La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 112: El Gran Duque Kapmen odia a la Reina

Traducido por Lucy

Editado por Sakuya


Aunque fue increíble volver a ver a Kapmen, no había tiempo para estar encerrada en el palacio, preocupada por mi futuro.

Así que fui a visitar a Christa, como había planeado en un principio.

—Navier —murmuró ella sorprendida en cuanto me vio, no tenía ni idea de que yo vendría a visitarla.

Me saludó poco después.

—No esperaba recibir tu visita.

—He venido a ver cómo estaban las flores de acacia que envíe —respondí.

Christa pareció sorprendida por un momento, pero enseguida sonrió y pidió a una de sus damas de compañía que preparara la mesa.

Momentos después, la dama de compañía puso té de jazmín y aperitivos en la mesa antes de marcharse.

Una vez sentadas frente a frente, le pregunté:

—¿Te gustaron la Flores de Acacia?

—De verdad… me gustaron, Navier.

—Me alegro.

Sonrió y bebió un sorbo de té.

Esperé a que terminara antes de hacerle otra pregunta:

—¿Es probable que vuelvan a florecer?

Las flores de acacia significaban amistad en el lenguaje de las flores.  Christa debería estar familiarizada con la alta sociedad como para entender lo que quería decir.

De hecho, comprendió mis palabras de inmediato y miró la taza de té en silencio.

—Para saber si florecerán en el futuro es necesario cuidarlas bien. Pero estoy segura de que están vivas.

No tenía intención de fingir conmigo. Cuando oí su respuesta, me sentí aliviada. Así que, con más valor, esta vez me expresé con franqueza, en lugar de hacer otra pregunta indirecta.

—Las dos hemos hecho cosas parecidas, así que es mejor no hablar de ello.

Christa, que estaba removiendo el té con una cucharilla, se detuvo.

—No quiero entrar en una guerra psicológica innecesaria. Al final, no resultará en nada bueno ni para ti ni para mí.

La examiné mientras terminaba mis palabras. Ella seguía inmóvil en la misma postura en la que se detuvo. Solo al cabo de un momento, volvió a mover su mano inmóvil, removiendo con lentitud el té con la cucharilla.

Entonces, de repente habló con una sonrisa.

—Yo también lo sé. —Parecía muy agotada, como si hubiera renunciado a todo—. Yo tampoco quiero luchar. Pero… ahora mismo espero que ambas podamos estar cómodas con esta distancia entre nosotras.

Su respuesta también carecía de fuerza.

Reflexioné sobre sus palabras, luego sonreí y dije: —Está bien —levantándome de la silla. Satisfecha con su sugerencia.

Pero de camino al palacio independiente, Rose me preguntó:

—¿Cómo ha ido?

Le respondí de forma negativa.

—El resultado no ha sido bueno.

A primera vista, las palabras de Christa sonaban como si aceptara la reconciliación.

¿No dijo que no quería pelear?

Pero las palabras que siguieron.

—Ahora mismo espero que ambas podamos estar cómodas con esta distancia entre nosotras.

Fueron el verdadero problema.

Es a Christa a quién beneficiaría mantener la situación actual, no a mí.

Ella no mostró hostilidad hacia mí, incluso dejó espacio para el acercamiento. Al mismo tiempo, sugirió que mantuviéramos la distancia actual. De este modo, estaba manteniendo la situación que la favorecía, previniendo futuros problemas, e incluso si surgían, ahora tenía una forma de evitarlos.

Si en algún momento yo me inquietaba por la lentitud de la situación e intentaba mostrarme hostil, ella me decía que tenía intención de acercarse a mí.

—Tendré que elegir otro camino.

Tal vez, a diferencia de lo que yo pensaba, Christa solo estaba siendo sincera. Pero tanto si era calculado como si no, continuar con la situación actual seguiría siendo perjudicial para mí.

Así que no podía solo confiar en sus palabras y esperar a que cambiara de opinión, mientras yo permanecía aislada de la alta sociedad.

Me lo pensé por un momento y luego ordené:

—Envía a la señorita Mullaney flores de Corydalis y Geldya de mi parte. Hazlo en secreto.

En el lenguaje de las flores, Corydalis significaba secreto, y Geldya significaba cooperación.

Mullaney lo entendería.

Rose entendió lo que quería decir, asintió y se rio. Pero Mastas no entendió nada y preguntó:

—¿Qué? Rose, ¿por qué te ríes? Majestad, ¿tú también te ríes?

—Haces demasiado ruido.

—Es porque se están riendo menos yo. ¿Por qué?

—No actúes con tanta imprudencia delante de Su Majestad.

—Ah, pero solo quiero saber.

Sin embargo, mientras caminaba hacia el palacio separado, viendo a Mastas y Rose discutiendo. Por sorpresa, vi a Kapmen no muy lejos.

Caminaba solo por el palacio separado con un atuendo diferente al de antes, suspirando y observándolo.

¿Qué hacía aquí el Gran Duque Kapmen…?

Mientras pensaba en ello, de repente levantó la cabeza y me miró. Nuestras miradas volvieron a encontrarse. Fue incómodo, pero ya era la segunda vez. Si volvía a evitarle, mis damas de compañía lo encontrarían extraño.

Cuando fui a visitar a Christa pude evitarlo porque donde él estaba había mucha gente. Pero ahora, el Gran Duque Kapmen estaba solo y, encima, se encontraba en el camino que debía seguir.

Al final, me acerqué y le saludé fingiendo calma.

—¿Cómo ha estado, Gran Duque?

Él movió los labios como si quisiera responder. Sin embargo, no se oyó nada.

Mirándole, tenía una expresión muy avergonzada. Parecía a punto de morir de vergüenza. Solo movía los labios y se tapaba la boca con una mano.

Antes, me había dado cuenta de que no había conseguido neutralizar los efectos de la poción. Pero ahora mirándolo frente a mí, parecía que la eficacia… tampoco había disminuido en absoluto.

Estaba perpleja.

Incluso mis damas de compañía parecen perplejas al ver cómo me miraba el Gran Duque de un país extranjero.

Pero cuando al final se dio la vuelta y se alejó sin decir palabra, Rose y Mastas resoplaron furiosas.

—¿Quién se cree que es para ignorar con tanto descaro a Su Majestad la Reina?

—¿Le hago volver ahora mismo?

—Es el Gran Duque Kapmen de Rwibt…

Rose y Mastas se sorprendieron al escuchar quién era.

No sabía si habían oído su nombre antes, pero de inmediato exclamaron:

—Ah, ¿él?

—Majestad, es uno de los mejores graduados de la Academia Mágica, ¿verdad?

—Aun así, fue demasiado grosero.

—Está bien. Es un hombre tímido —las disuadí, regresando rápido al palacio separado.

Pero estaba de verdad preocupada. Los efectos de la poción eran todavía muy fuertes. ¿Podríamos seguir adelante con las negociaciones?

Había una persona que observaba todo esto desde detrás de un pilar. Esa persona era una de las damas de compañía de Christa. Ella observó la situación con cuidado, y cuando vio la extraña atmósfera entre el Gran Duque Kapmen y la Reina Navier, regresó emocionada para informar a Christa.

—Mi Reina, he descubierto algo muy bueno.

—¿Algo muy bueno?

—¿Conoces al Gran Duque Kapmen?

—El Gran Duque Kapmen de Rwibt…

—Sí, debe haber venido para la boda.

Christa asintió.

¿De qué servía que hubiera venido? La visita de un invitado extranjero siempre era bienvenida, pero en este caso, el propósito de la misma no tenía nada que ver con ella.

La dama de compañía sonrió y susurró:

—Pero cuando vi al Gran Duque Kapmen con la Reina Navier, tuve la impresión de que albergaba un fuerte odio hacia ella.

—¿El Gran Duque Kapmen? —Christa lo pensó un momento y preguntó—: ¿No se había quedado un tiempo en el Imperio del Este?

—Algo debió pasar entonces.

—¿Tú crees…?

—Era obvio que la odiaba. Cuando la Reina Navier le saludó, el Gran Duque la ignoró. Rose y Mastas refunfuñaban.

La dama de compañía estalló en alegres carcajadas y sugirió con rostro resplandeciente:

—Mi Reina, aproveche esta oportunidad. Pon al Gran Duque Kapmen de nuestro lado.

—El Gran Duque Kapmen…

—Sí. ¿No quiere la Reina Navier utilizar a Sir Kosher para ganar popularidad entre las jóvenes? Dicho esto, el Gran Duque Kapmen también es un hombre apuesto que no perdería ante Sir Kosher. Si utiliza al Gran Duque, podría mantener a las jóvenes de su lado.

♦ ♦ ♦

—¿Cómo puedo hacerlas cambiar de opinión?

Después de pensarlo mucho, Rashta envió primero invitaciones a todos los nobles que vivían en la capital.

—A menos que sea por una circunstancia especial, nadie puede rechazar la invitación de la Emperatriz.

Y tal como dijo la vizcondesa Verdi, todos los nobles se reunieron en el jardín, pero parecían desconcertados por la repentina invitación.

Una gran mesa estaba puesta en el jardín y cubierta de extravagantes platos. La comida era muy vistosa, y el sabor estaba a la altura.

El cocinero del emperador cumplió justo las órdenes de Rashta. Incluso los nobles, desconcertados por la invitación, se sorprendieron al ver el dulce castillo sobre la mesa.

Un río de helado fluía alrededor del castillo dulce, y mermeladas hechas con todo tipo de frutas estaban en carritos de galletas.

—¡Qué maravilla!

Mientras los nobles admiraban la comida preparada, Rashta sonrió con elegancia y dijo:

—Lo he preparado especialmente para todos ustedes.

Los nobles se sorprendieron aún más al ver a Rashta, que el dulce pueblo de golosinas preparado sobre la mesa. Su forma de hablar era similar a la de la emperatriz Navier. Rashta hablaba por lo general en un tono alto y encantador, pero ahora, incluso su tono de voz era más bajo de lo habitual.

Algunos con buen ojo también se dieron cuenta de que el elegante vestido rojo de Rashta era similar a la ropa que llevaba a diario la emperatriz Navier. No era justo el mismo diseño, pero se parecía mucho.

Los nobles intercambiaron miradas en silencio.

—Todos, por favor, tomen asiento.

Rashta sonrió con elegancia y les invitó a sentarse, mientras ella misma se sentaba a la cabecera de la mesa. Luego continuó con voz tranquila.

—Han pasado muchas cosas, pero ahora todo se ha estabilizado. Ésta es una nueva era. Quiero establecer amistades y mantener buenas relaciones con todos. Las luchas internas entre los nobles también son una molestia para Su Majestad el Emperador.

Sonriendo, Rashta levantó su copa de champán para brindar. Los nobles hicieron lo mismo y levantaron sus copas. Tras beber medio sorbo, bajó la copa y se llevó las manos al vientre.

—Siento no poder beber más con ustedes. Por el bien del bebé, me detendré aquí.

Al mencionarlo, los desconcertados nobles sonrieron de inmediato y comenzaron a dar sus bendiciones.

Era gracioso verla imitar a la emperatriz Navier, pero tenía razón. Ahora había comenzado una nueva era, y la emperatriz Navier no volvería jamás. Si se hubiera quedado siendo solo la antigua emperatriz, cabía la posibilidad de que regresara. ¿Pero no se había vuelto a casar con el rey de otro país?

En este escenario, lo mejor sería estar en buenos términos con la actual emperatriz. Aunque la emperatriz volviera a cambiar, la diferencia estaba en el bebé que llevaba en el vientre de la emperatriz Rashta.

—Tendrá un bebé sano, Su Majestad.

—Será un bebé maravilloso, se parezca a la emperatriz o al emperador.

—De verdad angelical.

—¿Ha pensado en el nombre de su bebé, Su Majestad?

Estaba pensando en ello.

Rashta se acarició el vientre, sonriendo ante los elogios de los nobles. Quería demostrarles quién era la dueña del palacio occidental, quién estaría por encima de ellos a partir de ahora, y quién llevaba en su vientre al próximo emperador, lo reconocieran o no.

—Su nombre… no lo sé. Su Majestad el Emperador lo decidirá.

Rashta sonrió y se acarició el vientre una vez más, pero se sintió turbada.

La imagen del cuerpo de un recién nacido acudió a su mente en ese momento. El pequeño cuerpo que el vizconde Roteschu le había mostrado, afirmando que el bebé había muerto nada más nacer.

Desde luego, no era su bebé, pero el cadáver no era falso. Ella había sostenido al bebé muerto en sus brazos, sollozando desde el fondo de su corazón.

En aquel momento no estaba asustada, aunque sabía que era un cadáver. Solo se sentía desconsolada, desgarrada y con el corazón roto.

¿De quién era aquel bebé? ¿De dónde había sacado el vizconde Roteschu a ese pobre bebé?

Entonces, sus pensamientos se volvieron hacia su verdadero bebé… su primer hijo, Ahn.

—¿Su Majestad? —La vizcondesa Verdi la llamó con cuidado.

Solo entonces Rashta se dio cuenta de que se había desviado y sonrió rápido. Nada de eso importaba ahora. Todo formaba parte del pasado, un pasado doloroso.

Ahora, tanto ella como el bebé que llevaba en su vientre serían felices.

En ese momento, se oyó una sonora carcajada a un lado de la mesa. Era una risa maliciosa.

El ambiente se silenció de inmediato.

Rashta miró hacia el asiento de donde procedía la risa. Había un hombre alto con el pelo rubio platinado sentado ahí. Tenía los ojos amarillos y desprendía un aire intelectual, como si fuera un erudito. También tenía un rostro atractivo…

Ella se dio cuenta de quién era.

El día del divorcio de la emperatriz Navier, aquel hombre había corrido hacia ella antes de ser detenido por los guardias del emperador, gritando sin entender por qué tenía que divorciarse.

Se culpó por haberle invitado. Sabía que algunos nobles que vivían en la capital habían estado al lado de la emperatriz Navier. Sin embargo, envió invitaciones a todos menos al duque y a la duquesa Troby.

Quería que vieran con sus propios ojos quién era ahora el amo del palacio de la emperatriz.

Así que le invité a él también…

Se arrepintió tarde de su decisión.

—Es que me parece un poco irónico que la persona que declaró con orgullo que sería la “emperatriz de los plebeyos” intente ahora acercarse a los nobles…

Ante el evidente veneno de sus palabras, ella le ordenó con el ceño fruncido:

—Si no quieres tener una relación amistosa conmigo, vete ahora mismo.

El marqués Farang murmuró:

—Oh, qué miedo. —Y se puso de pie de inmediato—. Como es una orden, no tengo más remedio que marcharme.

Entonces, agitó la mano y se marchó.

Algunos nobles se miraron entre sí y siguieron al marqués Farang, diciendo que les dolía el estómago, que iban al baño o que recordaban un asunto urgente.

El número fue creciendo hasta alcanzar a más de un tercio de los presentes.

Rashta apretó los puños, mordiéndose los labios con fuerza.

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