Espada y Vestido – Vol 2 – Capítulo 3 (2): El amor es…

Traducido por Lugiia

Editado por Meli


—No tiene que preocuparse por eso —le respondí a Caín.

—Aun así, tenga cuidado.

Caín volvió a expresar su preocupación antes de marcharse. Me quedé mirando su espalda mientras se alejaba y chasqueé la lengua. No podía acostumbrarme a su comportamiento actual.

Tras la marcha del «Cain con buen comportamiento», continué mi búsqueda del capitán Jullius. Fui hasta su habitación, pero no estaba allí. Pensé que podría estar en el campo de entrenamiento, así que miré a través de la ventana, pero todo lo que vi fue a dos hombres desconocidos, concentrados en su duelo de espadas con sus cuerpos cubiertos de suciedad.

¿A dónde se habrá ido? Todavía no estaba familiarizada con la distribución de los edificios del cuartel general, así que consideré preguntarle a Ortzen, pero entonces vi de lejos a un joven de aspecto familiar.

¿Cómo se llama…? Oh, es Lathy.

—¡Lathy!

Él, que estaba lamiendo su paleta, giró la cabeza hacia mi dirección.

—Ah, ¿hermana mayor Silla?

—¿Acaso se ha encontrado con el capitán Jullius?

Lathy negó ligeramente la cabeza y luego respondió:

—No lo he visto, pero creo que sé dónde está ahora mismo.

—¿Dónde?

—En el estanque subterráneo. Siempre que tiene algún problema, suele estar allí. Creo que está mucho más cómodo en un lugar oscuro.

Me pregunté si alguna vez estuvo encerrado en el calabozo. Aunque solo era un niño, no significaba que el demonio que lo recibió como sacrificio lo liberara.

—¿Dónde está?

—Ven conmigo.

Lathy me hizo una seña para que lo siguiera y comenzó a caminar.

El joven que guiaba alegremente el camino, me dejó en la entrada porque según él, le sofocaba el ambiente lúgubre de su interior. Bajé sola las escaleras que conducían al subterráneo. Al final de la larga escalera, había un amplio espacio vacío que parecía haber sido una cueva natural en el pasado. El aire estaba un poco húmedo pero refrescante, casi frío. Si alguien no pudiera soportar el calor del verano, ese lugar podría usarse como escondite.

—¡Oh! ¡Hay hielo!

Muchos bloques de hielo se encontraban almacenados en la esquina hueca de la cueva natural. Pensé en pedirle más tarde, a la señorita Ira que hiciera un poco de helado para mí. Contemplé, sin tocarlos, los bloques durante un rato antes de retomar mi búsqueda del capitán Jullius.

—Capitán, ¿se encuentra aquí?

Salí de la sala de almacenamiento de hielo y caminé al interior de la cueva. A medida que me adentraba más y más, la humedad del aire aumentaba. Podía oír débilmente el sonido del agua fluyendo. Entre las estalactitas que colgaban de la parte superior, los minerales emitían unas tenues luces. El sonido del agua fluyendo se hizo más fuerte, y poco después pude ver un estanque donde se reunía toda el agua clara subterránea. El capitán Jullius, que estaba tranquilamente acurrucado junto al estanque, se levantó al instante que notó mi llegada.

—¿Señorita Epheria?

Levanté el dobladillo de mi vestido para evitar que se mojara con los charcos de agua, y di unos pequeños saltos para llegar al lado del capitán Jullius.

—¿Qué está haciendo aquí?

—Hay algo en lo que tengo que pensar.

¿Algo en lo que pensar? ¿Qué podría ser? ¿Sobre lo que le dijo Ortzen? O quizás, le pidió que reflexionara sobre su error.

—¿Ortzen está enfadado con usted? ¿Le regañó por hacer algo por su cuenta? Si es así, lo buscaré y me encargaré de esto.

Lo enfrentaría, aún cuando me expulsaran del cuartel por ello.

Espera, el capitán Jullius se preocuparía más si hiciera eso. No hay nadie que reemplace a Ortzen. Um, ¿cómo debo atormentarlo sin sufrir ninguna consecuencia?

—No es así.

—¿Seguro?

Era una lástima.

El capitán Jullius me miró antes de sentarse de nuevo, se arrancó una parte de la manga y la usó para limpiar la amplia roca junto a él.

¿Hizo eso para que yo tuviera donde sentarme? ¡Qué considerado era! ¡Mira, Sofía! ¡El capitán era una persona muy amable!

Nos sentamos uno al lado del otro mientras mirábamos el agua ligeramente agitada del estanque. Bajo la superficie oscura del agua, parecía haber un enjambre de algo blanco, había algunos peces viviendo allí.

—Entonces, ¿en qué está pensando?

—Ortzen… —Como pensé, debía ser algo relacionado con él. El capitán Jullius parecía un poco vacilante y luego añadió—: Me pidió que considerara seriamente la posibilidad de casarme con usted.

—Ya que hemos llegado a esto, bien podríamos casarnos.

—¿Es así? —preguntó el capitán y luego asintió con la cabeza con una expresión seria.

Fue inesperado, creí que aceptaría casarse conmigo sin pensarlo mucho. Pero, por supuesto, estaba orgullosa de que ahora quisiera expresar su opinión.

—Capitán, ¿odia la idea de casarse conmigo?

Ladeó la cabeza.

—No es que lo odie, pero…

—Si no es así, ¿qué sucede?

—En el pasado, me dijeron que el matrimonio se hace con alguien a quien se ama.

—Bueno, esa es de hecho, la mejor razón para casarse y como se supone que debe ser.

Sin embargo, ese tipo de matrimonio era difícil de conseguir. Había demasiados obstáculos como: la diferencia de estatus, de raza, de riqueza, incluso la oposición de los padres. Y lo más triste de todo, era tener un amor no correspondido.

Sus ojos de color gris pálido se movieron de lado a lado y luego me miraron.

—La señorita Epheria no me ama, ¿verdad?

Eso era cierto.

—Usted me gusta, pero no creo que sea amor. ¿Y el capitán Jullius?

—Usted también me gusta, pero… —Volvió a inclinar la cabeza y esta vez miró hacia el lado opuesto—. En realidad, no sé lo que significa amar a alguien.

Amor. También había oído hablar mucho de ello en el pasado, en las cartas de amor que recibí, apuesto a que no existía nadie que me superase en ese asunto en todo el Imperio. Sin embargo, a pesar de todo, mi experiencia en citas era un cero absoluto.

—Tampoco lo he experimentado, pero he oído muchas cosas sobre el amor.

Si te enamoras de alguien… Traté de recordar la expresión más utilizada que aparecía en las cartas de amor.

—Algunas personas decían que cuando ves a alguien a quien amas, puedes ver a la otra persona brillar.

—¿Brillar…?

—Sí. Dicen que parpadea y brilla de forma intensa.

Al principio, pensé que se debía a mi cabello rubio, pero lo negaron. He oído que si alguien se enamora, la otra persona brilla a sus ojos. Las señoritas que me rodeaban lo describieron de esa manera, por lo que pensé que debía ser cierto. Siendo sincera, no podía comprenderlo bien. Quiero decir, ¿cómo podía brillar una persona normal? Ya sabes, no son dioses.

—¿Brillo, dice…? —murmuró el capitán en voz baja y luego me miró de nuevo—. En ese momento, cuando le vi saltar por la ventana del segundo piso de la posada, estaba brillando.

—Hm, creo que fue la luz del sol. Ese día el tiempo estaba claro.

Lugiia
No puedo con estos dos... hahahaha son muy densos. ¡Ayuda! Bakarina nos persigue x2

—¿De verdad fue la luz del sol?

—Por supuesto. No tiene ningún sentido enamorarse de alguien que no conoce.

—Oh, entonces es así.

—Desde luego.

Al fin y al cabo, ¿cómo podría enamorarse de alguien que ni siquiera conocía?

Después de esa pequeña pausa, ambos asentimos al mismo tiempo.

—Entonces, significa que no estoy enamorado de la señorita Epheria.

—Yo tampoco le amo.

De alguna manera me sentí decepcionada. Ya no era un clérigo y tenía una apariencia ajustada a mi sexo, me gustaría intentar salir aunque sea por una vez y enamorarme, pero era algo que no ocurriría solo porque lo deseara.

¡Quiero salir con alguien!

Nos sumimos en un profundo silencio y solo se oían los sonidos del flujo del agua. Después de un rato, el capitán Jullius volvió a hablar:

—Entonces, sería mejor que no nos casáramos. Tal vez en un futuro próximo, la señorita conozca a alguien que ame.

—Y lo mismo ocurre con usted.

—No estoy seguro. Y también… —Suspiró antes de continuar—: Aunque haya alguien a quien ame en el futuro, es poco probable que yo también le guste.

—¿Por qué? A mí me gusta usted, capitán.

—La señorita es una excepción.

Eso era correcto. Cualquier otra mujer, no tendría una buena impresión del capitán Jullius. Aun así, tardarían poco en acostumbrarse a él.

Extendí la mano para acariciar el cabello negro cuyo dueño estaba en un estado sombrío.

—Bueno, quién sabe. No se desanime, a los nobles también les cuesta casarse por amor. La mayoría de ellos pasan por un matrimonio político considerando la ganancia y la pérdida para sus respectivas casas.

—También he oído hablar de ello antes…

—Si tengo que hacer un matrimonio político, creo que está bien que sea con el capitán Jullius. Solo con ver las ganas que tiene Ortzen de que nos casemos, creo que el matrimonio beneficiará de alguna manera al capitán.

Aun cuando Ortzen debía tener razones ocultas, pues estaba demasiado ansioso por tener al capitán como mi prometido. El capitán confió plenamente su cabeza a mi cuidado.

—También preferiría tener a la señorita Epheria como compañera si tengo que hacer un matrimonio político.

—Si nos comprometemos, y luego encontramos a alguien a quien amemos, podemos cancelar el compromiso. De lo contrario, continuaremos como pareja y nos casaremos.

—¿Podemos hacer eso?

—No hay nada malo en ello, así que creo que Ortzen estará de acuerdo.

—Bueno, es cierto.

Era una condición que nos beneficiaba a ambos. Además, no sabía si volvería a ser clérigo, así que necesitaría un lugar donde quedarme. Por eso había considerado pedirle al capitán Jullius que viviera conmigo.

—Capitán.

—¿Sí…?

—¿Tiene dinero?

—Rara vez gasto mi dinero, así que creo que tengo algo.

—Entonces supongo que debe tener una cantidad considerable.

El capitán del Escuadrón de Tareas Especiales, debería tener el mismo sueldo que el líder del Escuadrón de Caballeros Imperiales ¿verdad? En realidad, el salario de los caballeros imperiales era bastante bajo, comparado con las obligaciones que se derivan de sus posiciones. La mayoría de ellos eran nobles, por lo que no se preocupaban por asuntos triviales como el dinero, a diferencia de los caballeros privados. Sin embargo, sus sueldos no podían ser considerados como una pequeña cantidad de dinero.

—Cuando nos casemos, usted debería comprar una casa con sus ahorros.

Si no era posible, debía vender el collar, pero él asintió sin dudar. Mi mano, que estaba colocada en la parte superior de su cabeza, también se movió junto con su asentimiento.

—De acuerdo.

Tenía que volver con Sofía que debía estar ansiosa. Tenía que decirle que mi compromiso seguiría adelante como estaba previsto y que, por el momento, nos quedaremos en el cuartel general del escuadrón.

—Señorita Epheria…

Mientras me levantaba, el capitán Jullius me llamó de repente.

—¿Qué sucede?

Se quedó en silencio un momento y luego preguntó:

—¿También puedo tocar?

—¿Qué?

¿De qué estaba hablando? Ante mi perplejidad, él desvió su mirada, incapaz de encontrar mi mirada indagadora.

—Nada…

—¿Qué quiere decir con «nada»? —Me senté de nuevo y me acerqué a su lado—. ¿Qué quiere decir con «nada»? —repetí.

¡Dime rápido qué es!

Después de preguntarle por segunda vez, el capitán Jullius empezó a contarme más sobre el tema.

—La señorita me toca a menudo…

—Pensé que no lo odiaba. ¿Le desagrada?

Negó con la cabeza con rapidez.

—No, no lo odio. Lo que quiero decir es que yo también…

¿También qué? Ah, ¿estaba preguntando si podía tocarme también? No tenía porque dudarlo.

—Aquí, tóqueme. No me importa en absoluto. No es la primera vez, ¿verdad?

Me había abrazado antes y también… vaya, no podía pensar en otra cosa que no fuera eso, porque él nunca me tocaba sin ningún motivo.

—¿Realmente está bien…?

—¿Hay alguna razón por la que no pueda hacerlo? También le he tocado el cabello y el rostro.

—Pero me han dicho que siempre cuide mis acciones porque hay muchas diferencias sobre cómo debo tratar a los hombres y a las mujeres.

—Esas reglas solo se aplican si el hombre y la mujer son extraños entre sí. De todos modos, estamos a punto de comprometernos, así que está bien.

Por supuesto, nunca debería tocar a ninguna mujer sin cuidado. No obstante, yo soy su futura prometida así que no debería ser un problema. ¿Verdad?

—Además, no hay ojos mirándonos así que está bien.

—¿Es así?

—Sí. Podemos hacer lo que queramos si no hay testigos a la vista.

Meli
Piensa en la biblia…

Mi ayudante siempre decía que: si violaba las reglas, solo debía asegurarme de que no hubiera testigos. Por supuesto, lo mejor era no causar problemas, pero por desgracia las cosas no siempre salían como uno deseaba.

Incluso después de que diera mi consentimiento y dijera que no habría problemas por tocarme, el capitán no pudo hacerlo con facilidad. ¿Debía darle otro empujón y ser más agresiva? Veamos, el capitán Jullius también es un hombre, así que…

—¿Quiere tocarme el pecho?

—¡¿Qué…?!

Lugiia
Diablos, señorita

El capitán Jullius se sorprendió e inmediatamente movió su cuerpo hacia el otro lado, alejándose de mí. ¿Acaso a los hombres no les gusta tocar el pecho de las mujeres? Su reacción fue inesperada.

—Aunque me falte sentido común, creo que eso es algo inapropiado de hacer.

—¿Por qué? Nadie lo ve y vamos a estar comprometidos el uno con el otro, así que creo que estará bien.

—No importa cuánto lo piense, no debería hacer eso…

Su negativa me confundió, no entendía por qué actuaba así. En el pasado, me trataban como un hombre, por lo tanto, en lo que respecta a los límites entre ambos sexos, no sé mucho porque solo me enteré de lo que decían los demás. Además, como un clérigo no podía casarse, nunca me interesó en primer lugar.

—Entonces, más tarde usted podría preguntarle a Ortzen sobre las cosas que se permiten hacer cuando estamos solos.

—De acuerdo.

Debíamos preguntar a alguien que conociera del tema. De todos modos, era una pena que no quisiera tocar mis pechos, eran agradables al tacto.

—Debería estar bien tocar mis manos y cara. En este momento, puede tocarme el cabello, pero cuando me lo peinan bien, no puede hacerlo. Podría estropearlo.

No pasaba nada por tocarme la cara porque solo me había maquillado ligeramente los labios y las mejillas. La piel de Silla era blanca y limpia, así que no tenía que maquillarme mucho, además, no me gustaba el olor del maquillaje y llevarlo en exceso me parecía abrumador.

Aquí, ahora puedes hacerlo a tu antojo.

Le di una mirada de consentimiento, pero sus manos seguían sin moverse ni un centímetro. ¿Qué le pasaba ahora?

—¿Por qué no me toca?

—No tiene que ser ahora…

—Dijo que también quería tocarme. Rápido, deme su mano.

Debido a mi persistencia, finalmente extendió su mano. De alguna manera, mi corazón latió más rápido cuando su gran mano se acercó a mi cara. Como era huérfana, desde niña, rara vez me daban palmaditas en la cabeza o me acariciaban. Mientras reprimía el impulso de agarrar su callosa mano, para morderla con mi boca, la sentí tocando mi cara.

El capitán Jullius me acarició la cara con cuidado, como si estuviera tocando un objeto precioso que podría romperse con facilidad si pusiera la más mínima fuerza, y luego se retiró rápidamente.

¿Qué? ¿Eso es todo? ¿Terminó?

En ese mismo instante, agarré su mano que comenzó a alejarse y mordí su largo dedo índice, hasta que se pudo ver una débil marca en él. Tocó con ligereza mi cabello con su otra mano.

—Señorita Epheria…

Quise responderle, pero si soltaba el mordisco, pensé que dejaría de acariciar mi cabeza, así que seguí mordiendo su dedo. El capitán no intentó hablarme más y siguió acariciando mi cabeza durante mucho tiempo.

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