Querida “amiga” – Capítulo 39: Era mejor que preocuparlos

Traducido por Den

Editado por Ayanami


Me quedé en la habitación con la condesa Bellefluer y, por intuición, sentí que quería hablar conmigo.

—¿Tienes algo que decirme, madre? —Pregunté.

La preocupación permaneció grabada en su rostro al escuchar mi pregunta, pero permaneció fuera de la puerta.

—Por favor, entra, madre —la urgí, preguntándome qué estaba pasando.

Ella dudó por un momento y luego entró en la habitación. Me hice a un lado de la cama y relajé la tensión en mi rostro.

—¿Tienes algo que decirme? —Repetí.

Me contestó con una “hmm”, luego se acercó a mí y se sentó. Después de un largo período de silencio, finalmente habló.

—¿Realmente, no sucedió nada con la condesa Cornohen antes? —Preguntó.

—No, nada… —respondí, pero sentí algo extraño en ella. —¿Pasa algo?

—La familia Cornohen me envió una carta a altas horas de la noche.

—Ya veo —Más o menos, podía adivinar el contenido de la carta, pero me hice la inocente.

—Como ya sabes, nuestra familia le debe mucho dinero a la familia Cornohen. Es una deuda de la generación de tu abuelo. Estamos pagando los intereses correspondientes todos los meses. Pero de repente, recibí una carta diciendo que estarán eximiendo los intereses del próximo mes. Nunca antes habían hecho esto. Tu padre y yo no sabemos por qué cambiaron de actitud tan de repente.

—Tal vez, sólo cambiaron de opinión —dije, fingiendo ignorancia hasta el final. La miré, y luego aparté la mirada con aire de culpabilidad.

La verdad era que yo lo sabía y ella, probablemente, sabía que estaba mintiendo. Hubo algo mal con mi reacción justo ahora. Pero, mientras mantuviera la boca cerrada, no habría forma de que se revelara ningún secreto. La condesa Cornohen, probablemente, cumpliría su promesa y los Bellefleur nunca oirían ni pío de lo que pasó.

—No pasó nada, madre —declaré una vez más.

—Muy bien… —Suspiró resignada. Se rindió antes de lo que esperaba, como si hubiera decidido que hacer más preguntas era inútil. Observó la expresión calmada y serena de mi rostro. —Si pasa algo, asegúrate de decírnoslo, Marie. Siempre estaremos de tu lado —dijo preocupada.

—Por supuesto, madre —agregué con una sonrisa. —Lo haré.

—Bien —Pareció aliviada con mi respuesta. Me dio un abrazó y susurró un “buenas noches”. Luego, finalmente, salió de mi habitación.

Después de que la puerta se cerrara, me desplomé en la cama. Miré al techo y exhalé un largo suspiro.

—Jaaa…

Me sentía culpable por mentir, pero esto era mejor que preocuparlos con la verdad.

Cerré lentamente los ojos, mientras me aseguraba de que había hecho lo correcto. Mi cuerpo se sentía exhausto, tal vez, se debía a todo lo que había pasado hoy.

♦ ♦ ♦

A la mañana siguiente, envié una carta al palacio Thurman. Divagué, pero traté de ser concisa.

Escribí que deseaba visitar al príncipe heredero para expresarle mi gratitud. Pregunté si podía visitarlo a una hora que fuera conveniente para él.

No se va a negar, ¿verdad? 

Esa idea apareció repentinamente en mi mente, pero al instante negué con la cabeza. Xavier, una vez, me invitó al palacio imperial por un simple pañuelo. No era probable que me rechazara.

Más importante, ¿qué debería hacer a partir de hoy? 

Mi rutina durante los últimos tres meses implicó estar atrapada en la cama, así que traté de recordar cómo pasaba mi tiempo antes de eso. Seguramente, iba a fiestas de té, me reunía con otras señoritas…

Tenía una vaga sensación de que me estaba olvidando de algo, pero no podía explicar qué era.

Me comí un muffin de la mesa, mientras pensaba profundamente al respecto. Pero, en ese momento, la llamada en la puerta interrumpió mi ensimismamiento.

—Mi lady, soy Florinda —anunció la doncella.

—Adelante.

La puerta se abrió y Florinda entró. Su rostro brillaba de emoción.

—¿Pasa algo bueno? Pareces feliz —dije, levantando una ceja.

—Tiene un invitado —canturreó.

—¿Un invitado?

¿Hoy esperaba una visita? Mientras me exprimía los sesos en busca de una respuesta, Florinda dijo:

—Sí. Es Su Excelencia el duque Escliffe.

—Ah —dije en respuesta.

Cielos. No podía creer que ya me había olvidado de él solo porque no vino ayer.

Asentí con la cabeza a Florinda, sorprendida por mi mala memoria.

Sí, Klaude venía a mi casa todos los días. Me sentí culpable de haber borrado su existencia de mi cabeza.

—Por favor, llévalo al salón —Le dije a Florinda. —Bajaré ahora mismo.

—Sí, señorita.

No corrí, pero mis pasos fueron rápidos mientras me dirigía hacia el salón. Cuando llegué, lo vi a través de la puerta de cristal, sentado en una silla bebiendo té. Parecía una ilustración magistral.

Klaude es una persona muy juguetona y astuta la mayor parte del tiempo, pero en raras ocasiones como esta, parecía un príncipe que vivía más allá de la realidad; su existencia estaba grabada con un lujo de ensueño.

Llamé silenciosamente a la puerta e inmediatamente escuché una respuesta desde adentro.

—Adelante.

La voz que respondió no era ni demasiado alta ni demasiado baja, y su tono hacía que el oyente se sintiera bien. Abrí la puerta de cristal y entré al salón. El rostro de Klaude se iluminó tan pronto como me vio; a cambio, le sonreí.

—Ha pasado un tiempo, señorita Mariestella —saludó.

—Sólo han sido dos días —respondí con una leve sonrisa ante sus palabras. Me sentía culpable por olvidarme de su existencia en solo dos días. Me senté frente a él. —¿Resolvió el problema con su grupo comercial?

—Sí —Su rostro brilló más que antes, como para indicar que no estaba mintiendo. Eso era buena suerte.

—¿Qué té, está bebiendo? —Le pregunté.

—Ah. Es té verde —respondió a mi pregunta con una sonrisa.

—Bien.

Tan pronto como terminé de decir aquello, una doncella se me acercó y me entregó una taza de té. Tomé con cuidado un sorbo del té verde y luego coloqué la taza sobre la mesa. El té estaba recién hecho y todavía estaba bastante caliente. Lo bebería una vez que se enfriara un poco.

—Ahora que está en este salón, veo que se has recuperado por completo —Volvió a dirigirse a mí.

—He estado postrada en cama como un cadáver durante los últimos tres meses. Debo haberme recuperado —dije. Pero en ese momento me mordí el labio, vacilando por lo que iba a preguntar. —¿Vendrá de nuevo mañana?

Klaude pareció nervioso por un momento, pero luego se encogió de hombros decepcionado.

—¿No quiere que venga?

—No, no es eso lo que quería decir —dije apresuradamente. —Sé que está muy ocupado. Estoy mejor ahora, y como tiene más trabajo que yo, me preocupa que al visitarme interrumpiera su programa diario.

—Sería una mentira si dijera que eso no es verdad… —comenzó a decir. —Pero en verdad, la parte más agradable de mi día es cuando la visito.

—¿Cuando me visita? —Dije atónita. No era una persona graciosa y estaba lejos de ser una conversadora interesante o estimulante. Klaude era todo eso.

—No soy tan divertida —Le dije desconcertada. —Por otro lado, usted es bastante ingenioso.

—Me alegro que me vea así. Pero esa es una parte de mí que rara vez le muestro a otras personas.

—¿Perdón? —Ladeé la cabeza ante su comentario ambiguo, pero sacudió la cabeza de forma desdeñosa.

—No. Simplemente, digo que mi tiempo contigo es placentero —Una sonrisa permaneció en su rostro. —Pero comprendo tus preocupaciones. Es excesivo visitarte todos los días.

—Me siento honrada de que disfrutes de estas visitas —dije. —Pero como dijiste antes, ahora somos amigos. Puedes reunirte conmigo cuando quieras, así que no necesitas venir todos los días.

—Entonces, ¿se reunirá conmigo cuando quiera?

Me sorprendió su repentina pregunta, pero respondí asintiendo.

—Por supuesto.

—Me alegro que lo diga —Me miró fijamente con esa encantadora sonrisa en sus labios. ¿Había algo más vergonzoso que tener la atención directa de un hombre guapo?

Sonreí incómoda y evité un poco su mirada. Nada era más incómodo que un hombre atractivo mirándome, ya fuera Xavier o Klaude.

—Más importante, ¿sucedió algo mientras no estaba ayer? —Cambió de tema.

—No mucho —dije, esforzándome por no sonreír de forma cínica.

No mucho, ¡mis narices! 

El hecho de que Odeletta y Dorothea visitaran esta casa en sí era “todo”. Por eso corregí inmediatamente las palabras que dije.

—En realidad, la señorita Odeletta y la señorita Dorothea vinieron —pausé por un momento, decidiendo dar más detalles en caso de que no supiera nada sobre las dos mujeres. —Quiero decir, la hija de Trakos y la hija de Cornohen.

—Las conozco, señorita Mariestella. Escuché que es muy cercana a ellas —contestó.

—Hmm… —una sonrisa incómoda se dibujó en mis labios antes de que pudiera ocultarle mis sentimientos. Odeletta podría considerarse como “cercana” pero Dorothea no estaba cerca de esa categoría.a

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