Un lirio que florece en otro mundo – Día 13, al mediodía: rescate y propuesta

Traducido por Kiara

Editado por Tanuki


El río Enot era un gran río que corría a través de la tierra al norte de la capital Ode.

El río nacía en la montaña sagrada Abukust, al norte de la capital, y se alimentaba del gran mar al este de la capital. Grandes canales, construidos muchas generaciones antes, llevaban su agua a la capital. Con un clima agradable y un río lleno, el agua se veía elegante. Sin embargo, el río podía ser violento, particularmente río abajo.

La tierra en la región alrededor de la cuenca donde el río se bifurcaba tenía un suelo excelente, pero las inundaciones cada dos años hacían que la cosecha de los cultivos fuera poco fiable. Los cultivos no crecerían sin el agua de riego, pero cuando el río se desbordaba, nadie podía cosechar los cultivos.

Muchos habían intentado controlar el río Enot, pero ni la ingeniería ni la magia habían superado aún la escala y la dificultad de la tarea. Por esa razón, en ocasiones algunos llamaban al río Enot “el único dragón sobreviviente del imperio Pajan”. Frente a esa gigantesca calamidad natural, el pueblo venía a celebrar una cierta ceremonia, para mantener el río en calma. La llamaron “Las Oraciones de la Doncella”.

♦ ♦ ♦

—En nombre del glorioso Marqués Reinhalt y del Conde Hamilton, ofrezco mis oraciones al río.

En la gran cuenca del río Enot, el río se hinchó por la lluvia que había empezado la noche anterior. La corriente fangosa chocó con la cuenca y se retorció como una serpiente gigante de dos cabezas.

Fuuka Hamilton estaba en el centro de todo eso. El río amenazaba con desviarse de su curso y engullirla en cualquier momento, pero ella continuó cantando sus oraciones solemnemente. En su mente estaban los pensamientos de Miyako.

Qué feliz sería si Miyako viniera a salvarme… Pero si hago esto bien, Miyako será libre. Tengo que lograrlo.

Si Fuuka logrará pacificar el río, los Rainhalt verían con buenos ojos a la familia Hamilton, y una de las hermanas de Fuuka podría convertirse en la esposa del heredero Klause Rainhalt. Aunque fuera su esposa sólo en papel, eso sería suficiente para que Dan lograra su objetivo. Si eso ocurría, Miyako no tendría que preocuparse de que Klause se resintiera con ella o la persiguiera en su obsesión.

Al final, incluso Klause era sólo una pieza en juego en el tablero de la alta sociedad.

Una pieza más grande que otras, tal vez, pero una pieza de todas formas.

Fuuka levantó sus ojos a la orilla del río. Por encima de las alturas de la orilla, había una zona segura, más allá del alcance del rio. Vio a sirvientes empapados sosteniendo grandes tiendas y paraguas. Su padre y Klause Rainhalt se sentaron bajo su protección. Klause dejaba que su mirada vagara en el aburrimiento. Ni siquiera intentó ocultar sus bostezos.

—Supongo que no le importa en lo más mínimo lo que me pase, incluso si llegara a desairar a su futura esposa, eso probablemente sólo será juzgado como la diversión y los juegos del heredero de una gran familia. De verdad, ¿puedes pensar en algo más ridículo? En cualquier caso, no puedo huir de aquí. No, no lo haré. Porque eso es lo que decidí, y es lo mejor para Miyako —pensó Fuuka.

El rezo de Fuuka resonó en el aire. El torrente fangoso retumbó y tronó, casi pero no ahogando la voz de Fuuka.

Los miembros de las familias Rainhalt y Hamilton que observaban desde la zona de seguridad perdieron todo interés en observar el ritual y comenzaron a disfrutar de un banquete. Para ellos, esta ceremonia se trataba de política y de mejorar la posición de su familia.

Los cielos eran grises, y el vino que pasaba entre las familias era rojo.

Fuuka vio una gran serpiente desbocada. No, lo que ella había pensado que era una serpiente era en realidad el torrente que surgía del río Enot, el más grande con diferencia. La cantidad de agua y su fuerza violenta eran como una inundación repentina.

Fuuka cerró los ojos al ver el abrumador diluvio que corría río abajo.

—Ah, este es el final. 

La corriente seguramente engulliría el altar sobre el que Fuuka estaba parada y el banco de arena que lo rodeaba.

Tal vez un mago de primera clase podría haber resistido la colosal corriente, pero una simple dama noble como Fuuka no tenía ninguna posibilidad.

¿Podría Fuuka haber evitado esto si hubiera aprovechado al máximo su dedicación a la búsqueda intelectual de la magia blanca y hubiera escogido un camino de independencia como curandera o doctora? Sin embargo, fue su propia elección llevar las esperanzas de la familia Hamilton como la villa en un escenario de matrimonios políticos. Había reprendido a las otras damas por su falta de esfuerzo y explotó la insuperable diferencia de poder para aplastarlas.

Si Fuuka hubiera huido a algún lugar lejano con Miyako, ¿habría terminado aquí? De todas formas, también había sido su elección liberar a Miyako.

Fuuka regresó a la capital por el bien de la primera persona que le tendió la mano.

Pensó que todo había sido su propia elección, pero en este escaso momento se dio cuenta ahora de las pocas elecciones que había hecho en su vida para sí misma. Todas eran por el bien de alguien más. ¿Realmente no hay nada que haya elegido hacer por mi propia voluntad o por mi propio bien?

—No, hay una sola cosa que tomé para mí: La mano de Miyako. 

La rival de Fuuka, de pelo castaño, había aparecido sin avisar en la mansión Hamilton, junto a la ventana donde las cortinas temblaban y la luz de la mañana brillaba. Ella había tomado su mano, la mano de Miyako.

—Estoy segura de que es la primera y única cosa que he elegido para mí. Adiós, Miyako.

Fuuka Hamilton cerró los ojos. Justo entonces.

—¡¡¡Fuuka!!!

Una voz resonó desde la orilla del río. Fuuka abrió los ojos, y ante ella…

—¡Fuuka, perdón por hacerte esperar!

—¿Eh?

Era Miyako Florence, usando un vestido carmesí elegantemente bordado con cintas y encajes. Su rostro estaba bellamente maquillado, y su cabello castaño estaba arreglado en un delicado recogido.

Miyako agarró con fuerza la mano de Fuuka.

—Miyako, ¿por qué estás aquí? ¡¿Y qué le pasó al río…?!

—Por mi palabra, mi maestro realmente sabe cómo poner a trabajar el espíritu del agua. —¡Umi!

—Un pequeño arroyo como este no es más que la cola de un ratón para mí —dijo Umi con un bostezo.

Habiendo llevado a Miyako a la espalda, Umi se puso de pie en el camino del río en su verdadera forma, su melena de aletas de peces acuáticos revoloteando en su cuerpo translúcido.

La corriente fangosa se detuvo ante Mí, como si el tiempo se hubiera detenido.

—¡Umi, continúa!

—Nyaa, muy bien.

Umi golpeó el río inmóvil con la punta de su nariz. Cuando lo hizo, la vorágine del río se convirtió en una suave corriente con un leve sonido de chorro de agua, sin siquiera causar ninguna salpicadura.

La completa ruptura de las leyes de la física le quitó el aliento a Fuuka. Lo mismo podría decirse de los miembros de las dos familias que miraban a Fuuka desde la orilla del río.

—¡¿Quién demonios eres?! —gritó Dan Hamilton. Se puso de pie, con la cara oscura por la rabia ante el repentino giro de los acontecimientos. El sarpullido rojo en su cuello se había extendido aún más.

—¡Soy Miyako Florence! He venido a salvar a Fuuka!! le gritó Miyako, mientras su vestido carmesí se sacudía con el viento.

Al reconocerla, Klaus se puso en pie de un salto sin pensar.

—¿Eres tu Miyako? Sabía que volverías a mí. ¡Y también te vestiste bien! ¡¡Realmente me extrañaste!!

—¡Eres tan optimista! No sé de dónde sacas toda esa confianza —Miyako se giró para mirar a Klaus y su amplia sonrisa—, ¿qué? ¡No tengo ni idea de lo que estás hablando! ¡Quizás deberías dejar de lado el narcisismo, estúpido farsante!

—¡¿Qué?! —respondió él, pero la atención de Miyako se volvió a centrar en Fuuka.

Gracias a la protección de la undine, el río mantuvo su calma a pesar de la lluvia que caía. Miyako pellizcó el dobladillo de su vestido carmesí y miró a Fuuka a los ojos.

—Fuuka, tal como lo prometí, he venido a sa… No, no es eso. ¡¡Vine a confesarte mis sentimientos una vez más!!

—Pero, ¿por qué? Te dije que corrieras. Tomé tu mano una vez, pero luego la tiré.

—¡No es eso! Quiero empezar las cosas de nuevo, y no quiero soltarte como la última vez…

Irrumpí en su mansión, me dejé llevar por el momento y pasé trece días huyendo con Fuuka. Pero esta vez no intentaré cogerla desprevenida o forzarla a entrar; lo haré de forma justa y honesta delante de todos.

—Fuuka, tú trabajas más duro que nadie. Eres paciente y amable. No eres buena cocinera, pero haces todo lo posible por ayudar a los demás. Puedes hablar el lenguaje continental como un nativo. Eres dura contigo misma e igual de dura con los demás, pero incluso así, piensas en los demás antes que en ti misma… ¡y te quiero!

Miyako levantó su digna voz para que todos los presentes pudieran escucharla. Sin preocuparse por ensuciar el dobladillo de su vestido, Miyako se arrodilló ante Fuuka y extendió su mano.

—No me importa si no tomas mi mano. Pero decidí que tenía que decirte mis sentimientos.

—Miyako, yo…

—Y como esta es una conversación tan importante, quería lucir lo mejor posible cuando te conociera… así que me puse este vestido. ¿Cómo me veo?

—Tonta.

—Sí, así soy yo.

—Realmente eres una tonta; no piensas las cosas bien —continuó Fuuka.

—Sí.

—Y estás haciendo esto justo delante de los Rainhalt… Si los hubieras tratado bien, podrías haber vivido el resto de tu vida en paz.

—Sí, tienes razón.

—Y es imposible que dos mujeres vivan su vida sin depender de su familia o de los hombres. Es imposible encontrar la felicidad de esa manera —dijo Fuuka, forzando las palabras. Ésa era la maldición que siempre había limitado sus acciones— este mundo, y la sociedad noble en particular, pertenecen a hombres y familias nobles. Las mujeres que viven sin su protección recorren un camino sin esperanza. Lo más que pueden hacer es entrar en un monasterio y vivir sus días como monjas. Las mujeres son impotentes en este mundo.

Cuando Fuuka terminó, Miyako sacudió lentamente su cabeza.

—Te equivocas.

—¿Qué?

—La felicidad viene en todo tipo de formas diferentes. Sólo que nunca nos dimos cuenta.

La mercader viajera del continente, Shan Li, su compañera María y su preciada hija Aisha le mostraron a Miyako un tipo de familia diferente.

Quiero que Fuuka los vea como una familia —pensó Miyako—. Y tal vez hay gente que ha renunciado a la felicidad, y aún hoy se arrepienten de ello.

Miyako recordó a la jefa de las criadas que permaneció soltera toda su vida, Susie. Miyako había mirado dentro del colgante que llevaba al cuello, y encontró un viejo retrato de una hermosa joven.

—Estoy segura de que esa chica aún tiene un hogar en el corazón de Susie.

Aunque Susie había advertido a Miyako de no ir tras Fuuka, aún así le dio a Miyako este vestido en perfectas condiciones y ella también quería mostrarle a Fuuka su aspecto.

—Así que no quiero oír que dos mujeres no pueden estar felices juntas. Quiero decir, es de nosotras de las que estamos hablando. ¡Sé que las dos podemos encontrar la felicidad juntas, Fuuka!

Los ojos de Fuuka se abrieron de par en par ante lo que dijo Miyako. Ella los bajó cuando empezaron a llenarse con lágrimas y tomó la mano de Miyako.

—No me culpes si llegas a arrepentirte de esto.

—¡Eso nunca sucederá, Fuuka!

Miyako sonrió bajo la lluvia. Fuuka no pudo evitar sonreírle. Pero entonces…

—¡Basta ya de esto…!

Escucharon un grito desde la orilla del río.

—Ya basta, las dos… Dejen de meterse en mi… —A mitad de su furioso arrebato, Dan cayó al suelo fangoso, agarrándose con dolor el cuello en la parte donde se encontraba el feroz sarpullido.

—¡¿Se ha derrumbado?!

—M-Mi señor…

Entonces, como si siguiera su ejemplo, los sirvientes de la familia Hamilton estallaron en tos, hasta que uno por uno, se desplomaron.

—¿Qué… qué está pasando? Esta es una de esas cosas malas, ¿verdad? ¡¡Alguien traiga a mi espía!!

—Su espía está de vacaciones, mi señor.

—Oh, es cierto.

Con eso, Klause visiblemente asustado por el comportamiento de la comitiva de la familia Hamilton.

—Esto es… Como esperaba, ese sarpullido es la fiebre de la decapitación —dijo Fuuka.

— ¿Fiebre de la decapitación? ¡¿Qué pasa ahora?!

—Los brotes de la enfermedad son increíblemente raros, pero si hay una sola persona que la ha contraído, la propagación es astronómica… Hay informes de que ha destruido pueblos y ciudades enteras.

—¡¿Estás bromeando?!

—En cualquier caso, tenemos que hacer algo… —dijo Fuuka, mordiéndose el labio.

—Después de todo lo que te ha hecho, es mejor que dejes a tu padre a su suerte —pensó Miyako, pero se lo guardó para sí misma. Fuuka querría salvar a cualquiera, sea quien sea. Esa era una de las cualidades que la convertían en la mujer que Miyako amaba— además, podemos hacerle ver nuestro amor después de curarle la enfermedad. Será mejor que mi hermano llegue aquí a tiempo…

 Miyako miró a la distancia.

—¡Umi, necesito tu ayuda! dijo Fuuka.

—Nyaa. Que así sea, te ayudaré. Después de todo, ahora eres la otra mitad de mi maestra.

Umi, la bella Undine, colocó a Miyako y Fuuka en su espalda y elegantemente alzó el vuelo.

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