Traducido por Tsunai
Editado por YukiroSaori
—Si las fuerzas aliadas continúan su avance hacia el norte, podrán unirse a las fuerzas reales de Balto en la meseta de Pamela, que han estado expulsando a los monstruos desde el este. Si todo va según lo previsto, podrán acorralar a todos los monstruos en un mismo lugar y matarlos allí mismo.
Con el cansancio completamente olvidado, Max no pudo evitar estallar en una sonrisa ante las buenas noticias que Ruth le traía. Cada vez que el mago volvía de una reunión dirigida por el gran duque Aren, siempre daba los detalles después.
—Probablemente enviaremos suministros y alimentos dos o tres veces más, después de lo cual la guerra llegará por fin a su fin.
El corazón de Max se sintió más ligero ante la perspectiva de la victoria. Ruth siempre había sido cínico, pero si incluso él se mostraba así de optimista, entonces las cosas debían de pintar por fin de manera favorable.
Dando vueltas a los engranajes de su cabeza sumida en sus pensamientos, Max volvió a ocuparse de la medicina que estaba hirviendo. Se tardaba, aproximadamente, un día y medio a caballo desde Etileno hasta la meseta de Pamela. Teniendo en cuenta la movilidad y resistencia de los caballeros, no les llevaría más de tres o cuatro días ida y vuelta. Solo necesitaban enviar suministros unas pocas veces más, dentro de un mes o mes y medio…
—La medicina va a rebosar.
Al oír la voz de Ruth, Max volvió rápidamente en sí y retiró la olla del fuego, dejándola a un lado. Un nuevo carro lleno de heridos llegó anoche, llenando la enfermería. Los magos que se quedaron hicieron todo lo posible por curarlos con magia, pero era imposible curarlos a todos en uno o dos días.
Por eso, tuvieron que clasificar a los hombres según la gravedad de sus heridas y curarlos en ese orden. Y era trabajo de Max, junto con las sacerdotisas, asegurarse de que esos treinta hombres no murieran.
Max transfirió la medicina desintoxicante que había preparado a un pequeño frasco y se frotó los ojos cansados. Al verla tan agotada, Ruth le preguntó con las cejas fruncidas.
—¿Estás descansando lo suficiente?
Su mirada sobre ella se hizo cada vez más severa.
—No tienes buen aspecto. ¿Has comido todas las comidas?
—Y-Yo como… siempre que puedo…
Murmuró Max mientras evitaba su mirada. La verdad era que, desde que Riftan se fue, ella no había tenido una comida adecuada. Tal vez porque estaba demasiado nerviosa. Cada vez que se metía pan en la boca, sentía que se le revolvía el estómago, así que le resultaba más difícil.
Suspirando, Ruth miró su rostro cansado.
—Últimamente pareces más agitada que de costumbre. Si sigue así, acabaras por desmayarte. Necesitas cuidarte si quieres durar hasta el final de esta guerra.
—Lo s-sé…
—No creo que te lo estés tomando en serio.
La fulminó con la mirada, quitándole el cucharón y la botella de las manos, luego salió y llamó a Garrow y Yulysion, que montaban guardia fuera.
—Vete a dormir un poco. Sir Lovar, Sir Rivakion, por favor escolta a la dama de vuelta a su lugar.
—¡Estoy b-bien! Todos los demás siguen trabajando… No debería ser la única sentada…
—¿No has curado ya a tres personas hoy con magia?
De hecho, curó a cinco heridos. Cuando Ruth fue a hablar con el gran duque, curó a dos más. Pero mirando fijamente los ojos entrecerrados de Ruth, Max mantuvo la boca cerrada. Ruth señaló con firmeza la salida.
—Es normal descansar después de hacer magia. Tómate el resto del día libre.
—Pero… Ruth, también estás cuidando a los heridos… e investigando cómo r-romper la maldición de Sir Nirta. Más que yo, Ruth debería descansar…
—Valoro mi cuerpo más que el oro.
Respondió molesto cuando su terquedad empezó a sacarle de quicio.
—La señora, en cambio, no parece atesorarse a sí misma en absoluto. ¿Ha olvidado que es una dama noble nacida y criada en un castillo rodeada de sirvientes? Este tipo de trabajo es duro incluso para los sirvientes acostumbrados a trabajos forzados y mucho más para usted. Pero aquí estás, rompiéndote la espalda trabajando como criada. A veces, no puedo creer que seas la amada hija del duque Croix.
Max giró torpemente su cuerpo ante las palabras punzantes de Ruth.
—E-Entendido. Iré a descansar.
—Por favor, no la dejéis salir del barracón en lo que queda de día.
Ruth le ordenó a Yulysion. Max le echó una última mirada y se dirigió a la tienda de Riftan. Dudaba que pudiera conciliar el sueño mientras se recostaba sobre la almohada y cerraba los ojos.
Frotándose la dolorida cabeza, Max se subió la manta hasta la cabeza y de alguna manera, milagrosamente, cayó en un sueño profundo.
En su vaga conciencia, Max sintió que alguien le sacudía el hombro. Abrió los ojos con dificultad, pero aún estaba medio dormida. ¿Cuánto tiempo he dormido?, se preguntó mientras se frotaba los ojos aturdidos y de repente oyó la voz urgente de Yulysion que irrumpía en su inconsciencia.
—¡Señora! Por favor, ¡despierte! Tenemos que evacuar, ahora.
—¿E-Evacuar…?
Sobresaltada, Max le miró como Yulysion, Se apresuró a ayudarla a levantarse sin esperar permiso.
—No hay tiempo para explicar. Deprisa.
Max se levantó rápidamente de la cama y le siguió. Entonces un ruido ensordecedor tamborileó contra sus oídos.
Max miró a su alrededor, preguntándose a qué venía tanto alboroto. Cuando enfocó la mirada hacia las puertas del sur, sus ojos se abrieron de par en par. Los caballeros armados se enfrentaban a seres negros y arcillosos con armas.
Entonces, oyó gritos procedentes de todos los rincones de la fortaleza. Todos estaban en pánico mientras gritaban y corrían desesperadamente. Max de manera inconsciente dio un paso atrás. Solo cerró los ojos un momento… ¿había caído en otra dimensión?
—E-Esto… ¿Qué demonios está pa-pasando? ¿Cómo entraron los monstruos en el castillo…?”
—No muertos surgieron de repente de los terrenos. ¡Maldita sea! Parece que los monstruos que estaban aquí antes enterraron cadáveres dentro de la fortaleza del castillo.
Yulysion la agarró del brazo mientras gritaba de rabia. Los ojos de Max se abrieron de golpe.
—Los monstruos hicieron… ¿q-qué?
—Te lo explicaré más tarde. Primero, tenemos que ponernos a salvo.
El joven serpenteó por los barracones, y Max jadeó mientras intentaba desesperadamente seguir su paso cuando, de repente, algo surgió del suelo y le agarró el tobillo.
Max chilló con voz aguda, casi desgarrándose la garganta. Una mano fría y putrefacta, con huesos negros y podridos, se enredó en su piel y tiró miserablemente de ella.
Presa del pánico, Max gritó y pataleó, tratando de apartarse a aquella cosa espantosa. Yulysion desenvainó inmediatamente su espada y cortó de un tajo el brazo del engendro que emergía del suelo. Pero la mano no muerta que le agarraba el tobillo aún permanecía.
Max se la arrancó rápidamente con manos temblorosas y la arrojó lejos. La sensación de aquellos dedos huesudos tocándola persistía y era una sensación que nunca se iría por el resto de su vida.
—¡Quédate detrás de mí!
En medio de su angustia y frotándose la piel que el no muerto había tocado, Yulysion gritó y la colocó detrás de él, usando su cuerpo como escudo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era solo un no muerto el que se arrastraba desde el suelo. A su alrededor había cadáveres medio putrefactos que se arrastraban hacia ellos desde todas las direcciones.
Yulysion blandió implacablemente su espada contra las criaturas. La velocidad de su golpe era casi invisible a simple vista si no fuera por su destello azul. De un solo golpe, las cabezas de tres necrófagos rodaron por el suelo.
Max observó, sorprendida, al monstruo decapitado que buscaba desesperadamente su cabeza, mientras Yulysion la agarraba de manera aprersurada y la arrastraba.
—¡Por aquí! Debemos trepar por la pared para ponernos a salvo.
Max no pudo hacer otra cosa que correr tras él. Yulysion atravesó el abrumador número de necrófagos que se interponían en su camino sin dudarlo ni un segundo y la condujo hasta las murallas del castillo.
—Los muertos vivientes vienen del suelo. Mientras estés ahí arriba, estarás a salvo. Si alguno empieza a trepar, lo derribaré inmediatamente.
Tan pronto como consiguió hacer lo que le decían, Max subió a la atalaya. Una vez en la cima, se giró y su respiración se detuvo. En la cima, una vista completa de la caótica situación de Etileno se desplegó ante ella.
La mitad de los barracones habían sido derribados. Los caballos corrían frenéticamente y los caballeros armados gritaban y luchaban contra los engendros emergentes con largas lanzas. Era el infierno en la tierra.
—¿Y-Y los demás… cómo…?
—El mago está allí, así que no te preocupes. Los no muertos no son monstruos fuertes y tenemos muchos caballeros de alto rango y sumos sacerdotes, así que podrán derrotarlos pronto.
Las palabras de Yulysion entraron por un oído y salieron por el otro. Sus ojos se desenfocaron ante el caos que tenía delante.
¿Y Garrow y Hebaron? ¿Idcilla y las otras sacerdotisas? ¿Saldrán todos a salvo de este caos?
Max miró a todos lados, tratando de ver si encontraba alguna cara conocida en medio de la ruidosa conmoción, cuando un fuerte rugido llegó desde detrás de ella.
Giró la cabeza. Los dispositivos mágicos de defensa instalados se habían activado y enormes barreras comenzaron a formarse en las paredes. Más allá de las barreras, cientos de trolls con armaduras negras marchaban hacia ellos.
—¿Cómo demonios…? —murmuró Yulysion con incredulidad.
El joven se apretó la cara ante el asombro, pero enseguida recobró el sentido. Cogió el gran cuerno que había junto a la atalaya y sopló con todas sus fuerzas. El atronador sonido resonó en toda la fortaleza y a lo lejos. Era una invasión.
—No os preocupéis. Protegeré a la señora aunque me cueste la vida.
El tono normalmente confiado del muchacho estaba ahora nublado como el humo. Esto iba más allá de lo que cualquiera hubiera podido imaginar y ambos lo sabían.
Max agarró y sostuvo su frente mientras apenas era capaz de procesar esta realidad. Había cientos de no muertos atacando dentro de los muros y ahora, un ejército de trolls se había reunido fuera de los muros. Era una pesadilla viviente.
¿Acaso las fuerzas aliadas no echaron a los trolls hacia el norte? ¿Y desde cuándo estos engendros están enterrados en el suelo?
De repente, Max cayó en la cuenta y un miedo petrificante la sacudió hasta los huesos. Yulysion dijo que probablemente había un gran número de cadáveres enterrados en el castillo antes de su llegada. Eso solo podía significar que cuando Etileno cayó por primera vez, fueron los monstruos los que enterraron a los muertos bajo tierra.
¿La derrota de los monstruos en Etileno no fue más que una trampa para reunir aquí a todas las fuerzas aliadas? Entonces, ¿por qué los monstruos esperaron a este momento para atacar cuando las fuerzas aliadas no están aquí?
Tal vez los monstruos la intención de los monstruos era tener una oportunidad de saquear el suministro de alimentos. Había suficiente comida para alimentar a 15.000 soldados durante un mes y un poco mas. Si les quitan ese suministro, por mucho poder y ventaja que tengan las fuerzas aliadas, no podrán resistir.
Max se rodeó los hombros con los brazos, un escalofrío premonitorio le recorrió el cuerpo. En ese momento, oyó la voz de Garrow gritando desde debajo del muro.
—¡Yuri! ¡He atraído a todos los engendros a un solo lugar! Ya puedes bajar con la señora.
Max miró hacia abajo y vio a cinco o seis soldados de pie en la base de la escalera. Yulysion la guió hacia abajo e inmediatamente, Garrow y los soldados la rodearon para protegerla.
—Todas las sacerdotisas y los heridos han sido evacuados al sector norte de la base. Hasta que la situación se aclare, tenemos que evacuar a la dama a un lugar seguro.
Garrow sostuvo a Max con un brazo y se adelantó. Max aceptó rápidamente su ayuda y le siguió. Cuando se acercaron al escenario de la batalla, Max vio a caballeros y soldados apuñalando engendros con lanzas de 10 kvet (3 m) de largo.
Pudieron reorganizarse rápidamente y arrinconar a los demonios. Incluso ante un ataque inesperado, los soldados mantuvieron la calma y entablaron una batalla estratégica. Ver esto le ha producido una sensación de alivio.
Si son capaces de derrotar a los no muertos y defender las murallas hasta que regresen las fuerzas aliadas, podrán proteger los suministros y las vidas de los que se encuentran en el castillo.
—¡Por aquí, por favor, deprisa!
Max estaba distraída de la batalla en curso, cuando la voz urgente de Garrow la sacó de ella. Salió de su distracción y rápidamente huyó por el irregular terreno de tierra. Ahora mismo, su prioridad era escapar a un lugar seguro y salir del peligro de la batalla. Recogió el dobladillo de su vestido con una mano y echó a correr por la caótica plaza de inmediato. Se dirigieron hacia el norte y pronto vio un gran barracón donde todo el suministro de alimentos estaba siendo protegido por varios soldados.
Garrow introdujo a Max en el improvisado almacén.
—Los sacerdotes han puesto un escudo alrededor de este lugar para que ningún demonio pueda entrar.
Max miró alrededor del almacén, los sacos de grano estaban apilados unos sobre otros como montañas, entonces encontró a las sacerdotisas en el centro del lugar, sentadas una cerca de la otra. Max corrió hacia ellas de inmediato e Idcilla saltó de su asiento al verla.
—¡Señora, habéis llegado a salvo!
—Idcilla… ¿te has hecho daño?
—Estoy bien. Pero… Se-Selena… No la encuentro por ninguna parte.
Idcilla se mordió el labio, las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos como si estuviera a punto de llorar. Max intentó consolarla mientras miraba las caras de las sacerdotisas llenas de miedo. Mirándolas, faltaban bastantes del grupo. Idcilla sollozaba suavemente mientras Max la abrazaba.
—Los heridos que estaban en la enfermería… Solo la mitad de ellos fueron evacuados… solo los que podían moverse…
Max sintió que la cabeza empezaba a dolerle terriblemente mientras contaba el número de heridos que yacían en el suelo como cadáveres y se sujetaba la frente. Yulysion se apresuró a ayudarla a recuperar el equilibrio.
—No se preocupe, señora. Los que no pudieron ponerse a salvo habrán encontrado algún lugar donde esconderse. Los buscaremos en cuanto amaine el caos.
—¿Por qué ha ocurrido algo así? He oído la alarma que avisa de una invasión. ¿No han sido los trolls expulsados hacia el norte? Tal vez, ¿han sido derrotadas las fuerzas aliadas?
Idcilla, que había perdido la mitad de su sano juicio, se apresuró a interrogar a Yulysion. Yulysion agitó rápidamente la mano para intentar calmar a la histérica muchacha.
—¡Lo dudo! Si fuese así, entonces no tienen ningún motivo para dar la vuelta e invadirnos por la puerta sur. Debe haber sido una emboscada, un plan para atacar cuando los caballeros no estén aquí.
—Entonces, ¿qué nos ocurrirá ahora? ¿Podrán las tropas que quedan en el castillo detener a los monstruos que nos invaden fuera de las murallas?
Los desesperados gritos de Idcilla resonaron por todo el almacén. Algunas sacerdotisas comenzaron a sollozar, incapaces de superar el miedo. Cuando la situación en el interior empezó a descontrolarse, el caballero que dirigía a los soldados en el exterior gritó con fuerza.
—¡Dejad de armar jaleo! Estamos haciendo todo lo posible para expulsar a estos monstruos inmediatamente. Una vez que hayamos derrotado a todos los engendros, reforzaremos inmediatamente nuestras defensas. Así que no perdáis la cabeza, ¡mantened la calma y seguid nuestras instrucciones!
El fuerte llanto se calmó gradualmente ante su voz de mando. Idcilla, que apenas lograba recuperar el control, murmuró una disculpa en voz baja y volvió a sentarse con las demás sacerdotisas. El tiempo pasaba con una lentitud angustiosa. Un minuto parecía una hora; una hora parecía un día. Los aullidos de los necrófagos y los gritos de los soldados no cesaban. Solo cuando pensaban que esta pesadilla no tenía fin, dos soldados saltaron a los barracones.
—Hemos conseguido acorralar a los engendros en un solo lugar.
Justo cuando pudieron suspirar aliviados, el soldado continuó hablando con urgencia.
—Sin embargo, hay muchos heridos. Necesitamos que los atiendan de inmediato.
El caballero ordenó a las sacerdotisas que curaran de inmediato a los heridos y se pusieron en camino con expresión cautelosa pero decidida. Max rechazó las disuasiones de Yulysion y siguió a las sacerdotisas. Las secuelas se desplegaron ante sus ojos: los barracones estaban en ruinas y los soldados zigzagueaban diligentemente por ellos.
Los soldados apartaban a un lado los montones de escombros, hacían espacio para construir camas improvisadas y llevaban a los heridos a tumbarse en ellas. Junto con las demás sacerdotisas, Max fue directamente a socorrer a los soldados heridos. Había un total de 32 pacientes: era un número elevado, teniendo en cuenta que solo quedaban unas trescientas tropas en el castillo de Etileno.
Tras examinar el estado de los pacientes, dio prioridad a lanzar magia curativa a los que tenían heridas leves. Ahora mismo, lo más importante era tener a uno solo de ellos en pie y capaz de ayudar a defender el castillo.
—¡No me quedaré atrás en la deshonra!
Mientras Max estaba en medio de la curación de los heridos, oyó una voz fuerte y familiar gritar. Inmediatamente levantó la cabeza para ver. A poca distancia, Hebaron sostenía su espada en la mano, exclamando en voz alta.
—¡Deja de fastidiar! No eres mi mujer para regañarme, mago.
—¡Señor, deje de actuar como un mocoso testarudo! ¿Cómo va a luchar con esa herida?
Ruth estaba de pie frente a él, gritándole con la misma cara de enfado.
—¡Debes haberte vuelto loco, viendo cómo prácticamente saltas hacia tu propia muerte!
—¡Maldita sea! ¡Esta herida no es nada! He estado descansando en la cama el tiempo suficiente!
Al ver su pelea, Max corrió rápidamente hacia ellos. Los dos hombres gruñones detuvieron inmediatamente sus peleas cuando la vieron acercarse. Miró a Hebaron, incapaz de creer que llevara puesta su armadura y todo. Antes de que ninguno de los dos hombres pudiera decir nada, Max regañó al gran caballero.
—¿Q-Qué demonios crees que estás haciendo? Tu herida aún no se ha curado.
—Maldita sea, ¿la señora también?
Hebaron hizo un gesto de fastidio y envainó su espada, que era más larga que la altura de Max, en su espalda.
—Estoy completamente bien. Tengo la medicina que me dio la señora, así que no pasa nada.
—¡L-La medicina que te di… es solo para calmar el dolor! Si sigues moviéndote imprudentemente… ¡tu herida…!
—Ahora mismo, estamos en estado de emergencia. Cuando termine la batalla, descansaré y recibiré tratamiento.
Interrumpió Hebaron en tono agrio y se volvió para dirigirse hacia donde tenía lugar el combate. Al ver esto, Ruth maldijo en voz alta.
—La pregunta es: ¿tendrás aún la oportunidad de recibir tratamiento? Si sigues adelante y luchas en esas condiciones, ¡serás el primero en morir, Sir Nirta!
—Entonces será mejor que reces fervientemente.
Hebaron le devolvió la mirada, con los dientes apretados.
—¡Tú mismo lo has dicho! Hay muchas posibilidades de que el monstruo que me maldijo esté fuera de los muros del castillo. Será más rápido para mí deshacerme de esta maldición cortándole la cabeza en lugar de esperar a que tú rompas mi maldición.
—Maldito bastardo… ¡bien! Sir Nirta, ¡haz lo que quieras entonces!
Hebaron se encogió de hombros y echó a andar hacia las puertas del castillo. Max se apresuró a perseguirlo e intentar detenerlo, pero Ruth la agarró del brazo.
—No escuchará a nadie. Déjale en paz.
—P-Pero… no podrá luchar con ese tipo de heridas. Ruth, tú también lo sabes. Si empuña una espada en ese estado…
—Ese condenado empuñará esa maldita cosa sin pestañear aunque se le desgarre la herida —espetó Ruth mientras respiraba hondo—. Mejor reza para que las herramientas mágicas defensivas aguanten mucho tiempo.
Al oír el tono amargo de la voz de Ruth, Max miró inquieta a Hebaron. El caballero montó en su caballo con tanta facilidad que era difícil creer que sufría una lesión grave. Luego, fue a acercarse al gran duque Aren, que estaba formando las líneas de batalla. Su conversación se volvió más sombría al verles prepararse para la batalla.
—El monstruo que maldijo a Sir Ni-Nirta… está ahí fuera, ¿qué quieres decir?
—Significa que está ahí fuera…
Ruth se frotó la cara bruscamente y señaló una zona dentro del castillo. Max giró la cabeza siguiendo su mano y contuvo la respiración. Los cadáveres de los no muertos que estaban amontonados se retorcían y crispaban lentamente. Ruth habló con calma mientras miraba a las criaturas que seguían moviéndose a pesar de las largas lanzas que las atravesaban.
—Los sumos sacerdotes les han lanzado un hechizo de purificación y sin embargo, siguen resucitando. La explicación más razonable es que un nigromante las está controlando fuera de las puertas del castillo.
—Un nigromante…
—Un nigromante. Hay ciertos monstruos que son capaces de magia negra de alto nivel. Hay una alta probabilidad de que sea el lagarto negro que maldijo a Sir Nirta.
De repente, Ruth tenía una expresión sombría en su rostro.
—El monstruo al que nos enfrentamos dista mucho de la norma: un monstruo que acecha fuera de los muros y que contiene un tremendo poder mágico, capaz de comandar a miles de monstruos.
Max se estremeció. Para que uno de los mejores magos del mundo dijera semejante cosa, tenían que estar en una situación muy extraordinaria y peligrosa.
—Las f-fuerzas aliadas… ¿c-cuánto tardarán en volver…?
—Ya he enviado una paloma mensajera, pero para que lleguen a tiempo…
Antes de que Ruth pudiera terminar, un estruendoso rugido surcó los cielos y pareció romperles los tímpanos. Max se tapó los oídos y un destello de fuego surgió del exterior de las murallas acompañado de una ráfaga de viento a presión. Ruth escupió maldiciones.
—¡Tenemos que reforzar nuestras defensas, ya!
Gritó con fiereza y todos los magos que estaban atendiendo a los heridos se apresuraron a escalar los muros del castillo. Max los siguió, pensando que podría ser de ayuda incluso con su débil maná, pero apenas dio dos pasos antes de que Ruth la detuviera con decisión.
—Por favor, quédese aquí, señora. Es peligroso.
—A-Ahora… no es el momento de decir eso. Si la barrera se rompe… ¡entonces será más pe-peligroso! Si pudiera ayudar… aunque fuera un poco…
Ruth no se molestó en escuchar ni una sola palabra de lo que decía. Llamó por encima del hombro a Yulysion y a Garrow.
—¿Qué hacéis vosotros dos sin poner a salvo a señora ahora mismo?
Yulysion corrió inmediatamente hacia ella y la agarró del brazo. Max miró a Ruth, pero el mago se dio la vuelta y se unió a los otros magos en la pared. Mientras ella lo miraba estupefacta, Yulysion comenzó a alejarla en dirección opuesta. Los ojos de Max se abrieron de par en par cuando recuperó la conciencia y se dio cuenta de que el chico la estaba arrastrando bruscamente.
—¿A-Adónde me llevas? Suéltame.
A pesar de su protesta, el joven la condujo en silencio a un lugar vacío. Max forcejeó y tiró con todas sus fuerzas, mientras lo miraba con odio.
—¿No-no me oyes…? ¡Suéltame!
—Por favor, perdona mi insolencia, pero debemos abandonar Etileno ahora.
Max le miró con ojos llenos de incredulidad y horror. Los dos jóvenes atravesaron rápidamente el remoto bosque y se dirigieron hacia la muralla. Frente a ellos, los soldados estaban de pie con tres caballos y Yulysion les quitó rápidamente las riendas.
—Por favor, daos prisa y subid.
—¿De q-qué demonios estás hablando? ¿Estás planeando… huir por nuestra cuenta?
El rostro de Yulysion se ensombreció ante la voz sorprendida de Max. Evitó su mirada y habló con tono firme.
—No vamos a huir. Existe la posibilidad de que los refuerzos no lleguen a tiempo. Vamos a buscar a los caballeros Remdragón e informarles de esta invasión.
Max, poco convencida por su explicación, frunció el ceño.
—P-Pero por qué estoy…
—Por favor, discúlpeme por este momento, señora.
Garrow la sujetó por la cintura y la montó rápidamente en la silla del caballo.
—Esta es una situación de emergencia. Ahora mismo, por favor, debe hacer lo que le digamos.
Max no pudo hacer más preguntas al ver su pura terquedad y determinación. Tomó las riendas y miró a los soldados mientras Garrow y Yulysion montaban sus respectivos caballos. Una vez que estuvieron listos, los soldados empujaron una parte de la pared de ladrillos, los ladrillos fueron movidos hacia atrás y se reveló una pequeña puerta oculta. Yulysion tomó la iniciativa y avanzó primero, luego dio una orden a los soldados.
—Cuando todos hayamos pasado, sellad completamente el pasadizo.
—Sí, señor.
Mientras Max seguía a los dos a regañadientes por el oscuro sendero, miró hacia atrás y vio cómo la luz desaparecía gradualmente a medida que los soldados del otro lado volvían a sellar la entrada. Estaban atrapados en una oscuridad total. Garrow percibió su inquietud e intentó consolarla con voz tranquila.
—Este camino secreto conduce a una salida oculta. Es probable que los monstruos no conozcan este pasadizo. Por favor, síguenos sin preocuparte.
—E-Está demasiado oscuro.
—Por favor, dame las riendas, yo te guiaré. Agárrate a la silla para apoyarte.
Max le entregó las riendas de cuero y le permitió guiarla. Atravesaron el oscuro túnel en silencio, oyendo solo el ruido de las herraduras durante unos diez minutos. Yulysion, que los guiaba, se detuvo y golpeó la pared cuando llegaron al final del pasadizo. Entonces, Max vio por fin una mancha de luz y pronto, una estrecha abertura surgió a través de las paredes de ladrillo.
—Cuando llegamos a Etileno, lord Calypse nos ordenó investigar a fondo la fortaleza y pudimos encontrar este pasadizo secreto.
El repentino resplandor de la luz del sol al otro lado hizo que Max entrecerrara los ojos. Frente a ellos, un camino lleno de baches y densos árboles los saludaba. Yulysion salió del pasadizo y la apremió.
—Tenemos que salir de aquí antes de que se ponga el sol. Iremos a toda velocidad, así que, por favor, síguenos con cuidado.
—Las f-fuerzas aliadas… ¿cuánto tardaremos en llegar hasta ellas?”
—Si nos damos prisa…, podemos llegar a ellos mañana.
—¿H-Hasta entonces, Etileno podrá resistir?
—Como hay magos defendiendo el castillo, no caerá tan fácilmente.
Había algo inusual en el tono de Yulysion, pero Max no indagó más. Los tres viajaron en silencio, pero todo era demasiado extraño. Cuando Max ya no pudo reprimir sus persistentes sospechas, finalmente habló.
—¿M-Me sacaste de allí… porque hay una alta probabilidad de que caiga Etileno?
Los hombros del joven temblaron visiblemente y la miró con el rostro pálido. Max se mordió el labio. Sabía que algo pasaba cuando se apresuraron a sacarla del castillo y cuando vio la verdad por sí misma en el rostro de Yulysion, el corazón se le cayó al suelo. Max se apresuró a protestar.
—S-Si la situación es realmente tan grave, ¿n-no deberíamos evacuar a todos por el pasadizo secreto?
—Los monstruos nos descubrirán rápidamente si cientos de personas escapan a la vez y no podemos llevar a los heridos con nosotros.
Garrow intervino, con tono firme.
—Por ahora, lo mejor es informar cuanto antes a las fuerzas aliadas de la invasión de los monstruos.
Incapaz de rebatir sus enérgicas palabras, Max no tuvo más remedio que espolear a su caballo y seguirles. Cabalgaron a toda prisa por el sinuoso camino del bosque. Al cabo de un rato, una escarpada pared rocosa emergió entre los densos árboles. Yulysion, que iba delante, se volvió hacia ella y Max, que cabalgaba tras ellos, se detuvo de inmediato. Garrow, que la protegía por detrás, detuvo su caballo y la miró con expresión confusa. Ella miró la dirección del sol a través de los árboles y cuando se dio cuenta, su rostro se endureció.
—Esta no es la dirección hacia el n-norte. Ahora mismo… ¿a dónde vamos realmente?
—Señora…
—Por favor, dime la verdad. No vamos hacia las fuerzas aliadas, ¿v-verdad?
El rostro de Yulysion palideció ante su pregunta. Mantuvo la boca cerrada y bajó la cabeza, pero esa fue respuesta suficiente. Max espoleó a su caballo para dar la vuelta, pero fue interceptada inmediatamente por Garrow.
—Nos dirigimos al sudeste de esta pared rocosa, hacia el territorio del barón Gideon. El territorio aún no ha sido invadido por monstruos. Está un poco lejos de aquí, pero por ahora, es el lugar más seguro. Lord Calypse ha ordenado directamente que si pasa algo, la señora fuese llevada allí inmediatamente.
—E-Entonces… ¿quién notificará la invasión a las fuerzas aliadas?
—Ya se ha enviado un mensajero.
Garrow respondió con calma, pero la sangre acudió al rostro de Max.
—S-Si no hay razón para acudir a las fuerzas aliadas… e-entonces volveré a Etileno. ¡No puedo h-huir sola! Ruth, Sir Nirta… y las sacerdotisas siguen ahí dentro…
—Señora Calypse.
Yulysion condujo rápidamente su caballo para bloquearles el paso y habló en un tono bajo y pesado.
—¿Sabes quiénes eran esos engendros enterrados dentro del castillo?
Antes de que Max pudiera decir nada, Yulysion continuó hablando.
—Cuando el cadáver de un humano se contamina con magia negra, se convierte en un no muerto. Esos engendros que nos atacaron son humanos que vivían en el castillo de Etileno antes de que cayera. Los monstruos han convertido los cadáveres humanos en necrófagos y los han enterrado bajo tierra. Si volvemos al castillo ahora… correremos la misma suerte.
Max se tapó la boca en señal de incredulidad con una mano temblorosa. Cuando empezó a comprender sus palabras y se dio cuenta de la situación, sintió que la bilis le subía por la garganta.
