Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
Zhou Yunsheng corrió a toda velocidad hacia su dormitorio, saltó a su cama y se hundió en su edredón, con las mejillas ardiendo de rubor. Abrazó la almohada y comenzó a reír tontamente, rodando de un lado a otro durante dos horas. Cuando la luna se alzó sobre las copas de los árboles, su expresión risueña se tornó en una mueca feroz; lanzó la almohada al suelo con violencia y corrió al baño mientras se desvestía, zambulléndose en la fuente termal.
¡Maldita sea! ¡Has hecho un pastel con tu propia imagen! ¡¿Qué demonios?! Te excitas al mirar una estatua y ¡casi te pones duro! ¡Maldita sea, besaste el empeine de una estatua como un vil animal! ¿Es que no tienes un mínimo de dignidad?
En su mente, una versión diminuta de sí mismo con cola de diablillo apuñalaba con saña a otra versión vestida con túnicas de sacerdote, maldiciéndola con rabia. Al comprender qué clase de criatura tan terrible era su otra mitad, descerebrada y fanática, no se atrevió a seguir recordando las locuras que cometía a diario.
Golpeó el agua, salpicando las paredes, durante varios minutos, hasta que por fin logró calmarse. Luego, extendió su dedo índice, que comenzó a irradiar una intensa luz dorada. Esa luz se fue solidificando, tomando la forma de una espada dorada. Con ella, descargó su frustración sobre el agua caliente de la fuente termal. Cada vez que divisaba un objetivo, dirigía su espada hacia él, reduciéndolo a escombros.
El poderoso destello de luz causó varias grietas en el techo del baño.
Zhou Yunsheng movió su dedo y, en un abrir y cerrar de ojos, la aterradora luz dorada regresó a su cuerpo.
Una vez que el poder luminoso salía de un cuerpo, se disipaba. Ni siquiera los sacerdotes de luz más poderosos de hace miles de años podían controlarlo a voluntad. En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz no pudo evitar sorprenderse al ver esta escena. Según su conocimiento, en todo el continente, incluyendo el Reino Divino, solo él era capaz de hacer algo así.
Realmente es digno de ser mi pequeño creyente, pensó.
El Dios de la Luz dejó escapar una risa suave, aunque también se mostró preocupado por el inexplicable mal humor del joven. Tras reflexionar un momento, decidió culpar al insidioso obispo auxiliar.
Hacer que el obispo auxiliar desapareciera silenciosamente no era, en absoluto, el estilo de actuar del Dios de la Luz. En su lugar, emitió un edicto divino ordenando a todo el continente la expulsión de aquel blasfemo; de ese modo, el único refugio que le quedaría sería el Abismo Oscuro. Allí, las criaturas demoníacas seguramente se encargarían de «acogerlo» y atenderlo como se merecía.
En cuanto a Zhou Yunsheng, su jornada había sido bastante fructífera. No sabía exactamente cómo se comparaba su fuerza con la del protagonista, pero, según los recuerdos de Joshua, el poder de luz solo podía herir a lo maligno, y para infligir daño, debía condensarse constantemente hasta convertirse en algo sólido. En los últimos mil años, ningún sacerdote de la luz había alcanzado ese nivel de cultivo.
Por eso, cuando el protagonista utilizó una luz dorada condensada para atravesar el hombro de Joshua, todos lo veneraron. No había duda de que era el sacerdote de luz más poderoso de los últimos mil años.
En la actualidad, Zhou Yunsheng podía replicar ese truco con facilidad, lo que indicaba que la diferencia entre él y el protagonista no era tan abismal, lo suficiente como para garantizar su seguridad personal.
Todo esto se lo debía a su versión descerebrada y fanática, cuya devoción incondicional al Dios de la Luz le había permitido alcanzar tal poder.
Está bien, continuaremos con esto. ¡Todo vale la pena!
Zhou Yunsheng apretó los puños. Repetía este mismo discurso motivacional para sí mismo todos los días. Tras un buen discurso motivacional, salió de la piscina, secó su cuerpo y se envolvió en un albornoz. Estaba listo para dormir cuando sonaron golpes en la puerta.
Abrió la puerta descalzo y el obispo entró.
Se encontró con Joshua, quien llevaba puesto solo un delicado albornoz. Las gotas de agua resbalaban de su cabello, empapando la tela hasta convertirla en un velo translúcido que se ajustaba a su pecho, esbozando con claridad su figura esbelta y grácil. La extravagante gracia que emanaba era un asalto a los sentidos.
El obispo apenas tuvo tiempo de asimilar la escena antes de que sus pupilas comenzaran a arder. Ahogó los lamentos que de su garganta querían escapar y, con rapidez, pronunció:
—He venido para decirte que hace un momento el Padre Divino emitió un edicto celestial, desterrando a Colin de este continente. Hijo, tu Padre Divino está haciendo justicia por ti. Mañana, recuerda agradecerle debidamente.
Al terminar de hablar, la sensación de ardor en sus ojos se disipó, y no pudo evitar quedar atónito ante la intensidad posesiva del Padre.
¿Acaso es este un amor que puede soportar un mortal?
Sin embargo, no se atrevió a continuar ponderando esta línea de pensamiento; deseó al joven una buena noche y se marchó.
Zhou Yunsheng no prestó demasiada atención a la situación. Sin necesidad del recordatorio del obispo, el descerebrado sin duda se aferraría a la estatua del Dios de la Luz con gratitud al día siguiente, arrodillándose y besando su empeine, desprovisto de toda inteligencia.
Se dio la vuelta y abrazó su almohada por un instante, sumido en un leve sopor, mientras se preguntaba: ¿Por qué la estatua de mármol se sentía caliente hoy al tacto? Era como si un dragón la hubiese calentado al escupir fuego.
♦ ♦ ♦
El obispo auxiliar fue despojado del poder de la luz por el Dios de la Luz, lo cual para el reino de Sagya era, sin duda, una calamidad. Su templo se convirtió en el más débil de todos, y cuando estalle la guerra contra la oscuridad, los dos sacerdotes de luz serán incapaces de sostener la enorme barrera que protege a los soldados de la corrosión de la energía demoníaca. En consecuencia, el reino de Sagya no tendrá más opción que buscar ayuda de otras naciones.
Si eso implicaba pagar ingentes tesoros y permitir que otros países dividieran su territorio, el reino de Sagya pasaría de ser una potencia de primera categoría a convertirse en un país subordinado.
El rey no podía aceptar tal desenlace, así que se sentó frente al obispo con expresión abatida.
—No se preocupe, Joshua es lo suficientemente fuerte como para proteger a todo el reino. Será el sacerdote de luz más poderoso en mil años —afirmó el obispo, quien, tras haber sido castigado dos veces por el Dios de la Luz, no albergaba dudas sobre el favor que este mostraba hacia el joven.
El rey frunció el entrecejo.
—¿Por qué tienes tanta certeza? Según lo que sé, sus cualificaciones son bastante comunes y su poder no destaca.
Tras una breve pausa, el obispo respondió:
—Solo puedo decirle que está bendecido por el Padre. Su cabello, sus ojos…
Esa pista fue suficiente para que el rey recordara la leyenda. Su expresión reveló sorpresa, y asintió en silencio, diciendo:
—Bien, espero que todo ocurra como predices. Pero, como medida de precaución, enviaré tropas de inmediato para buscar niños con el poder de la luz. Siempre he sentido que realizar la prueba a los tres años es demasiado tarde. Quiero cambiar la edad a un año y que se realice anualmente hasta los dieciocho. No quiero que se nos escape ningún niño potencial.
El obispo asintió.
—Su propuesta es muy acertada. Estoy de acuerdo, el reino necesita más sacerdotes de luz.
Ambos alcanzaron un consenso y comenzaron a discutir los planes de viaje del segundo príncipe. Dado que el obispo auxiliar había sido desterrado, solo quedaban dos opciones para acompañar al segundo príncipe: el obispo o Joshua.
El obispo ya había alcanzado una edad avanzada, y los viajes se habían convertido en una tarea ardua para él.
Joshua es joven y vigoroso, además, goza de la protección del Dios de la Luz. Es momento de que se ejercite.
Reflexionando sobre esto, el obispo declaró:
—Que Joshua acompañe al segundo príncipe.
—¿Qué has dicho? —inquirió el rey, observando cómo los labios del obispo se movían sin que ningún sonido llegara a sus oídos.
El obispo comprendió que esta era el resultado del veto que el Padre Celestial había impuesto en torno a la palabra.
Puedo comprender que no pueda hablar acerca de la aparición del Padre Celestial, pero ¿por qué no puedo decir ni siquiera una frase común? ¿Acaso el Padre Celestial no quiere que Joshua se vaya del templo?
Después de un breve momento de especulación, intentó repetir la frase, pero de nuevo, el silencio lo envolvió. Resignado, suspiró y dijo:
—Entonces, yo acompañaré al segundo príncipe en sus viajes.
El rey confiaba más en la fortaleza y experiencia del obispo, y no consideraba su edad un problema; al fin y al cabo, viajarían en carruajes. Asintió y aceptó la propuesta, satisfecho.
Mientras tanto, Zhou Yunsheng había finalizado su entrenamiento en el estanque de la purificación. Se puso su túnica y, tras asegurarse de que no había nadie alrededor, cerró con llave la puerta del templo desde el interior. Luego, se acercó a la estatua del Padre, su corazón latiendo desbocado.
Se aferró a las piernas de la estatua, hundiendo su rostro caliente y sonrojado en su regazo.
—Padre, mi mente está hecha un caos. Solo deseo acurrucarme a tus pies y sentir en silencio la calidez de tu ser. Sé que esto no está bien, pero te lo ruego, permítemelo esta vez. La próxima, prometo arrodillarme y orar con devoción. Castigaste a Colin por su maldad, que manchó la sagrada vocación del sacerdote de la luz y abrazó el sacerdocio oscuro. Pero, ¿puedo pensar que lo hiciste por amor y afecto hacia mí? —Esbozó una leve sonrisa, frotando la rodilla de la estatua con su mejilla.
Ardiente, suave y delicada al tacto, esta era la sensación que se transmitía a través de su conciencia divina hasta su cuerpo. El Dios de la Luz fijó la mirada en sus propias rodillas con una expresión de ensueño en el rostro. Esta sensación era demasiado maravillosa, infinitamente más hermosa de lo que jamás había imaginado. Esto lo llevó a pensar con aún más codicia: ¿cómo sería si la persona real estuviera acurrucada a sus pies?
Lo sostendría, lo llevaría a mi regazo, lo presionaría contra mi pecho y nunca lo dejaría volver al mundo mortal.
Pero sabía que no era el momento adecuado. En ese momento aún era demasiado tímido, cargado de inseguridades y baja autoestima; con toda seguridad, se asustaría ante su cercanía. Además, si permanecía junto a él, inevitablemente descubriría su otra faceta.
¿Qué expresión mostraría entonces? ¿Sorpresa? ¿Desesperación? ¿Quizás incluso odio?
Pensar esto inundó de dolor el corazón del Dios de la Luz, y frunció el ceño, poco dispuesto a seguir reflexionando sobre ello. Cuando logró salir de su melancolía y desvió la mirada, se dio cuenta de que el pequeño creyente había caído dormido en el regazo de la estatua con una dulce sonrisa curvando sus labios.
El Dios de la Luz reemplazó la estatua con su avatar, levantó la mano y cubrió con gentileza la cabeza del pequeño creyente, acariciándole el cabello con ternura y una mirada llena de afecto.
Así está bien. Puedo vivir de esta manera por un tiempo, observándolo en silencio mientras crece.
♦ ♦ ♦
Zhou Yunsheng era un fanboy descerebrado durante el día y racional por la noche. Así, viviendo con esta dualidad, dos años pasaron sin que se diera cuenta. En esos dos años, debido a la constante inyección y purificación de poder divino, había trascendido el cuerpo de carne y sangre de un mortal, convirtiéndose en un cuerpo puramente divino. Desde luego, de momento él aún no era consciente de este hecho.
En cuanto al protagonista del mundo, estaba regresando a Gagor en compañía del segundo príncipe y el obispo. Y después de una audiencia con el rey, avanzaba con pasos elegantes hacia el templo.
