Traducido por Soyokaze
Editado por Tsunai
Estas palabras fueron escuchadas por casualidad por las tres personas que estaban en la puerta.
Wang Zhong Ding entró con cara de póker, seguido de cerca por Er Lei.
Feng Jun sintió una vaga premonición ominosa.
Y, en efecto: al entrar descubrió que Han Dong se había metido en un conflicto. Antes había dicho que no tenía tiempo y ahora estaba allí causando problemas. El corazón de Feng Jun no pudo evitar “llorar” por Han Dong.
Para su sorpresa, la escena que motivaba su lamento dio un giro inesperado y sorprendente.
Sin siquiera mirar a Han Dong, Wang Zhong Ding caminó hasta quedar detrás de Sun Mu y, alzando la mano, le propinó un fuerte manotazo en la cabeza.
Sun Mu cayó de bruces, la cara se le estampó contra el suelo y su cuerpo se deslizó medio metro. La boca le quedó encharcada de sangre.
Todos quedaron atónitos, incapaces de reaccionar ante el impacto: Sun Mu, Feng Jun, Er Lei e incluso Han Dong.
Antes de que nadie pudiera moverse, Wang Zhong Ding le soltó una patada a Sun Mu justo cuando intentaba incorporarse.
Se oyó un golpe seco, y a Sun Mu se le cortó el grito.
Todo el estudio quedó en silencio sepulcral.
Al darse cuenta del alarido desgarrador de Sun Mu, los actores de su elenco acudieron en desbandada para ayudarlo.
—Si te atreves a decir una sola palabra más contra Han Dong delante de mí, te haré desaparecer por completo del ojo público. ¡Y lo mismo va para todos los aquí presentes!
Tras lanzar esas palabras con fiereza, Wang Zhong Ding se dio la vuelta y se marchó. Er Lei volvió a seguirlo de cerca.
Feng Jun seguía con esa ominosa premonición; parecía como si la última frase hubiese ido dirigida a él.
Yu Ming, por su parte, recogió sus cosas, caminó hacia Wang Zhong Ding y, de paso, empujó al atónito Han Dong para que se moviera.
—¡Avanza! ¿O qué estás esperando a que te acosen?
La felicidad, tan inesperada, dejó a Han Dong un poco aturdido. Ya dentro del coche, bajó la cabeza y se puso a juguetear con un botón de la camisa. Tras un rato, se dio una palmada en los muslos, miró a Wang Zhong Ding —sentado a su lado— y exclamó:
—¡Estuviste magnífico hace un momento!
Wang Zhong Ding lo miró de reojo, sin decir palabra.
Han Dong ignoró a los demás ocupantes del coche y apoyó la cabeza en el regazo de Wang Zhong Ding, con aire embriagado.
—¡Tan magnífico y varonil que me costó muchísimo contenerme…!
Wang Zhong Ding no pudo seguir ignorándolo, pegado a él como una lapa, y lo reprendió con enojo:
—¡Vale, ya está bien! Lo mejor habría sido no armar líos, ¿no te parece?
—¡Ese principito malcriado necesitaba urgentemente unos azotes! —replicó Han Dong, indignado.
—En este círculo hay mucha gente que merece una buena reprimenda y que es bocona y malhablada. Hay quien solo está para señalar tus defectos y despreciarte. ¿Vas a pelearte con todos ellos para desahogar tu ira?
—Digas lo que digas, voy a moler a palos a cualquiera que intimide a mi amigo. Y, en el peor de los casos —si se me van las cosas de las manos y pasa algo más grave—, entonces tú vuelves a intervenir… —concluyó Han Dong, con convicción—. ¡Y te haces responsable de mí!
—Ayudarte no es el problema, pero me temo que, para cuando yo llegara, ya sería demasiado tarde. ¡Si no hubiera venido hoy por casualidad, esa persona habría mandado a alguien a darte una paliza!
Han Dong no supo qué responder.
En el coche aún había alguien cuya reacción era más lenta que la de Han Dong; seguía rígido, paralizado por la confusión. A medida que escuchaba la conversación entre ambos, se le helaba más el cuerpo. Los miró boquiabierto un instante y luego volvió la cabeza hacia el frente, completamente petrificado.
Han Dong iba echado como un perro sarnoso en el asiento, con la cabeza apoyada en el regazo de Wang Zhong Ding, usándolo de almohada. Él, por su parte, miraba de soslayo por la ventanilla mientras sus dedos jugueteaban con los rizos cortos de Han Dong.
Al ver aquello, Feng Jun por fin lo entendió todo. Se volvió hacia Er Lei y le susurró:
—¿Ya lo sabías?
El silencio de Er Lei fue respuesta suficiente.
Feng Jun se sintió traicionado y lo reprochó en voz baja:
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?
—Te lo he insinuado mil veces —respondió Er Lei, sin un atisbo de culpa.
Feng Jun lloró por dentro lágrimas amargas. Para él, el jefe Wang era casi un dios, y ahora sentía que ese dios se había zambullido, sin oponer resistencia, en un pozo de estiércol de vaca.
♦♦♦
En el dormitorio, Yu Ming le anunció a Han Dong:
—No voy a regresar al dormitorio por unos días.
—¿A dónde vas? —preguntó Han Dong, preocupado.
—Mis padres vienen a Pekín, así que me voy a quedar en un hotel que reservé para ellos.
—¿Cuándo llegan? —se interesó Han Dong, emocionado.
—Su vuelo aterriza a las once de esta noche.
Han Dong se apresuró:
—¿Quieres que te acompañe al aeropuerto a recogerlos?
—No hace falta. Ya les reservé una habitación; irán directamente allí en cuanto lleguen.
A Han Dong no le quedó más que asentir.
—Entonces date prisa. Saluda al tío y a la tía de mi parte y diles que quiero invitarlos a comer otro día.
Yu Ming asintió, metió algo de ropa sin demasiada preocupación y salió.
Han Dong, que por fin tenía unos días libres, fue directo a la casa de Wang Zhong Ding con pensamientos lascivos.
Apenas cruzó la puerta, vio a dos niños escandalosos corriendo por la habitación. Xixi llevaba el pelo suelto y sostenía una cruz; el otro chiquillo, de origen desconocido, vestía algo parecido a una túnica de sacerdote taoísta.
Xixi alzó la cruz y, con tono severo, reprendió al travieso:
—¡Mírate! Tanto tu postura de pie como la de sentado son muy desagradables.
El niño ni se inmutó ni corrigió su descuido, y replicó:
—Vivir con tantas restricciones es muy molesto. Mira a tu hermano mayor: hacer lo que te da la gana hace la vida más fácil y cómoda.
—Eres realmente ingenuo —dijo Xixi, dejando al otro sin respuesta.
Han Dong pasó junto a ellos y preguntó:
—¿Están jugando a la casita?
El pequeño rostro de Xixi mostró de nuevo desdén.
—Estamos actuando, ¿no lo ves?
—¿Ah, sí? Bueno, entonces sigan.
Al poco rato, ambos volvieron a discutir.
Xixi seguía diciendo:
—Ahora eres demasiado arrogante; deberías hablar con más humildad.
—¿Por qué un maestro como yo debería hablar con humildad?
—¡Porque estás interpretando al tío Cola de Cerdo!
Cuanto más escuchaba Han Dong, que estaba a un lado, más sentía que algo no cuadraba. Aún desconcertado, Xixi arrastró al niño travieso para “consultar”.
—Pregúntale a él —dijo Xixi, señalando a Han Dong—. Él es el tío Cola de Cerdo.
El niño travieso preguntó entonces:
—Tío, ¿tú hablas con humildad?
En ese momento, Han Dong por fin lo entendió.
Xixi estaba interpretando a Jesús, el “Dios de Occidente”, en referencia a Wang Zhong Ding, el “Dios Masculino Wang”. El pequeño niño travieso hacía de sacerdote taoísta, el “Inmortal de Oriente”, en referencia a Han Dong, el “Gran Inmortal Han”.
Dejando a un lado el despiadado análisis de Xixi sobre Han Dong, aquella trama abstracta era realmente notable.
Esa noche, el Dios Masculino Wang y el Gran Inmortal Han atravesaron la barrera del intercambio cultural entre Oriente y Occidente, provocando una colisión vigorosa y apasionada.
El Dios Masculino Wang dijo:
—¡Nosotros, los espíritus libres del gran Occidente, no encontramos a alguien tan coqueto como tú!
El Gran Inmortal Han dijo:
—¡Nosotros, los espíritus reservados y humildes del Gran Oriente, no podemos encontrar a alguien tan tsundere como tú!
Y entonces el trueno del cielo avivó el fuego en la tierra: comenzó el papapa y toda clase de complacencias; el ejercicio de cama fue intensísimo.
Después, Wang Zhong Ding le dijo a Han Dong:
—Wan Li Qing regresará en unos días.
—¿Wan Li Qing? —preguntó Han Dong, pensativo; casi se había olvidado de ella.
—Así es, tu “cuñada” —resopló Wang Zhong Ding.
Han Dong sonrió entre dientes:
—En realidad, nunca fue digna de ese título. Le di ventaja en su momento y no supo aprovecharla.
Wang Zhong Ding lo miró de reojo, pero no dijo nada.
Han Dong preguntó, curioso:
—¿Por qué me lo dices? ¿Su regreso va a influir en nuestra relación?
El semblante de Wang Zhong Ding cambió y respondió con franqueza:
—Le gusto.
—Lo sé —dijo Han Dong.
—Por eso considero necesario contarte todo lo que hubo entre ella y yo.
—¿“Consideras necesario”? —repitió Han Dong, recordando de pronto la confesión de Yu Ming.
Wang Zhong Ding asintió:
—También he decidido contarle nuestra relación, para evitar que se haga ilusiones.
Han Dong se sintió aún más avergonzado.
—Pero es una chica y también tu buena amiga desde hace muchos años. ¿Tendrás las agallas de ser tan cruel con ella?
—Precisamente para que le quede todo claro es necesario ser cruel. Deja ya ese tema. No quiero escucharte quejarte todo el día por lo mismo.
Han Dong se acomodó, mirando al techo con satisfacción.
—Ahora no tengo deseos ni peticiones: mi vida ya es perfecta.
—Quiero darte más —dijo Wang Zhong Ding.
—¿No temes que me aproveche de ti? —preguntó Han Dong.
—Me gustaría que fueras un poco más codicioso; así nadie más que yo podría satisfacerte.
Muy entrada la noche, Han Dong se durmió profundamente después de haber sido poseído con energía; sin embargo, Wang Zhong Ding seguía despierto, escribiendo en su portátil. Tecleó y borró muchas veces, hasta que por fin quedó satisfecho con una publicación muy cursi y adorable que subió a su Weibo:
«Es un chico súper guapo, a la moda y rebosante de entusiasmo, pero también un bebé inmaduro y extremadamente travieso. Es un hombre de sangre caliente y convicciones firmes que no cede, pero también un chico enamoradizo, de corazón amable y considerado. Es ingenioso y astuto, pero bondadoso y auténtico. Es despreocupado y alegre, y aun así siente compasión por el cielo…»
Tras una ristra de cumplidos, remató mencionando al afortunado:
«Interpreta a un tipo guapísimo que fascina a primera vista y es un tesoro difícil de encontrar. Es un gran luchador del que no puedes apartar la mirada y alguien a quien no puedes dejar de mimar: ¡Han Dong!»
En todo el texto había una implicación velada: «Acabaré por completo con quien vuelva a decir que detesto a este chico imprudente».
♦♦♦
Sun Mu tenía grandes contusiones en el pecho, un corte en el labio y toda la cara hinchada: parecía una cabeza de cerdo.
Mientras padecía múltiples dolores, su asistente le dio una noticia que alivió un poco su sufrimiento.
—Ese hombre extremadamente guapo que suele venir a verte en secreto, por fin te está buscando.
Xia Hong Wei entró justo cuando el asistente terminó de hablar.
—No puedo hablar mucho en mi estado —dijo Sun Mu con gran dificultad.
—No necesitas hablar. Basta con que lo haga yo.
Sun Mu esperó nervioso; se sentía ligeramente mareado incluso antes de oír nada.
—Me gusta Yu Ming —declaró Xia Hong Wei con calma.
Aquellas palabras fueron para Sun Mu un golpe mortal, no menos duro que la bofetada de Wang Zhong Ding. La cabeza le dio vueltas de inmediato.
—No habrá posibilidad de que se emita el programa de televisión que estás grabando. El resto de tu castigo llegará uno tras otro.
Sun Mu quedó completamente estupefacto.
Finalmente, Xia Hong Wei lanzó seis palabras:
—Este asunto aún no ha terminado.
♦♦♦
Tras salir del hospital, Xia Hong Wei fue directamente al dormitorio de Yu Ming.
Los padres de Yu Ming en realidad nunca vinieron, y él había estado durmiendo en el dormitorio estos dos últimos días.
Para garantizar un sueño normal, Yu Ming tomaba pastillas para dormir cada noche. Eso permitió que Xia Hong Wei se acercara a su cama y, una vez más, levantara el edredón sin que él lo advirtiera, de modo que pudo examinarlo.
Aparte de sus rodillas, que estaban ligeramente magulladas, no descubrió ninguna otra herida en el resto de su cuerpo. Sólo entonces respiró aliviado.
De repente, Xia Hong Wei descubrió que Yu Ming sostenía un trozo de piedra en su mano. Él quiso quitársela, sin embargo, su agarre era tan firme que le fue imposible retirarla.
Xia Hong Wei se dio cuenta de lo mucho que Yu Ming atesoraba este pedazo de piedra.
Intentó jalarla una vez más e inesperadamente oyó que Yu Ming murmuraba algo. Xia Hong Wei acercó su oído y le preguntó:
—¿Qué dijiste?
Yu Ming dejó de hablar.
Xia Hong Wei jaló de nuevo la piedra y Yu Ming volvió a murmurar algo. Esta vez escuchó sus palabras con claridad.
—Han Dong me dio esto, no me lo quites.
El rostro de Xia Hong Wei palideció.
