Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
Karim, el actual emperador de Faisal, tomó el poder tras ganar la sangrienta lucha por la sucesión. Mató no sólo a sus medio hermanos, sino también a sus hermanos de sangre en el proceso. Después de la terrible batalla, Karim esperaba que no hubiera más luchas sangrientas entre sus descendientes. Creía que asegurar un sucesor firme de antemano era la forma más eficiente de suprimir las ambiciones de los posibles sucesores.
En consecuencia, después de que el primer hijo de Alessa, el primer príncipe Rashid, fue nombrado príncipe heredero, los instructores imperiales enseñaron a Shahar que la libertad y la indulgencia eran más valiosas que el honor. A los hijos de Karim nacidos de sus concubinas también se les enseñó lo mismo.
Shahar, naturalmente, prefería los dibujos a los libros, las mujeres a la espada y el alcohol al caballo. Muchos de los placeres y la vida nocturna del imperio eran suyos, pero no podía reclamar ninguna justicia o gran causa. Si alguien ganaba un respeto y una fama lo suficientemente grandes como para desafiar su autoridad como próximo sucesor, eso sería considerado traición.
—Bueno, ¿no cree que el orden de sucesión puede cambiarse en cualquier momento?
Ober le tendió una copa mientras pronunciaba unas palabras cargadas de intención. Shahar lo miró de soslayo, arrugando la frente con gesto pensativo.
—Qué comentario tan peculiar. Me agradas, Ober, y esa mujer también —respondió al cabo de un instante, con tono desenfadado.
El otro contrajo levemente las cejas, sorprendido por su reacción.
Era el ministro de Asuntos Exteriores de Aslán. No importaba cuántas vidas inocentes hubieran tenido que sacrificarse para que él ocupara ese cargo: su talento como ministro era excepcional.
Nadie lo superaba en identificar documentos diplomáticos favorables a sus intereses, ni en descifrar las palabras sutiles y las motivaciones ocultas de los enviados extranjeros que ansíaban arrebatar un puñado más de tierra y riqueza.
Basándose en sus años de experiencia y en los largos precedentes históricos, había llegado a comprender que los gustos y aversiones de una familia imperial rara vez se reducían a simples categorías de bueno o malo.
La conclusión era evidente: Ober sabía perfectamente que Shahar ansiaba poseer a Marianne.
—Marinane va a ser una carta muy útil en el futuro.
—Ahora dime cómo se siente francamente sobre ella. Ama el valor de la mujer más que a la mujer misma, ¿verdad?
—Claro, porque su valor también es parte de ella.
—¿De verdad? Entonces, le preguntaré una cosa. ¿Qué es más importante, esa mujer o mi valor?
—¿Cómo me atrevería a compararla con su valor? Creo que su sugerencia es excesiva.
—Oh, sabe que no me refiero a eso, ¿verdad?
Con una sonrisa forzada, Ober apretó con fuerza su copa. Por instinto, lo habría arrastrado fuera del carruaje y le habría arrancado la lengua de un tajo, pero Shahar era aquel a quien el difunto duque Hubble había intentado promover como sucesor de Aslán… en su lugar.
Mientras Ober pretendiera utilizarlo como pieza clave para sus planes, no podía permitirse actuar por impulso. Por repugnantes que fueran las acciones de Shahar, debía ganarse su favor. Al menos hasta que confirmara si el verdadero objetivo de Shahar era el trono de Faisal y no el de Aslán.
Era el incómodo legado que el duque Hubble había dejado tras su muerte.
—¿Quiere tomarla como botín?
—Sí. Me enamoré de ella a primera vista. Me gustan sus ojos claros, su voz alegre como el piar de un pájaro y su piel clara. He dormido con muchas mujeres hermosas, pero ella es la primera mujer que he deseado tener sentada a mi lado. —Shahar exaltó los méritos de Marianne con entusiasmo.
Mientras hablaba de ella, incluso tuvo el descaro de evaluar el sabor del alcohol, lo que volvió a irritarlo.
—Entonces, ¿no me la dará? Déjeme darte una nueva carta que pueda satisfacer todas sus necesidades en lugar de ella.
Ober contuvo su respuesta, dejando que sus dedos pulidos acariciaran lentamente la superficie helada de la copa. Una incomodidad visceral lo invadió al observar cómo Shahar giraba aquellos ojos oliváceos, idénticos a los del difunto duque Hubble.
Ese tono de ojos le traía malos recuerdos: el duque Hubble, la emperatriz Alessa, el gran duque Christopher, la duquesa de Lamont, su hija Rane… Todos ellos, con esa misma mirada verde oscuro, habían sido fuente de amargura en su vida.
—Sabe que tengo cinco hermanas, ¿verdad? No importa si nacieron de mi madre o de las concubinas de mi padre. Todas ellas son solteras. Conózcalas en persona más tarde y elija la que le guste. Quizás les guste de inmediato. Ellas saben que es preferible ser emperatriz de Aslán que esposa de cualquier noble mediocre en Faisal.
A Ober le gustó mucho la propuesta de Shahar.
Ober se sintió especialmente satisfecho al comprobar que Shahar lo daba por sentado como próximo emperador de Aslán. Además, el hecho de que la mujer que Shahar quería intercambiar por la princesa de Faisal fuera Marianne resultaba perfecto.
Marianne no era más que una carta en el juego de Ober, nada más. Sin embargo, le molestaba que Shahar codiciara precisamente su carta.
Pero una duda persistía: ¿podría ella seguir siendo útil para él incluso después de convertirse en emperatriz de Faisal?
—Bueno, Marianne no tendrá remordimientos aunque se convierta en la emperatriz de Faisal. Será mucho mejor para ella si se casa con un buen hombre como usted —dijo Ober.
¿Tendría miedo Marianne, que ya traicionó a Eckart, de traicionar a su segundo marido?
Ober estaba seguro de que no. El amor ciego e ingenuo de Marianne hacia él era su mayor ventaja. Podría degradarla a su antojo. Como un lienzo de colores vibrantes que absorbe con avidez la pintura más oscura, así sería ella: cuanto más pura e intensa fuera su devoción, más completamente se corrompería. Con las palabras adecuadas, incluso lograría que envenenara el té del aliado del emperador de Aslán.
—De acuerdo, no tengo elección. Déjeme cederla. A cambio, por favor, mantenga su promesa.
—Claro. Soy un hombre que cumple muy bien las promesas. Puede confiar en mí.
Ober y Shahar rieron a carcajadas, uno frente al otro. Las copas en sus manos hicieron un tintineo. El aroma de la bebida celebratoria prematura flotó en el carruaje.
♦♦♦
Los tres carruajes que salieron de la mansión de Ober pronto llegaron a la mansión del difunto duque Hubble.
Elias y su esposa, que habían sido informados de antemano, les dieron la bienvenida. Ober presentó a Shahar como Akad, un noble de Faisal, y Elias recibió sus condolencias con expresión severa.
Evocaron muchos recuerdos del difunto duque Hubble, las mismas viejas historias y episodios triviales sobre él.
—Es una lástima que un hombre con mirada tan perspicaz como la del duque muriera tan repentinamente —dijo Shahar con genuino pesar.
Y es que había sido Hubble quien primero había detectado la ambición que ardía en Shahar, incluso antes que sus propios padres y hermanos. Aunque al final terminó aliado con Ober, el mismo que lo asesinó cuando la situación se complicó, nada de esto habría ocurrido si el viejo duque no hubiera vislumbrado desde el principio ese fuego ambicioso en su interior.
—Deseo que descanses en paz eternamente. —Shahar lo lamentó con todo su corazón.
Y, en el momento en que entró en el salón privado de la mansión, lo olvidó todo.
Su flexibilidad en cualquier situación era una de sus grandes ventajas.
—Ahora, ¿por qué no me dicen lo que realmente quieren decir en lugar de palabras vacías?
La señora Chester esbozó una sonrisa atractiva, mirando al resto de los sentados a la mesa.
Había pedido a los sirvientes y doncellas al primer piso que abandonaran la habitación antes, porque sería más beneficioso tener la menor cantidad de gente posible cuando discutieran algo secreto.
