Traducido por Den
Editado por Sakuya
Mis padres me enviaron una carta quejándose de que hacía tiempo que no los visitaba y pidiéndome que me pasara por ahí. También dijeron que habían conseguido unos dulces raros que querían darme. Así que estuve encantada de ir.
Cuando llegamos, nos condujeron al salón.
—Me pregunto por qué nos hace esperar.
—No se puede evitar, el vizconde también es un hombre muy ocupado —dijo Volker con una sonrisa irónica. Me había acompañado porque tenía tiempo libre. Le dije que se quedara en casa, pero insistió en venir. También quería visitar a mis padres dado que hacía tiempo que no lo hacía.
¿Por qué quería ver tanto a mi padre…?
Cielos, ¿estos son celos?
—No pienses tonterías, ¡tonta!
¿Cómo lo sabes, aunque no he dicho nada? ¿Así que no quieres mostrarle a mi padre ninguna debilidad?
De alguna manera, era comprensible. A veces me sentía incómoda porque tenía una buena intuición y sentía que me anticipaba y lo entendía todo.
—Fredericka, olvidé los dulces en mi estudio, ¿podrías traerlos?
Padre llegó y se sentó en el sofá frente a nosotros. Sonrió a Volker, ¿por qué sentía que era más acogedor con su yerno que con su hija?
—Fredericka, los dulces, ¿no los quieres?
—Sí, padre.
Me levanté y me retiré del salón.
¿Por qué Oliver y Marie no están aquí en momentos así? Está bien, supongo. Después de todo, estoy en casa de mis padres. Espero que la amistad entre mi padre y Volker crezca un poco en mi ausencia. Es bueno llevarse bien.
Entré en el estudio y vi una hermosa botella de cristal en la estantería cercana a la puerta. En su interior, había dulces redondos, transparentes y de color rosa.
—Dijeron que eran exóticos…
Sin embargo, parecían dulces que se podían conseguir en cualquier lugar, aunque nunca eran tan transparentes. Tenía curiosidad por saber de dónde procedían, por lo que abrí la tapa y de ella emanó un aroma suave, empalagoso y dulce como el néctar de una flor.
Sentí la garganta seca; olía delicioso.
De repente, no pude evitar querer probarlos, así que saqué una bola y me la llevé a la boca.
¡Qué dulce y deliciosa!
Mi boca se entumeció, pero el dulce se deshizo con rapidez.
—Aww, se acabó.
Aunque me sentía insatisfecha, cerré la tapa para que no me pillaran comiendo, y cogí la botella con firmeza.
Debo compartirlos con Volker.
Regresé al salón sintiéndome animada. Sin embargo, cuando mi padre me vio, jadeó.
—¡Tú! Glotona, ¿has comido alguno?
—Ah, lo siento, padre. Se veían deliciosos, así que probé uno. —Me sonrojé de vergüenza.
Mi padre se desplomó en el sofá de forma cómica.
—Esta idiota… Estos no son los dulces. Los que te pedí que trajeras estaban en una caja cuadrada negra en la mesa de la oficina. —Estaba inusualmente molesto—. ¿Quién la educó para que fuera tan glotona…?
Me sentía ansiosa por saber si había hecho algo malo.
—L-Lo siento, pero son muy ricos.
—Fredericka, no creo que esa sea la razón. Vizconde, no es veneno, ¿verdad?
—No, no lo es, pero tampoco es algo que pueda comer sin más.
Cuando escuché «veneno», de repente sentí unas extrañas palpitaciones. Ahora que lo pensaba, me sentía acalorada y como si me costara respirar…
—Padre, ¿qué es esto? —le pregunté medio llorando. Volker me abrazó.
Necesitaba calmarme, pero mi ansiedad no desaparecía.
Mi padre me miró con un rostro serio.
Ay, Dios mío. Estaba asustada.
—¿Se ha enterado, general? Esta cosa se ha convertido en un problema entre los aristócratas de clase alta y los funcionarios que trabajan en el castillo.
—¿Son las «gotas de amor»?
¿Qué era eso? Por el nombre, ya tenía un mal presentimiento.
Las gotas de amor procedían de un país norteño. Las personas de ese país eran diligentes y honestas, sobre todo las mujeres que solían ser tímidas y no estaban familiarizadas con los asuntos de la alcoba. Por eso, las gotas de amor se crearon para que las novias las tomaran en su noche de bodas. De esa forma, era más receptiva y, además, el vínculo que se establecía nunca se rompería.
—En otras palabras, es un afrodisíaco.
Padre se rio mientras se levantaba, y golpeó a Volker en el hombro.
—Te dejo a mi glotona hija, general. Gracias por cuidar de ella.
—¡Espere, vizconde!
—Por eso me han encargado interrumpir las cadenas de distribución. Pero esta idiota… —se quejó mientras se dirigía hacia la puerta del salón. La abrió y llamó a Marie y a las demás sirvientas para que prepararan una habitación de invitados en el ala de invitados.
—Fredericka y el general pasaran la noche aquí. Marie y todos los demás tenéis el resto del día libre hasta mañana por la mañana. Preparaos y dejad la mansión.
Oliver se acercó con un carrito que hacía mucho ruido.
—General, este carrito contiene comida, agua, toallas, mudas y otros artículos. Los llevaré a la habitación de invitados.
¿Por qué tienen listo un carrito?
Volker me cargó mientras todos corrían de un lado para otro como si hubiera un incendio.
—¡Hn!
Ante su toque, un escalofrío me recorrió la espalda al instante. Mi piel estaba agitada ante las extrañas sensaciones, como si tuviera fiebre.
Era como algo muy familiar, pero nuevo para mí.
Me aferré al cuello de Volker, sintiéndome incómoda, como si me hubieran arrojado de repente en medio de la nada. Su intenso olor a bosque me envolvió. Por lo general, me calmaba, sin embargo, esta vez fue contraproducente.
—Hn, Volker…
Mi aliento era febril. Un deseo brotó de lo más profundo de mi cuerpo, desde debajo de mi ombligo… y más abajo.
¿Este era el efecto del afrodisiaco?
Tensé mis músculos para evitar que subiera esa sensación. Volker me abrazaba con fuerza.
—Lamento las molestias. Por supuesto que cuidaré de Fredericka. Por favor, lléveme a la habitación de invitados.
La voz de Volker resonó en mi cuerpo cuando habló.
Una voz baja y grave.
Te amo…
♦ ♦ ♦
Normalmente, me bañaba antes de que Volker regresara del trabajo, ya que la situación se complicaba si lo esperaba. Como chica, no quería que me viera aseándome. Creía que era mejor oler bien y estar hermosa ante mi marido.
Sin embargo, en este momento, eso me daba igual.
Una vez la puerta se cerró, froté mi nariz contra su cuello mientras le suplicaba.
—Volker~ Oh, me siento extraña~ Lo siento~ Me gusta~ Estoy caliente~ Por favor, Volker~
Quería que estuviéramos más cerca. Me molestaba nuestra ropa. Quería estar piel con piel en todas partes.
—¿Te duele, Fredericka? —dijo mientras me recostaba con cuidado en la cama y me peinó con delicadeza. Incluso eso era demasiado.
Froté las piernas mientras sacudía la cabeza.
—Estoy tan caliente, Volker… Quiero…
Había muchas palabras indescriptibles en mi cabeza. Porque desde hace un tiempo tengo una sensación de hormigueo, picor y entumecimiento en… Podía sentir una viscosidad entre mis piernas debido a la extraña estimulación… Y, hablando sin rodeos, quería que metiera un dedo ahí lo antes posible… Pero no podía decírselo.
Sé que a Volker no le importaría, sin embargo, nunca he sido muy directa con mis deseos.
En primer lugar, no podía esperar tener pensamientos más normales de lo habitual…
—He oído que las gotas de amor solo son eficaces durante la noche. No deberías tener ningún efecto secundario ni síntomas duraderos, así que… —explicó mientras se quitaba rápidamente la chaqueta y se ponía encima de mí.
Por eso los aristócratas de clase alta y los funcionarios las quieren.
—Los efectos tienden a pasarse más rápido cuanto más rápido circule la sangre. No te preocupes por nada y no reprimas tu voz, Fredericka. —Me besó el lóbulo y sentí una punzada aguda en mi interior.
—¡Hn!
Podía sentir cómo palpitaba.
Volker me besó la barbilla mientras acariciaba mis lóbulos.
—No tienes que contenerte… No, no te contengas… O, ¿te asusta que te tome así?
—Lo siento, no es eso…
Cada vez que me acariciaba y me besaba las orejas, empujaba mis caderas contra las suyas.
—No es que me asuste… Es que me avergüenza ser así…
Me pregunté si era porque me había comido algo que no debía y, como resultado, les había causado problemas a todos, no solo a Volker.
Además, aparte de eso, ¡todos sabían que íbamos a tener sexo! ¿Qué clase de juego de la vergüenza era este?
Estamos casados, así que está bien hacerlo, pero… Quería gritar de vergüenza.
—No debes estar avergonzada. Me gustas como eres —declaró mientras me desnudaba y me besaba con dulzura en las mejillas, la frente y la punta de la nariz. Hoy no llevaba un corsé, por lo que me quitaría la ropa fácilmente… No, no me preocupaba por eso.
—Volker, estoy tan excitada… ¿Está bien?
Volker asintió para tranquilizarme.
—Por supuesto, cariño.
Suspiré aliviada cuando percibí el deseo oculto en sus sinceros ojos color avellana.
Sí, Volker no era el tipo de persona que odiaría a alguien por algo así. Después de todo, tenía un corazón tan grande como el océano, que me amaría aunque se me cayeran las bragas.
—Ah~ Es porque estás cerca. Porque eres tú, estoy tan necesitada…
Quería que supiera que por muy efectivo que fuera el afrodisíaco, él era el único que excitaba tanto. Pero, de repente, me besó y vi estrellitas.
¿Qué fue eso? Nos besamos con pasión y nuestras lenguas se entrelazaron. Mi interior se excitó ante eso. Estaba muy avergonzada.
—¿Te has corrido? —preguntó con dulzura mientras separaba mis piernas. Trazó mi vagina con sus largos dedos, palpando lo mojada que estaba.
—Hmm, uh… Porque Volker… Ah~
No pude formular frases completas porque Volker deslizó un dedo en mis bragas y encontró mi capullo y lo acarició con suavidad. Pero era extremadamente sensible, por lo que el placer fue más intenso que nunca.
—N-No, no t-toques~
Apenas podía soportarlo. Las lágrimas se desbordaban de mis ojos bien cerrados.
Estaba tensa e incluso adolorida…
—Parece doloroso… Está hinchado —comentó después de quitarme las bragas para mirar. Se inclinó y besó mi ingle—. Tendré cuidado de no hacerte daño —prometió antes de atrapar mi clítoris en su cálida boca, haciéndome estremecer de doloroso placer. Me pregunté si el dolor producía oleadas de placer más grandes. Pero, entonces, no sentí ningún dolor, solo se sentía bien.
Gemía con fuerza mientras lamía mi coño, arrastrándome en un placer infinito.
—¿Todavía duele? ¿Estás bien aquí? —preguntó mientras introducía un dedo.
—¡Uhn~!
En ese momento, me golpeó una indescriptible y enorme ola.
♦ ♦ ♦
El errático vaivén me despertó.
¿Me desmayé?
Mi intimidad dolía dulcemente con una sensación que me era familiar.
¿Hmm? Esta tensión en los muslos, la vibración y la sensación palpitante que viajan por mis muslos es… cuando lo estás haciendo, ¿cierto?
Solté un gemido agudo.
Qué obsceno, ¿fui yo?
Abrí los ojos y me encontré jadeando mientras me embestía con cuidado desde abajo.
Volker sabe mejor que nadie lo que me hace sentir bien. Por eso sentía un cosquilleo en mi garganta.
—Ah~ Oh~ Volker~
Mi cuerpo se sacudía y no podía hablar bien. Soltaba gritos obscenos mientras Montaba a Volker, que estaba acostado.
¿Por qué está pasando esto? Todavía ni siquiera la ha metido, ¿cierto? ¿Por qué estoy yo encima?
¿Qué? ¡N-No, es imposible!
—¿Fredericka…?
Volker dejó de empujar sus caderas y levantó la parte superior de su cuerpo, quizás se había dado cuenta de mi extrañeza.
¿Por qué ocurría esto? Estaba a punto de preguntar, cuando sentí el dulce dolor que no cesaba.
Bajé la mirada. ¿Qué demonios?
Era yo la que movía las caderas, ¡y con bastante entusiasmo! No podía controlarme.
—Ay, no, ¡¿por qué no puedo parar?! —grité. Mis ojos asustados se llenaron de lágrimas, a pesar de que seguía gimiendo y jadeando.
Extendí la mano hacia mi amado esposo para pedirle ayuda, y él tomó mis manos con una mirada cariñosa. Por un momento me pregunté si estaba sonriendo o solo era mi imaginación.
Volker y yo nos vimos envueltos en un remolino de lujuria.
♦ ♦ ♦
—¿Me desmayé?
—Estabas excitada por el afrodisíaco, pero… quisiste hacerlo tú misma. No esperaba que llegaras tan lejos.
Aquellos que pensaron que la penetración había sido cuando estaba inconsciente se equivocaron. Volker seguía siendo un hombre íntegro.
Al parecer, me había metido el dedo en la vagina y le había suplicado que metiera algo más grande.
No lo recuerdo en absoluto.
Volker creyó que se debía al afrodisíaco, porque cuando la metió, fui muy agresiva y receptiva.
¡Ay, no! ¡Qué vergüenza!
He hecho muchas cosas en mi vida, pero creo que esta es una de mis tres mayores errores…
—Estuvo bien, pero, a partir de ahora, no comas cosas que no conozcas —me susurró al oído y me abrazó al verme abatida y decaída.
Sí, así es.
La gula es peligrosa.
¡Los glotones se autodestruyen!