Querida “amiga” – Capítulo 38: No tiene sentido

Traducido por Den

Editado por Ayanami


—Entonces ¿cuándo es un buen momento?

—¿Cuándo estás libre?

—Como sabes, el conde no hace más que trabajar en el palacio imperial. Si me dices una fecha conveniente, le contaré a mi esposo sobre las vacaciones.

—Ah, entonces ¿qué tal a mediados del otoño? El clima es fresco.

—En otoño está bien.

Mientras las dos mujeres conversaban educadamente, miré a Dorothea. Parecía desinteresada de la conversación de los adultos y estaba absorta en tomar su té. Sorprendentemente, realmente, parecía gustarle.

Espero que no haga una petición irrazonable por las hojas de té. 

En ese momento, la condesa Cornohen se volvió hacia su hija.

—Te debe gustar mucho ese té, Roth —dijo, haciendo la misma observación que yo.

—Sí, madre —respondió Dorothea con una sonrisa infantil. —Nunca antes había tomado un té tan delicioso.

—Oh, ¿de verdad?

—Sí. Es tan bueno que quiero beberlo en casa.

De ninguna manera… 

La observé preocupada y ella dirigió su mirada hacia mí.

—Marie, si no te importa, ¿puedes darme algunas hojas de este té? —Me preguntó, ignorando la expresión desagradable en mi rostro.

—Ah…

¿Por qué nunca se equivocan mis malos presentimientos? Sonreí amargamente en mi interior.

Dorothea todavía no había cambiado, pero no importa. Esto me permitía odiarla más sin sentirme culpable. La miré sin cambiar mi expresión.

—No —dije secamente.

Compartía mi té con mis amigas. Pero nosotras no éramos amigas, yo era su títere. No había ninguna razón para cederle mi regalo.

Dorothea pareció desconcertada por mi respuesta, mientras que la condesa Cornohen, que estaba sentada a su lado, me fulminaba en silencio con su mirada. Uno podría confundir su expresión con vergüenza, pero no, definitivamente, me estaba fulminando. Cuando la observé, la hostilidad en su mirada fue evidente.

—Lo siento, Roth —dije. —Lo haría si fueran otras hojas de té, pero me las regaló el príncipe heredero. En el peor de los casos, puedo meterme en problemas por irreverencia a la familia imperial.

—Marie, pero es realmente delicioso —rogó.

—Entonces, hablaré con Su Alteza. Le diré que realmente querías las hojas de té que me dio —Le sonreí alegremente, como si fuera algo más aparte de mi enemiga, y me miró con incredulidad. En realidad, debería ser yo quien haga esa expresión.

La condesa Cornohen intervino en nuestra conversación.

—No está pidiendo mucho, señorita Mariestella. Solo un poco —imploró.

—Aun así, me sentiría culpable —Le dije con una sonrisa. —Estaba a punto de ir a agradecerle a Su Alteza. Dudé porque me preocupaba lo que otras personas pudieran pensar… pero no sería ningún problema visitarlo y decirle que Roth también quiere las hojas de té que me dio. ¿Eso estaría bien, Roth? —Le pregunté a Dorothea tranquilamente, pero cuando la miré, tenía una expresión seria en su rostro. La condesa Cornohen tenía un semblante idéntico. De alguna manera, estaba molesta, pero fue cuidadosa para no dejar que se mostraran sus emociones por completo.

—S-Sí —dijo Dorothea con rigidez.

—No te haré esperar demasiado. Condesa Cornohen, la visitaré con las hojas de té pronto.

—Pero eso sería demasiado problemático. Puedes enviar un sirviente… —Comenzó a decir, pero la interrumpí negando con la cabeza.

—No —dije, efectivamente interrumpiéndola. La expresión de la condesa se transformó en algo indescifrable. —Roth y yo somos amigas. Vale la pena hacerlo como amiga.

—Muy bien… como quieras —dijo finalmente.

—Sí —dije sonriendo, poco a poco. Luego, miré el reloj en la pared. Ya casi era hora de cenar. —El tiempo vuela. Ya casi es hora de cenar —dije con mi mirada todavía fija en el reloj.

Ya casi era hora de que los Cornohen se marcharan. La condesa pareció haber captado la implicación en mis palabras, pero Dorothea no.

—¿Puedo quedarme a cenar, condesa Bellefleur? —Dijo ella emocionada.

—Por supuesto —respondió mi madre, pero la condesa Cornohen la interrumpió.

—Roth —dijo con severidad. Observé cómo se desarrollaría esto. —Eso es de mala educación. Deberíamos regresar ahora.

En realidad, las palabras y acciones de Dorothea antes, fueron más que groseras que auto-invitarse a cenar, pero la condesa Cornohen parecía no darse cuenta. O quizás, su estándar de “descortés” iba y venía como una banda elástica. Personalmente, apostaba por lo último.

—Pero madre… —protestó Dorothea.

—Roth —dijo bruscamente esta vez, y la condesa Bellefleur, al ver la situación, habló con cautela.

—Está bien, condesa. Puede quedarse a cenar.

La madre de Dorothea negó con la cabeza.

—Lo siento, pero mi marido llegará pronto a casa —Se puso de pie y Dorothea se vio obligada a hacer lo mismo ante la fuerte convicción de su madre. Me levanté de mi asiento para despedirlas, mientras la condesa Cornohen le agradecía cortésmente a mi madre.

—Nos retiramos, condesa Bellefleur. La hemos retenido demasiado tiempo; me disculpo por las molestias.

—En absoluto. Como dijo, tenemos una buena relación. —Sonrió mi madre amablemente y se dirigió a Dorothea con voz cálida. —Por favor, visítanos de nuevo.

—Sí, condesa.

—Vámonos —dijo la condesa Cornohen, y luego salió de la sala de estar con Dorothea.

Después de que se fueran, me desplomé en el sofá, exhausta, como una marioneta a la que le cortaron los hilos. Dejé escapar un largo suspiro y mi madre me miró inquisidoramente.

—¿Qué sucedió con la condesa Cornohen? —Preguntó.

—Nada, madre —mentí con facilidad. —No pasó nada.

—¿En serio…? —Dijo dudosa. Su mirada me hizo sentir culpable, pero me obligué a mentir de nuevo.

—Sí, madre. Sólo me pidió que estuviera cerca de Dorothea como siempre.

—Ya veo —dijo, asintiendo en entendimiento. —Ah, tu padre llegará pronto a casa. ¿Te sientes mejor? El médico dijo que podías moverte, pero no quiero que hagas muchas cosas demasiado pronto.

—Estoy bien. Madre. Estoy realmente bien ahora —Para enfatizar mi punto, le dediqué una sonrisa brillante. —Ha pasado un tiempo desde que me senté a comer con mi familia, y tengo muchas ganas de hacerlo.

♦ ♦ ♦

Tal como dijo la condesa Bellefleur, el conde Bellefleur llegó a casa poco después y tuve la tan esperada cena con ellos en el comedor. Naturalmente, la conversación en la mesa se centró en el tema de la visita de la condesa Cornohen y Dorothea. Aunque Martina ya sabía sobre ello, hizo una mueca.

En cualquier caso, esa noche se tomó la decisión de ir de viaje con la familia Cornohen este otoño.

—¡Eso es horrible! No puedo creer que tenga que pasar dos días y tres noches con esa mujer —refunfuñó Martina en mi habitación más tarde en la noche. Hizo una mueca de disgusto, mientras que yo juraba no contarle nunca lo que pasó con la condesa Cornohen este día. Sin embargo, ella pareció leer mis pensamientos.

—Más importante, ¿de qué hablaste con la condesa Cornohen hoy? —Preguntó.

—¿Oh? —Dije, fingiendo ignorancia.

—Hablaste en privado en el salón antes. ¿De qué hablaron?

Nunca, nunca se lo cuentes. Si lo hacía, Martina se enfurecería al escuchar la propuesta de la condesa. No podía ponerme en evidencia, cuando ni siquiera estaba claro si ella sabía que nuestra familia estaba endeudada o no. Eso sorprendería a una niña como ella.

—Nada importante —dije indiferentemente.

—Cuando lo dices así, suena sospechoso —me miró con los ojos entrecerrados.

—Te estoy diciendo que ella solo… me pidió que estuviera cerca de Dorothea.

—Cielos —sacudió la cabeza. —Debe haber escuchado lo que pasó entre ustedes dos.

—Eso creo —afirmé en voz baja. Dudé por un momento, pero luego hablé con una voz más animada que antes. —No te preocupes demasiado, Martina. No soy tan estúpida como crees.

—¿Quién dijo eso? Eres inteligente. Sé que eso es lo mejor —dijo apasionadamente. —Pero curiosamente, eres débil solo con esa mujer.

Quizás, Mariestella aceptó, de alguna manera, esta propuesta. Tal vez, por eso era una pusilánime. Por supuesto, realmente, no lo sabía.

—Entonces, ¿te vas a quedar al lado de Dorothea? —Preguntó.

—Por ahora —dije cortante. Luego, la miré a los ojos. —Probablemente lo desapruebes.

—Por supuesto —dijo Martina después de un momento. —Pero respeto tu decisión.

—¿De verdad? —Sonreí y le acaricié la cabeza. —Estoy orgullosa… —Entonces, de repente, recordé mi promesa a Dorothea antes. Tenía que ir a conseguir hojas de té del príncipe heredero.

¿Realmente tengo que ir? 

Solo lo dije para provocar a Dorothea, pero después de un tiempo me di cuenta de que tenía que ir. Cuando me encontrara con el príncipe, no podía simplemente agradecerle por el té, sino que tenía que pedirle más.

Caray, eso era una molestia, ¿verdad? Era descortés dárselo a Dorothea cuando Xavier me lo regaló y, sobre todo, odiaba la idea.

Me dio un regalo por mi recuperación y debería devolvérselo. Concluí. El príncipe heredero me visitó mientras estaba en cama y me trató gentilmente. Por eso prometí enviar una carta al palacio Thurman mañana.

—¿En qué piensas, hermana? —Dijo, rompiendo el silencio y bajé la mirada.

—Voy a enviar una carta al palacio Thurman mañana —dije sonriente.

—¿Eh? ¿Por qué tan de repente?

—Su Alteza vino a visitarme y me regaló un té valioso, así que pensé que sería de buena educación visitarlo al menos una vez.

—Ya veo —dijo Martina, asintiendo como si eso tuviera sentido. —Se preocupa por ti a pesar de que está ocupado. ¿Le gustas al príncipe heredero, hermana?

—Quizás como una amiga.

—¿Amiga? Por Dios, —dijo, negando con la cabeza. —¿Un hombre y una mujer pueden ser amigos?

—¿Por qué no? Me hice amiga del duque Escliffe —señalé.

—No existe la amistad entre personas del sexo opuesto.

Bueno, una vez creí eso también, pero Martina siguió negando con la cabeza.

—Bueno, quién sabe. No soy el príncipe heredero —dijo.

Luché contra el deseo de quejarme.

—Eso no es así.

—¿Por qué estás tan segura? ¿Y si te equivocas?

—Porque mi instinto me dice que tengo razón —Le dirigí una gran sonrisa, mostrando mis dientes, le acaricié la cabeza rápidamente. Martina soltó un grito de indignación, y me detuve.

—No tiene sentido que le guste a Xavier —reiteré. No era una idea tan absurda teniendo en cuenta la situación actual, pero con todo lo que sabía, podía decir con seguridad que ese no era el caso. Martina solo podía suponer eso basándose en lo que veía frente a ella. No sabía cómo era fuera de la novela.

Le revolví el cabello por última vez.

—Vamos, será mejor que dejes de charlar y vayas a la cama. Ya es tarde.

—Awww, pero quiero hablar más —suplicó y me miró con ojos muy abiertos, como un bebé.

Oh, era tan linda. No sabía qué hacer con la expresión de vergüenza en mi rostro, pero, en ese momento, alguien llamó a la puerta.

—¿Estás durmiendo, Marie?

Ah, era la condesa Bellefleur.

—Martina no está en su habitación, ¿está ahí? —Preguntó.

Ah, tal vez, era justo dejar de charlar.

—Sí, madre —Le respondí con una sonrisa. Ante eso, la condesa Bellefleur abrió la puerta, mostrando un rostro serio.

—Madre, tienes una sincronización perfecta —refunfuñó Martina.

—Si no duermes temprano, tu piel se verá afectada, mi hermosa Martina. Deja de molestar a tu hermana y regresa a tu habitación.

—Está bien.

Martina me abrazó con una expresión como si separarse la fuera a matar. Me besó la frente y luego salió de mi habitación.

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