Dinero de consolación – Capítulo 117: Regreso a casa (1)

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


Al día siguiente del incidente del arrebato de los tres dragones, Su Majestad el rey de Welka despidió oficialmente al primer ministro.

Sin embargo, para no dañar la imagen del país, me pidió que la razón oficial fuera la aparición de un sucesor excepcional y un cambio generacional. Aunque no estaba segura de qué tanto sentido tenía, pues era evidente que el detonante fue el incidente en la fiesta ante los nobles más influyentes del país.

No sé si fue porque escucharon mi opinión o por sus propios méritos, pero el señor Rasco fue nombrado como el próximo ministro.

Aunque su vida se volvió más ajetreada, prácticamente ya nadie se atrevía a menospreciarlo.

Con el anuncio, quien más se alegró, hasta el punto de las lágrimas, fue el señor Rajita. Lloró tanto que hasta la señorita Cassandra se quedó desconcertada.

En fin, con esto, mis asuntos en el reino de Welka llegaron a su fin.

Decidí regresar a mi país cuanto antes, pues sentía que, si me quedaba más tiempo, tendría que acabar resolviendo problemas innecesarios.

Con esa idea en mente, me dirigí a la habitación que le habían preparado a Su Alteza.

—Su Alteza, ¿regresará usted primero?

Cuando pregunté, Su Alteza puso una expresión de profundo desagrado.

—Debo regresar pronto, pero hacía mucho que no podíamos vernos. No creo que sea para tanto si nos quedamos juntos un poco más, ¿no crees?

Solo con ver el rostro de Su Alteza, a mí también me invadió un sentimiento de no querer separarme.

—Entonces, ¿le gustaría que regresáramos juntos en el barco?

Su Alteza miró a lo lejos por un momento y luego dijo:

—¿Puedo decirte algo que preferiría haber olvidado?

—Sí.

Respondí, ladeando la cabeza, y Su Alteza abrió la boca con dificultad.

—Le dejé todo el trabajo a tu hermano Roland.

Miré en dirección a mi patria.

—Eso te valdrá una reprimenda de proporciones extraordinarias.

Su Alteza asintió, pálido.

—Si pienso en eso, supongo que debo regresar cuanto antes, hasta el último segundo cuenta.

—Supongo que sí…

Siendo esa la razón, no podía retenerlo.

—Me despediré de Su Majestad el rey de Welka y partiré primero… No hay más remedio.

Ver a Su Alteza tan abatido y con la cabeza gacha me pareció extrañamente adorable. Me aferré a su brazo. Ante mi acción repentina, Su Alteza me miró sorprendido.

—Entonces, yo también regresaré para que mi hermano nos regañe a los dos.

Su Alteza se quedó perplejo por un momento, y luego me dedicó una sonrisa amable.

—Eso sería de gran ayuda.

Diciendo eso, me atrajo hacia sí en un abrazo.

Era la primera vez en mucho tiempo que compartíamos un ambiente tan dulce, y justo cuando presentía un beso, el sonido de unos golpes resonó en la puerta.

—¿Será esta la maldición de Roland, que nos interrumpe incluso lejos de nuestro país?

Ignoré el murmullo de Su Alteza, me aparté de él y me dirigí a la puerta.

—¡Voy!

Al abrir la puerta, me encontré con la señorita Lanfa y Su Majestad el rey de Welka.

—Ah, justo pensaba en ir a verlos.

Los invité a pasar a la habitación.

Preparé un té delicioso con sus acompañamientos. Por supuesto, a la señorita Lanfa le serví un té especial para embarazadas.

—Este no es té del reino de Welka.

—De verdad que es un misterio de dónde saca estas cosas.

Los dos, bebiendo su té y tomando un respiro, se veían verdaderamente compenetrados.

Verlos tan felices me llenó de una cálida ternura.

—Señorita Lanfa, tengo una petición que hacerle.

—Julia, tú siempre me has ayudado mucho. Pídeme lo que sea que esté a mi alcance.

Tomando valor, le dije:

—¿Me permitiría tocar su vientre?

Ante la mirada perpleja de la señorita Lanfa, expliqué:

—He oído que tocar el vientre de una mujer embarazada, resultará en hijos sanos y felices.

La señorita Lanfa soltó una suave y delicada risa.

—Nunca he oído eso en el reino de Welka, pero en el reino de Lao Fan existe la creencia de que si acaricias el vientre de una embarazada, la persona que lo hace también tendrá hijos sanos.

—¡En ese caso, debo investigar las tradiciones de cada país y publicarlas en un libro!

Al verme apretar los puños con convicción, la señorita Lanfa rio con elegancia.

—Tan propio de ti. Aún no se me nota mucho, pero adelante, puedes tocar.

Me acerqué a la señorita Lanfa y me permitió tocar su vientre.

—Qué sensación tan extraña. Pensar que aquí anida una nueva vida…

—Dentro de poco empezará a armar un gran alboroto ahí dentro.

El rostro de la señorita Lanfa también se iluminó con una sonrisa llena de amor maternal. Su aura noble se había transformado, y ahora parecía una virgen sagrada.

—Me han entrado ganas de tener hijos pronto.

Se me ocurrían un montón de productos que solo podría comprender si los experimentaba yo misma, como artículos para niños, libros y demás.

—Si tienes un hijo, Julia, mandaré a hacer un sonajero especial con las artesanas de madera de la familia del señor Rasco, uno que sea seguro incluso si el bebé se lo lleva a la boca.

—¡Sería maravilloso! Si se pueden fabricar tales artículos, me gustaría importarlos, así que debo preparar los documentos.

Mientras la señorita Lanfa y yo seguíamos con nuestros planes, Su Majestad el rey de Welka rodeó los hombros de su esposa con un brazo y rio.

—Señorita Knocker, antes de eso tiene que casarse con el príncipe de Palacio.

Era verdad. Me estaba adelantando tanto que casi complicaba las cosas.

Mientras reflexionaba sobre mi error, miré a Su Alteza y me encontré con su mirada de resignación.

Si tiene algo que decir, me gustaría que lo dijera.

—¿Sucede algo?

—No, nada.

Su forma de decirlo dejaba algo en el aire.

—Si no me lo dices claramente, me quedaré con la duda.

Al ver que fruncía los labios con insatisfacción, Su Majestad el rey de Welka soltó una carcajada. Su Alteza evitó mi mirada intencionadamente.

—Deberías ser más consciente de lo mucho que te quiere. Por cierto, ¿Alteza Rudnik regresará junto con Julia?

Me molestaba que la señorita Lanfa lo entendiera y yo no, pero al cambiar de tema, la conversación quedó ahí.

—Planeo regresar con ella.

—Ya veo. Qué lástima.

El rostro de la señorita Lanfa mostraba una decepción tan genuina que no pareció notar cómo Su Majestad el rey de Welka, a su lado, se inquietaba.

—Me alegra ver que la princesa Lanfa es feliz. Dicen que una mujer amada se vuelve más hermosa, y es verdad.

—Alteza Rudnik, ¿desde cuándo se ha vuelto tan elocuente?

Su Alteza sonrió con amabilidad, y la señorita Lanfa le devolvió una sonrisa dulce.

—¿No creen que se llevan demasiado bien?

Preguntó el rey de Welka con voz temblorosa por la ansiedad. La señorita Lanfa le puso una cara de niña traviesa.

—Su Alteza fue mi primer amor.

—¡¿Qué?!

Ante el rostro del rey, teñido de desesperación, la señorita Lanfa sonrió.

—Ahora es como otro hermano para mí. No tiene de qué preocuparse, Majestad, es imposible que en el futuro exista alguien a quien pueda amar más que a usted.

Conmovido, el rey de Welka observó a Lanfa, quien de pronto puso una expresión de haber recordado algo.

—¿Qué ocurre?

Preguntó el rey con las cejas caídas. Lanfa suspiró.

—Acabo de recordar que sí había alguien a quien podría amar tanto como a Su Majestad.

Pobre rey de Welka, su rostro al borde de las lágrimas era digno de compasión.

—¡¿Y quién es ese?!

—Por supuesto, es este pequeño.

Diciendo eso, la señorita Lanfa se acarició el vientre.

Ante su gesto, el rey de Welka sorbió por la nariz.

—Entonces, este bebé será el más feliz del mundo.

El rey de Welka abrazó con fuerza a Lanfa y le dio un sonoro beso en la frente.

Ver a la pareja tan feliz me llenaba de ternura.

—Les agradecería que no derramaran tanta miel delante de mí.

Su Alteza estaba de mal humor.

—Aunque la envidies, no te daré a Lanfa.

Su Alteza dejó escapar un profundo suspiro.

—Majestad, Su Alteza Rudnik solo quiere ponerse así de cariñoso con Julia.

La voz resignada de la señorita Lanfa fue lo único que resonó en la habitación.

—En fin, señorita Lanfa, de verdad que le agradezco toda su ayuda —dije, inclinando la cabeza ante ambos para dar por terminada la conversación.

—Al contrario, si no fuera por ti, Julia, podría haber seguido siendo testaruda y haber hecho que el rey me odiara. Así que, gracias.

La señorita Lanfa apretó mi mano con fuerza.

—No debes causar demasiados problemas a Su Alteza Rudnik. ¿Entendido?

La presión en mi mano aumentó.

Yo solo pude asentir repetidamente.

Al vernos, el rey de Welka murmuró:

—¿Qué piensas del príncipe ahora?

¿Por qué pregunta cosas innecesarias?

La señorita Lanfa respondió con cara de no entender.

—Es mi primer amor.

¿Y por qué admite abiertamente que fue su primer amor?

Me dieron ganas de llevarme las manos a la cabeza.

El rostro del rey de Welka se tiñó visiblemente de desesperación.

—Aunque digo primer amor, no fue más que una simple admiración mía, que Julia me arrebató con suma facilidad.

Aunque Lanfa lo contaba como una anécdota divertida, la mirada del rey de Welka, que nos fulminaba como si fuéramos seres increíbles, era aterradora.

—Pero gracias a eso pude casarme con un esposo tan maravilloso como Su Majestad, así que no siento más que gratitud.

Cuando Lanfa dijo eso y sonrió, el rey de Welka la miró con adoración.

Ojalá dejaran de encerrarse en su propio mundo tan de repente.

Su Alteza incluso había apartado la vista de ellos y miraba a lo lejos.

Mentiría si dijera que no los envidio, pero ¿acaso no les da vergüenza ser tan cariñosos en público?

Mientras los observaba pensando en eso, Su Alteza, habiendo perdido la paciencia, tomó la palabra.

—Ya es hora de que regresemos a nuestro país. Ruego porque la futura amistad entre nuestros reinos esté colmada de fortuna.

Parecía que Su Alteza había decidido marcharse cuanto antes.

—Yo también planeo regresar con Su Alteza. Les agradezco sinceramente por todo.

Tras dar las gracias y anunciar mi partida, Lanfa bajó las cejas con tristeza.

—Mientras estuviste aquí, Julia, no tuve ni un momento de aburrimiento.

—Señorita Lanfa, le escribiré cartas.

Cuando sonreí ampliamente, Lanfa me devolvió la sonrisa.

—Yo también te escribiré, sin falta.

—De paso, le enviaré una solicitud para un manuscrito, así que me alegraría si en su respuesta añade sus impresiones sobre los productos de maternidad.

La sonrisa de Lanfa se desvaneció de golpe.

—Odio esa parte de ti.

—A mí me encanta esa forma tan directa que tiene de decir las cosas, señorita Lanfa.

—Eso no suena como un cumplido, ¿sabes?

La señorita Lanfa me lanzó una mirada de reproche.

Mientras yo sonreía con nerviosismo, escuché el profundo suspiro de Su Alteza.

—Tú sí que eres incorregible.

Ya me he acostumbrado a la voz de resignación de Su Alteza; de hecho, hasta me produce una sensación de alivio.

Mi rostro se relajó sin poder evitarlo.

—¿Por qué pones esa expresión de embeleso? —dijo la señorita Lanfa, y luego me tomó las mejillas con ambas manos.

—Date prisa y vuelve para ponerte cariñosa Su Alteza Rudnik.

Aunque me lo dijera tan directamente, no era tan fácil.

—Aunque no me lo digas, es lo que más deseo, pero a Julia y a mí siempre nos acaban interrumpiendo por una cosa u otra.

Su Alteza dejó escapar un suspiro exagerado.

—Es que no es muy bueno creando una atmósfera solo para los dos.

Por alguna razón, la señorita Lanfa se rio entre dientes, como si estuviera encantada.

Una atmósfera para dos… ¿Cómo se supone que se crea eso si no estamos a solas?

Hay tantas cosas que me gustaría que me enseñara la señorita Lanfa, una experta en el amor. Decidí que le preguntaría sobre eso en mis futuras cartas.

♦♦♦

Cuando fuimos al puerto para informar al Capitán Bähr de que nos marchábamos antes de tiempo, nos recibió con un gran suspiro.

—¿Es porque ese príncipe sobreprotector vino a buscarla?

—No es exactamente por eso, pero…

Si le dijera que quería hablar cuanto antes con los artesanos sobre el procesamiento de los materiales que conseguí en este viaje, seguro que volvería a mirarme con resignación.

Al mirar a Su Alteza, vi que él ya se había dado cuenta y también me miraba con esa misma expresión.

—Te encargo también a los dos guardias.

Como era de esperar, no podía pedirles a los dragones que cargaran también a mis guardias en sus espaldas, así que se lo pedí al Capitán Bähr, pero los dos se echaron a llorar desconsoladamente.

Me gustaría que dejaran de aferrarse a mí como si los estuviera abandonando.

—Qué vergonzoso, un guardia llorando.

El señor Rasco, que había venido a despedirnos, dirigió una dura palabra a Bärg, pero este solo sollozaba mientras se secaba las lágrimas con la manga.

—¡Compórtate de una vez!

El señor Rasco, incapaz de seguir viendo la escena, le gritó. Bärg se acercó a él, lo agarró por los hombros y exclamó:

—¡¿Acaso tú entiendes mis sentimientos, siendo yo el guardia al que dejan atrás?!

—Ahora que lo dices, es verdad. Señorita Knocker, ¿estará bien sin sus guardias?

Sonreí ampliamente y miré a la familia de dragones que estaba formada detrás de mí.

—Su Alteza también está conmigo y regresaremos por el cielo, así que no creo que puedan atacarnos.

—¿Por el cielo?

Para cualquiera, volar por el cielo era algo totalmente irreal. De hecho, el señor Rasco también ladeó la cabeza, confundido.

—Regresaremos a lomos de los dragones.

—Los dragones, ¿no son criaturas de fantasía? —dijo el señor Rasco con extrañeza.

La familia de dragones, que había escuchado la conversación, se paró frente a él.

—Vaya, vaya, vaya, pero si este jovencito es el nuevo primer ministro, ¿no es así?

Sin dejarse seducir por el tono meloso de la señorita Liren, el señor Rasco inclinó la cabeza con reverencia.

—He sido nombrado primer ministro. Mi nombre es Rasco.

La señorita Liren acarició la cabeza del señor Rasco sin dudarlo, lo que provocó que el señor Haith, con una ligera expresión de disgusto, la abrazara por la espalda.

—Ah, Ras. Ya me acordé de tu nombre. Cómo eres un buen chico, te daré un caramelito.

El señor Rasco, aunque vacilante, aceptó el caramelo que le ofreció y, al probarlo, su rostro se iluminó con una expresión de pura maravilla que lo hacía ver adorable a ojos de cualquiera.

La señorita Liren lo miraba como se mira a un niño pequeño, con una expresión casi maternal.

Tras saborear felizmente el caramelo por un momento, señor Rasco pareció volver en sí y me entregó una bolsa de papel.

—Esto es algo que hice yo. Si le gusta…

Dentro de la bolsa había una gran cantidad de horquillas de madera tallada.

—¡Qué trabajo tan exquisito! ¿Cómo es posible tallar la madera con tanta delicadeza? ¿Le interesaría un contrato de exclusividad?

Propuse preparar los documentos, pero señor Rasco negó lentamente con la cabeza.

—Es una oferta muy generosa, pero a partir de ahora estaré muy ocupado con mi trabajo de primer ministro.

—Es cierto. Qué lás… ejem, ejem. ¡No hay nada que hacer!

Acepté a regañadientes.

—¡Señorita! ¡Déjame ver eso!

Vanette tomó una de las horquillas y, presa de la emoción, el color de sus ojos se tornó dorado.

—¡Esto es increíble! ¡Estoy impresionada!

Diciendo eso, señorita Vanette tomó la mano de señor Rasco.

Y sobre ella, depositó un beso que sonó con un suave «chu».

—No me disgustan los humanos como tú, que aman el verdor. Te he concedido una pequeña bendición. Prueba tocar o hablar con los árboles, crecerán mucho mejor.

Parecía que a señorita Vanette le había encantado la horquilla, pues se la estaba colocando en el pelo.

Recibir la bendición de la señorita Vanette quizás fue algo bueno, pero si su novio, el señor Michael, se enteraba de que le había besado la mano, no podía garantizar la vida del señor Rasco.

Su Alteza parecía estar pensando lo mismo, pues miraba a la señorita Vanette con resentimiento.

Tendré que advertirle claramente a la señorita Vanette más tarde para que no se le ocurra contarle esta historia a Michael.

—Es hora de partir. Gracias por cuidar de Julia —dijo Su Alteza a modo de agradecimiento al señor Rasco.

Casi al mismo tiempo, señorita Vanette adoptó su forma de dragón.

Espero que me perdonen por el caos que se desató en el puerto ante la imponente figura de un dragón tan grande salida de la nada.

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