Matrimonio depredador – Capítulo 20: Capturada por un depredador intrépido.

Traducido por Yonile

Editado por Meli

Leah se congeló. Recordó a Blain que la arrastraba y a Ishakan preguntando si necesitaba ayuda.

Pensó que todo era parte de un malvado plan o un movimiento político.

Sin embargo, en contraste con sus pensamientos complicados, el hombre frente a ella era bastante simple. Su intención era pura; de hecho, solo quería saber por qué ella no le pidió ayuda. Sus ojos, como los de un niño curioso, la convencieron de que respondiera.

En trance, sus labios se movieron y después de intentarlo varias veces por fin habló.

—¿No sabes la razón?

Entre las diversas reglas, leyes, etiqueta y condiciones políticas que se requieren de una princesa real, ¿no tiene ni idea? Había muchas otras razones por las que Ishakan no podía ayudarla. Como rey, debería haberlo sabido, pero él parecía confundido o solo fingió ignorancia.

—No lo sé. —Su voz era tranquila y relajada. —Los kurkanos son bastante simples. Si odiamos algo, decimos que no. Si nos gusta, decimos que sí. Sencillo.

Leah vio hacia la ventana. El frío viento entró y las largas cortinas se movieron rítmicamente. La cámara oscura, con solo ellos dos adentro, estaba iluminada por la luz de la luna.

El escenario, le recordó esa noche.

Ese momento en el que no tenía que pensar en nada y solo había sucumbido a sus instintos.

Pensando en ello, su boca se sentía seca. Leah evitó su mirada penetrante y habló con voz severa.

—Fuera.

Ishakan sonrió, ni un poco ofendido de que ella lo echara.

—Bien. Si ese es tu deseo.

Su respuesta indiferente la alivió a Leah. Pero en el siguiente segundo, su vista se disparó hacia el techo cuando Ishakan la agarró por las nalgas para levantarla y acercarla a cuerpo.

Se paralizó antes de sujetarlo por los hombros para evitar caer.

—¡Bájame!

Como era de esperar, la ignoró. Ella luchó por mover su cuerpo con todas sus fuerzas. Él la sostuvo sin esfuerzo y la bloqueó firmemente en su posición.

¿Cómo podría una mujer frágil estar a la par con la fuerza de una bestia?

Encontró su rostro  en medio de su lucha, fue recibida por sus dos ojos, que brillaron de alegría. Ishakan intencionalmente acercó su rostro a ella.

—Me dijiste que me fuera. —le susurró.

Su cálido aliento tocó sus labios. Estaba tan cerca de ella que con un pequeño movimiento, sus narices se tocaban. Leah inclinó la cabeza hacia atrás y habló apresuradamente.

—¡Bájame!

—No.

Cruzó el dormitorio con pasos rápidos y ligeros, saltó de la barandilla, donde Leah siempre había querido saltar.

El rey de los Kurkans era un ser feroz, encarnando sus dominios salvajes. Con tal poder y fuerza,  no le temía a nada, ni siquiera le molestaba secuestrar a la princesa del palacio.

Con ella en sus brazos su expresión no se inmutó ni una sola vez. Era como si solo estuviera sosteniendo una pluma.

En medio de la noche, su figura se deslizó por el suelo ágilmente, antes de finalmente desaparecer detrás de las sombras de los árboles cercanos.

Incluso la estricta seguridad en el palacio no se había convertido en un obstáculo para él. Caminó por la zona y tomó caminos sin pavimentar, que no eran accesibles para los plebeyos.

A pesar de que el lugar estaba lleno de guardias, los evitó con facilidad. Con movimientos delicados, no emitió un solo sonido, la característica de un cazador con la que nació su especie.

La damisela en apuros, quería gritar por ayuda, pero abandonó rápido la idea, sabía que el daño sería mayor si eran descubiertos juntos a esa hora de la noche.

Miró como pasaron rápidamente por el castillo de Estia. ¡No podía ni imaginar que alguien pudiera entrar al palacio de esa manera! Parecía ridículo imaginarse a sí misma luchando por el pasadizo secreto todo este tiempo.

El viento fresco le revolvió y enredó el pelo. Las noches en Estia siempre habían sido frías, pero a pesar de estar en su camisón delgado, Leah se mantenía abrigada por la temperatura corporal caliente de Ishakan.

Tan pronto como salieron del perímetro del palacio, sintió que su corazón se aceleró. Temiendo que pudiera sentirlo, Leah presionó su mano sobre su pecho. Ella siempre había actuado con dureza frente a él, sin querer parecer vulnerable, y no quería que los latidos de su corazón la delataran, suspiró internamente.

Había buscado tranquilidad en los confines de su habitación, pero fue la fuente de su ansiedad, quien la buscó allí. No solo eso, su supuesta noche serena ahora se agitaba en todos los sentidos.

Nerviosa y emocionada al mismo tiempo, se sintió como una niña cometiendo un acto perverso a espaldas de sus padres.

Pronto llegaron al extremo del bosque, e Ishakan la puso de pie en el suelo. Desde lejos, se podía ver el palacio; sus tenues sonidos reverberan y sus luces resplandecientes eran hermosas.

A diferencia de su casa bien iluminada, el bosque estaba oscuro. Leah tuvo que parpadear para adaptarse a la penumbra de su entorno. Ishakan miró a través de su cabello plateado, que brillaba débilmente bajo la luz de la luna.

El cabello plateado que representaba el Reino de Estia.

Inclinó el cuello hacia arriba y extendió los brazos en el aire y movió los dedos. Leah se quedó estupefacta

¿Qué estás haciendo?, quiso preguntar.  Una capa cayó ondeando del cielo y el la agarró sin esfuerzo.

Abrió los ojos como platos ante el extraño escenario; escudriñó la copa del árbol más cercano.

Entrecerró los ojos para mirar hacia arriba, entrecerró los ojos, su cuello casi se torció por el incómodo ángulo. No obstante, no logró visualizar ni siquiera un ligero movimiento y asumió que alguien se escondía en las sombras.

Ishakan colocó la suave tela sobre su camisón ligero, casi transparente.

—Uno de mis hombres me sigue. Se les llama caballeros de escolta aquí en Estia, ¿verdad?

En todo su camino hacia aquí, no sintió ningún indicio de que un caballero escolta los siguiera. Parecía que sus sentidos estaban por encima de la media.

Leah cubrió su cabello con una cantidad considerable de tela, ya que era su atributo el que probablemente llamaría la atención. Ató firmemente la cinta y estiró con fuerza el dobladillo de la capa para ocultar completamente su forma. Revelarse a cualquier espectador era lo último que necesitaba.

—Quería recorrer la metrópolis real, pero no conozco este reino. Solo soy un compatriota del lado este del desierto. Así que pensé que sería bueno verte de nuevo y… conocer Estia, por supuesto. —Él sonrió y repitió—: Por supuesto.

Además de mostrar un comportamiento desconcertante, era una excusa poco convincente.

—Si esa es la razón por la que viniste aquí, debo decir que eres intrépido.

—De hecho lo soy. Incluso entré al barrio del enemigo. Pero también fuiste valiente, ¿sabes? Haces cosas atrevidas y pareces acostumbrada a salir. —Arrastró las últimas palabras.

—Hay cosas que deberían mantenerse en privado, ya sabes. —Leah jugueteó con el dobladillo de su capa mientras hablaba en voz baja—. La conferencia de bienvenida para los kurkanos será mañana.

Al sentir su inquietud, los ojos de Ishakan se entrecerraron en forma de media luna.

—Te dejaré volver antes de que salga el sol. Hasta entonces, deberías pasar el rato conmigo.

Obligada y arrastrada por Ishakan, Leah se dirigió al centro.

Al principio, caminó de mala gana. No obstante, su ritmo aumentó a medida que comenzó a holgazanear en el área. Sus ojos que solo miraban hacia la carretera ahora vagaban brillantemente a lo largo de las vistas en la calle.

Era la primera vez que estaba afuera sin ningún objetivo en mente. Se sentía extraño e incómodo, deambular por placer.

Como una niña aturdida, husmeó como loca. Inconscientemente siguió el delicioso olor de la comida, llevándola hasta el vendedor ambulante. Cuando se acercó al puesto de comida, dio un paso atrás, sorprendida.

La tentación en forma de albóndigas glaseadas y ensartadas bombardeó sus sentidos. No esperaba este tipo de ataque esa noche. Se obligó a mantener la distancia, ignorando su tenaz y apetitoso olor.

El rey de los Kurkans estaba de pie con los brazos cruzados.

A pesar de haberla arrastrado a la fuerza con él al pueblo, la dejó sola cuando llegaron a la plaza del pueblo, dándole la libertad de tomarlo todo por sí misma, sin restricciones.

Con paciencia la observó desde lejos, pero ni una sola vez apartó su aguda mirada de ella.

Leah estaba profundamente en su ambiente bullicioso cuando Ishakan empujó algo frente a ella, haciendo que se congelara en su lugar.

¡Era la albóndiga ensartada que había estado comiéndose con los ojos hace un tiempo! Era carne de cerdo picada, exprimida en una bola y ensartada en una brocheta. Mientras se asa a la parrilla, el apetitoso olor salado se difunde en el aire. La salsa se roció por encima, haciéndola salivar aún más.

—Come esto. ¿No estuvimos de acuerdo en que aceptarás todo lo que te dé?

Ella babeó. Fue porque no había comido nada ese día. Su estómago gruñó ante la vista.

Sin embargo, recordó el ajustado vestido que tenía que usar frente a Cerdina y ya había cometido un error al comerse los dátiles.

Quiso negarse, pero la tentación fue intensa. Incluso si cerrara los ojos y volvía la cabeza hacia un lado, no podría resistirlo.

Solo un bocado…

Entonces, se llevó con cuidado el pincho a la boca. Mientras mordía la carne blanda, la superficie dorada a la parrilla se rompió y brotaron jugos.

En el momento en que lo probó, no pudo evitar comer más.

—¿Es pobre la familia real de Estia? Creo que solo vender una pintura sería suficiente para alimentarte durante meses, —murmuró.

Leah estaba absorta en la comida y no lo escuchó. Volvió a sus sentidos y se sorprendió por el acto salvaje que acababa de cometer.

¡Terminé todo el pincho!

Un sentimiento de vergüenza la envolvió. No podía creer que no ejerciera el autocontrol, ¡se comió toda la brocheta! Además de eso, actuó como una mendiga a la que le habían dado limosna.

Ishakan sonrió cuando vio a Leah tener una mirada tan devastada en su rostro, mientras toda la salsa sabrosa todavía estaba manchada por toda su boca.

—No necesitas poner una cara que parezca que el mundo acaba de caer sobre ti.

—Pero, necesito ponerme un vestido mañana…

Se mordió el labio inferior, agitada. Ishakan extendió las manos y las ásperas yemas de sus dedos le frotaron los labios.

—No te muerdas los labios. Se desperdiciara. —Le limpió la salsa restante de la boca y la probó.

La forma en que se lamió la lengua fue tan natural y… sensual que Leah no supo cómo reaccionar.

Era tarde, no podía creer que Ishakan rompiera todo el decoro adecuado que había aprendido desde su nacimiento.

—Comer solo una brocheta no afectaría tu figura. ¡Estás tan delgada!. —Ishakan le quitó la brocheta vacía y pronunció una palabra con indiferencia—: Está bien.

Sus palabras se le quedaron grabadas en la cabeza. Leah apretó el dobladillo de sus mangas.

—Necesito saber por qué estás haciendo esto.

¿Cómo podría decir que no es gran cosa? Estaba en contra del orden y las reglas que había estado cumpliendo durante toda su vida.

Temor. Se sentía cautelosa con él, un intruso que traspasó intencionalmente la frontera. Leah nunca había faltado a la advertencia. En ese momento, ella era un erizo cubierto de espinas, lo que advirtió al depredador que acechaba cerca.

—¿Simpatizas conmigo? O simplemente necesitas otra aventura de una noche…

Fue interrumpida por la risa de Ishakan.

—¿Una noche? ¿Estás anticipando eso? No pensé… Ah, fui tan ingenuo…

Está lejos de ser ingenuo, Leah frunció el ceño. La palabra no le iba en absoluto.

—Una noche… ¿Quieres otra? —preguntó con descaro.


Meli
Si ella no quiere... ¿la puedo remplazar?

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