Traducido por Herijo
Editado por Freyna
Aunque su recuerdo era difuso, Leonard estaba seguro de una cosa:
¿Por qué habría de pensar de tal manera?
Jamás había visto a su única hija como una deshonra para la familia.
Aquel día, de regreso en el carruaje, Leonard, incapaz de calmar su ira incluso tras confrontar al líder del altar, fruncía el ceño y respiraba con dificultad de vez en cuando.
Al ver a Rubette, encogida a su lado intentando contener las lágrimas, la ira que apenas había logrado controlar se avivaba de nuevo.
—Ah, maldición…
Sí, en un momento así, sin nadie más que la parte afectada, miles de pensamientos debieron haber acosado a su hija.
Quizás, ¿creyó que estaba enfadado con ella?
—¿Acaso no podrías haber dicho que todo estaba bien?
Desafortunadamente, por más que lo intentara, no encontraba el recuerdo. No recordaba haberle asegurado a su hija, aterrorizada y llorando, que todo estaba bien.
—Sí, debería haberlo hecho.
Leonard bajó lentamente el brazo que le cubría los ojos, mirando al vacío, y se reprendió a sí mismo con desprecio.
—Soy… realmente el peor padre que pueda existir.
♦ ♦ ♦
Culpabilizar tanto a mi padre no me hacía sentir bien.
Era comprensible. Rubette, cuyo orgullo estaba completamente herido, no era de las que expresaban abiertamente sus sentimientos y prefería aislarse cuando estaba lastimada.
Pero Juliet Karenina debe decir lo que piensa.
Movida por un sentimiento de inquietud debido al conflicto interior, estaba a punto de dirigirme hacia mi habitación cuando algo bloqueó mi paso.
Al levantar la vista, me encontré con un rostro demasiado familiar y profundamente grabado en mi memoria.
Mis ojos se abrieron de par en par, sorprendida.
¿Kedrick Reiger? ¿Qué hace aquí desde el mediodía?
Kedrick Reiger, el chico que Rubette había admirado toda su vida.
Kedrick, de notable belleza pero no de mi agrado, se paró frente a mí con la frescura propia de sus 16 años.
—Rubetria.
—Oh, Kedrick. Hola.
Con su cabello castaño perfectamente peinado y sus ojos azules, era, en una palabra, un chico apuesto.
Y con ese rostro, había jugado con la bondadosa Rubette toda su vida.
Maldito… Solo ver su rostro me irrita.
Mi corazón se oprimió al recordar a la bondadosa Rubette, de pureza inigualable.
♦ ♦ ♦
Era el decimosexto cumpleaños de Rubette.
Así, que se trataba de un evento que ocurrirá en aproximadamente medio año.
Con motivo de los gemelos, aquel día se llevó a cabo una fastuosa celebración en el Ducado Diollus.
—¿No vas a probar nada? He traído a un chef desde muy lejos especialmente para ti…
La idea de que los demonios organizaran un cumpleaños por puro altruismo era impensable…
—Parece que no tienes apetito.
—¿Qué sucede, Kedrick? ¿No habías dicho que comerías todo lo que le ofrecieras?
La presencia de Kedrick en su cumpleaños llenaba de ilusión a Rubette, haciéndola sentir ridículamente emocionada.
—¿No quieres comer?
—Yo, yo… Kedrick, ¿e-esto es realmente comestible?
Rubette esbozó una sonrisa forzada ante la mesa repleta de manjares.
Pescado crudo y desmenuzado, restos de sopa, trozos de carne dura…
Por lo que recordaba, eran residuos de comidas del ducado acumulados durante tres días. Normalmente, se juntaban y se enviaban a una granja.
—Entonces, ¿qué te parece?
—Al fin y al cabo, hay muchos otros platos exquisitos. Comamos de esos…
La negativa de Rubette sorprendió a Kedrick, quien miró a su alrededor, el rostro encendido por la vergüenza.
En la fiesta estaban presentes los gemelos y el círculo íntimo de Kedrick.
Todos eran descendientes de familias nobles: jóvenes ricos y mimados destinados a ser figuras centrales de la sociedad. La tercera generación.
—Hmm, habías presumido tanto antes. Pero, ¿qué es esto? Qué decepción.
—Sí, es aburrido. Pensaba que comía cualquier cosa sin reparos, pero parece que ya no tolera este tipo de alimentos.
El joven señor de Alon y la señorita del Condado de Pelkan, líderes del grupo, compartieron una risa a costa de Rubette, quien palidecía ante sus ojos.
Ninguno de los rostros reunidos para festejar su cumpleaños le era cercano.
Al observar la mesa rodeada de demonios que reían y charlaban, Rubette tuvo que morderse los labios para contener las lágrimas.
—Si no vas a comer, ¿cuál es el sentido de haber preparado todo esto?
Kedrick, sentado a su lado, apretó los dientes y murmuró con voz queda.
Lo más desolador era que él, en quien ella había depositado su confianza, estuviera al frente de esta cruel escenificación.
Rubette era bondadosa y reservada, mas no tonta; comprendía que para Kedrick no era más que un entretenimiento. Aun así…
—No tengo hambre… Lo comeré más tarde.
—¡Eh!
—¡ Ja, ja, ja!
—¡Vaya, joven maestro Kedrick, tanta seguridad tenías!
—Ella dijo que no comería, ¿no es así? ¡Acerté, así que todas las apuestas son para mí!
—¡No, esa apuesta no cuenta!
—¡Jajaja…!
Entre las burlas de sus amigos, un Kedrick herido en su orgullo temblaba de ira.
—Mala chica…
—Lo siento.
—Si realmente lo lamentas, ¡entonces come! No es que no puedas hacerlo.
—P-Pero…
—¡Comerlo no te matará!
Ante la reprimenda de Kedrick, Rubette, intimidada, tomó instintivamente la cuchara. Fue en ese momento cuando su criada, Rebecca, que había estado observando la escena, intervino con coraje.
—¡Oh, señorita!
—¿Rebecca?
El silencio se apoderó de la sala mientras Rebecca le quitaba la cuchara a Rubette.
Frente a los jóvenes nobles, arrogantes más allá de sus años, Rebecca habló con temblorosa valentía.
—Yo… voy a la cocina a buscar algo más apetecible. Hay muchas otras opciones preparadas.
—Ja…
El único sonido que rompió el silencio fue el suspiro de Lillia, sentada al extremo de la mesa.
Con una expresión de fastidio, las demás criadas, sin mostrar compasión, se llevaron a Rebecca de allí.
—¡S-Suéltenme!
—Que se la lleven. ¿Cómo se atreve una simple criada a interrumpir así?
—¡R-Rebecca!
—¡Señorita!
Rubette, sorprendida, intentó seguir a Rebecca.
—Quédate sentada.
La detuvo la voz colérica de Kedrick, agarrándola del tobillo.
—¿No te das cuenta? Has arruinado el ambiente. Todos vinieron a desearte un feliz cumpleaños, y así es como reaccionas.
Las lágrimas se acumularon en los ojos de Rubette, quien solo podía mirar la espalda de Rebecca mientras se la llevaban.
Miles de pensamientos la asaltaban.
¿Por qué Kedrick me hace esto? ¿Por qué me detesta tanto? ¿Será por Lillia? ¿Quiere impresionar a Lillia?
Ya no era el Kedrick de apariencia principesca por quien Rubette había caído a primera vista a los ocho años.
Aun así, temía las emociones acumuladas a lo largo de los años.
—Qué aburrido. Me voy a mi habitación a descansar.
Cuando Lillia se levantó con una mirada pensativa, Ricky se acercó a Rubette y le pasó una cuchara.
—Vamos, tonta. Has enfadado a nuestra princesa. Come ya.
—No quiero. No seas así.
En ese momento, Rubette debería haberse levantado y salido de la habitación.
—Rubette, ¿irás sola al baile de presentación este año?
La voz de Kedrick, suavizada desde su tono anterior, capturó a Rubette una vez más.
—¿Eh?
—Pensaba que ya habías elegido a alguien más como acompañante, ya que no me lo habías pedido. Todavía no has encontrado a nadie, ¿cierto?
—Eh, eh…
Con una sonrisa amable, Kedrick apoyó su barbilla en la mano y anunció con una sonrisa:
—Iré contigo.
—¿De verdad?
—Claro. Si no es conmigo, ¿con quién más irías?
—Rubette, todo esto es parte de un juego. No tiene gracia si solo recibes felicitaciones de manera convencional. ¿No ves cómo todos se están divirtiendo?
Kedrick señaló hacia los niños que reían a carcajadas.
Finalmente, después de dudar un momento, Rubette levantó con mano temblorosa la cuchara.
—Pfft, ¿en serio va a comer?
—¡Ah, espera! Apuesto un millón de marcos a que lo hace.
—¡Cállense!
No tomó la cuchara por no querer decepcionar a su acompañante del baile de presentación.
Había entendido que el acoso se había convertido en su rutina diaria y, para Rubette en aquel momento, la voluntad de escapar de esa vida se había disipado.
Solo quería que la pesadilla terminara cuanto antes.
—¡Puaj!
—¡No puedo creer que realmente lo haya comido!
—¡Ah, es tan gracioso!
♦ ♦ ♦
El sabor de las entrañas de pescado podrido y los trozos de grasa de cerdo en su boca fue tan repulsivo como había imaginado.
—Uff, ajj.
Por un instante, creí poder saborear los desperdicios de comida en mi boca, y sentí náuseas.
Kedrick, enfrente de mí, parecía perplejo.
¡Al diablo!
Deseaba poder correr a la cocina en ese mismo instante y forzar esos desperdicios de comida en su boca.
Es una lástima que eso aún no haya pasado. Si me enfado ahora, solo pareceré una loca.
Aguanté con gran esfuerzo, apretando los dientes y desviando mi mirada de Kedrick, me aparté.
Justo cuando estaba a punto de subir las escaleras…
Kedrick bloqueó mi paso.
¿Qué significa esto?
Es de sentido común evitar pisar algo sucio. Intenté esquivarlo de nuevo, pero sus pasos me siguieron.
Irritada, levanté la vista, encontrándome con que Kedrick parecía aún más molesto de lo que yo estaba.
—Qué fastidio.
—¿Cómo?
—Es un fastidio. ¿Qué estás haciendo otra vez? Si tienes algo que decir, dilo de una vez y déjame en paz.
¿Se había vuelto loco?
Parecía pensar que yo estaba bloqueando su camino a propósito.
