aparecido, probablemente ambos habríamos muerto o estaríamos gravemente heridos.

Ante las palabras de Carsein, mi padre dejó el tenedor y asintió mientras hablaba.

—Ya veo. Parece que hemos bajado la guardia desde que las cosas han estado tranquilas durante un tiempo. Aunque no sé por qué han elegido precisamente ahora para atacar a Tia… Bueno, de todos modos, permíteme agradecerle una vez más.

—De nada. Aristia también es muy valiosa para mí, así que creo que debo disculparme por no haberla protegido adecuadamente.

—¿Oh? —Sus ojos azul marino se hundieron con frialdad y miraron fijamente a Carsein. Sin embargo, Carsein no reaccionó ante la fría actitud de mi padre. En cambio, sus labios se curvaron débilmente mientras miraba a mi padre. Los sirvientes y las doncellas se sorprendieron de la actitud tensa de los dos hombres y dudaron en servir el siguiente plato.

¿Debería detenerlos?

Cuando estaba a punto de abrir la boca, mi padre sonrió débilmente.

—¿Cuánto tiempo dijeron que duraría la rehabilitación?

—Alrededor de uno o dos meses, pero creo que un mes será suficiente.

—Ya veo. —Mi padre asintió y continuó—. Ven a buscarme cuando termine. Pagaré mi parte del trato que hicimos hace años.

—¿Se refiere al entrenamiento por su habilidad con la espada?

—Sí. Puede venir una o dos veces por semana y recibir mis enseñanzas. Podemos hacer coincidir nuestros horarios.

—¡Lo haré, Su Excelencia!

Mi padre sonrió finalmente a Carsein, quien parecía muy feliz. Había desaparecido la energía asesina de antes, y los dos comenzaron a charlar sobre los escuadrones de caballeros. Mirándolos, pensé en todas las preocupaciones que había tenido durante el día.

Pioneer, la pionera del destino…

El sumo sacerdote me había recordado el segundo nombre que había olvidado todo este tiempo, y pensé en los destinos que se habían torcido por haber rechazado mi destino establecido. Aunque quería ser considerada con ellos, y aunque mi corazón estaba agobiado por la culpa, no tenía elección. Lo más importante para mí era escapar de mi vida pasada.

Cuando la cena terminó en un ambiente amistoso, acompañé a Carsein fuera de la mansión mientras regresaba a su casa. La casa Rass había sido informada antes y su carruaje esperaba en la entrada.

—Llega bien a casa, Carsein.

—Lo haré. Debes estar conmocionada por esta noche. Asegúrate de descansar. —Sonrió y me dio unas ligeras palmaditas en el hombro, luego subió al carruaje.

Siento haberte enredado en mis asuntos, Carsein.

Me di la vuelta después de ver cómo el carruaje desaparecía por el oscuro camino. Un momento después, vi que otro carruaje se acercaba rápidamente por el lado opuesto. Me detuve en seco. Me había fijado en el emblema tallado en el carruaje especialmente llamativo.

Era un león rugiente, el emblema de la familia imperial.

¿Por qué está aquí el carruaje de la familia imperial?

Las ruedas que giraban rápidamente se detuvieron y la puerta se abrió de golpe.

Mis ojos se abrieron de par en par al ver a la persona que descendía apresuradamente del carruaje. Cabello azul frío y ropa blanca como la nieve. Era el príncipe heredero.

—¡Su Alteza, el Futuro Sol del Imperio!

El príncipe heredero pareció confundido por un momento.

—¿Por qué está aquí? He oído que ha ocurrido algo horrible.

—Ah, estaba enviando a un invitado de regreso…

—Ya veo. —Guardó silencio un momento antes de hablar—. He oído que le atacaron de repente y que casi le hirieron gravemente.

—Sí, Su Alteza. En efecto, hubo una situación desafortunada.

—¿Está bien?

—Lo siento, Su Alteza. Sabía que el emperador desconfiaba de ellos, pero pedí la ayuda del templo para el tratamiento. Por favor, perdóneme.

Se quedó callado por un momento. Parecía que estaba enfadado porque yo había recibido la ayuda del sumo sacerdote cuando debería haber dado ejemplo desconfiando del templo.

Me miró en silencio mientras intentaba leerle.

—Usted… —comenzó a decir.

—¿Sí, Su Alteza?

—¿Creía que me enfadaría por recibir ayuda del templo?

—¿Su Alteza?

Su voz parecía enfadada mientras sus ojos temblaban ligeramente. Pensando que había hecho algo mal, traté de leerle de nuevo antes de abrir los labios con vacilación.

—Lo siento, Su Alteza. —Él sólo siguió mirándome en silencio—. ¿No quiere entrar? Ya que está aquí, ¿qué tal si toma una taza de té antes de irse?

Dejó escapar un suave suspiro mientras me miraba. Luego hizo una pausa antes de extenderme una mano y preguntarme:

—¿Está realmente bien?

—Sí, Su Alteza.

—Ah, si está a salvo, entonces está bien. Debe estar muy cansada. Vaya y duerma un poco. Podemos tomar el té más tarde.

Volvió a subir al carruaje.

Observé cómo el carruaje se convertía en un punto y desaparecía en la oscuridad, dejando escapar un suspiro mientras me giraba. Ya era hora de terminar mi complicado día y descansar.


[1] Son los números ordinales en Latín. Primus (primero); Secundus (segundo); Tertius (tercero); Cuartus (cuarto); Quintus (quinto); Sextus (sexto).

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