Dejando al Príncipe León y a la señorita Sumire a un lado por un momento, vamos a tratar con el problema en cuestión por ahora.
Mientras hablábamos, Sebastian nos dijo que el abuelo nos había llamado a Allen y a mí. Pensé: ¿Por qué solo nosotros dos?, pero decidimos dirigirnos a la habitación donde nos esperaba. Quien nos llamó abrió la puerta y entramos.
La voz de Marin bajó como una manta cálida. La mano que acariciaba la espalda de Violette era cómodamente suave y rítmica, y la tranquilizaba como a un niño al que arrullan para que se duerma. La temperatura de Marin era fría en comparación con la de la mayoría de la gente, pero resultaba cálida para el frío cuerpo de Violette. Violette apoyó la frente en el hombro de la doncella mientras meditaba sobre cómo podría dar forma de discurso a aquellos pensamientos desordenados. Cada vez que abría la boca, solo salía aliento. Tal vez fuera mejor así. Si era capaz de hablar, lo mejor que podía ofrecer era un esbozo de lo que realmente había sucedido. Seguí leyendo “¡Juro que no volveré a acosarte! – Capítulo 89: Llamando a la mentira”
—¿Una fiesta de té? ¿Son realmente tan divertidas?
Hoy, Lucas entró en mi habitación y resopló ante la idea. Miré de reojo a Lucas, recordando lo que había pasado la última vez, pero él ni siquiera parpadeó, como si nada hubiera pasado.
Solo parpadeé por un segundo cuando la voz que me respondió se volvió más baja y espesa, y el niño que estaba frente a mí se convirtió en adulto. Pude ver sus ojos rojos y apagados mirándome en silencio.
¿Quiere que lo golpeé? Cualquier mujer obedecería de inmediato porque han crecido sumisas; sin embargo, golpear al emperador es peor que desobedecer. Es una falta que se paga con la vida.
Cuando abrí los ojos, ya era de día y los pájaros cantaban fuera. Salí de la cama y me peiné el pelo enredado.
Me puse el chal tirado en el sofá junto a la cama y salí de la habitación. En seguida me encontré con Leandro. Le goteaba agua por un lado de la sien, como si acabara de lavarse la cara. También parecía que acababa de despertarse, pues salió de la habitación de enfrente. Seguí leyendo “Sin madurar – Capítulo 65: En la tormenta (3)”
Admitiéndolo con facilidad, la bruja se encogió de hombros. Por supuesto, me había dado cuenta de que estaba observando mi reacción. Le seguí la corriente a tales palabras.
Cuando sonreí alegremente y estiré el dedo índice, la avispa se posó despacio en él. Mi antiguo yo habría tenido miedo, pero mi nuevo yo era diferente.
Las órdenes de caballería ahora se consideran una rama del ejército, pero en el pasado, cuando se estableció nuestro reino, los caballeros se referían a aquellos que protegían a San Ahar, o a los sacerdotes de batalla que luchaban en el ejército.