Traducido por Tsunai
Editado por YukiroSaori
Max tembló nerviosa ante el aura inquietante que emanaba aquel hombre. Se levantó de su asiento y se acercó a ellos, dirigiéndose directamente hacia Max. Yulysion le interceptó de inmediato, pero el hombre fue tan rápido con sus movimientos que la agarró por la muñeca y tiró de ella con dureza para que le mirara.
—Hmm, aunque eres muy guapa, no eres rival comparada con la princesa, ¿eh?
—¡Licht Breston! Quítale las manos de encima, ¡ahora!
Yulysion gritó y apuntó con su espada al hombre, pero éste ni pestañeó.
—Eh, chaval. Nadie me ha apuntado con una espada y ha salido ileso. ¿Estás decidido a morir?
—¡Es la esposa de Lord Calypse! Si no sueltas esa mano ahora mismo, ¡eres tú el que no saldrá ileso de esto!
—¡Ja! Eso es interesante. ¡Siempre he querido ver como es provocado ese mestizo sureño!
El hombre la miró con reluciente interés en los ojos. Incapaz de soportarlo más, Yulysion cargó hacia el hombre con su espada, pero todos los bárbaros del norte que lo rodeaban desenvainaron sus espadas y lo interceptaron. Max contuvo la respiración mientras la situación empezaba a descontrolarse. Se sentía más entumecida en este momento que cuando se enfrentaba a monstruos.
—Eh, he oído que la señorita es descendiente de la familia real de Roem. Como descendiente real de Roem, ¿no te parece absurdo? ¿Cómo se atreve un sucio mestizo sureño que es de sangre pagana a reclamar el título de ser la reencarnación de Uigru?
El hombre la agarró y le levantó con suavidad la barbilla de forma espeluznante, escupiendo vulgares insultos sobre su marido.
—Uigru es un héroe del continente occidental. Su nombre no debe ser mancillado por un bastardo campesino de madre inmigrante.
Los ojos de Max brillaron de ira ante su burla. Un torrente de adrenalina corrió por sus venas y olvidó por completo su conmoción y miedo iniciales mientras fulminaba con la mirada a aquel hombre.
¡Cómo se atreve un bárbaro a insultar al caballero más honorable y majestuoso del mundo!
Lívida y sin poder soportarlo más, echó la pierna hacia atrás y pateó la espinilla del hombre tan fuerte como pudo. Por desgracia para ella, el hombre llevaba grebas y Max gritó de dolor cuando sus dedos crujieron contra el duro metal. Al verla agonizar, el hombre inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír.
—¿No es tierna?
—¡Déjame… déjame ir!
Max se retorció y tiró para escapar del agarre del hombre, pero éste la sujetó con firmeza como si simplemente estuviera sujetando a un pequeño pájaro revoloteando.
—¿Estás enfadada porque insulté a ese mestizo? Sé que en el fondo se avergüenza de él, señorita.
—M-Mi marido… ¡No llames a mi marido m-m-mestizo!
Estaba tan agitada por una rabia enloquecedora que su lengua empezó a tartamudear más de lo habitual. La cara de Max casi estalló de vergüenza por su tartamudeo y de rabia contra el hombre. El hombre miró su cara roja y sonrió perversamente.
—Su marido es un mestizo.
Acercó su rostro al de ella y lo repitió.
—Su asqueroso pedigrí está escrito en toda su cara. No me digas que no te has dado cuenta.
—¡Tú… tú!
La barbilla de Max temblaba de furia ciega. Nunca había sentido tanta furia en toda su vida. Tiró de su brazo, luchó con todas sus fuerzas y trató con todas sus fuerzas de rechazar los insultos.
—Estás… celoso de… ¡R-riftan! Porque tú… sabes que no le llegas ni a los talones a… Ri-Riftan… Eres un c-c-cabrón por b-burlarte de él a sus espaldas… ¡eres una v-vergüenza!
La cruel mueca en los labios del hombre se borró. De repente, la expresión de su rostro se volvió tan gélida que todo el cuerpo de Max se puso rígido. Le aterrorizaron los ojos asesinos del hombre, sus hombros anchos y tensos y sus manos ásperas que tiraban violentamente de sus muñecas. Todo su cuerpo temblaba incontrolablemente, preguntándose si iba a golpearla en cualquier momento. Reunió lo que le quedaba de valor y murmuró con voz débil.
—S-suéltame.
—Ahora me doy cuenta, eres la esposa perfecta para ese bastardo. Una estúpida tartamuda, una pareja perfecta para ese bastardo campesino.
La sangre se drenó rápidamente de la cara de Max. Quería vengarse de él y gritarle una réplica, pero sentía la lengua pegada al paladar. Se le llenaron los ojos de lágrimas de vergüenza y humillación. Apretó los labios con fuerza. Al verla derrotada, el hombre chasqueó la lengua y la arrojó a un lado, como un gato cansado de jugar con el ratón que ha cazado.
En ese momento, el cuerpo del hombre se giró de repente y resonó el fuerte sonido de un puñetazo chocando contra carne y hueso humanos. Max gritó conmocionada. Antes de que pudiera comprender lo que acababa de ocurrir, el cuerpo del hombre voló por los aires como una hoja de papel. Lo vio desplomarse en el barracón y los ojos de Max se abrieron de par en par, asombrados.
Riftan ignoró los gritos que venían de todas direcciones y levantó al hombre por el cuello de la camisa, luego levantó el puño para asestarle otro poderoso puñetazo. La cara del hombre quedó terriblemente distorsionada como la de un monstruo maligno tras recibir dos golpes de Riftan.
—¡Este maldito bastardo…!
Licht Breston recuperó rápidamente el equilibrio y sacó una daga de su cintura. Escupió la sangre que tenía en la boca y cargó contra Riftan. Lo único que Max podía hacer era gritar ante tanta violencia. Sintió que se le desgarraba la garganta de tanto gritar, pero eso no bastó para que ninguno de los hombres dejara de gruñirse como bestias enfurecidas.
El comandante de las fuerzas de Balto blandía su daga como un toro loco, pero Riftan esquivaba con facilidad cada tajo. En cuestión de segundos, la daga del hombre estaba en sus manos, que apenas sudaban. Riftan superó fácilmente al hombre y le agarró la mandíbula, forzándole a abrirla y le clavó la daga en la boca.
—Bastardo, vivirás mucho más tiempo sin tu lengua.
Murmuró en voz baja y clavó la daga en la boca del hombre. El hombre, más corpulento, se retorció y forcejeó al sentir la afilada punta de la hoja tocar la parte posterior de su garganta. El canalla norteño era mucho más alto y corpulento que Riftan, pero lo derribó con facilidad y lo dominó. Riftan miró fijamente al hombre, incapaz de moverse con la daga en la boca y gruñó con voz calmada y sanguinolenta.
—Esa lengua inútil solo sirve para acelerar la muerte de su amo, así que le quitaré hábilmente esta cosa colgante.
—¡Calypse! Detén esto ahora mismo!
Los guerreros de Balto, que hasta ahora impedían que Yulysion entrara en la refriega, gritaron y apuntaron con sus espadas a Riftan, pero éste no mostró ningún atisbo de miedo y continuó con un tono gélido que prometía la muerte.
—Supongo que a todos les gustaría ver quién puede blandir una espada más rápido.
Los soldados de Balto, que estaban a punto de cargar tan decididamente, parecieron petrificarse ante su amenaza y detuvieron inmediatamente su avance. Sus rostros enrojecieron de ira.
—¡Eres un cobarde por amenazarnos! Y aun así, ¡te haces llamar caballero!
—¿Entonces rodear y amenazar a una mujer es un comportamiento de caballeros?
Sus ardientes ojos negros que parecían emitir llamas se volvieron hacia el pálido rostro de Max.
—Sigues provocando mi ira, Breston. Esta vez, lo has conseguido. La has provocado muy bien. Ahora derramemos la sangre que tanto deseas ver.
—¡Ya es suficiente, Calypse! Bastardo, atacaste a Sir Breston que estaba indefenso. Ni siquiera pienses que un acto tan cobarde será perdonado.
—Si yo fuera tú, no usaría la excusa de estar indefenso cuando fue él quien me apuntó a la cara con un cuchillo.
Riftan con sus sarcásticas palabras se burló con frialdad.
—Solo para que le quitaran de manera estúpida el arma que llevaba en la mano.
El hombre que estaba bajo el mando de Breston se calló en un instante, impotente mientras su rostro se tornaba rojo oscuro por la ira y la humillación. Max, paralizada por el miedo notando que le bajaba la tensión y se le paraba el corazón, no sabía qué hacer. Aunque nadie se movía, era demasiado evidente a los ojos que estaban librando una difícil lucha.
La garganta de Licht Breston estaba roja a causa de la sangre comprimida por el agarre de Riftan y más sangre goteaba de la boca abierta del hombre. Riftan gruñó y apretó la mano alrededor del cuello del hombre con tanta fuerza que Max pudo ver las grandes venas de sus abultados antebrazos.
—Así que te gusta reírte a costa de los demás. En ese caso, haré que no puedas volver a reír.
En medio de la atmósfera sangrienta y asesina, una voz rugiente y dominante cortó la tensión. Los ojos de todos, excepto los de Riftan, volaron hacia la dueña de la voz. La princesa Agnes atravesó la multitud de curiosos con pasos poderosos.
—¿Qué demonios está pasando aquí? Me dijiste que no causarías problemas hasta que esta guerra llegara a su fin.
—Este bastardo de aquí amenazó e insultó a mi esposa —dijo Riftan en un gruñido bajo y premonitorio—. No dejaré que se salga con la suya sin pagar un precio.
—¡Lo que dice lord Calypse es cierto! Estos tipos acosaron a la señora y se atrevieron a degradarla con insultos vulgares. Las acciones de lord Calypse están justificadas.
Yulysion dio un paso al frente y apoyó con entusiasmo a Riftan. Los hombres de Balto no se quedaron callados ante esta acusación y comenzaron a lanzar un sinfín de insultos y blasfemias. La princesa Agnes se frotó la dolorida cabeza y se volvió hacia Max, suplicando ayuda. Ella, que seguía congelada en su sitio como si estuviera paralizada, recobró rápidamente el sentido y se acercó corriendo a Riftan.
—Ri-Riftan… Estoy bien. Así que… por favor, para y s-suéltalo.
Al oír su propio tartamudeo, a Max le ardían las orejas de vergüenza y le instó con voz apenas audible, pero Riftan ni se inmutó. Se volvió y la miró, con el rostro terriblemente distorsionado por la rabia. Ella extendió la mano despacio, con cuidado y la puso sobre su brazo endurecido. Entonces, Riftan, que tenía todo el cuerpo tenso por la furia, murmuró una dura maldición en voz baja y finalmente soltó al hombre.
Como una bestia liberada por fin de su jaula, el comandante de Balto se apartó rápidamente de Riftan, limpiándose la boca que aún goteaba sangre. Los ojos del hombre estaban enrojecidos por el odio y la malicia.
—¡Cómo te atreves a hacerme esto! Esto no ha terminado. No te atrevas a pensar que te librarás de esto, Calypse —gritó como un perro salvaje, furioso y los soldados de Balto que estaban detrás de él se rebelaron en apoyo de su líder—. ¡Exijo un duelo! Lo que ha pasado es inaceptable, ¡te eliminaré ahora mismo!
—Si realmente quieres ser humillado aún más, entonces te complaceré —murmuró Riftan de manera sombria.
—¡Los conflictos interpersonales están absolutamente prohibidos! —La princesa Agnes se interpuso rápidamente entre ellos.
Ambos hombres miraron a la princesa con ojos despiadados.
—¿Vas a hacer la vista gorda ante lo que acaba de hacer este bastardo? No hay otra forma de arreglar esto que no sea un duelo.
—¡Tú fuiste quien empezó esto! Y Riftan se pasó de la raya. Por eso, ambos son culpables. ¡Esto debería terminar aquí!
—¡Eso no hace justicia!
El norteño se volvió y protestó con ferocidad, con los ojos prácticamente ampollados de odio ciego.
—A menos que te meta una espada por la sucia garganta, nunca se haría justicia.
Riftan rió de manera oscura.
—¡Parad los dos!
Perdida la paciencia, la princesa gritó y saltaron chispas de fuego por todas partes. Se vieron obligados a separarse debido a las llamas que Agnes conjuró. Ella se quedó allí como un juez y gritó en voz alta.
—¡Estamos en guerra! No permitiré que se produzcan luchas internas solo por vuestros estúpidos orgullos.
Sin embargo, los dos hombres no apartaron sus miradas hostiles. Inesperadamente, fue el norteño quien se retiró primero en medio de la sofocante tensión. El comandante de Phil Aron se giró y tronó su cuello, escupió sangre al suelo y se dirigió hacia su barracón. Siguiendo su ejemplo, los demás hombres de Balto envainaron sus espadas y siguieron a su líder sin decir una palabra más.
Max soltó el aliento que contenía mientras todos se alejaban. Al desaparecer la aterradora presión, sintió que le temblaban las piernas y empezó a desplomarse. Riftan se apresuró a cogerla y la levantó en brazos. La levantó rápidamente y la llevó en brazos. Miró a su alrededor, perpleja y un poco avergonzada. Caballeros, mercenarios y soldados se reunieron alrededor para observar la conmoción.
—P-Por favor, bájame. Yo… Puedo c-caminar sola.
—No te muevas.
Su tono seguía siendo rígido mientras se abría paso entre la multitud que los observaba. Yulysion lo siguió unos pasos atrás y comenzó a disculparse efusivamente.
—Le pido disculpas por no haber podido mantener a salvo a la señora, lord Calypse.
Riftan mantuvo su paso rápido sin siquiera mirarlo y la cabeza de Yulysion bajó débilmente como un cachorro regañado. Al ver esto, Max miró a Riftan con reproche.
—No es culpa de Yu-Yulysion. Esa gente… de repente saltó de la nada y empezó a decir cosas insultantes…
—Ahora mismo… —A Riftan se le hinchó el cuello como si tuviera algo atascado en la garganta y apretó la mandíbula—. No digas nada.
Sintiendo la aterradora aura furiosa de su marido, Max cerró inmediatamente la boca. La multitud que los rodeaba se dispersó en silencio, como si también sintieran el aura asesina que rodeaba a Riftan.
Inmediatamente llevó a Max a sus barracones. Ella parpadeó un par de veces, adaptándose a la oscuridad de la tienda mientras Riftan la tumbaba en la cama y encendía una lámpara con un pedernal. Miró el contorno de su rostro que la luz le otorgaba y tragó en seco. Max deseó que su corazón errático se calmara, pero en lugar de eso, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Pensó que él se enfadaría como de costumbre y empezaría a gritarle, pero ver su expresión clara y tranquila, como si ahora mismo estuviera en su propio mundo, le retorció terriblemente las entrañas.
Estúpida tartamuda. Tal vez eso era lo que estaba pensando ahora mismo. Max se mordió los labios. Era un insulto que oía a su padre llamarla repetidamente, hasta el punto de que casi se había insensibilizado. Sin embargo, lo que la hacía sentir un dolor atroz era que su defecto se convirtiera en un arma y se utilizara como insulto para atacar a Riftan. No pudo soportar más el silencio sofocante y abrió la boca para hablar.
—Lo s-siento. Por mi culpa se burlaron de ti…
Riftan giró la cabeza. La miró incrédulo ante lo que acababa de oír y se arrodilló frente a ella.
—¿Por qué te disculpas? Lo hizo para provocarme. Si no fuera por mí, nunca habrías tenido que ser insultada por ese hijo de puta…
Cuando Riftan rodeó con sus dedos las muñecas de Max, ella hizo una mueca de dolor. Al verla dolorida, los hombros de Riftan se tensaron. Le subió suavemente la manga y respiró hondo. Una mancha claramente visible de moretones de color rojo oscuro se podía ver incluso bajo la tenue iluminación
—Por todos los medios, mataré a ese bastardo —declaró Riftan con una voz similar a la de una bestia gruñendo—. Tan pronto como esta guerra llegue a su fin, le retaré a un duelo. Haré que aprenda la lección por atreverse a hacerte daño.
Max sintió que la piel se le erizaba de escalofríos al ver los ojos de Riftan llenos de rabia y furia. No parecían importarle los insultos que le lanzaban. Solo estaba furioso por la humillación que había sufrido Max y eso la tenía perdida. Al verle enfadado hasta las cejas por lo que le había pasado, sintió una extraña mezcla de pena y alegría. Si al menos se hubiera divorciado de ella y se hubiera casado con la princesa Agnes como todo el mundo esperaba que hiciera, entonces no habría tenido que sufrir el escarnio público por el que pasó hoy. La princesa Agnes habría sido como una joya resplandeciente, alguien a quien estaría orgulloso de llamar su esposa. Aquel pensamiento cínico crecía en su mente como setas venenosas, brotando rápida y fatalmente, imposible de arrancar de su mente.
Max cerró los ojos, sufriendo por sus dolorosos pensamientos. Si alguien volviera a burlarse de Riftan por tener una esposa tartamuda, ella preferiría morir.
—Debes ser tratada de inmediato. Iré a llamar a Ruth.
Confundiendo la expresión de la cara de Max con dolor por sufrimiento físico, se levantó inmediatamente de su asiento. Justo cuando estaba a punto de salir de la tienda, ella se apresuró a impedir que se marchara.
—No… No hace falta. Tanto… solo necesitaría un poco de ungüento y desaparecerá rápidamente.
—Has venido hasta aquí, cuidando de todos los que están heridos. Lo menos que deberías hacer es recibir tratamiento para tus heridas también.
—De ve-verdad estoy bien. Me aseguraré de que me traten más tarde. Por ahora, quédate a mi lado.
Riftan se encontró con sus ojos desesperados y suplicantes y volvió a sentarse frente a ella de mala gana. Se parecía tanto a una bestia enrabietada que estaba atrapada en una jaula que Max no pudo evitar que la cabeza y los ojos se bajaran con tristeza.
—¿Odias… estar conmigo? Hice lo contrario de lo que me pidió Riftan y vine aquí… ¿ahora me odias?
—¡No seas ridícula!
Gritó, con el rostro lleno de angustia, incapaz de creer lo que estaba oyendo.
—¿De verdad crees que puedo odiarte? Lo único que odio es que estés aquí, en este maldito lugar. Cada vez que te veo luchando por culpa de este lugar de mierda…!
Riftan, que estaba gritando de rabia, apretó la mandíbula de repente y la miró. Sus ojos recorrieron su pelo desordenado, su vestido lanudo y prestado, su cara quemada por el sol y sus palmas ahora callosas. Era como si contemplar su estado le causara un gran dolor.
—Quería envolverte en seda.
Hablaba como si tuviera una espina clavada en la garganta.
—Quería que vistieras ropas hechas solo con las mejores y más caras sedas y pieles. Quería ponerte un anillo de varias gemas en cada uno de tus diez dedos, colocarte una corona de oro en la cabeza y un collar de las perlas más preciosas para adornar tu cuello. Vivir en un hermoso castillo, con sirvientes que atendieran todas tus necesidades, tener la vida más cómoda… Solo quería eso para ti, pero ahora…
Su voz tranquila que sonaba áspera como la arena se detuvo de repente. Max se quedó sin saber qué hacer, alargó la mano y le cogió entre las suyas.
—No tienes que hacer eso. De verdad… está bien aunque no lo hagas por mí. Estar contigo así… es más que su-suficiente.
Riftan, que la había estado mirando con ojos temblorosos, la abrazó de repente y con fuerza, como si se fuera escapar. Luego, como para dejarla sin aliento, la besó intensamente. Ella se quedó atónita por un momento ante la repentina acción, pero le respondió echándole los brazos al cuello. La tristeza y la ansiedad que se agolpaban en su corazón se derritieron como la nieve bajo el sol de verano. No podía contar cuánto tiempo había pasado desde que sintió esa sensación de éxtasis al sentirse apretada contra su ancho pecho.
Lo miró con los ojos llorosos y le pasó los dedos por la mandíbula firme y afilada. Su cabello negro brillaba como el satén bajo el tenue resplandor de la lámpara, y las sombras que perfilaban su rostro cincelado y masculino le daban un aspecto terriblemente seductor. Como no quería que Riftan se apartara ni un momento, le agarró la túnica con tanta fuerza que estuvo a punto de rasgarla. Odiaba que él siempre retrocediera para contenerla. Quería que él hiciera temblar todas sus ataduras, así que esta vez fue ella quien inició el beso. Riftan respondió con pasión, abrazándola y tumbándola suavemente en la cama.
Su lengua caliente penetró en sus labios, explorando cada parte sensible de su boca. Luego, unas grandes palmas rodearon sus pechos, provocando un gemido de Max, que rodeó su grueso cuello con los brazos cuando el pulgar de él rozó sus rígidos pezones. Sus labios húmedos eran como una lluvia de verano que caía sobre sus párpados, mejillas, sien y cuello. Sus grandes palmas la acariciaban sin cesar, masajeando desde su pecho, recorriendo su cintura y acariciando el interior de sus muslos.
—Tu brazo…
Riftan, que había estado completamente absorto con ella, levantó la cabeza de repente. Justo cuando iba a apartarse, Max lo acercó rápidamente a ella.
—Está b-bien. No… duele.
Los ojos de Riftan estaban llenos de ardiente lujuria apasionada mientras le subía rápidamente la falda. Mientras sus dedos acariciaban y escarbaban en sus partes sensibles, el cuerpo de Max se estremecía como si se estuviera ahogando. Cada caricia de él hacía que su interior se agitara y su cuerpo ardiera como si estuviera en llamas.
—Levanta un poco las caderas.
Murmuró Riftan, con la voz ronca. Max obedeció y levantó las caderas. La engorrosa falda que se arrugaba en torno a su cintura se la colocó apresuradamente por encima de la cabeza. Riftan también se apresuró a quitarse la ropa. Nada se interpuso entre ellos mientras sus pieles calientes se rozaban y ardían. Su cuerpo era duro y suave, como el hierro.
Max se retorció de excitación bajo su peso cuando sintió su miembro rígido y furioso apretado contra su estómago. Rodeó sus pezones con los dedos, masajeándolos suavemente mientras su cuerpo caliente y férreo rechinaba sobre ella de forma excéntrica. El sudor se formó en la piel de todo su cuerpo por el acto erótico. Su hombría estaba muy erecta, erguida y dura. Sus largas y robustas piernas estaban tensas como las de un semental y sus hombros marmóreos eran tan anchos y gruesos que los brazos de ella no podían envolver todo su cuerpo. Era asombroso, era tan elegante y grácil a pesar de su gran estatura. Ella se aferró a su estrecha cintura forrada de músculos abdominales y tiró de él con avidez.
—Ri-Riftan… date prisa.
El fuego se encendió en los ojos de Riftan. Se inclinó para darle un beso ardiente y apasionado y envainó su virilidad dentro de ella. Max sintió que su parte sensible se estiraba hasta el límite e inspiró con fuerza. Su entrada estaba totalmente preparada y sin embargo, sintió un extraño dolor.
—E-Espera… algo… va mal. Se siente diferente a antes…
—Ha pasado tiempo desde la última vez así que está más apretado… Relájalo un poco.
Riftan explicó entre dientes, con una gota de sudor formándose en su frente.
—Respira hondo. Sí… así… Entraré despacio…
Los ojos de Max se abrieron de par en par. No podía creer que aún no estuviera completamente dentro de ella. Se introdujo un poco más y la presión abrumadora y pesada que sintió entre las piernas la puso un poco nerviosa. Entonces, como para apaciguarla, Riftan acarició los costados de su cuerpo y masajeó sus pechos con la boca sin cesar. Ella se relajó lentamente, cediendo a sus caricias desesperadas y apasionadas y le rodeó la cintura con las piernas.
Él sacó toda su virilidad muy lentamente y volvió a introducirla, repitiendo el mismo proceso una y otra vez. Finalmente, el dolor remitió al ritmo familiar, sustituido por un dulce placer que empezó a bullir en su interior como un agua caliente y burbujeante. Max se mordió los labios en un esfuerzo por contener los gemidos que escaparían de su boca. Pero entonces, Riftan introdujo los dedos en sus labios.
—No te muerdas los labios…
Ella intentó apartar los dedos de sus labios, pero cuando él volvió a introducirse en su interior, perdió el control de sus pensamientos. Max jadeó y mordió con fuerza sus dedos. No pudo evitarlo: él era demasiado grande y ella demasiado estrecha; él era duro y ella blanda. Y por extraño que pareciera, el contraste de sus tamaños inflaba increíblemente la sensación placentera y sensual de su coito. Él se contuvo, moviéndose dentro y fuera hasta que ella alcanzó el orgasmo completo. Finalmente, cuando el cuerpo de ella se puso rígido y se paralizó al alcanzar el clímax, él sacó de repente su virilidad.
Max lo miró, consternada. Aún aturdida por el clímax, se desplomó sobre la cama, pero él le dio la vuelta y volvió a penetrarla por detrás. Ella enterró la cara contra la almohada y se agarró a las costuras del tapiz. Él no estaba satisfecho con lo que habían alcanzado y la empujó aún más, llevándola a un nivel superior de placer. Max miró fijamente a la esquina oscura de la tienda con ojos nebulosos. Cada vez que respiraba, el aroma a tierra, almizcle tenue y madera quemada que caracterizaba a la tienda llenaba sus pulmones. Y cada vez que su cuerpo se movía hacia delante y hacia atrás, sus pezones rígidos y sensibles rechinaban sobre el áspero tapiz.
Riftan le puso una mano bajo el vientre y le levantó las caderas. Luego, se enfundó aún más profundamente, bombeando dentro y fuera, introduciendo completamente su virilidad hasta la empuñadura. Max, que ya se ahogaba de placer y con todo el cuerpo aún sensible por su primer clímax, alcanzó otro clímax. Sollozaba y gemía mientras todo su cuerpo se sacudía sin control. Su cintura se dobló como un arco tenso y los dedos de sus pies se curvaron por el dulce placer. Riftan marcó su espalda arqueada con la boca, arrastrando besos mientras ella se estremecía.
Luego continuó moviéndose a su propio ritmo desenfrenado. Fue en su tercer clímax cuando las semillas de Riftan explotaron en su interior. Líquido caliente brotó en su parte sensible y su cuerpo se estiró grácilmente, como un león depredador. Max se derritió de puro éxtasis con todo su cuerpo apretado contra el de ella.
—Joder… Te evitaba porque temía que pasara esto…
Tras su intenso clímax, que provocó roncos gemidos y suaves maullidos que sonaron demasiado eróticos para que nadie los oyera, Riftan se retiró lentamente. Max respiró con dificultad y giró la cabeza para mirarle. Él le devolvió la mirada, viéndola exhausta y débil, sus ojos se llenaron de pesar. Entonces, se levantó de la cama y volvió con una toalla y una palangana. Max quiso levantarse, pero le dolían las piernas y le pesaban tanto los miembros que no se atrevía a moverse.
—¿Te he hecho daño?
—N-No… Solo estoy un poco… dolorida.
Murmuró maldiciones en voz baja y procedió a limpiarle el sudor y los fluidos de entre las piernas con una toalla fría. Ella se sintió un poco avergonzada de que la atendieran así, pero no tenía fuerzas para mover un dedo, así que aceptó su gesto en silencio. Después de atenderla, Riftan se concentró en limpiarse antes de volver a tumbarse a su lado. Un momento de silencio los rodeó antes de que Riftan volviera a hablar, mirando fijamente al techo lleno de tenues luces y sombras.
—A partir de mañana, Garrow también te protegerá, aparte de Yulysion. Esos dos son tan hábiles como los caballeros normales. Si ellos dos están a tu alrededor, un incidente como el de hoy no ocurrirá.
—N-No tienes que hacer eso…
Max comenzó, pero rápidamente cerró la boca cuando sintió que él le apretaba la mano en señal de advertencia. Incluso en la oscuridad, ella podía sentir su mirada cada vez más feroz.
—Sinceramente, quiero enviarte de vuelta a Anatol ahora mismo. Sin embargo, eso será más peligroso, así que no tengo elección.
Sintiendo la carga que estaba poniendo, Max habló, con la voz entrecortada.
—Pero… por mi culpa… ellos tendrán más tr-trabajo…
—Traje a Yulysion y Garrow para darles la oportunidad de adquirir experiencia práctica antes de ser formalmente nombrados caballeros. Ya que no serán colocados en el frente, esto es perfecto para ellos, así que no te preocupes.
Al oír su tono firme, Max no pudo oponerse más. Riftan parecía querer decir algo más, pero viendo que ella estaba callada, no quiso arriesgarse a iniciar otra discusión. Ella enterró la cara contra su hombro. Al tumbarse a su lado, con sus cuerpos desnudos entrelazados bajo la fina manta, sintió que su cuerpo y el de él volvían a excitarse. Sin embargo, Riftan permanecía inmóvil, salvo por su mano, que acariciaba su espalda para dormirla. Bajo su caricia, Max no pudo luchar contra el sueño inminente que se cernía sobre ella.
Todas las tensiones, ansiedades y temores que había tenido en su viaje hasta aquí se disolvían simplemente estando a su lado. Abrazada a sus brazos, podía olvidar todos los problemas del mundo.
♦♦♦
Max se despertó con un horrendo rugido, similar al gruñido de un monstruo. La oscuridad rodeaba el cuartel, sin una sola llama que iluminará el espacio. De repente, el destello de un relámpago brilló, proyectando sombras por todas partes. Asustada, Max gritó y se enterró en el costado de Riftan. Un fuerte trueno resonó en la distancia y pronto, el fuerte golpe de la lluvia comenzó a caer. Su marido suspiró y se levantó de la cama cuando el sonido de la lluvia golpeando la tienda se hizo más intenso.
—Parece una tormenta.
Max le siguió y se levantó de la cama, poniéndose rápidamente la ropa. En cuanto se dirigió a la entrada de la tienda y levantó la cortina, llovió a cántaros, las gotas parecían largas flechas y venían acompañadas de un fuerte viento. Miró al cielo y vio relampaguear los truenos. Se secó las gotas de lluvia que le caían en la cara mientras la intensa lluvia caía sin piedad del cielo que estaba cubierto de espesas nubes negras.
