La hija del Emperador – Capítulo 30

Traducido por Lily 

Editado por Herijo


—Te vas a arrepentir.

Las cortinas se abrieron de golpe, obligando a Kaitel a entrecerrar los ojos por el repentino destello de luz. Aún aturdido por el sueño, levantó un brazo para protegerse.

—¿Qué demonios estás diciendo?

El mal humor de Kaitel se disparó por un momento ante la intrusión tan temprana, pero se calmó rápidamente. No era la primera vez que ocurría algo así.

La figura de pie frente a él, de espaldas a la ventana, no era otra que Dranste. Kaitel frunció el ceño con dureza al reconocerlo. Dranste sonrió, divertido por su expresión.

La intensa luz del sol de la mañana entraba a raudales por la ventana que tenía a su espalda.

—He dicho que te vas a arrepentir.

—¿Arrepentirme de qué?

¿A qué venía ese mensaje críptico a estas horas de la madrugada? Y aun así, a Kaitel no le afectó, pues ya había oído ese tipo de tonterías antes. Volvió a cerrar los ojos.

Un susurro grave se deslizó en sus oídos.

—Bueno, supongo que tendrás que descubrirlo por ti mismo. —Dranste parecía estar de muy buen humor, a pesar de que Kaitel estaba lejos de estarlo.

Kaitel gruñó con fastidio y abrió los ojos de nuevo. Miró fijamente al techo vacío y dijo:

—¿Qué haces aquí? Creí que habías dicho que no vendrías en un tiempo.

La voz de Kaitel era bastante cortante. No es que Dranste fuera un invitado bienvenido, pero hoy Kaitel estaba particularmente frío, y eso entristeció un poco a Dranste.

¿He vivido mi vida equivocadamente? Una oleada de arrepentimiento sobre su vida lo invadió de repente. Se quedó allí de pie, con el ceño ligeramente fruncido.

Una voz irritada interrumpió el silencio.

—¿Te has quedado mudo o qué?

Dranste ya se había dado cuenta antes, pero Kaitel tenía una forma cruel de usar las palabras. Era un milagro que no lo hubieran apuñalado hasta ahora por esa lengua despiadada que tenía.

Era mucho más educado cuando era más joven.

A Dranste le sobrevino de repente la fragilidad de la vida. Al final, todo parecía carecer de sentido. Claro, cuando eran más jóvenes, se había enfrentado cara a cara con esa lengua afilada, pero todo eso había terminado ahora que Kaitel era emperador. Aun así, Dranste no podía evitar pensar que la forma de hablar de Kaitel acabaría por traerle problemas.

—Por desgracia, no. Todavía no soy mudo.

—Cierra la cortina. Aún es temprano —lo reprendió Kaitel de nuevo.

Dranste miró su reloj y se encogió de hombros.

—Pero ya es hora de que te levantes.

Kaitel sonaba profundamente molesto. Parecía que realmente no quería despertarse. Dranste, que nunca dormía, no podía saber lo que se sentía. Lo único que podía hacer era observar.

Tras incorporarse por fin, Kaitel se sujetó la cabeza, todavía atontado. Parecía que le dolía.

—Viéndote, me creo eso que dicen de que los humanos olvidan fácilmente su pasado.

Los ojos de Kaitel se posaron en Dranste, que estaba apoyado en el alféizar de la ventana con los brazos cruzados.

—Antes no podías dormir ni una hora seguida. Pero ahora, prácticamente caes en coma. ¿Recuerdas cómo te despertabas de inmediato cuando te miraba, sin importar lo profundo que fuera tu sueño?

Kaitel desvió la mirada ante la mención del pasado. Relajó el rostro y comenzó a presionar firmemente sus sienes.

—Pervertido. ¿Por qué te pones a mirar a alguien mientras duerme?

—Tus sueños son bastante entretenidos.

Kaitel lo fulminó con la mirada, pero Dranste se limitó a encogerse de hombros.

Para Dranste, el tiempo que habían pasado juntos fue refrescante y muy divertido, pero sabía que para Kaitel, ese tiempo había sido un auténtico infierno. Kaitel odiaba hablar de ello. Era fácil deducirlo observando sus sueños, aunque a Kaitel le repugnara la idea. Pero el problema era, precisamente, que a Dranste no le importaba en absoluto su opinión.

Y Kaitel lo sabía de sobra.

Intentó cambiar de tema, impotente.

—Basta. Contéstame ya. ¿No dijiste que ibas a desaparecer por un tiempo?

Dranste simplemente se encogió de hombros.

—Y lo hice.

—Solo han pasado dos días.

Kaitel bufó con incredulidad, pero Dranste no tenía mucho que decir al respecto. Tenía asuntos que atender, así que era cierto que no podía quedarse allí para siempre.

Por eso había planeado entregarle algo especial a Ariadna mientras estaba aquí, pero no tenía sentido mencionarlo, así que Dranste mantuvo los labios sellados.

Ahora que lo pienso… Oh, claro. Cierto.

De repente, Dranste soltó una risita. Kaitel frunció el ceño, presintiendo inmediatamente algo ominoso en su sonrisa.

—Ah, bueno, eso es porque…

—¿Porque…?

—Estoy interesado en tu hija.

Como era de esperar, el rostro de Kaitel se contrajo en un gesto despiadado mientras se movía instintivamente para proteger a Ariadna. Dranste sonrió radiante.

La bebé no se había separado de Kaitel desde el intento de asesinato. Incluso ahora, dormía profundamente a su lado. Hoy cumplía un año. Era una sensación extraña. Dranste nunca antes había sentido realmente el paso del tiempo, pero observar a la niña le hizo darse cuenta de que, en efecto, el tiempo avanzaba.

Aunque se había perdido en sus pensamientos por un breve instante, Dranste notó que la mirada de Kaitel sobre él era especialmente grave e implacable. Lo único que pudo hacer fue encogerse de hombros.

—Por supuesto que estoy tentado, pero no te la estoy pidiendo todavía.

—¿Todavía? —La voz de Kaitel estaba cargada de desdén.

Dranste esbozó una sonrisa tan dulce que, si Kaitel fuera una mujer, se habría derretido y caído de rodillas.

—Así es. Todavía no.

Pero Kaitel, por supuesto, no cayó.

—Entonces, lárgate.

Una sirvienta abrió la puerta muy silenciosamente y entró en la habitación. Se sobresaltó al ver a Dranste. Rápidamente recuperó la compostura y colocó un vaso de agua cerca de Kaitel. Un momento después, otra doncella trajo una palangana con agua para que se lavara la cara. Una tercera entró con ropa. Tras lanzarles una mirada seca a las tres, ordenó:

—Largo.

 

—Sí, Su Majestad Imperial. —Las sirvientas dejaron la ropa y salieron de la habitación.

Pero no mucho después, entró Serira. También se sorprendió al ver a Dranste, pero se recompuso rápidamente, tomó en brazos a la princesa dormida y salió. Esto era algo habitual, ya que Kaitel solía empezar su día antes que los demás.

Después de ver cómo se cerraba la puerta por completo, Dranste volvió a mirar a Kaitel, que todavía parecía aturdido y de un humor de perros. Esto era natural en él por las mañanas, pero parecía que, ahora que su hija había salido de la habitación, sentía que el día había comenzado de verdad.

Ya está domado. Tsk, tsk.

—Sigues sin permitir que nadie, excepto esa mujer, te ayude a vestirte, ¿eh?

La mujer a la que se refería Dranste no era otra que la jefa de doncellas del Palacio Soleil. Ni siquiera las sirvientas que él había seleccionado cuidadosamente tenían permitido ponerle las manos encima. La única autorizada para hacerlo era la jefa de doncellas de Kaitel.

Aunque Dranste conocía la historia detrás de ello, le seguía pareciendo un poco gracioso que un emperador prefiriera vestirse solo. La mirada de Kaitel se agudizó.

—¿Has venido a buscar pelea?

—Sip.

Kaitel frunció el ceño al instante, haciendo sonreír a Dranste.

—Me encanta cuando frunces el ceño así.

—Muérete.

La suave risa de Dranste resonó en la habitación.

El rostro de Kaitel se contrajo aún más. Sabía perfectamente que cuanto más odiara a Dranste, más le gustaría a este, y aun así, no conseguía controlar sus expresiones. Y, para su fastidio, Dranste lo sabía. Por eso seguía actuando como lo hacía.

—Es linda.

La afilada mirada de Kaitel se clavó en los ojos de Dranste, pero este, a propósito, le dedicó una sonrisa aún más dulce.

—Se parece a ti.

Kaitel bufó ante esa tontería, pero a Dranste no le afectó en lo más mínimo.

—A ti de cuando te conocí, quiero decir.

No es que Dranste estuviera sacando el pasado a propósito esta vez, pero Kaitel odiaba oírlo igualmente. Su expresión se endureció.

La forma en que su rostro cambiaba a través de tantas emociones tan rápidamente era fascinante. Dranste deseaba poder capturarlas todas y guardarlas en algún lugar.

—Es tan pequeña y delicada, como algo que quisieras romper. No es que yo fuera a hacer eso, por supuesto. Me gusta.

Kaitel entrecerró los ojos, tratando de discernir si Dranste hablaba en serio o no. Pero antes de que pudiera descubrir la verdad, Dranste se le adelantó.

—Honestamente, estoy bastante tentado de quedármela. ¿Qué me dices? ¿Por qué no me das a tu hija a cambio de lo que me debes?

—Te prometí darte este imperio.

—¿Y qué voy a hacer yo con un imperio de humanos? No es divertido. —preguntó Dranste con una sonrisa. Kaitel respondió con el ceño fruncido. Dranste sonrió con suficiencia.

—No.

Dranste se sorprendió un poco al oír lo firme que fue la respuesta.

—¿Por qué no? De todos modos, la vas a vender. —se burló Dranste con su voz grave—. ¿O es que Nuestra Majestad Imperial se ha enamorado de su hija mientras tanto?

—Cierra esa boca o te cortaré el cuello.

La amenaza fue afilada y amenazante, pero hacía mucho que había perdido su eficacia. Mientras Kaitel, en su inconsciencia, seguía rechazándolo, Dranste ya estaba leyendo más allá. Para él, Kaitel era un libro abierto.

—¡Vaya, vaya, te has enamorado!

Kaitel mordió el anzuelo de las infantiles provocaciones de Dranste. Convocó su espada en un instante y la apretaba contra el cuello de Dranste. Pero esta espada era la que Dranste le había regalado y, por lo tanto, no tenía absolutamente ningún efecto sobre él. Kaitel frunció el ceño, decepcionado por otro intento fallido.

Dranste se rio tan fuerte al verlo que casi lloró. Kaitel se mordió el labio y arremetió de nuevo con la espada. Esta vez, Dranste la detuvo. La hoja, blanca y brillante, relució en su mano. Kaitel presionó con más fuerza, pero los ojos antes sonrientes de Dranste se oscurecieron.

—Te lo advierto. —Su voz se había vuelto tan sombría como su mirada—. Te arrepentirás. De verdad.

¿A qué venía todo ese sobre arrepentirse? Kaitel apretó los dientes y respondió:

—No me arrepentiré de nada.

—¿Estás seguro?

—No lo haré.

Dranste entrecerró los ojos, evaluando a Kaitel, y luego se rio de él con burla.

—Por lo que veo, el arrepentimiento ya ha comenzado.

Kaitel gruñó entre dientes.

Dranste sintió lástima por Ariadna, que tendría que domar a una bestia como Kaitel, pero pronto cambió de tema. Soltó la hoja y asintió.

—Bien, entonces.

Kaitel retrocedió con una expresión agria e inquieta. La espada ya se había desvanecido.

—Espero que no lo hayas olvidado —susurró Dranste.

—¿Nuestro trato?

Los dos se miraron fijamente. Los ojos carmesí de Kaitel ardían de odio mientras Dranste soltaba una risa vivaz.

—Tienes que pagarme algún día.

La voz amarga de Kaitel se deslizó entre sus dientes apretados.

—Maldito demonio bastardo…

El demonio de Kaitel le dedicó una brillante y blanca sonrisa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Contenido protegido