Emperatriz Abandonada – Capítulo 7: La ceremonia de mayoría de edad del príncipe heredero (2)

Traducido por Lugiia

Editado por Yusuke


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A medida que se acercaba el día de la ceremonia de mayoría de edad, las personas acudían en masa a la capital de Castina. Las tiendas de ropa, que atendían a los nobles, chillaban de alegría por el auge del negocio. Gracias a la liberación del grano, no cesaban los elogios a la familia imperial.

Hubo un poco de descontento por parte de los nobles, ya que algunos consideraron que no era el momento adecuado para tal indulgencia. Sin embargo, la ceremonia de mayoría de edad de un miembro de la familia imperial no podía celebrarse sin extravagancias. Además, el que iba a alcanzar la edad adulta era el próximo emperador, el príncipe heredero.

Todo el mundo estaba con ganas de celebrar, pero yo no podía unirme a ellos. Podría haber utilizado la excusa de estar ocupada con los preparativos de la próxima fiesta, pero no era eso. Era la profunda desesperación que llamaba a mi puerta de vez en cuando. A medida que pasaban los días, mi pecho ardía con más furia.

—Tiene que comer un poco más, señorita. Tiene mucho que hacer mañana…

—No puedo comer más. Más importante aún, ¿hay alguna noticia de mi padre?

—Todavía no. No se preocupe, señorita. Pronto se pondrá en contacto con usted.

—De acuerdo.

Me derrumbé en la cama y me quedé pensativa. ¿Qué estaba pasando? Aunque los funcionarios enviados habían llegado a la capital uno por uno, aún no había noticias de mi padre.

¿Había ocurrido algo malo? ¿Y si nunca volvía?

Al recordar el inquietante día de la despedida, fragmentos de hielo taladraron mi pecho.

No pasa nada. No pasa nada, murmuré para mis adentros mientras abrazaba la muñeca que mi padre me había regalado en mi cumpleaños.

Seguro que no ha podido contactar conmigo mientras intentaba volver a casa a toda prisa. Mi padre era alguien que tenía las mejores habilidades de lucha en la historia de nuestra familia. No le pasaría nada. No había ido a la guerra, simplemente estaba en una misión humanitaria por el Imperio.

Levanté las sábanas y me hice un ovillo. A pesar de lo agotada que estaba por la agitada agenda de los últimos días, mis pensamientos se agudizaron.

Una conmoción en el exterior me devolvió a la realidad. ¿Qué estaba pasando?

Lina no tardó en entrar y preguntar con voz cuidadosa:

—Disculpe, señorita. El joven Verita pide verla. ¿Qué debo hacer?

—¿De verdad? Bueno, dile que pase. Sería más apropiado hablar en otro lugar, pero no tengo fuerzas para levantarme.

—Pero aun así… Ah, no hay opción, supongo. Dejaré la puerta ligeramente abierta en su lugar.

—De acuerdo. Por favor, hazlo.

Me senté lentamente y me apoyé en las almohadas.

¿Qué está pasando? Aunque tenía que asistir a los actos oficiales debido a mi condición de prometida del príncipe heredero, otros nobles solo se presentaban en sociedad cuando se acercaban a la mayoría de edad.

Sin embargo, el banquete de mañana sería un poco diferente. Al tratarse de un evento para conmemorar la llegada a la edad adulta del próximo emperador, la mayoría de los jóvenes nobles deben asistir. En ese caso, Allendis también asistirá. Debería estar ocupado preparándose. ¿Por qué estaba aquí?

—Ha pasado mucho tiempo, Tia. Te preguntaría si has estado bien, pero veo que no.

—Estoy bien.

—¿Por qué tu cara parece tan cansada, mi señorita? Me entristece. —Con un aspecto algo cansado, Allendis se acercó a mi cama y se arrodilló. Tomó mis manos caídas con las suyas y habló—: Tenía algo que decir, pero pareces agotada. ¿Debo irme?

—No. Estoy cansada, pero podemos seguir hablando. Está bien.

—¿Está realmente bien?

—Sí.

Ante mi flácida sonrisa, Allendis me miró con lástima.

—¿Han ido bien los preparativos para la ceremonia?

—Sí, supongo.

—Debe haber sido difícil sin el marqués aquí.

—Sí, un poco.

Estuve a punto de decir que estaba bien, pero quise dejar de lado este incansable acto de amaneramiento y limitarme a lloriquear a un amigo por un momento. Y eso hice.

Me miró preocupado y me dio unas ligeras palmaditas en las manos, como si me estuviera consolando. Sonreí mientras la calidez que me transmitía me llenaba por dentro.

La habitación se sumió en silencio por un momento. Dijo que me había visitado porque tenía algo que decir, pero Allendis siguió dudando. Eso no era habitual en él. Continuó abriendo y cerrando la boca una y otra vez. Al cabo de unos instantes, le envié una mirada interrogativa.

¿Qué era tan difícil de decir? Cuando estaba a punto de preguntar con impaciencia, una expresión decidida apareció en su rostro y habló:

—Sabes, Tia. Para ser sincero, mientras hablaba con el joven Rass, me enteré de varias cosas que pasaron mientras yo no estaba.

—¿Hmm? ¿Cómo qué?

—Que estabas muy enferma. Me enteré de que te esforzabas como demente.

Intenté abrir la boca, pero no pude responder nada ante aquellos hechos.

—Eso fue muy molesto de escuchar. Te envié cartas pidiéndote que no te excedieras, pero parece que lo hiciste de todos modos

Cerré la boca porque no tenía nada que decir. Sin embargo, la suya continuó con voz suave:

—Así que, tal vez no debería decir esto, y puede que sea demasiado pronto, puede que me alejes, pero ya no puedo dejarlo ser.

—¿Qué?

—Tia, ¿no quieres abrirte a mí, solo un poco? ¿No puedes decirme lo que te preocupa?

Mi expresión se endureció de manera involuntaria y mi mano voló a mi pecho mientras intentaba parecer calmada.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté.

—Siempre has sido amable conmigo, pero nunca me dices lo que te molesta, en el fondo. No sé qué te molesta ni por qué te desagrada tanto el príncipe heredero. ¿Por qué te esfuerzas tanto en escapar de la familia imperial? No sé nada.

—Allen.

—Si el marqués estuviera aquí, si hubiera alguien en quien pudieras confiar, no habría venido. Pero ese no es el caso. Es obvio que algo pasará en la ceremonia de la mayoría de edad, y sé que te está molestando. Lo que no sé es cómo ayudarte de verdad. No puedo encontrar una solución si no conozco el problema.

Empezaba a sentirme mareada, así que evité su mirada sombría y cerré los ojos con fuerza.

No digas nada, ordenó una voz fría en mi mente. ¿Vas a dejar que te conquiste solo para que te abandone de nuevo?

¿No confías en Allendis?, dijo otra voz. ¿Recuerdas que prometiste caminar junto a la gente que te rodea? Aunque sabe que ocultas algo, no te evita y te pide que le ayudes.

De verdad, ¿puedo confiar en él?

Se me hacía cada vez más difícil respirar.

Si no quieres que te abandonen de nuevo, dile que no, habló la primera voz. Aunque la otra voz intentó refutar, solo se alejó más.

Tenía miedo que, si confesaba la verdad, me abandonaran las personas más queridas para mí. No podía soportar los recuerdos de haber sido utilizada por Dios. Había confiado y dependido totalmente de Él. O de ser desechada como un zapato viejo por la persona a la que había amado de forma tan incondicional. Lo único que podía hacer era cerrar la boca y sacudir la cabeza.

—¿No puedes decírmelo? ¿De qué tienes tanto miedo? ¿Qué puedo hacer para ayudarte? —Se detuvo a observarme por un momento. Luego, continuó—: Confía en mí, Tia. Te ayudaré. Dime, ¿de qué tienes tanto miedo?

¿No quieres aligerar tu carga? Como si hubiera encontrado una oportunidad, la segunda voz, que se había distanciado, volvió a susurrar. Te lo has guardado todo para ti, embotellado y escondido. ¿Has olvidado ya tu promesa de avanzar con los que te rodean? Te quedarás atascada si no lo haces.

Abrí los ojos y respondí a la voz que daba vueltas en mi cabeza.

Bien, tienes razón. Aunque tengo miedo, seguir escondiéndome no me ayudará a ser libre. No quiero vivir así. No quiero ser torturada por estar atrapada en mis recuerdos.

Lugiia
Me recordó a Bakarina xd Cuando en su mente se abre un debate sobre qué debería hacer

Solté un enorme suspiro. Puse una mano sobre mi corazón palpitante y abrí mis labios temblorosos.

—Tuve un sueño. Duró una eternidad y se sintió tan real.

—¿Un sueño?

Ante la mirada interrogante de Allendis, me estremecí y temblé. Aunque el valor que había exprimido a duras penas estaba disminuyendo, apreté los puños y moví la lengua.

—Sí. En él, amé mucho a alguien y, por eso, lo pasé muy mal. Me sentía sola, con el corazón roto y desesperada.

Aunque me asusté una vez más ante su rostro inexpresivo, no me atreví a contarle toda la verdad.

Tenía diecisiete años, pero de alguna manera había viajado en el tiempo a mi yo de diez años. Todo eso era real, pero nadie lo creería. Era una cuestión de sentido común, antes que de confianza.

—Aunque he despertado de ese sueño, no puedo olvidar esos recuerdos y sentimientos. —Me detuve un momento y lo observé. Luego, tomé aire de nuevo y continué—: Quería escapar de mi camino en el sueño, sin importar qué. No quería ser herida para siempre, así que…

Recordé mis momentos patéticos. Aunque eran menos vívidos que antes, seguía sin poder olvidar tan fácilmente los tortuosos recuerdos.

—Realmente quería librarme de él, pero no me dejaba ir. Pensé que por fin había encontrado una salida, pero no tuve tiempo suficiente. Ahora no lo sé. No sé lo que debo hacer, ni cómo puedo liberarme.

Agarré las sábanas con una mano temblorosa. El corazón me latía con fuerza y la respiración se me atascó en la garganta.

Parpadeé para despejar las lágrimas. Allendis, quien había estado escuchando sin emitir ningún sonido ni expresión, bajó lentamente la cabeza.

Un mal presentimiento susurró en los bordes de mi mente e inconscientemente apreté más las sábanas.

—Ya veo. Parece que has tenido una pesadilla bastante grave. No dejes que te pese. Los sueños son solo sueños. No pueden convertirse en realidad.

—Allen.

—Pero, Tia, estoy un poco decepcionado.

Por un momento, sus palabras reconfortantes me llenaron de calor. Sin embargo, sus últimas palabras hicieron que mi aliento quedara atrapado bajo la pesada roca que se asentaba en mi pecho.

—No sé por qué de repente hablas de sueños. No fue eso lo que pregunté. ¿Por qué cambias de tema? ¿Tienes miedo que haga algo contra ti si me entero?

En ese instante, se me heló la sangre y sus ojos apagados me hicieron darme cuenta de la realidad. Ah, así que era esto. Yo no era la única que no confiaba en el otro.

—Allen, me pediste que confiara en ti, que te abriera un poco mi corazón, pero eres tú quien no confía en mí.

—¿Tia?

—Nunca pensaste que te abriría mi corazón, ¿verdad?

Mis recuerdos se habían desvanecido un poco con el tiempo, pero no había olvidado la desesperación que sentí al ser abandonada por Dios, ni el colapso que experimenté tras ser traicionada por el hombre en el que había creído.

Y ahora, mi confianza en Allendis estaba siendo destrozada delante de mis propios ojos.

—Confié en ti, pero si no puedes confiar en mí, no hay nada más que pueda decirte.

—Tia.

—No deberías haber preguntado en primer lugar. Si no lo hubieras hecho, al menos no habría descubierto la verdad.

—No seas así, Tia. Por favor.

Por fin, me había armado de valor. Aunque no pudiera cambiar drásticamente lo que era, había decidido abrir mi corazón poco a poco, pero…

—No seas así, Tia. Por favor. Fue mi error. Todo es culpa mía. Por favor, no me alejes.

¿Cómo pudiste hacerme esto?

—No volveré a preguntar. No te pediré que me lo cuentes otra vez. Todo es culpa mía. Por favor, no me alejes. Te lo ruego.

Confié en él y le conté las heridas más profundas de mi corazón. ¿Cómo pudo hacerme esto?

—Por favor, vete, Allendis.

—¡Tia!

Retiré mi mano de su agarre, me tapé los oídos y me alejé de él. No quería volver a verlo. La confianza, que tanto me costó dar, había sido pisoteada. No quería tratar con nadie.

—¡Lina!

Lina se apresuró debido a mis gritos y trató de evaluar la situación con desconcierto. Aunque Allendis continuó suplicando con tormento mientras ignoraba a Lina, un momento después finalmente bajó la cabeza.

No fue hasta que sus pesados pasos abandonaron la habitación que me giré para mirar su silueta alejarse.

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