Bajo el roble – Capítulo 23: Dama del castillo

Traducido por Kiara Adsgar

Editado por Yusuke


La criada recogió la leña de la cesta que llevaba, la arrojó a la chimenea, la apuñaló varias veces con un atizador antes de colgar la ropa mojada a unos metros por encima.

No lejos de donde estaba ella, se podía ver a Max temblando de frío. Solo llevaba unos calzones de lino, su cuerpo estaba vestido con nada más que una tela delgada. Comenzando con sus tareas, la criada vertió agua caliente en un pequeño recipiente y dejó caer una cantidad de aceite de perfume en él. Luego sumergió un paño limpio y lavo suavemente la cara, el cuello y los brazos de Max. Después, le ayudó a vestirse, con una hermosa falda que le llegaba a la parte superior del tobillo.

Le quedaba bien, el elegante vestido con los patrones intrincadamente bordados era hermoso, Max se veía impresionante: un vestido dorado como el sol, con alas de mariposa en sus mangas, era tan hermoso como los que Rosetta usaba.

—¿Está demasiado apretado? —pregunto Rudi, atando una correa roja debajo de su pecho. Max sacudió la cabeza, sus ojos permanecion enfocados en la imagen reflejada en el espejo de la pared. Como estaba feliz, su rostro pálido parecía más brillante y su cabello castaño rojizo, que siempre parecía desordenado y despeinado, lucía sorprendentemente elegante con este hermoso vestido dorado.

—¿Te gustaría que le trenzará el pelo?

—Sí, por favor.

Mientras estaba sentada en la silla junto a la ventana, la criada inclinó el espejo, ajustando su posición para que Max pudiera verse. No mucho después, agarró un peine de marfil y cepilló el cabello de Max con cuidado, sus manos se deslizaron entre los mechones y rizos enredados.

Max miró por la ventana y escuchó los sonidos que resonaron dentro de la habitación. No pudo evitar mirar las empinadas paredes grises que parecían llegar hasta el cielo.

—¿Quieres que te traiga algo de comida?

Todavía no estaba hambrienta y preferiría aventurarse más por el castillo. Pero de alguna manera, se sintió reacia a expresar su deseo, una consecuencia de su terrible vida anterior.

Pero en el rincón de su mente, su libertad finalmente se hizo realidad. No había una media hermana aquí para despreciarla ni un padre para lastimarla. Ella podría ir a cualquier parte libremente.

Por lo tanto, ella desafiantemente levantó la cabeza y dijo:

—Comeré más tarde…

—Bien.

Rudi dejó el peine después de haber trenzado su cabello de manera competente y rápida. Como toque final, le trajo un par de zapatos y se los puso en sus delicados pies.

Max se miró en el espejo. No estaba acostumbrada a que una criada le ayudara a vestirse así. ¿Qué pensaría Riftan?

—Por cierto, ¿dónde está Riftan?

—El señor ha estado fuera desde el amanecer —respondió la criada con una ligera irritación en su voz—. ¿Lo necesitas para algo?

—Oh, solo… —Max sacudió la cabeza, sin saber por qué estaba preguntando. La sensación de estar emocionada por un momento por usar ropa bonita se desvaneció tan rápido como había llegado. Como una mentira que la llenó de un destello de vergüenza.

—Ah, ah, no um… no.

Ella respondió con una voz inestable que incluso ella había odiado escuchar. Max no podía comprender la vergüenza que la criada le hizo sentir. Rudi salió corriendo de la habitación, con una mayor vergüenza escrita en su rostro.

—Señora, señora, déjeme guiarla al comedor. —Rudi estaba nerviosa, pero Max solo asintió con la cabeza. Aun así, estaba agradecida de que la criada la tratara con respeto.

—Sí…

Rudi la condujo a las escaleras. Miró alrededor del castillo que había visto por primera vez el día anterior. Las paredes grises y las ventanas arqueadas le dan al lugar una belleza sólida y tremenda. La luz del sol que entraba por la ventana proyectaba una ligera sombra en el suelo. Salió a la habitación y entrecerró los ojos.

La ciudad de Anatol era muy diferente de lo que veía en la oscuridad del anochecer. Ayer, había parecido triste, sombría y bastante anticuado. Pero ahora era mucho más que un castillo del rey sacado de un cuento de hadas.

—¿Hay alguna comida especial que prefiera o no le guste?

—Oh, solo…

Soltó palabras que, vacilantes, murieron repentinamente en su garganta. Una mirada incómoda cruzó por la cara de la criada que llamó la atención de Max.

¿Se lamenta por el hecho de que tiene que servir a alguien tan difícil como yo? 

Una sensación de inferioridad la invadió. Sin embargo, ella sacudió los pensamientos negativos y siguió a la criada a la cocina. Una larga mesa de madera de cerezo yacía en medio de un amplio comedor.

Mientras se acercaba, uno de los sirvientes del otro lado de la habitación rápidamente sacó una silla.

—¿Durmió bien, señora?

—Sí, dormí bien.

—Ayer no pude presentarme porque no quería molestarla. Soy Rodrigo Seric. Superviso a todos los sirvientes de este castillo.

Ella asintió y descubrió que él era el hombre mayor a quien Riftan le había gritado ayer.

—Encantado de conocerte. —De la forma más cortés posible, Rodrigo se inclinó—. Te serviré con todo mi corazón. Si necesitas algo, no dudes en hacermelo saber.

—Oh, bueno, eso, eso me, me hizo pensar, sí… ayer, el señor… me dijo que podía decorar el castillo.

—De hecho, temprano esta mañana, lord Riftan me pidió que la ayudara de cualquier manera posible. Estamos planeando llamar a los mercaderes al castillo pronto, pero ¿le gustaría echar un vistazo por adelantado para familiarizarse con la propiedad del señor?

—Sí, sí por favor.

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