La hija del Emperador – Capítulo 38

Traducido por Lily

Editado por Herijo


Tenía el sueño profundo para empezar, pero ahora que estaba enferma, dormía como si hubiera caído muerta. Estuve a punto de despertarme un par de veces, pero en cada ocasión, algo parecía arrullarme de nuevo, permitiéndome seguir descansando. Por ejemplo, si el calor subía por mi cuerpo, algo frío lo aliviaba al instante, haciéndome sentir cómoda otra vez. Gracias a todo eso, pude dormir plácidamente.

Tan plácidamente, de hecho, que abrir los ojos fue sorprendentemente fácil. Mi cuerpo… se siente renovado. Sin moverme, solo abrí los párpados. ¿Hmm? ¿Eh? La fiebre ha bajado. Ha desaparecido por completo. La suave luz del sol que entraba por la ventana indicaba que era de día.

Ya es de mañana. Siento como si solo hubieran pasado unas pocas horas, pero supongo que no. En fin, qué alivio que la fiebre haya desaparecido. Fue horrible. Aunque todavía tenía sed. Necesitaba agua.

Giré la cabeza en busca de agua cuando de repente sentí algo sobre mi brazo. Di un respingo. Me asusté, pensando que podría ser algo extraño, pero no, era…

¿Y este qué hace aquí? Era Kaitel.

¿Por qué está durmiendo aquí? Volví a preguntarme. Verlo sentado en la silla, pero desplomado sobre la cama, me resultaba extrañamente familiar. Yo solía dormir así en la oficina cuando me vencía el sueño trabajando hasta tarde. Aunque, por supuesto, no es que Kaitel tuviera que trasnochar trabajando. ¿Qué está pasando?

Quise incorporarme, pero mi cuerpo aún no había recuperado la fuerza suficiente. Me sentía agotada, así que pensé que quizá debería volver a dormir. Pero primero, tenía que averiguar por qué Kaitel estaba durmiendo de esa manera.

Vamos, puedo hacerlo. Con un poco de esfuerzo, me giré y noté algo en la mano de Kaitel.

Era una toalla blanca. Mis ojos se abrieron de par en par.

¿Así que fue él quien me cuidó toda la noche? Estaba segura de que sería Serira o Elene. Sabía perfectamente que cuidar de alguien es un desafío, y más aún si esa persona está enferma. Recuerdo vagamente haber oído a Kaitel decirle a Serira que podía irse… ¿No fue un sueño?

Esto me resultaba extraño. Muy extraño. Sentía que algo se removía en mi interior, que una emoción subía por mi garganta, pero no sabía cómo llamarla. Solo noté un cosquilleo en la nariz. Fue inesperado.

Supongo que, después de todo, eres mi padre.

Me dio pena verlo así, recostado, sin poder dormir cómodamente. Antes de darme cuenta, mi mano ya se extendía hacia él. La mejilla de Kaitel estaba cálida y suave al tacto. ¿Pero qué…? ¿Cómo puede un hombre tener una piel tan buena? De cerca, parecía no tener ni un solo poro. Yo creía que algo así solo se lograba con un cuidado riguroso, pero al verlo, supongo que la genética realmente influye. Ah, ¿y por qué estoy llorando de repente?

—Papá.

Por mucho que intentara negarlo o rechazarlo, ya no había vuelta atrás. Estábamos unidos por esta relación de padre e hija, bajo el amparo de la “familia”. Era inevitable. Y ahora que la distancia entre nosotros se acortaba día a día, no sabía qué hacer. Estaba abrumada. Realmente abrumada.

En el pasado, a este desgraciado no le habría importado si yo estaba enferma o no.

Me asusté al pensar en cómo nuestra relación había evolucionado lentamente hasta acercarnos tanto. No pude evitar preguntarme qué habría al final de este camino. Tenía miedo. Tenía miedo, pero… al mismo tiempo, no podía evitar sentir curiosidad. ¿Llegará el día en que pueda decirle a este hombre que lo amo? ¿En que de verdad lo considere mi padre? ¿En que él de verdad me considere su hija?

No tenía respuesta para ninguna de estas preguntas. Sinceramente, no tenía ni idea.

Mi mente era un caos. En momentos como este, desearía haber renacido con la mente en blanco, sin ningún recuerdo de mi vida pasada.

—Haaa…

Suspiré suavemente y cerré los ojos. Aun así, no pude apartar la mano de su mejilla. No entendía mis propias acciones. Debía de estar agotado. Últimamente había estado sobrecargado de trabajo y, a pesar de ello, me había cuidado toda la noche. El mismísimo Kaitel. Sentí una mezcla de gratitud y lástima, y acaricié su mejilla una vez más cuando vi sus pestañas de un rojo plateado temblar ligeramente.

Se estremeció y sus párpados se abrieron lentamente, revelando unos ojos del mismo color que los míos. Su mirada estaba desenfocada, todavía nublada por el sueño. Cuando nuestros ojos se encontraron, le sonreí, como siempre. Una sonrisa más radiante que el sol.

—¡Buenos días!

Mi voz salió ronca por la enfermedad, pero aun así sonreí con toda la alegría del mundo. Sonreí, y sonreí, y seguí sonriendo como si tuviera toda la felicidad del universo en la palma de mi mano.

La mirada de Kaitel vaciló al observarme. La expresión de su rostro pareció suavizarse y, tal vez, solo tal vez, la máscara que siempre llevaba pegada a la cara comenzó a desprenderse un poco. Con su voz grave, me dio una respuesta muy propia de él.

—Buenos días…

Sí, es una mañana estupenda, papá.

♦♦♦

Estar en los brazos de alguien era una sensación extraña.

Era increíblemente agradable, íntimo y reconfortante cuando me sentía sola, triste o necesitaba apoyo. Pero resultaba extremadamente molesto cuando estaba aburrida y quería salir a jugar, como ahora. El calor y la presencia de la persona a tu lado podían ser un consuelo, pero a veces, simplemente estorbaban.

Vamos, que lo que intento decir es…

¡Quiero sentarme sola!

—Qué envidia… —dijo Perdel, mirándome con las manos temblorosas.

¿Y a este qué le pasa ahora? Me retorcía en los brazos de Kaitel como alguien que ha perdido las ganas de vivir, mientras Perdel, frente a mí, se secaba las lágrimas. Oye, papá, ¿puedo sentarme sola, por favor? Estar en tu regazo es muy molesto ahora mismo. No es como si fuera un bebé de uno o dos años al que hay que mimar todo el tiempo.

Pero pronto caí en la cuenta. Ah, es verdad. Solo tengo dos años, maldita sea.

—Ah, Ria —dijo Perdel.

Ahí vamos de nuevo. Como esperaba, Perdel se secó las lágrimas y juntó las manos.

—¡¿Cómo puedes ser tan linda?! ¡Eres adorable! ¡Un verdadero ángel!

¿Por qué mis malos presentimientos siempre aciertan? Intenté ignorarlo, pensando que, al menos por esta vez, era una bendición estar en los brazos de Kaitel. Se me escapó un suspiro.

Oye, que soy irresistiblemente linda y adorable, lo sé, pero no te pases. ¡Contrólate! Ya tengo un padre… ¡y no necesito otro!

De repente, eché de menos a Silvia. Aunque conocí a Perdel mucho antes, sentía más afecto por ella. Quizá porque son personas muy distintas. A diferencia de Perdel, Silvia y Serira tenían un aire maternal. Y nada supera a una madre.

Ahora que lo pienso, es raro. Silvia tiene veintidós años, es más joven que mi yo anterior, pero por alguna razón se siente como una madre. Una madre muy buena, además. ¿Será por el aura que desprende? Quizá la diferencia de altura también influya psicológicamente. Bueno, tiene sentido, ya que prácticamente considero a Serira mi verdadera madre. Ah, pero qué incómodo. ¡Quiero sentarme sola!

—Papá.

Me aferré a Kaitel. Por favor, déjame bajar, ¿sí? Suéltame ya, idiota. Incluso le di unos golpecitos en el pecho con mis puñitos, pero él solo me dedicó una mirada antes de volver a sus documentos.

¡Oye, no me ignores! ¿Me tienes en brazos y aun así me ignoras? ¿Cómo demonios he acabado en esta situación?

Suspiré tras mirar el “Cito” que Kaitel me había dado para jugar. ¿Y cómo se supone que juegue con esto? ¡No soy un bebé de verdad! Haa, no debería haber correteado como una loca antes.

Estaba tan contenta de volver al salón de descanso de Kaitel que me puse a correr por todas partes y acabé tropezando con una pila de papeles. Me raspé la rodilla, claro. Sangraba bastante, y pensé que últimamente tenía muy mala suerte. Pero también pensé que los niños se caen y se lastiman todo el tiempo… Por desgracia, fui la única que no le dio importancia. Me dolía, pero como no lloré, pensé que no pasaría nada. Qué ingenua. Desde ese momento, Kaitel me tomó en brazos y me prohibió moverme de ellos.

¡Maldita sea, al menos déjame sentarme sola! Intenté quejarme, pero no funcionó. Al final me di por vencida y me recliné contra su pecho con la expresión de una anciana que lo ha perdido todo en la vida. Dios, qué aburrimiento.

Entonces entró Perdel, diciendo que tenía algo que informar.

—Kaitel.

—¿Qué?

A Kaitel le molestó su llegada, pero a Perdel no le importó. Y así llegamos a la situación actual. Qué suplicio estar en brazos de mi padre sin nada que hacer. Antes, al menos, sentía la emoción de estar al borde del abismo, pensando que podría matarme, ¡pero ya no! ¡Se acabó!

Ahora hemos llegado a un punto en el que me perdonaría casi cualquier cosa, siempre que no lo traicionara abiertamente. En fin. Debería haberme quedado en el Jardín de la Serenidad. ¿Por qué se me ocurriría venir al despacho imperial?

Justo entonces, Perdel habló con una expresión bastante seria.

—¿Puedo sentar a Su Alteza en mi regazo también?

¡¿Pone esa cara tan seria solo para preguntar eso?! ¡Qué idiota!

—No —lo rechazó Kaitel de inmediato, como si no mereciera ni un segundo de consideración.

Oye, parece que estamos en el mismo barco. ¡Ánimo, amigo! ¡Tú puedes! Y yo también… Perdel, que había preguntado con un hilo de esperanza, se quedó congelado.

—Papá… —Mi voz sonó dulce y melodiosa hasta para mis propios oídos. Era el tono que usaba en mi vida pasada para conseguir cosas. Sin embargo, Kaitel me miró y me rechazó sin piedad.

—Para ti tampoco hay un “sí”.

¿Pero qué demonios? ¿Acaso sabes lo que iba a decir? ¿A qué estás diciendo que no?

—¡Papá! —insistí.

—No —dijo sin escucharme.

¡Oye, emperador psicópata, que no he dicho nada todavía! ¡¿A qué viene tanto “no”?! ¡No me interrumpas!

—Quiero sentarme por mi cuen…

—No —me interrumpió de nuevo.

¿Esto es lo que llaman instinto asesino? Creo que ahora entiendo por qué la gente mata. Qué imbécil…

Me crucé de brazos y suspiré. ¡Oye, que ya soy bastante grande y peso mucho! ¡Muchísimo! Llevas un buen rato sujetándome. ¿No te peso? Aaggh. ¿Cómo he llegado a esto? No podía evitar que se me escaparan suspiros de frustración.

En realidad, muchas cosas habían cambiado desde que me puse enferma. Primero, por mucho que yo suplicara, si Serira se oponía a algo, Kaitel nunca se ponía de mi lado. ¡Qué mezquino! Segundo, nunca me dejaba estar fuera mucho tiempo. Y por último, si me tropezaba o me hacía el más mínimo rasguño, se volvía sobreprotector, como ahora.

¡Agh! ¿Sobreprotector? ¡¿A mi edad?! ¡¿Sobreprotector con una chica de veinticinco años?! ¡Es ridículo!

Sin nada que hacer, me dediqué a mirarle la cara o a retorcerme en su regazo, así que le agarré del pelo. Te duele, ¿a que sí, papá? ¿Cuando te tiro del pelo así? Pero ni siquiera parpadeó.

Ugh. Bien. ¡Te enseñaré el verdadero arte de jugar sola! Su pelo rojizo y plateado brillaba en mi mano.

Voy a trenzarte el pelo. ¡Te haré una trenza en forma de estrella!

—Concéntrate. ¿No venías a informar de algo? —le dijo Kaitel a Perdel.

—Lo sabrás cuando leas el informe. ¿Para qué voy a decir más? —replicó Perdel.

—Entonces, lárgate.

Kaitel era implacable. ¡Qué cruel con su único amigo! Le di un tirón de pelo para instarle a que usara palabras más amables. Pero con él era inútil. Le importaba tan poco como si estuviera jugando con mi propio pelo. ¡Esto es abandono puro y duro!

—Kaitel —llamó Perdel de nuevo, con tono serio.

¿Qué? ¿Vas a preguntar otra vez si puedes cogerme en brazos?

—¿Por qué demonios no te has ido ya? —respondió Kaitel.

Sin embargo, mi predicción falló esta vez. ¿Qué…? ¿Será porque no era un mal presagio? Siento que hasta mis premoniciones me han abandonado, pero no pasa nada. En serio. Estoy bien. Seguramente.

La expresión de Perdel era tan seria como su voz. Erasorprendente.

—Estás muy estresado y te necesitan en el campo de batalla, así que, ¿por qué…?

Ah, por la guerra del sur. Ya casi era fin de mes, y Perdel seguía intentando convencer a Kaitel, que extrañamente se mostraba pasivo con la guerra esta vez. Normalmente, él era el primero en desenvainar la espada y lanzarse de cabeza.

¿Por qué? Ah, ¿y yo qué sé?

Me puse a mordisquear el pelo de mi padre. Al principio, solo había pensado: “Ah, hay una guerra”. Pero de tanto oírles hablar del tema, hasta yo empecé a tomármelo en serio.

Ahora que lo pienso, mi padre ha estado más irritable últimamente. ¿Es a este estrés al que se refiere Perdel?

Kaitel no respondió durante un rato, y pensé que estaba ignorando a Perdel de nuevo, pero finalmente llegó una respuesta:

—Es que creo que me sentaría peor volver y descubrir que ya no se acuerda de mí.

—¿Eh? —dijo Perdel, mirándome un poco desconcertado.

¿Mmm? ¿Qué se supone que significa eso? Espera. ¿Por qué me miras?

—¿T-tanto así? Eso no puede ser…

—Por ahora… —lo interrumpió Kaitel, entregándole los documentos que había terminado de leer—. Sigue informándome de la situación.

Perdel frunció el ceño ante la orden. Jugueteó con los documentos que acababa de recibir y luego suspiró profundamente.

—Todavía mantenemos la posición. Pero a este ritmo, seremos nosotros los que suframos. Estaremos en una situación difícil si no acabamos con la dinastía Yultos de Praezia en menos de un año.

Un año. Es muy poco tiempo. Incluso comparado con las guerras modernas que conocía, era un plazo terriblemente corto. Pero ellos hablaban como si fuera mucho tiempo…

¿Significa eso que tienen muchas posibilidades de ganar? Recordé haber oído que las guerras a menudo no ocurren cuando ambos bandos están igualados, sino cuando uno está en una desventaja significativa.

Mmm, algo no me cuadra. No sé qué pensar.

—Creo que al final tendrás que ir —sugirió Perdel.

—¿Cuánto tiempo puede un niño de su edad recordar a alguien?

Estaba perdida en mis pensamientos cuando Perdel volvió a mirarme. ¡Deja de mirarme! ¡No te debo dinero ni nada! Su mirada era tan seria que no dije nada, pero ser el centro de atención constante era agotador.

—No lo sé —respondió Perdel.

Kaitel frunció el ceño.

—¿Y qué sabes?

—¿Lo encantador que soy?

Está loco.

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