La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 102: Compensar la bondad de Navier

Traducido por Adara

Editado por Sakuya


Delise salió de la habitación de Rashta con los platos sucios. Por el camino, se encontró con Arian, la otra criada de Rashta.

A diferencia de Delise, que trabajaba como criada por primera vez, Arian tenía mucha experiencia. Siempre estaba dispuesta a ayudar a Delise, que tenía muchos defectos y cometía errores con frecuencia.

—Eh… Arian, —dijo. Como tenían este tipo de relación, Delise decidió contarle a Arian lo que acababa de pasar para pedirle consejo—. Parece que Rashta se enfadó conmigo porque me expresé mal.

—¿En serio?

—Sí. Entonces, sobre las vacaciones cortas que me voy a tomar esta tarde… ¿Debo ir igualmente? ¿No se enfadará aún más si me voy de vacaciones en medio de esta situación?

Arian sonrió ligeramente ante la expresión de preocupación de Delise.

—Cuando los preparativos de la boda estén en pleno apogeo, estaremos más ocupados. Ocupados con los preparativos de la boda, ocupados durante la boda, y aún más ocupados después de la boda. Va a ser un trabajo duro durante unos meses, así que vete y disfruta de tu breve descanso.

Delise se sintió un poco aliviada tras oír el amable consejo y contestó: —Sí.

Al anochecer, aunque seguía preocupada, confió en Arian y regresó a casa como había planeado en un principio.

Vivía en la capital, así que no estaba demasiado lejos. Joanson, el hermano mayor de Delise, se burló con entusiasmo de su hermana cuando ésta regresó después de mucho tiempo.

—¿Cómo es que tienes una expresión más sombría si trabajas en el palacio imperial? Todos en el palacio imperial tienen caras resplandecientes, ¿cómo es que mi hermana menor está decaída?.

Pero cuando el rostro de Delise se volvió muy sombrío, Joanson preguntó sorprendido: —¿Qué pasa? ¿Es demasiado duro el trabajo?

—No, no es eso….

Delise vaciló antes de confesar en términos generales lo sucedido con Rashta.

—Rashta parece enfadada conmigo.

—¿Por qué?

—Dije algo para animarla, pero su humor empeoró por ello.

—¿Dijiste algo que no debías?

—Parece que sí…

—Debes haber estado sensible en ese momento. No tiene remedio. Espera y se te pasará.

—Tch. Ya lo sé. Pero si no es así. ¿Hay alguna otra manera?

—No te preocupes. No te preocupes.

Delise chasqueó la lengua repetidas veces, enfadada porque su hermano no se ponía de su parte, y luego preguntó hoscamente: —¿Tanto te gustó Rashta cuándo la conociste antes?

Joanson era el periodista plebeyo que el duque Elgy había traído para entrevistar a Rashta.

Delise preguntó porque también sabía que su hermano y Rashta se habían conocido.

Joanson lo reconoció con cara de felicidad.

—Sí. Rashta dijo que estaría del lado de los plebeyos sin ningún miedo, y con mucho orgullo, como si no le importara la opinión de los nobles.

—¿En serio?

—Sí. Es una persona increíble.

—Hmm.

—Los nobles podrían ignorarla. Aunque ahora es noble, creció como plebeya. Ella será la esperanza de los plebeyos. Ella lo declaró.

—Bueno…

—Entonces, como hermanos, debemos apoyarla desde dentro y desde fuera. ¿De acuerdo, Delise?

Joanson hablaba con un brillo en los ojos, se veía que Rashta le caía muy bien.

Delise estaba preocupada por la voz sarcástica de Rashta, pero finalmente aceptó: —De acuerdo.

♦ ♦ ♦

¿Qué haría Su Majestad si el Imperio del Este y el Reino del Oeste compitieran un día por una ventaja?

Ayer. El periodista Mondrae me hizo esta provocativa pregunta.

Le respondí: —Eso sería muy raro, pero incluso si ocurriera, no es algo en lo que tenga elección.

Pudo parecer una respuesta evasiva, pero era la verdad. Una Reina o Emperatriz se encargaba principalmente de los asuntos internos. Aunque había planeado invitar aquí al Gran Duque Kapmen para dirigir el comercio intercontinental, no creo que sea una cuestión de “de qué lado estar”, como intentó hacer ver el periodista.

Aunque más tarde sería una pena para el Imperio del Este, fue Sovieshu quien cortó las negociaciones con el Gran Duque Kapmen en primer lugar.

No obstante, su pregunta causó una pequeña conmoción en mi interior.

Reflexioné aturdido durante un rato, hasta que llegaron las buenas noticias.

Eran noticias sobre Laura y la condesa Jubel, mis damas de compañía del Imperio del Este.

—¿Han llegado al Reino Occidental? —pregunté.

Rose respondió: —Sí, Majestad. Vendrán de visita en cuanto puedan.

Las noticias que trajo Rose hicieron que mi corazón diera un vuelco. Incluso me costó concentrarme en el libro en el que había estado enfrascada los últimos días. Por supuesto, Rose y Mastas me caían bien, pero sentía un cariño especial por Laura y la condesa Jubel debido a los años que pasamos juntas. Incluso estuvieron a mi lado cuando atravesaba los momentos más difíciles…

Así que quería verlas pronto.

Cuando ambas vinieron a verme unas horas más tarde. Nos abrazamos y compartimos nuestro profundo afecto en este país tan lejano.

—Llegué tarde porque mis padres no querían dejarme venir, —me confesó Laura.

—Llegué un poco tarde porque tenía muchas cosas que resolver, Majestad la Emperatriz. —La condesa Jubel, que me llamaba Majestad la Emperatriz, enarcó las cejas y murmuró—: Oh, no, —antes de añadir—: Ahora es Majestad la Reina, ¿no? No estoy acostumbrada.

Puedes volver a llamarme “Su Majestad la Emperatriz después de la boda”, estas palabras estaban a punto de salir de mi boca, pero me contuve y no mostré ningún signo de ello.

Heinley me pidió que guardara el secreto. Sólo unos pocos lo sabían, y se revelaría a todos en la boda.

—Bienvenidas, señorita Laura, condesa Jubel.

Ambas me abrazaron repetidamente, contentas de verme, y finalmente saludaron también a Rose y a Mastas.

El incómodo intercambio de saludos entre los cuatro fue un poco gracioso de ver.

Especialmente Mastas, que no estaba acostumbrada a relacionarse con mujeres de la nobleza. Lamentablemente se quedó helada.

Pero en cuanto se dio cuenta de que Laura era muy alegre y brillante, empezó a hablar sin dificultad. Rose también parecía encajar bien con la personalidad de la condesa Jubel.

Cuando estaba en el Imperio del Este, se lamentaba de todas las cosas malas que sucedían una tras otra desde la aparición de Rashta.

Por el contrario, las cosas buenas sucedían sorprendentemente una tras otra desde que llegué al Reino del Oeste.

Hacia el atardecer. Vino a visitarme otra persona que me alegró mucho ver.

—¡Duquesa Tuania! —Jadeé.

Era la Duquesa Tuania, a quien había esperado traer aquí a través de la entrevista.

La duquesa Tuania me devolvió el abrazo con los ojos enrojecidos cuando estiré los brazos y la abracé.

Me abrazó con fuerza antes de soltarme y sonrió: —Ya no soy la Duquesa Tuania”.

Ah. Es verdad.

Pero ¿cómo debería llamarla? ¿Vizcondesa Langdel? ¿Se casó con el Vizconde Langdel?

Mientras dudaba, susurró con una sonrisa encantadora: —Llámame Nian.

Nian era su nombre de pila.

Si quería que la llamara por su nombre de pila, eso significaba…

—Estoy cansada del matrimonio, —dijo la duquesa Tuania, no, Nian, encogiéndose de hombros.

—Entonces, ¿qué pasó con el vizconde Langdel…?

Pensé que se casaría con el vizconde. En la carta enviada antes de abandonar la capital, parecía decidida a aceptar al vizconde Langdel.

Nian se rio juguetonamente.

—Somos amantes. Si me quedara embarazada, entonces pensaría en casarme. No quiero que sea un hijo ilegítimo. Pero si no, prefiero que se quede así.

Parecía sentirse profundamente traicionada por el duque Tuania, que pidió el divorcio inmediatamente sin creer en ella.

Comprendí cómo se sentía. La abracé una vez más sin decir nada.

Después, las dos nos sentamos a charlar mientras tomábamos café y unos aperitivos.

Nian me habló de sus días fuera de la capital.

—Viajé de un lugar a otro. Vagué por todo el país.

—¿No fue duro? —le pregunté.

—Habría sido duro si llevara haciéndolo unos años, pero sólo han sido unos meses. Me lo he pasado bien.

—Me alegra oír eso.

—Después de dejar el Imperio del Este, ¿sabes lo que más me sorprendió?

—¿Qué?

—Cuando me enteré de tu matrimonio con el Rey Heinley.

Cuando terminamos de ponernos al día.

Nian me preguntó con un brillo en los ojos: —Si te tomaste la molestia de usar un periódico para convocarme, debe de haber algo que quieras preguntarme, ¿verdad? ¿De qué se trata?

Como era de esperar, vino a verme después de leer el artículo del periódico. Así que le dije sinceramente: —El hermano mayor de Heinley, el antiguo rey, murió joven, así que Christa, la antigua reina, también es muy joven. Parece que cumplió bien sus deberes como reina.

—Hmm. No hay una reina madre en el reino occidental, ¿verdad?

—Así es. Además, mientras Heinley estuvo soltero, Christa siguió desempeñando el papel de reina hasta que yo llegué.

Nian comprendió inmediatamente lo que quería decir y chasqueó la lengua: —Debe de haber mucha gente siguiéndola.

—Sí. Por eso la he llamado, Lady Nian. —Tomé sus manos con firmeza y le pedí—: Necesito tu ayuda. Usa tus habilidades para conquistar la alta sociedad del Reino Occidental.

Nian rio sin reservas: —Eso es fácil.

Su actitud hizo que mi pesado corazón se aliviara un poco.

—Gracias.

Nian sonrió después de que expresé mi agradecimiento y dijo: —Dije que definitivamente pagaría tu amabilidad.

—… Muchas gracias.

—Ah. Reina.

Dejé que continuara.

—El Vizconde Langdel también está agradecido. Él también la apoyará, Reina.

♦ ♦ ♦

A diferencia de Navier, que estaba feliz, Heinley estaba sombrío.

Navier había estado ocupada con Laura y la condesa Jubel durante el almuerzo. Y por la tarde, estaba ocupada con la duquesa Tuania, así que hoy ni siquiera había podido reunirse con ella.

Entendía que Navier quisiera estar con sus amigas después de haber pasado mucho tiempo sin verse. Pero, aunque lo entendía, él también quería estar con Navier.

McKenna lo miró y chasqueó la lengua: —La verás el resto de tu vida, ¿por qué estás tan inquieto por no poder verla ni un día?

—¿No somos recién casados?

Ante la respuesta de Heinley, McKenna pareció sentir cierto pesar y murmuró: —Porque no aprovechamos la oportunidad de salir y despejar nuestras mentes, Majestad.

Mientras ambos conversaban, uno de los ayudantes de Heinley llamó a la puerta, pidiendo verlo con urgencia.

A menos que el ayudante estuviera de servicio, debería haberse ido a casa o estar preparándose para salir a estas horas de la noche.

¿Qué quería informar tan repentinamente?

—Que pase.

Se quedó perplejo, pero Heinley le permitió entrar.

En cuanto el ayudante entró, informó con el rostro pálido: —Majestad, caballeros no identificados están apostados cerca de la capital, a la espera.

—¿Caballeros no identificados?

Heinley frunció el ceño.

Si el Imperio del Este era conocido por su ejército de magos, el Reino del Oeste era famoso por su infantería y caballería. Había un límite para el aumento del número de magos, pero tal límite no existía para el puro poder militar.

Aunque se tratara de caballeros desconocidos, sería imposible que miles se reunieran de la nada.

No entendía por qué su ayudante estaba tan pálido por unos pocos caballeros.

—¿Por qué no averiguas quiénes son, y simplemente haces que se marchen si los consideras peligrosos?

Ante la ligera respuesta de Heinley, el ayudante respondió con pesadez: —No puedo hacer eso… parecen ser Caballeros Supranacionales.

Ante la mención de “Caballeros Supranacionales”, el ánimo de Heinley y McKenna se volvió pesado al mismo tiempo.

Tras avisar a su ayudante de que podía marcharse, McKenna se apresuró a preguntar a Heinley cuando volvieron a quedarse solos: —Majestad, ¿podrían haber percibido algo?

Heinley no respondió, así que McKenna continuó.

—Si se dieron cuenta de que estamos involucrados en el declive de los magos…

En el Continente Wol existía la Alianza Wol, a la que pertenecían la mayoría de los países del Continente Wol. Era una alianza de la que no sólo formaba parte el Imperio del Este, sino también el Reino del Oeste. Los Caballeros Supranacionales estaban dirigidos por la Alianza Wol.

Su nombre exacto era “Caballeros de las Sombras”, y oficialmente trabajaban para preservar la paz. Sin embargo, eran famosos por las acciones que emprendían para cortar de raíz cualquier “amenaza a la paz” con el fin de garantizarla.

Aunque el fenómeno del declive de los magos surgió de forma natural, fue Heinley quien lo aceleró.

Si los Caballeros Supranacionales se hubieran dado cuenta, se habría metido en un buen lío. No podía evitar sentirse nervioso sabiendo que estaban apostados fuera de la capital.

—McKenna.

—Sí, Su Majestad.

—Ve a averiguar e investigar personalmente lo que está sucediendo.

—Entendido, —respondió McKenna con el rostro rígido y se apresuró a salir.

Heinley se sentó ansioso ante su escritorio, esperando el regreso de McKenna. Aunque el Reino Occidental era un país lo bastante poderoso como para convertirse en un imperio, eso no significaba que fuera capaz de librar una guerra contra el mundo entero. Lo mismo ocurría con el Imperio del Este.

Mientras la alianza no se rompiera o se convirtiera en nominal, los países implicados debían mirarse con respeto.

Esto es un verdadero problema.

Después de unas dos horas y media, McKenna regresó. Afortunadamente, McKenna no tenía una expresión sombría, pero Heinley preguntó apresuradamente: —¿Qué está pasando? ¿Son realmente Caballeros Supranacionales?

—Es… es un poco extraño.

—¿Qué quieres decir con extraño?

—Efectivamente son Caballeros Supranacionales. Pero no parecen estar tras nosotros.

—¿No nos persiguen?

Heinley se quedó más perplejo.

Entonces, ¿eso significaba que podría haber un peligro real dentro de la capital?

Los Caballeros Supranacionales hacían la mayoría de sus misiones en secreto. Ni siquiera Heinley podía saber para qué estaban aquí.

—Hay algo aún más extraño.

—¿Aún más?

—El hombre que lidera a los Caballeros Supranacionales es el Vizconde Langdel, Su Majestad.

—¿Qué?

Las cejas de Heinley se alzaron.

El vizconde Langdel… Heinley lo había conocido en las celebraciones de Año Nuevo. ¿No era ese el joven que seguía a la Duquesa Tuania como una sombra?

—¿Era realmente una sombra?

—¿Qué?

—¿No había sido exiliado por apuñalar a Rashta?

—Así es.

Heinley soltó una sonora carcajada.

Recordaba la cara ingenua del hombre. Es más, Langdel parecía a punto de morir de amor.

Cómo podía ser un caballero supranacional con esa cara…

♦ ♦ ♦

Al día siguiente, cuando Heinley se reunió con los funcionarios, el vizconde Langdel solicitó oficialmente una audiencia en nombre de los Caballeros Supranacionales.

Como le informaron de que estaba esperando fuera de la capital, Heinley supuso que así ocurriría, así que dejó pasar al vizconde Langdel.

Sentía curiosidad por saber qué le había traído hasta aquí.

—¿Es un Caballero Supranacional?

—¿Un hombre tan joven?

Los funcionarios reunidos en la sala de conferencias cuchicheaban entre sí mientras veían entrar al vizconde Langdel con expresión amable.

Aunque los Caballeros Supranacionales eran notorios, rara vez se mostraban correctamente delante de los demás.

Por eso, los funcionarios aquí reunidos se sorprendieron al ver a alguien de los Caballeros Supranacionales en la sala de conferencias a plena luz del día.

Heinley sonrió mirando al vizconde Langdel y dijo: —Cuánto tiempo sin vernos.

—Mi nombre es Langdel, comandante de la 5ª División de los Caballeros de la Sombra, —saludó cortésmente el vizconde Langdel, pero no sonrió.

Aun así, con una suave sonrisa, Heinley preguntó: —Me han informado que hay Caballeros Supranacionales estacionados fuera de la capital. ¿Cuál es el motivo? Mi pueblo está inquieto por sus hombres. Dependiendo de la respuesta, tendréis que estar preparados para marcharos.

Los oficiales miraron sorprendidos al rey Heinley ante sus duras palabras. Pero la respuesta del vizconde Langdel fue completamente inesperada para Heinley.

—La reina me salvó la vida en el pasado.

Los oficiales se sorprendieron una vez más. Era una historia que ni siquiera Heinley conocía, así que enarcó las cejas: —¿Mi esposa?

—Así es, me gustaría devolverle esa amabilidad. Le pido que nos permita a mí y a mis caballeros servir como caballeros personales de la reina hasta que se determine su guardia oficial.

El líder de la alianza tenía autoridad para convocar inmediatamente a las divisiones de Caballeros Supranacionales, tres de las cuales sólo cumplían órdenes directas del líder de la alianza.

Sin embargo, las siete divisiones de caballeros restantes actuaron de forma independiente a pesar de tener el nombre de los Caballeros Supranacionales.

Esta era la primera vez que querían convertirse en caballeros personales.

Los susurros se hicieron más fuertes.

¿Lo sabía Heinley de antemano?

Las miradas de los presentes se centraron en Heinley.

Heinley no sabía nada, pero sonrió despreocupadamente y dijo: —Pregúntaselo tú mismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 

error: Contenido protegido