La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 111: Kapmen y Heinley

Traducido por Lucy

Editado por Sakuya


Caminé hacia él con una sonrisa. Sin embargo, en cuanto vi su cara torcida, di un paso atrás.

¿Aún no se le habían pasado los efectos de la poción?

Su expresión se torció aún más cuando retrocedí. Ahora estaba segura por completo. Los efectos de la poción no habían desaparecido.

Pero ¿por qué? Ya había pasado mucho tiempo, ¿no?

Mientras pensaba en eso, el Gran Duque Kapmen parecía querer venir hacia aquí.

De ninguna manera.

Retrocedí de nuevo.

La expresión del Gran Duque Kapmen se ensombreció, pero no pude hacer nada al respecto.

La forma de hablar del Gran Duque bajo los efectos de la poción era tan extraña que cualquiera le malinterpretaría.

—¿Majestad? —Después de llamarme, Mastas, que me seguía, preguntó—: ¿Qué pasa?

—Vayamos por otro camino. Parece que hay mucha gente por aquí.

Me volví rápido hacia el otro lado, fingiendo calma.

♦ ♦ ♦

—Ah…

Kapmen estiró inconsciente las manos, como si buscara a alguien. Luego cerró las manos y las bajó, quedándose ahí, aturdido, mirando la falda de su vestido mientras ella se alejaba.

Era como una mariposa volando, revoloteando al viento.

—¿Gran Duque?

El escudero que le había acompañado desde Rwibt, estaba dando instrucciones para que sacaran el equipaje del carruaje cuando llamó a Kapmen.

—¿Qué ocurre?

—Navi[1]…

—¿Mariposa?

El escudero miró desconcertado a su alrededor. No había flores cerca, y mucho menos mariposas.

¿Está el Gran Duque viendo cosas raras otra vez?

La voz perpleja del escudero resonó en la cabeza de Kapmen.

—No… —Kapmen se dio la vuelta de mala gana—. Hmm, ¿a dónde debo ir? —preguntó entonces, y el funcionario que había venido a darle la bienvenida respondió rápido.

—A la Sala de las Estrellas. Te mostraré el camino.

Kapmen asintió y le siguió.

La “Sala de las Estrellas” era un lugar que hacía honor a su nombre. Al llegar a la sala guiado por el funcionario, Kapmen contempló el techo negro.

Innumerables tipos de joyas brillaban como estrellas en el cielo.

¿Era para mostrar la riqueza del país que el lugar donde se recibía a los invitados distinguidos era así?

En el centro, una larga alfombra roja se extendía por el suelo, con funcionarios de pie a ambos lados.

El rey Heinley también estaba de pie junto al trono en el otro extremo de la alfombra.

—Mis disculpas, Gran Duque. Debe bajar la espada —susurró el funcionario que le había conducido hasta aquí.

Kapmen se sacó la espada de la cintura y se la entregó, luego caminó hacia el rey Heinley.

Se detuvo a unos seis pasos de él e inclinó un poco la cabeza en señal de saludo.

—Felicidades por su coronación, Majestad.

Heinley sonrió y respondió:

—Gracias.

Durante un momento, los dos se miraron sin decir una palabra.

Kapmen recordó la última ocasión en que se habían visto. Aquel día había golpeado al emperador Sovieshu, pero el enfrentamiento había comenzado con Heinley, un príncipe por aquel entonces.

Las comisuras de los labios de Kapmen se torcieron.

Podía oír lo que pensaban los demás, así que se dio cuenta de que el rey Heinley estaba pensando lo mismo que él.

Sin embargo, en ese momento el rey Heinley sonrió y dijo:

—A mí también me gustaría oír tus felicitaciones por la boda.

Kapmen frunció el ceño, la leve sonrisa de su rostro desapareció por completo. Una persona normal en esta situación se sentiría incómoda y se dejaría llevar por esas palabras.

¿Qué puedo hacer si se acerca demasiado a la Reina?

Pero Kapmen había oído con claridad los pensamientos de Heinley.

Además, en cuanto oyó “Reina”, se desató una tormenta de calma en su interior. Una vez arrastrado por la tormenta, su boca se abrió sola.

—Felicidades por la boda.

—Gracias.

—Será como un sueño verla llevar el vestido de novia.

Frunciendo el ceño, Heinley gritó.

—¡¿Qué intentas decir?! —Su voz atravesó el pasillo.

—No se preocupe. Olvida mis palabras —añadió con torpeza Kapmen.

No quería volver a causar problemas y marcharse como si le hubieran echado del Reino Occidental.

¿Cuánto lamentaba haber golpeado al emperador Sovieshu entonces? Fue reconfortante en su momento, pero ese sentimiento no duró mucho.

Al final, se convirtió en un gran problema. El comercio no se materializó y no pudo permanecer más tiempo al lado de la Emperatriz Navier.

No podía repetir lo mismo esta vez.

Heinley, sin embargo, ya parecía ofendido.

Debo contenerme, debo contenerme, debo contenerme.

Estas palabras fueron repetidas por el sonriente Heinley en su interior, revelando sus verdaderos pensamientos.

Soy diferente al Emperador Sovieshu. No me dejaré llevar por los celos. La Reina me dijo que era guapo.

Pero el arrepentimiento de que Kapmen desapareció de nuevo ante la mención de “Reina” en los pensamientos de Heinley.

—Esas fueron palabras vacías.

Los efectos de la poción, que parecían haberse estabilizado por un momento, se dispararon de repente.

—¿Qué has dicho…?

—Gracias por la invitación.

—No fue eso.

—Felicidades por la bo- —Kapmen se mordió los labios.

Lo había dicho antes sin problemas, pero esta vez no era capaz de felicitarle por su boda.

Al verle reaccionar así, la expresión de Heinley se ensombreció.

♦ ♦ ♦

Mientras tanto, la expresión de Sovieshu también era sombría.

Estaba leyendo la invitación enviada por Heinley para asistir a su boda en el Reino del Oeste.

—¿Está en su sano juicio? —murmuró Sovieshu mientras miraba la carta decorada con detalles de color marfil.

Incluso había una frase en la carta que decía:

[Por nuestra amistad.]

Sovieshu aplastó la carta y la tiró cuando se dio cuenta de que no había sido escrita por Navier.

—¡Majestad! —El marqués Karl abrió la boca sorprendido.

Se suponía que las cartas enviadas por los gobernantes de los países vecinos debían guardarse. Sin embargo, la hizo una bola y la tiró al suelo.

Era importante guardarla para las generaciones futuras.

Sovieshu se levantó con frialdad y empezó a pisar la carta.

—¡Majestad!

El marqués Karl le llamó de nuevo en un intento de detenerle. Pero enseguida se calló y dejó que Sovieshu hiciera lo que quisiera.

Ahora que lo pensaba, las generaciones futuras que pudieran leer esta carta se enterarían de la relación entre el emperador Sovieshu y el rey Heinley… Al menos eso pensarían.

Sovieshu solo volvió a su lugar después de pisar la carta unas cuantas veces más. Sin embargo, seguía enfadado.

Cuando vio la carta de Heinley, recordó a Navier cogiéndole con fuerza de la mano.

Una vez sentado, se reclinó en su asiento. Mientras cerraba los ojos y empezaba a masajearse las sienes, oyó la voz de Navier.

—No.

Una voz firme y fría.

—No.

No, no, no, no, NO.

La incesante repetición de su voz hizo que le doliera aún más la cabeza.

Sovieshu volvió a abrir los ojos y solo entonces desapareció la voz.

—¡¿Majestad?! —gritó preocupado el marqués Karl a Sovieshu.

Pero Sovieshu no respondió, se limitó a suspirar.

El día del último banquete de bodas, fue a visitar a Navier de forma impulsiva. Cuando la vio frente a la puerta del rey Heinley, de repente se arrepintió de todo.

Sintió que todo estaba mal. Una sensación de temor surgió en su interior, como si el mundo fuera a derrumbarse si no hacía nada para arreglar las cosas.

No sabía por qué. Ni siquiera ahora. Pero en ese momento, esa sensación de temor era tan intensa que Sovieshu no pudo evitar acercarse a Navier y decirle.

—Vuelve. No quiero que seas la mujer de otro hombre. Somos una pareja casada, Navier.

A juzgar por su cara, Navier parecía un poco sorprendida. Abrió mucho los ojos y le miró como diciendo: “¿De qué estás hablando?”

Luego levantó una ceja y dijo con una leve sonrisa.

—No.

Aquella simple respuesta le puso furioso.

El temor desconocido fue sustituido por la ira. Así que, en lugar de insistir, dio media vuelta y se marchó.

Pero ¿por qué lo recuerdo ahora con tanta tristeza? ¿Por qué el sentimiento de vacío era mayor que el de ira?

—¿Majestad? —El marqués Karl volvió a llamar a Sovieshu.

Sovieshu dejó por fin a un lado sus pensamientos y dijo, mirando con atención la carta aplastada en el suelo.

—Navier parece querer provocarme.

—¿Qué?

—Es obvio que finge tener una buena relación con el rey Heinley delante de mí. Mantengamos la invitación por ahora.

Sovieshu volvió a cerrar los ojos tras indicar que podía marcharse. Sin embargo, el marqués Karl se limitó a tomar la carta aplastada y dudó en marcharse.

Sovieshu abrió los ojos y le miró con atención.

—¿Qué ocurre?

Cuando sus miradas se cruzaron, el marqués Karl expresó con cuidado.

—Majestad, me gustaría comentar algo sobre la donación de la emperatriz.

—¿De Navier?

—De Rashta…

—Ah, Rashta.

Sovieshu frunció el ceño y dijo:

—¿Qué pasa con Rashta?

—Ella dijo en la recepción de la boda que donaría 20 millones de krangs, ¿verdad?

—Sí, así es.

—¿Es posible que done esa cantidad?

—Ya confirmé esa parte con el Barón Lant. Será a través de pagarés imperiales.

—¿Pagarés imperiales? —preguntó perplejo el marqués Karl, y Sovieshu respondió como si fuera normal.

—Los habrá dejado Navier.

—¿La reina Navier? —Los ojos del marqués Karl se abrieron de golpe.

¡Así que la emperatriz Rashta actuaba como una persona amable mientras usaba el dinero de la reina Navier!

—En ese caso, ¿no tendría que recuperarlos, Majestad?

Pero Sovieshu respondió con calma.

—Ya está hecho. De todos modos, no habrá ningún problema a menos que lo denuncie. Olvidémoslo.

—Pero…

—También ayudará a mejorar la imagen de Rashta.

—¿Estará bien? —El marqués Karl estaba preocupado. No por este asunto, sino por Sovieshu.

Aunque parecía echar de menos a Navier, seguía protegiendo a Rashta.

¿Y si sus acciones actuales le llevaban a un arrepentimiento en el futuro? Eso era lo que de verdad preocupaba al marqués.

Mientras tanto, Rashta saboreaba ahora la mayor felicidad.

Miró despacio alrededor del Palacio del Oeste, sintiéndose orgullosa. Elegantes escaleras arqueadas, habitaciones para sus guardias, un espacioso vestíbulo, un espléndido salón y un magnífico dormitorio…

Todo esto era suyo.

En el palacio imperial, este edificio era exclusivo para la emperatriz.

Aquí tendrá a su hijo y vivirá cómoda. Después de mucho tiempo, su hijo ascendería al trono.

Cuando su hijo se convirtiera en el nuevo emperador, ella se convertiría en la madre del emperador.

—Daré a luz y criaré al soberano de este vasto imperio.

Rashta se estremeció al mirar por la ventana, abrumada por sus emociones.

Subió desde abajo por sí misma. Era diferente de los que tenían la suerte de nacer en familias ricas y poderosas. Ellos siguieron con pereza un camino establecido toda su vida, pero ella no.

Salió del acantilado y trepó por el escarpado terreno hasta la cima.

Rastha sonrió.

Ahora que se había convertido en Emperatriz, pensaba que todo había terminado. Lo consideraba su victoria, el final feliz.

¿La emperatriz de los plebeyos? Nunca quiso serlo.

¿Qué hacían los plebeyos por sí mismos? Odiaba a los nobles, pero también odiaba a los plebeyos.

Si tuviera que elegir alguno… elegiría a los esclavos.

—¡Ahora todo depende de mí! El poder de la Emperatriz es inmenso.

Rastha apretó el puño contra su pecho. De lo contrario, sintió que su corazón estallaría de inmediato.

La escena del banquete de bodas. Solo de pensar en ese momento se le ponía la piel de gallina.

Los gritos de alegría de los presentes…

—Todo el mundo quiere a Rashta.

Cuando se extendiera el rumor de que había donado 20 millones de krags, su popularidad aumentaría aún más.

Le esperaba un futuro rodeado de flores, seda y joyas.

Rashta se dio la vuelta, complacida. Sin embargo, su única dama de compañía, la vizcondesa Verdi, no tenía expresión de alegría.

—¿Qué ocurre? —Rashta se acercó a ella en silencio y le preguntó—: ¿Por qué no sonríes?

La vizcondesa Verdi respondió aturdida:

—¿Qué?

Rashta la miró con atención, inclinando un poco la cabeza.

—¿Por qué no sonríes? ¿Es porque no te gusta que Rastha esté aquí?

La vizcondesa Verdi se sorprendió y negó rápido.

—No, claro que no.

—¿Es porque recuerdas a la emperatriz depuesta? ¿Venir aquí te ha hecho echarla de menos?

—No, en absoluto —se apresuró a negar la vizcondesa.

Rashta la miró suspicaz con los brazos cruzados.

Cuando era concubina, tenía que desconfiar de los demás. Una concubina no tenía poder. Incluso en la parte legal no había ningún problema si alguien la intimidaba.

Los nobles sólo habían sido amables con ella por el Emperador. Pero, ahora ella era la Emperatriz. Si alguien la molestaba, esa persona tendría que asumir las consecuencias.

Quería intentarlo cuanto antes.

—De verdad no es así, Su Majestad.

—Entonces quiero una explicación.

Rashta sonrió y levantó la barbilla de la vizcondesa Verdi.

—¿Por qué pareces tan apagada en un día tan feliz?

La vizcondesa Verdi vaciló, pero el humor de Rashta era tal que si no decía la verdad se metería en un buen lío, así que por fin contestó.

—Se suponía que el salón estaría lleno de regalos de los nobles.

Rashta se asustó y contestó:

—¡¿Qué?!

¿Regalos?

Ahora estaba en su dormitorio, pero acababa de pasar por el salón. El salón estaba limpio y amueblado, pero no había ningún regalo.

Rashta volvió a la habitación para comprobarlo. Como ya esperaba, no había regalos.

—¿De verdad tiene que haber regalos?

Cuando Rashta preguntó con suspicacia, la vizcondesa Verdi respondió:

—Solo he experimentado esto una vez en el pasado, pero la mitad de la habitación estaba llena de regalos cuando la emperatriz Navier vino aquí por primera vez.  Le llevó varios días revisar los regalos y escribir cartas de agradecimiento. Lo recuerdo muy bien.

Rastha se quedó helada ante las palabras de la vizcondesa Verdi. Sintió como si le drenaran la sangre de la cara, volviéndose fría.

¿Qué significaba aquello?

Durante la boda, todos los hombres querían bailar con ella y todas las mujeres le hablaban con amabilidad. Todos, sin importar de su edad o sexo, la elogiaban. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué nadie le envió un regalo?

Por fin, su rostro se torció con brusquedad. La respuesta era obvia para ella.

Navier.

¿Qué hizo la emperatriz depuesta mientras estuvo en el Imperio Occidental?

El pueblo la ignoraba y los nobles eran amables con Rastha. Era obvio, por eso esparció malos rumores sobre mí por todas partes. Además, ella es tan inteligente como para hacer eso.

—Qué despreciable… —murmuró Rashta, rechinando los dientes.

Al ver su reacción, la vizcondesa Verdi dio un desconcertado paso atrás.

—Yo haré lo mismo. Iré a su boda y haré lo mismo.

En ese momento, se dio cuenta de un pequeño regalo. Era un regalo difícil de distinguir porque estaba sobre las mullidas alfombras.

Rashta corrió rápido y recogió el regalo.

Luego juró.

No importa quién haya enviado este regalo, le ofreceré mi más sincera amistad.

Al abrir el regalo, encontró un anillo pequeño pero con una gran joya.

En el interior estaba escrito el nombre del duque Elgy.


[1] Navi es la romanización de “나비”, que significa “Mariposa”.

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