Bajo el roble – Capítulo 115

Traducido por Tsunai

Editado por YukiroSaori


Por alguna razón, las palabras de la princesa le parecieron a Max como una reprimenda. Al mismo tiempo, sintió más confianza en sí misma, como si las palabras también tuvieran la intención de apoyarla. Agnes le dio un golpecito en los hombros y sonrió con timidez.

—De todos modos, ha salido bien. Ahora mismo hay veintidós magos aquí. Estamos desbordados con las tareas de levantar barreras por todas partes, crear fórmulas mágicas para preparar los ataques y fabricar herramientas mágicas. Es un desperdicio no ganar otro mago novato.

—¿No dejó claro Sir Calypse que no quiere que su esposa sea una carga?

Ruth miró a la princesa como si no pudiera creer lo que le estaba sugiriendo a Max, quien miró a Ruth, incapaz de entender por qué estaba en contra de la idea. ¿No era él quien insistía en que aprendiera magia para poder descargar en ella parte de sus cargas? El mago pronunció sus palabras con tanta fluidez como si no recordará ninguno de aquellos tiempos.

—Sir Calypse no se quedará quieto si se entera. Ya es bastante difícil explicar esto a los otros magos, así que con tenerla trabajando en la enfermería como sanadora es suficiente.

—¡Estás haciendo que parezca un complot horrible!

Agnes lo fulminó con la mirada y gritó, luego se volvió hacia Max y le tomó las manos.

—No te pediré mucho. Nunca olvidaré tu gracioso favor si vienes a ayudarme de vez en cuando a hacer fórmulas mágicas.

—Si puedo ayudar… claro que lo haré.

Agnes parecía gratamente emocionada por su respuesta. Al ver que la cara de la princesa se iluminaba, Max recordó de repente las veces que tuvo que ayudar a Ruth con sus fórmulas mágicas desde la mañana hasta la noche. Empezó a preocuparse un poco por haber respondido demasiado deprisa, pero Agnes se limitó a tirar de ella hacia la entrada.

—Pues bien, vayamos enseguida a mi barracón. La señora necesita cambiarse de ropa.

Ante la mención de su aspecto, Max barrió la túnica de Riftan, que le quedaba demasiado holgada.

—Antes de eso, debo pasar por el cuartel de las s-sacerdotisas… Necesito recoger mis pertenencias.

—Yo me encargo de eso.

Ruth, que había estado buscando una forma de escapar de la princesa, aprovechó rápidamente la oportunidad. Se volvió hacia los barracones que albergaban a las sacerdotisas y estaba a punto de echar a correr, cuando Max le detuvo.

—¿Q-Qué vas a decirles a las sacerdotisas? Desaparecí de repente… deben pensar que es sospechoso…

—La señora ha llevado una túnica todo este tiempo. Aunque la señora se presente ante ellas con el título de maga de Whedon, nadie sospechará nada.

A Max le extrañó que Ruth lo pensara de forma tan simplista.

—Hemos estado trabajando y viajando juntos durante s-semanas, así que por supuesto que algunos de ellos pueden haber visto mi cara… m-más aún, mi forma de hablar… mi voz, la reconocerán.

Ruth echó la cabeza hacia atrás, miró al techo y soltó un gemido de fastidio.

—De acuerdo. Les daré una explicación adecuada.

—Que me hiciera pasar por sacerdotisa… ¿no causará un gran problema?

—No es que la señora ocultara su identidad para ser una espía, simplemente te ofreciste voluntaria para atender a los heridos. No hay razón para que esto se convierta en un problema. Sin embargo, hay mucha gente desagradable a la que le gusta tergiversar los hechos y difundir rumores malintencionados, así que me gustaría limitar el número de personas que se enteran de esto.

Ruth sacudió la cabeza y suspiró.

—Afortunadamente, aquí hay más de 15.000 personas. Si un mago novato de Whedon aparece de repente de la nada, la mayoría ni se dará cuenta. No te preocupes demasiado.

Le dio una palmadita tranquilizadora en el hombro y se marchó. La princesa llevó a Max directamente a su barraca y sacó varios de sus trajes para que se los probara. Se probó unos cuantos conjuntos que no serían ni sosos ni difíciles de mover, pero los pantalones de la princesa eran demasiado largos para ella y demasiado ajustados para sus caderas que, al menor movimiento, podrían rasgarse. Se deprimió infinitamente, sintiéndose como un pato con sus cortas piernas y anchas caderas. Sus hombros cayeron mientras miraba con envidia la esbelta figura de ciervo de la princesa.

Agnes, un poco incómoda, le entregó esta vez un vestido.

—Puede que sean un poco incómodos comparados con llevar pantalones, pero este vestido está hecho para permitir movimientos desenfrenados, así que no tendrás problemas para moverte.

Era un sencillo vestido azul marino que le llegaba hasta los tobillos y le cubría bien. Max completó su atuendo atando la daga que Riftan le dio alrededor de su cintura y dándole vueltas con sutileza. Como solo había llevado túnicas durante un tiempo, se sentía increíblemente incómoda con su nuevo atuendo, como asistiendo a un baile.

—Esto representará tu afiliación con Whedon. Aunque Riftan dijo que te daría escolta, deberías llevar esto contigo por si acaso.

Con expresión firme, Agnes le entregó un pequeño alfiler de madera con el escudo de Whedon tallado en él.

—Como te dije antes, los hombres de Whedon, Livadon, Osyra y Balto se han congregado en Etileno. Cada uno quiere hacer las cosas a su manera, así que puede haber conflictos aquí y allá.

—¿Conflictos…?

—Qué otra cosa. Duelos.

Explicó Agnes como si estuviera harta del tema.

—Especialmente con los caballeros Remdragón, que han ganado reconocimiento como los caballeros más fuertes del mundo en los últimos años. Siempre se ven envueltos en disputas. Si derrotas a un caballero Remdragón en un duelo, serás reconocido inmediatamente como un caballero de primera clase. Y como los duelos están prohibidos, todos se retuercen de impaciencia.

—Incluso durante una guerra… ¿estás diciendo que siguen intentando luchar entre ellos?

—Menuda panda de idiotas, ¿verdad?

La princesa resopló amargamente.

—Aunque los duelos están estrictamente prohibidos, es difícil controlarlos porque no hay un sistema de mando central debidamente establecido. Si soy sincera, las Fuerzas Aliadas ahora mismo podrían compararse a una herramienta mágica inestable que podría explotar en cualquier momento. Con Sejour Aren de Livadon, Riftan Calypse de Whedon, Quahel Leon de Osyria e incluso Phil Aron, el subcomandante y caballero más fuerte del norte… con todas estas figuras fuertes reunidas en un mismo lugar, ¿no es el estado actual comparable a mezclar aceite y agua?

Agnes frunció el ceño, frustrada.

—Ni siquiera me hagas empezar con los caballeros y soldados que siguen a estos hombres. Toda esta coalición es un gran lío.

Max sintió que la sangre se drenaba de la cara ante la fea verdad que estaba enterrada bajo toda la gloria y el glamour de estos hombres famosos. Como si el ejército de trolls no fuera un problema suficientemente grande, ahora se enteraba de que existían conflictos.

Al ver que su rostro palidecía, Agnes añadió rápidamente.

—No pongas esa cara. Habrá gente que utilizará el hecho de que eres la esposa de Riftan Calypse como excusa para iniciar una pelea. Solo quería que estuvieras más atenta, no pretendía preocuparte.

—Tendré… c-cuidado.

La princesa le dedicó una suave sonrisa y la condujo al exterior. Agnes le mostró los barracones pertenecientes a las fuerzas de Whedon. Max tomó nota de dónde residían los magos y dónde se alojaban los caballeros Remdragón, así como de las zonas en las que debía abstenerse de entrar, e inmediatamente se dirigió a la enfermería.

Max simplemente salió de la enfermería sin rumbo fijo, sabiendo lo incómodo que esto iba a ser y preguntándose cómo iba a abordarlo. Justo cuando se debatía entre sus pensamientos y se quedaba de brazos cruzados, Idcilla la vio y corrió hacia ella.

—Señora, ¿se encuentra bien? ¿La ha reprendido? —preguntó Idcilla inquieta mientras conducía apresuradamente a Max a la parte trasera de la tienda.

—Estoy b-bien. Pero a partir de ahora… No creo que me sea posible disfrazarme de sacerdotisa.

Idcilla miró la nueva ropa de Max y suspiró.

—Me lo esperaba cuando vi su cara ayer. Lord Calypse es realmente formidable. La mirada en sus ojos realmente me aterrorizó que no podía moverme.

—Es por m-mi… está conmocionado, por eso actuó así. Normalmente… él no es así.

Max murmuró en defensa de su marido, pero demasiado tarde recordó cómo ella también pensaba que parecía un león salido directamente del infierno. Idcilla la miró con interés, viendo los ojos ardientes de Max.

—Viendo cómo ha perdonado rápidamente a la señora, parece más generoso de lo que aparenta. Hace un rato vino el mago y nos explicó que la señora trabajará ahora aquí como curandera de Whedon.

—¿No estaba todo el mundo… sorprendido?

—La mayoría lo estaba, pero algunos parecían haberse repuesto.

Los ojos de Max se abrieron de par en par e Idcilla explicó con una sonrisa.

—La hermana Nora y la hermana Karen lo sabían desde mucho antes. Dicen que han visto y reconocido tu cara en el monasterio.

—¿Y tú, Idcilla… descubrieron tu identidad?

Ella negó con la cabeza.

—Tienen sus sospechas, pero los he estado evitando.

—¿Qué tal si revelas tu identidad también, Idcilla? Ya no puedo quedarme en los barracones de la sacerdotisa. Si te parece bien, Idcilla, puedo pedirle a R-Riftan…

—Me parece bien. Quiero continuar mi trabajo aquí hasta el final —Idcilla la interrumpió—. Después de unirme a esta unidad de apoyo, me he dado cuenta de que no soy tan útil como creía. Ahora sé lo protegida y mimada que ha sido mi vida.

Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Idcilla.

—No deseo recibir el privilegio de un estatus nobiliario en lugares como éste. Seguiré trabajando como sacerdotisa aquí hasta este final. Porque es en lo que puedo contribuir.

—P-Pero… no me siento cómoda… dejándote aquí sola.

—No te preocupes por mí. Selena está aquí conmigo así que no habrá ningún problema. Lo único que te pido es que me ayudes a conseguir información sobre mi hermano mayor.

De repente, el rostro de Idcilla se nubló.

—Todavía no he encontrado nada aparte de que está en primera línea.

—Comprendo. Sin duda… lo investigaré —prometió Max con voz firme. Se sentía culpable por haberse reunido ahora con su marido, mientras Idcilla seguía viviendo cada día preocupada por su hermano.

—Vamos entonces, manos a la obra. Los nuevos pacientes que llegaron ayer no están muy bien.

Idcilla respiró hondo y condujo a Max al interior. Al principio, las sacerdotisas se sintieron notablemente más incómodas a su alrededor, pero cuando empezaron a trabajar juntas de nuevo, las cosas volvieron a la normalidad. Además, había tantas cosas que hacer que Max ni siquiera tuvo tiempo de preocuparse por su identidad descubierta.

Naturalmente, volvió a su antigua rutina de inspeccionar heridas y aplicar magia curativa a algunas. A medida que pasaban las horas todos olvidaban que era una noble dama que venía disfrazada de sacerdotisa. Las palabras de la princesa Agnes sonaban ciertas, un campo de batalla no es lugar para una mujer noble. Lo único que importaba en el campo de batalla es si podías luchar o trabajar de apoyo, y ella entraba en esta última categoría.

—Señora, debe volver al cuartel ahora.

Max estaba en medio de rellenar las medicinas de emergencia con hierbas mezcladas, cuando Yulysion entró en la tienda. El joven parecía incómodo al ver a la herida tendida en la cama, y la instó de nuevo.

—Lord Calypse me ha ordenado que te traiga de vuelta antes de la puesta de sol.

—P-Pero aún tengo que terminar…

—Yo prepararé el resto de las medicinas. —Selena, que estaba recogiendo hierbas cerca, se encargó rápidamente—. Déjamelo a mí y vuelve.

Sintiéndose como si la estuvieran apartando, Max no tuvo más remedio que abandonar la enfermería. Yulysion ocupó el lugar a su lado y dio orgullosas zancadas.

—Por órdenes de lord Calypse, vuelvo a ser el encargado de proteger a la señora. A partir de ahora estaré siempre a su lado.

—Siento las molestias.

—¡¿De qué estás hablando?!

El joven caballero se golpeó el pecho con orgullo y le sonrió con alegria.

—¡Es un honor por una noche servir a la dama! Estoy absolutamente encantado de que lord Calypse me haya considerado capaz y me haya confiado a la señora. Arriesgaré mi vida para protegerla pase lo que pase.

Max miró a Yulysion, que parecía haber crecido en altura y virilidad en tan solo unos meses y también se había vuelto increíblemente digno. Una sonrisa se dibujó en su rostro: el adolescente, siempre dispuesto a ser un héroe, era increíblemente tierno a sus ojos.

—Gracias… por tus amables palabras.

—Por favor, escúchame, esto es serio.

Yulysion la miró, aparentemente un poco insatisfecho con su reacción.

—Cuando esta guerra termine, seré oficialmente ordenado caballero. Después de la ceremonia, retaré a duelo a Sir Nirta y ocuparé su lugar como segundo de lord Calypse. Así que, por favor, no tomes mis palabras a la ligera de una vez.

—M-Mis… disculpas.

Entrecerró los ojos mirando a Max, como intentando determinar si es sincera con sus palabras. Luego volvió a sonreír con ese mismo tono juvenil de inocencia.

—Porque es la señora, te perdonaré.

Max tuvo que morderse el interior de la mejilla para no estallar en carcajadas ante el tono enfurruñado de Yulysion, que la acompañó de vuelta a la tienda de Riftan con la cortesía de un verdadero caballero. Incluso le preparó una magnífica cena, con bandejas llenas de todo tipo de lujosos platos. Ella se lavó bien las manos y se sentó frente a la mesa.

—¿Cuándo va a volver Ri-Riftan?

—Lord Calypse está ahora mismo en una reunión estratégica. Probablemente termine tarde.

Max se sintió abatida ante las palabras de Yulysion, se preguntó si tal vez solo eran excusas para que Riftan pudiera evitarla. Siempre que se enfadaba con ella, ese era su proceder, alejarse de ella. Max cenó con expresión preocupada y luego se fue a descansar.

Como si sus sospechas hubieran resultado ciertas, Riftan no regresó hasta que la noche se hizo profunda. Max se obligó a mantenerse despierta, pero la abrumadora fatiga la envolvió y finalmente se quedó dormida. Al día siguiente, cuando se despertó, estaba sola, como había esperado. Se levantó rápidamente de la cama para lavarse la cara y arreglarse el pelo. Cuando terminó de vestirse y estaba a punto de salir, Yulysion, que había venido a despertarla, la saludó.

—¡Buenos días, señora!

El joven depositó un plato repleto con el desayuno sobre la mesa acompañado de su habitual sonrisa alegre. Max le preguntó, haciendo todo lo posible por parecer tranquila y despreocupada.

—Anoche… Riftan no regresó. ¿La reunión se prolongó toda la n-noche?

—La reunión concluyó al amanecer. Hice guardia frente a la tienda y cuando vi regresar a Sir Calypse, volví a mi cuartel.

Respondió Yulysion mientras ladeaba la cabeza.

—Tal vez la señora parecía tan cansada que el Señor no se molestó en despertarla.

Lo que Max entendió de eso fue que tuvo cuidado de no hacer ningún ruido cuando regresó y también se marchó silenciosamente en un esfuerzo por evitarla. Y ella probablemente estaba demasiado agotada por el uso de la magia como para darse cuenta. Max frunció el ceño, con cara de fastidio.

—¿Puedo preguntar… dónde está ahora?

—Fue al frente de las puertas del castillo para supervisar las defensas. ¿Tiene la señora algún asunto urgente?

Max se lamió los labios y negó débilmente con la cabeza. En realidad, no sabía qué decirle. Ya le había dicho todo lo que tenía que decirle. Tal como dijo la princesa, de todos modos no había más remedio que dejar que su cabeza se calmara y se asentara. Max suspiró resignada.

Sin embargo, habían pasado cuatro días y Max aún no había conseguido ver la sombra del hombre. En lugar de sentirse abatida, Max empezó a sentirse enfadada. Cuando pensó en el cobarde de su marido, que se colaba en el barracón en plena noche y luego se escabullía antes de que ella se despertara para evitarla, se puso furiosa. Por mucho que intentara programarse para no dormirse, estaba tan agotada que acababa sucumbiendo a la fatiga. Por otro lado, Riftan parecía no conocer la definición de agotamiento. Para que esperara a que Max se durmiera y se fuera antes del amanecer, cuando ella se despertara, el hombre solo había dormido unas horas en el mejor de los casos.

Agitada, Max se apartó el pelo de la cara y echó con rabia las hierbas en la olla hirviendo. Le molestaba aún más que se pasara todas las noches para ver cómo estaba, pero que ni siquiera le mostrara la cara. Mientras miraba con rabia las hierbas que hervían en el caldero, Idcilla, que entraba con leña, ladeó la cabeza.

—¿Qué pasa? ¿Le pasa algo a la medicina?

Max rápidamente borró las emociones de su rostro.

—N-No. Solo… por un momento me perdí en mis pensamientos.

—¿Te preocupa que tu marido se marche otra vez al frente?

Max no confirmó ni negó su pregunta, su rostro se tornó en una expresión ambigua. Entonces, Idcilla la consoló como si supiera lo que sentía.

—Dicen que por ahora no se producirá una batalla a gran escala, así que no te preocupes demasiado.

—Lo siento… Idcilla, debes… tener más cosas en la cabeza que yo…

—No hay persona que no se preocupe por su familia. Por ahora, me basta con saber que está bien —dijo Idcilla con valentía.

No hace mucho, pudo obtener información sobre Sir Elbarto Calima a través de Elliot y el rostro de Idcilla se iluminó notablemente.

—Pronto… los ca-caballeros que custodian el frente cambiarán… podrás ver a tu hermano.

—Nunca iré a reunirme con él.

Idcilla negó firmemente con la cabeza y juró con resolución mientras arrojaba ramas al fuego.

—Elba puede ser un gran caballero, pero no es invencible como el marido de la señora. Debe de estar esforzándose al máximo debido a la herida de su brazo. No pretendo agobiarle y hacer que se preocupe por mí. En vez de eso, iré a saludarle cuando acabe la guerra.

Max se sintió avergonzada después de oír lo madura que sonaba Idcilla. Se sintió abochornada de estar frustrada y enfadada por no haber visto la cara de Riftan durante solo unos días. Y ahora, empezaba a sentirse ansiosa de que tal vez su presencia aquí añadiera cargas indebidas a Riftan. Tal vez estaba demasiado estresado, soportando el peso de esta guerra, cuidando de las vidas de sus hombres y ahora de ella.

—Ah, ahí está.

Max salió de sus profundos pensamientos cuando alguien la llamó. Se giró y vio a Ruth saliendo de entre los árboles.

—¿Qué necesitas de… aquí?

—He estado trabajando en fórmulas mágicas toda la noche para romper la maldición de Sir Nirta, pero ha sido en vano. Debe de estar sufriendo un dolor insoportable, así que he venido a buscarle analgésicos.

Se masajeó el rígido cuello y bostezó ruidosamente, luego se dejó caer para sentarse en un tocón de árbol. La cara de Max se endureció de preocupación.

—¿No es grave?

—No es una situación de vida o muerte.

Entonces, Ruth continuó hablando con un suspiro.

—Sin embargo, debido a la inflamación su herida está empeorando. El dolor también parece estar volviéndose severo.

—¿No debería ser tratado con medicinas… aparte de la m-magia curativa?

—Está tomando medicinas normales. Sin embargo, no hay ninguna mejoría.

Ruth le revolvió el pelo con frustración.

—Pero esta maldición está causando un problema mucho más grave. Está reduciendo la moral de las fuerzas aliadas. Todos están preocupados de que si luchan contra los monstruos, acabarán en la misma situación que Sir Nirta. Incluso Su Alteza, el gran duque Aren, sugirió que sería mejor posponer la guerra hasta que encontremos una forma de romper la maldición.

—Yo también… creo que es mejor esperar… hasta que descubramos una forma de romper la maldición. Si… los monstruos lanzan más de esas maldiciones, incluso los caballeros Remdragon… no tendrán la garantía de salir ilesos.

—Entiendo a donde quieres llegar. Sin embargo, si dejamos que esto continúe por más tiempo, nos pondrá en desventaja. Los poderes de regeneración de nuestro enemigo son infinitos, mientras que los nuestros no. Ya se está produciendo una división interna. Es mejor que ataquemos antes de que la alianza se debilite.

Ruth se encogió de hombros y respiró hondo ante sus serias palabras.

—No te preocupes, ignora mis argumentos. Por ahora, lo más probable es que solo sigan surgiendo pequeños enfrentamientos. Lo que me preocupa es que acabemos quedándonos aquí hasta el invierno.

Max e Idcilla, que estaba sentada en silencio en un rincón, ensombrecieron sus expresiones. Al percibir la pesada atmósfera que había creado, Ruth trató rápidamente de cambiar de tema.

—He hablado demasiado. De todos modos, tengo que darme prisa y llevarle a Sir Nirta su medicina antes de que me arranque todo el pelo. He oído que tienes analgésicos muy eficaces, ¿puedes darme un poco?

—Por supuesto. Sobre eso… ¿está bien si echo un vistazo a la herida de Sir Nirta?

—¿La señora?

Ruth la miró con ojos escépticos. Max se sintió un poco furiosa por cómo había reaccionado.

—¡He estudiado mucho durante todo este tiempo! Aprendí m-muchas habilidades de un nuevo mago que vino a Anatol, cosas que ni siquiera Ruth sabe. Quién sabe, tal vez funcione mejor en lugar de la magia…

—Bueno, no hay nada malo en intentarlo.

Ruth se encogió de hombros con una sonrisa arrogante. Max se sintió ofendida por su actitud, pero dejó que Idcilla se ocupara de las hierbas hirviendo en el caldero y se llevó consigo medicinas y herramientas para el tratamiento. Al salir del campamento, Yulysion, que estaba tallando madera con una daga, la siguió de inmediato.

—¡Señora! ¿Adónde vais?

—A ver a Sir Nirta… Le llevaré medicinas.

Yulysion se volvió para mirar a Ruth.

—¿No ha superado la maldición?

Ruth solo pudo negar débilmente con la cabeza y procedieron a caminar hacia su destino en un ambiente sombrío. Sintió que las miradas de otros soldados la seguían, pero como Ruth y Yulysion iban con ella, nadie se les acercó. Max se sintió segura y siguió a Ruth a paso lento. Tras atravesar las tiendas de los barracones, densamente instaladas, llegaron por fin al barracón de Remdragón. Ruth fue la primera en entrar. Entonces, oyeron una voz ronca que exclamaba.

—¡Por fin estás aquí, te has tomado tu tiempo! Creía que ibas a esperar a que muriera para volver.

Al entrar y seguir a Ruth, los ojos de Max se abrieron de par en par. Hebaron parecía bastante inquieto tumbado en la cama con gruesas vendas envolviendo la parte superior de su musculoso cuerpo. Le sorprendió lo animado que estaba el supuesto caballero herido y cuando Hebaron por fin la vio, esbozó una brillante sonrisa.

—¿Ahora a quién tenemos aquí? Había oído que estabas aquí, pero ahora que veo tu cara, estoy realmente impresionado. Debo decir que tu valor es realmente formidable.

—Oí que estabas herido. ¿Cómo está tu… herida?

Cuando Max se acercó a su cama, las gruesas cejas del caballero se fruncieron.

—¡Aquí nadie se preocupa por mi orgullo! ¿De verdad tenías que decirle a la señora que el invencible Sir Nirta estaba herido?

—El orgullo que te queda no equivaldría ni a un puñado de polvo.

Ruth chasqueó la lengua y respondió con su habitual sarcasmo cínico.

—Sir Nirta es conocido por todos en el cuartel como el “Caballero maldito por un monstruo”. No hay una sola persona que no conozca la tragedia que le ha ocurrido.

—¡Maldita sea!

Los hombros de Max se estremecieron ante el duro exabrupto. Se agarró el pelo escarlata y rizado como si estuviera realmente furioso.

—¡Soy más desgraciado que un idiota!

Max se estremeció ante la blasfemia lanzada a su alrededor mientras ella seguía observando su intercambio de palabras.

—Si quieres restaurar tu honor, entonces por favor coopera obedientemente durante el tratamiento. Cada vez que empiezas a gritar, pierdo la concentración y tengo que volver a empezar —dijo Ruth con los dientes apretados.

Hebaron lo miraba como si estuviera profundamente ofendido. Max los miró y luego empezó a preparar las hierbas y herramientas que había traído.

—Deseo examinar tu herida. Las vendas… ¿puedo quitártelas?

Ruth y Yulysion ayudaron a Hebaron a incorporarse y rápidamente le quitaron las vendas. Al ver la gran carne desgarrada, Max se tragó el gemido que le subió por la garganta. La profunda herida se extendía desde el hombro hasta el pecho. Estaba roja e hinchada, como un ciempiés rojo trepando por su cuerpo. Como dijo Ruth, la piel estaba enrojecida por la inflamación y podía ver fibras sedosas de color azul oscuro que sobresalían de la herida, parecidas a las patas de los insectos.

—¿C-Cómo te han hecho semejante herida…?

—Con un látigo.

Respondió Hebaron con voz arrastrada.

—Un lagarto con escamas negras me golpeó con un látigo. Era un monstruo extraño.

—Los hombres lagarto poseen la mayor inteligencia entre las subespecies de dragones. No es raro que sepan lanzar magia de alto nivel. Al que se enfrentó Sir Nirta era probablemente el mejor de los mejores.

—Lo hace peor.

Comentó Hebaron.

Max no sabía qué hacer con la herida. Después de pensarlo detenidamente, aplicó con suavidad el ungüento que traía consigo. Entre los analgésicos que había aprendido a fabricar con Medrick, era el más eficaz que conocía para aliviar la inflamación. Afortunadamente, después de unos diez minutos de observación, la cara de Hebaron se iluminó notablemente.

—Vaya, esto es increíble. Siento que puedo salir a luchar ahora mismo.

—El dolor desapareció al adormecer la z-zona… en realidad no cura la herida. Solo adormece el dolor… nunca debes forzarte.

Max le advirtió con la voz más estricta que pudo manejar, luego vendó la herida con nuevas tiras de tela. Luego quemó algunas hierbas, retiró las cenizas y las colocó en una bolsita de tela.

—Por favor, aplique esto a la herida… durante unos 20 minutos. Como los nervios de Sir Nirta están adormecidos por el analgésico, ten c-cuidado de no quemar su piel.

Tras probar cuidadosamente la temperatura, Max entregó la bolsita a Ruth, que la miró con recelo antes de aplicarla al hombro de Hebaron. El caballero gruñó cuando la compresa caliente hizo contacto con su herida, pero pronto se relajó y se quedó dormido. Ruth murmuró que debía de estar muy cansado por el dolor y que llevaba semanas sin poder dormir bien.

—Gracias por tu ayuda. Ahora que está tranquilo, puedo centrarme en romper esta maldita maldición.

—Es solo un alivio temporal para el d-dolor y la i-inflamación.

—Eso es más que suficiente. Por favor, déjame el resto a mí. Romperé la maldición del monstruo en cuanto pueda.

El tono de Ruth sonaba un poco turbio, así que Max le dedicó una sonrisa alentadora y luego recogió en silencio y salió de la tienda.

El tiempo pasó sorprendentemente rápido, el cielo ya tenía un tenue color púrpura. Antes de regresar a la tienda de Riftan, Max apresuró sus pasos para poder volver a la enfermería y hacer una última revisión de los heridos. Justo cuando estaba a punto de salir del barracón, alguien le bloqueó el paso. Max chilló y dio un paso atrás. Un hombre alto y bruto con una mirada aterradora la miraba fijamente.

—No había visto a esta zorra antes. ¿Por qué deambulas por los barracones?

—¡Atrás ahora mismo!

Yulysion escondió rápidamente a Max detrás de él y agarró la empuñadura de su espada.

—Los hombres de tu clase no deberían hablarle con palabras tan groseras.

—¿Quién es este tipo?

El hombre miró a Yulysion, con los ojos llenos de burla y esbozó una sonrisa burlona.

 —Vaya, si es el cachorro que está criando las lagartijas blancas. A primera vista pensé que eran dos guapas zorras buscando clientes.

La cara de Yulysion ardió roja de ira ante el descarado insulto del hombre y en un instante, su espada estaba desenvainada y apuntando a la garganta del hombre. Su movimiento fue tan rápido que Max no podía creerlo incluso al presenciarlo con sus propios ojos.

—Los cerdos del norte no tienen modales.

Yulysion escupió de vuelta tan ferozmente que Max apenas podía decir si era el mismo chico inocente que conocía.

—Si Sir Calypse no me hubiera ordenado que no causara problemas, ya te habría cortado el cuello en este caso y te habría hecho pagar el precio de que tus sucias palabras llegaran a oídos de la señora.

De repente, una ronda de bufidos y risas estalló tras sus venenosos comentarios. Max, que estaba escondida detrás de Yulysion, se estremeció de miedo y giró la cabeza hacia el lugar de donde procedía el sonido. A poca distancia, varios hombres corpulentos estaban sentados jugando a los dados. Uno de ellos gritó al hombre que les impedía el paso.

—¡Eh, Devron! Ya te dije que no te metieras con ese chico. Bane no fue el único que se cortó la nariz por bajar la guardia con ese chico de cara bonita. Es un hijo del demonio, un niñato malhumorado que ni siquiera ha sido nombrado caballero oficial.

Cuando Yulysion se volvió para ver quién era el hombre, su expresión se volvió más feroz. Los ojos de Max lo miraron, alarmados. El hombre que hablaba parecía del lado más joven, con el pelo rubio pálido y una impresión afilada. Tiró los dados que sostenía sobre la mesa y le dedicó una sonrisa socarrona.

—¡Maldita sea, por segunda y tercera vez! Hoy tengo muy mala suerte, señorita. ¿No quieres venir aquí y convertirte en mi diosa de la suerte?

—¡Ya basta! Aunque seas la mano derecha de Phil Aron, no tienes derecho a hablarle groseramente a la Señora.

Los ojos de Max se abrieron de par en par ante los gritos de Yulysion.

¿Ese canalla es el comandante de las fuerzas de Balto?

El hombre se limitó a reír de manera frívola, sin tomarle en serio en absoluto. No podía creer que semejante bárbaro ostentara tan alto cargo.

—¿”Señora”? Eh, hijo del diablo. Aquí no existe tal cosa como una señora. Ni siquiera tu princesa podría ser tratada como una princesa en esta guerra. Pero me hace preguntarme quién es esta mujer, que este chico está haciendo tanto alboroto.

El hombre dio un trago a la botella que sostenía y la escrutó de pies a cabeza con la mirada similar a la de una serpiente.

—He oído que Calypse ha traído a una mujer a su cuartel, ¿eres tú esa mujer?

 

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