Un lirio que florece en otro mundo – Día 11, en la noche: reunión y promesa del meñique

Traducido por Kiara

Editado por Tanuki


El primer paso del plan para rescatar a Fuuka Hamilton era averiguar su paradero.

Ahora que está de vuelta en la capital, no podía imaginar que la trataran muy bien. Después de todo, debía estar con la gente que la trataba como si no fuera más que una herramienta útil para el matrimonio político.

Miyako dejó atrás a Umi. Aunque sería normal tener uno para un miembro de la familia Florence, ningún sirviente de la familia Hamilton llevaría un gato a su lugar de trabajo.

Caminó por el pasillo. La habitación de Fuuka debería estar a la vuelta de la esquina.

Aguanta, Fuuka. Suprimiendo su urgencia de apurarse, Miyako siguió por el pasillo de la familia Hamilton. Necesito salvarla rápidamente.

¡De acuerdo, ya estoy dentro!

Miyako se coló en la mansión Hamilton sin ser vista. Fue más fácil de lo que ella esperaba. Con los nervios de punta, observó los terrenos de la mansión.

El traje de sirvienta que Susie había preparado para ella se mezclaba bien con los sirvientes que trabajaban en la mansión Hamilton. Varios de las doncellas llevaban uniformes de criada a juego.

Fuuka se vería increíble con uno de esos. Me pregunto si me podría prestar uno. Esta vez, haré que Fuuka me prometa quedarse conmigo para siempre. Nos iremos a algún lugar lejano, y haré que se ponga uno de estos lindos trajes de sirvienta. Se vería muy bien, lo sé. Se vería tan linda.

—Ah, espero verla pronto —pensó Miyako.

Mientras sus pensamientos se desbocaban, ella seguía fingiendo ser una sirvienta.

—¡Me llevaré la ropa de cama!

—Oh, ¿eres nueva? —gritó una sirvienta. Parecía tener experiencia.

— Sí —dijo Miyako, forzando una sonrisa en su rostro.

La sirvienta ladeó la cabeza.

Oh, no. Ella sabe que algo pasa. Una gota de sudor frío corrió por su frente. Sostuvo la ropa recién lavada delante de ella y se puso de pie, tratando de verse tan digna como podía.

—¡Llevaré esto a la habitación de la señorita Fuuka!

—¿Qué? —la sirviente la miró con sospecha.

Oh, no —pensó Miyako— ¿Acabo de meter la pata?

—Ven aquí.

La criada la arrastró por la manga y la metió en un hueco. Una expresión intimidante se  deslizó en su cara mientras hablaba.

—¡No digas el nombre de la señorita Fuuka tan alto!

—Huh, eso significa…

—Date prisa y llévalas al cobertizo. Toma esto también —le dio a Miyako un caramelo duro.

—Está bien.

Miyako pensó en el cobertizo, en el caramelo que tenía en la mano, y en el hecho de que el nombre de Fuuka era una especie de tabú. Consideró lo que significaba todo esto. Miró por la ventana. El atardecer envolvió el paisaje.

¿Encerraron a Fuuka en el cobertizo…?

Miyako sintió que su pecho se apretaba. Antes de que pudiera encontrar sus palabras, la sirvienta mayor sirvienta se acercó a ella y habló despacio y en voz baja.

—Y por cierto.

—¿Q-Qué sucede?

—Esa flor en tu pelo es demasiado llamativa para un sirviente. Ten más cuidado.

—Está bien. Lo siento.

La flor que llevaba en el pelo era la que le había pedido a Susie que le prepará, una variedad que  sólo crecía en el jardín de la segunda casa de la familia Florence en la capital.

Miyako había traído la flor para dársela a Fuuka.

♦ ♦ ♦

Hace frío. Fuuka se abrazó a sí misma en el cobertizo, donde la temperatura había caído en picada durante la noche. Hace mucho frío. Se encontró recordando el calor de Miyako en aquella tarde lluviosa, en la cama de la pequeña cabaña de Atikan, lejos de este lugar.

Elegí este camino por mí misma.

Pasó sus dedos por el trozo de papel que tenía en la mano. Era un contrato, que ni siquiera podía leer en este cobertizo sin luz.

—Así es como puedes contribuir a la familia Hamilton.

Eso fue lo que dijo su padre cuando le entregó el contrato. No tuvo más remedio que firmar. Todo lo que su familia le dio fueron condiciones: “siempre y cuando sobresalgas”, “siempre y cuando seas hermosa”, “siempre y cuando ganes las guerras nupciales”. El tratamiento que le dieron como dama noble fue siempre condicional.

—Todo lo que quería era una familia cuidadosa, sin todos esos contratos —pensó Fuuka —Entonces, ¿por qué le dije a Miyako que tenía que hacerme decir que soy feliz en dos semanas? ¿Qué me hizo optar por este contrato? ¿Por qué encontré tan aterrador el hecho de aceptarme tal como soy? ¿Por qué regresé a la capital diciéndome que era por su bien? ¿No podía creer que las dos pudiéramos huir lejos… y vivir juntas, como dos mujeres?

—Pero ¿qué estoy pensando? Eso es imposible. El arrepentimiento no me llevará a ninguna parte, ahora. Obedeceré las órdenes de mi familia. Después de todo, nunca volveré a ver a Miyako.

En ese momento, una luz brilló desde la pequeña ventana del cobertizo.

—¡Fuuka!

Ella escuchó una voz tan brillante como el sol.

¿Estoy imaginando cosas? No, no puede ser.

—¡Fuuka!

—¡¿Miyako?!

Fuuka se acercó a la ventana, reuniendo los muebles esparcidos por el cobertizo como basura para usarlos como escabel. La puerta estaba cerrada con llave desde el exterior. Ella miró por la ventana, y allí…

—¡¿Estás bien, Fuuka?! —preguntó Miyako, con una amplia sonrisa en su rostro. Se quedó allí de pie como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Así que te tienen encerrada aquí… Lo siento, busqué la llave pero no la encontré. Esperaba que al menos poder entregarte estas sábanas.

—¿Por qué… ¿Por qué estás aquí?

Fuuka se esforzó por sacar las palabras ante la vista que tenía delante de ella parecía una conveniente ilusión.

—Bueno, las dos semanas no han terminado todavía.

—¿Qué?

Miyako sonrió para tranquilizar a Fuuka.

—Voy a hacerte decir que eres feliz dentro de dos semanas. Quedan dos días, así que por favor, dame un poco más de tiempo.

—¿Por eso estás aquí? ¿No leíste mi carta? Se acabó; este es el final, Miyako.

—Puede que sea imposible, y puede que sea egoísta, pero dame una oportunidad —Miyako recogió la flor de su pelo, un lirio blanco. Se puso de puntillas y se la presentó a Fuuka—. Y esta vez, no intentaré tomarte desprevenida o secuestrarte. He venido a decirte que te quiero delante de todo el mundo, con toda mi corazón.

—Tú… ¿qué?

—La próxima vez traeré un ramo completo, tantos que ni siquiera podrás tomarlos todos.

Fuuka suavemente tomó la flor de ella.

—Nunca dejaré de decírtelo: Fuuka, ¡seamos felices juntas!

La honestidad de Miyako hizo que Fuuka expresará palabras que nunca había podido decir a nadie. Pero si a ella…

—Miyako… por favor… Debería ser capaz de tirar mi terquedad, orgullo y dudas, y sólo decirlo… ¡Por favor, sálvame!

♦ ♦ ♦

El contrato que le dieron a Fuuka le hacía jurar que se dedicaría al proyecto de gestión del río. La familia Hamilton había invertido mucho en ese proyecto, la empresa conjunta que planeaban con los Rainhalt y con los que ya no tenían relaciones maritales.

Habia sucedido demasiados accidente en el lugar, que habian retrasado el trabajo en el proyecto de gestión del río, lo que llevó a alguien a sugerir que enviaran a una persona con formación en magia blanca como chamán. Esa persona ofrecería oraciones a la orilla del río. Planeaban celebrar la ceremonia en un día de tormenta, cuando el río serpenteante se desborda más a menudo.

El Conde Dan Hamilton se había decidido por Fuuka, que poseía un notable dominio de la magia blanca para una dama noble.

—¡¿Te están haciendo un sacrificio viviente?! —grito miyako sorprendida.

—No tan fuerte, Miyako.

—¡Pero en ese día…! no lo entiendo.

—Lo que la familia Hamilton quiere es un vínculo con los Rainhalt que poseen un mayor estatus. Puede que ya no sea la heredera de la casa Hamilton, pero sigo siendo parte de la familia y hacer que ofrezca oraciones por el proyecto de gestión del río a riesgo de mi vida será una buena oportunidad para demostrar nuestra lealtad a los Rainhalt. Además…

Fuuka interrumpió sus palabras. Metió la nariz en la ropa recién lavada que habían conseguido entrar por la ventana. Sintiéndose un poco culpable, no se atrevió a comer el caramelo que le había enviado uno de los sirvientes. No había nadie en esta casa en quien ella confiara.

—¿Qué pasaría si murieras trágicamente en medio de las oraciones? ¿dejar una impresión más fuerte?

—Exactamente. Dicen que Klause está obsesionado contigo, Miyako. Pero si eso sucediera, no podría ignorar a los Hamiltons. Aunque hay una ligera diferencia de edad, un matrimonio entre él y una de mis hermanas podría estar sobre la mesa —dijo Fuuka en un tono distante.

—No puedo ver a Klause pensando tan a fondo… El hombre tiene una cara bonita pero no hay nada más detrás de ella —pensó Miyako. Ella tenía sus dudas, pero no estaba preparada para dejar que algo tan injusto sucediera y mucho menos a Fuuka.

—Te salvaré —juró Miyako, deliberadamente.

—Celebrarán la ceremonia de oración la próxima vez que llueva. Por el olor en el aire, eso podría ser tan temprano como mañana por la noche.

Fuuka estiró su brazo fuera de la ventana, desesperada. Miyako levantó la mano en respuesta.

—¡Por favor, Miyako. Por favor sálvame antes de eso! —su dedo meñique se entrecruzo con el de Miyako.

—Lo haré, pase lo que pase. Déjamelo a mí. ¡Voy a poner este mundo de cabeza! —ambas sellaron su promesa.

Esto no era un contrato, un trato o algo por el estilo; era un vínculo de compasión que las unía a las dos.

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