Crié a un sirviente obsesivo – Capítulo 23: Las dificultades iniciales de convertirse en adulto (5)

Traducido por Melin Ithil

Editado por Lugiia


Siendo ese el caso, ¿quizás la familia Defrom es la que tiene un rencor unilateral contra los Carthia?

No obstante, si el pensamiento de Yurina era correcto, no había forma en que su padre ignorara tal hecho.

—¿Es verdad? —inquirió la joven.

—¿Por qué te mentiría?

—¿De verdad no sucede nada?

Ante su tono escéptico, el marqués sonrió y la miró. Su mirada era más seria que de costumbre, como si estuviera tratando de entender lo que pasaba por la mente de su hija.

Ansiosa, Yurina intentó levantar las comisuras de sus labios para formar una sonrisa. Aunque se le instruyó controlar sus expresiones faciales, supuso que no podía engañar la experiencia que emanaba de aquella mirada.

—¿Lo conociste durante tu paseo?

Era una pregunta directa, pero no esperaba que viera a través de ella tan pronto. Aunque intentó pretender que ese no era el caso, pronto se dio cuenta de que no funcionaria, así que se limitó a asentir.

—Así es.

—¿Qué fue lo que te hizo? ¿Ocurrió algo para que me hagas estas preguntas? —En ese instante, su voz y expresión cambiaron a un enojo notorio, pero era más como el de un padre molesto con el hombre que tocó a su preciosa hija.

Ante su expresión, Yurina negó rápidamente con la cabeza.

—No es eso, solo quería quedarse con el patrocinio de Ray. No le importó cuando le dije que nuestra familia ya lo patrocinaba y le pidió que se fuera con él. Por ello, pregunté si había algún problema entre nuestras familias.

—No te preocupes, no tienes que pensar en eso. —La sostuvo con cuidado entre sus brazos, dándole palmaditas en la espalda—. Aunque debería haber sido un gran día, debes haber quedado muy sorprendida con ese suceso. Todo estará bien, me tienes a mí, tu padre.

¿Cómo podría no preocuparme? ¿Cómo se supone que deba actuar…?

Mientras Yurina pensaba en ello, cerró sus ojos y dejó su cuerpo al tierno toque de sus manos sobre su cabello. Aquellos brazos del marqués eran tan anchos y confiables que parecían capaces de evitar incluso fuertes olas de viento. Se aferró a él y abrazó  su cuello, dejándole todos sus problemas como si fuera realmente una niña de diez años. Por ahora, solo quería descansar en sus brazos.

♦ ♦ ♦

Raynard merodeaba frente a la puerta de Yurina, sosteniendo con ambas manos una caja de regalo del tamaño de su palma.

Tengo que darle esto.

Suspiró levemente y bajó la mirada a la caja en sus manos. Era un regalo que había comprado para ella junto a Betsy, justo cuando se fueron a comprar solos por el centro de la ciudad.

No sabía si a Yurina le gustaría su regalo, ya que la joven tenía joyas más preciosas que esa, pero desde los últimos tres meses quería regalarle algo. Por ello, durante su paseo, se armó de valor y le susurró a la doncella:

—El marqués me dijo que le dijera a usted si quería algo para mi cumpleaños. ¿Puedo comprarle un regalo a Yurina?

A Betsy le sorprendió lo inesperado de sus palabras, pero dijo que era posible y poco después lo llevo a una tienda que era popular entre los nobles de la edad de Yurina.

En un principio, pensaba darle el regalo tan pronto como saliera de la tienda, pero perdió el momento adecuado al haberse encontrado con ese extraño noble. Después de eso, el estado de ánimo de la joven había sido tan depresivo que ni siquiera pudo dárselo.

Pero aun así, debo entregárselo.

Miró el broche en su pecho mientras frotaba el exterior de la caja de terciopelo sin ninguna razón. El hermoso rubí, que brillaba a la tenue luz de las velas, era claramente diferente de las joyas baratas que guardaba su madrastra. Se veía muy hermoso incluso a sus ojos, que no conocían el valor de las joyas.

Cada vez que lo veía, sus dudas aumentaban.

¿Mis ojos de verdad le parecen tan bonitos a Yurina?

Raynard no dudaba de sus palabras. Cuando dijo que eran bonitos, no había mentiras en su expresión. Sin embargo, era él quien no podía creer en algo referente a su apariencia.

Sin importar cuantas veces se lo dijera, no podía creer que sus ojos fueran hermosos. Se miró al espejo junto al broche de rubí en varias ocasiones y no pudo encontrar ninguna similitud excepto que eran rojos.

—Mmm…

Mientras Raynard miraba el broche con el ceño fruncido, levantó su cabeza sorprendido por el sonido de la puerta abriéndose.

Yurina lo miró a través de la pequeña brecha, sonriendo sin mostrar sorpresa alguna.

Él la miró con admiración mientras sus ojos se entrecerraban cada vez más, asemejándose a los de un gato.

—De cierta manera, sentí que había alguien afuera de la puerta —comentó Yurina, vestida con su pijama, y lo condujo al interior de su habitación sin rastros de la depresión que tuvo durante su paseo.

Incluso si era una habitación, el dormitorio y el pequeño recibidor estaban separados, por lo que se sentaron cara a cara en el salón.

Después de llamar a Betsy, la doncella trajo dos tazas de leche tibia con miel.

—¿Qué sucede con esta visita tan tarde? —preguntó la joven sin tocar su taza.

Raynard escondió la caja de terciopelo rojo oscuro detrás de su espalda y bebió la leche sin ningún motivo.

Los ojos de Yurina se entrecerraron cuando vio que no daba una respuesta.

—¿Qué planeas hacerle a una niña bonita como yo? —inquirió, cubriendo su cuerpo con sus brazos en forma de «x» y dándole una mirada firme. Eran las mismas palabras y acciones que él mismo solía decirle a ella y a otras personas en la mansión.

No sabía lo que sintieron los demás cuando le escucharon decir eso, pero al escucharlo en estos momentos, se sintió culpable como si realmente hubiera tenido malas intenciones, aunque sabía que no era así.

—No digas tonterías —respondió Raynard.

Por supuesto, la parte de «niña bonita» no se aplicaba a las «tonterías». No se lo había dicho a nadie, pero ella era la persona más hermosa que había visto en todos sus años de vida.

No solo sus ojos le parecieron hermosos a primera vista, sino todo su rostro e incluso sus manos; a diferencia de los otros niños del orfanato, quienes tenían manos ásperas, las de Yurina eran blancas y suaves. Además, sus dientes pulcros aparecían cada vez que ella sonreía, luciendo muy bonitos.

Sin embargo, por una razón u otra, decidió mantener este hecho en secreto, de ella y de todos.

—Entonces, ¿qué te trae por aquí?

—¿Necesito una razón para veni…? —Su voz se cortó. Después de haber dicho esas palabras, giró su cabeza y se dio un golpecito en los labios, esperando que ella no lo notara.

Soy un idiota.

—No es eso, pero parece que tienes algo que decir. Luces muy sospechoso en este momento.

—Eso es porque… —Raynard puso los ojos en blanco mientras jugueteaba con la caja escondida a su espalda y preguntó inconscientemente—: ¿Mi nombre realmente significa «esperanza»?

¿Eh? No quería preguntarle eso.

Mientras se sorprendía por las palabras que acababan de salir de sus labios, sus ojos se cerraron y recordó las palabras de aquel noble.

—Es un nombre muy interesante. Significa «esperanza» en el idioma antiguo, ¿lo sabías?

Las extrañas palabras de ese hombre se habían incrustado como una piedra en alguna parte de su mente, vagando sin cesar.

No se había puesto a reflexionar mucho respecto al significado, pero ahora que lo pensaba bien, el hombre declaró aquellas palabras sin vacilar.

Sin duda alguna había dicho «esperanza».

«Tom» era el nombre que su padre le había dado cuando era niño, el nombre más común en el vecindario. Si salía a la calle principal y gritaba aquel nombre, dos o tres niños habrían volteado.

Su padre no había dicho nada sobre su nombre, pero Raynard estaba convencido de que se lo había dado sin pensarlo profundamente. Por ello, no le tenía mucho apego.

Incluso hubo momentos donde le desagradó el afecto que mostraba al decir ese nombre.

Probablemente por eso había abandonado el nombre de «Tom» tras usarlo doce años y eligió «Raynard» sin pensarlo dos veces, al ser uno otorgado por Yurina.

Al menos, parecía que «Raynard» tenía más trasfondo que su nombre original. También tenía deseos de vivir una vida diferente a la de su pasado.

Pero significa esperanza…

Raynard estaba nervioso mientras esperaba la respuesta casi sin respirar. Uno o dos segundos se sentían como uno o dos minutos.

¿Por qué se sentía tan sofocante? Aunque se reía de sus nervios, las palmas de sus manos sudaban debido a la tensión.

Yurina, quien había estado pensando con los brazos cruzados como si estuviera contemplando algo, finalmente asintió.

—Sí, así es. En el idioma antiguo, «Raynard» significa «esperanza».

Ante su respuesta, el joven parpadeó sin comprender y preguntó:

—¿Por qué?

—¿A qué te refieres con «por qué»?

—¿Por qué me diste este nombre?

—¿Por qué me preguntas eso de repente?

—Eso es…

Hasta ahora, todo lo que había escuchado sobre su persona había sido negativo. Monstruo, demonio, niño odiado por la diosa, etc. Nunca había escuchado que fuera la esperanza de alguien. Por ello, estaba curioso de las razones por las que Yurina le dio ese nombre.

¿Cómo pudo nombrar «esperanza» a alguien que acababa de conocer?

No, quizás ella lo quiso así. Raynard quería confirmar qué era lo que Yurina vio de especial en él como para haberle dado ese nombre.

—Porque eres mi esperanza. Me prometiste que me protegerías, ¿recuerdas?

Tan pronto como escuchó las palabras que quería oír, el rostro de Raynard se calentó y agitó su mano con rapidez para refrescar sus mejillas calientes. De repente, el interior de su garganta pareció arder, por lo que bebió la leche restante en un instante.

Yurina miró la ridícula escena en silencio.

Después de no poder responder incluso tras haber terminado su leche, Yurina le comentó que ya era hora de dormir. El joven tosió con fuerza y sacó la caja escondida a su espalda.

—¿Qué es esto?

—Esto es…

—¿Esto fue lo que fuiste a comprar con Betsy?

Oh, Dios. ¿Por qué lo mostré tan rápido?

Revolvió su cabello sin motivo y, tragando saliva, rápidamente se sentó al lado de Yurina. Aunque su razón para ir a su habitación había sido para darle el regalo, cuando trató de dárselo, se sintió nervioso y sediento.

De saber que esto sucedería, habría guardado la leche.

Se humedeció los labios con la lengua, luego suspiró y abrió la caja. En su interior, había un brazalete de rubí que el niño y la doncella habían escogido con cuidado. El broche de rubí en su pecho era una pieza a juego con ese brazalete.

—¿Eh? ¿Qué sucede con ese brazalete?

—Bueno… —Al ver a la joven inclinar su rostro, la mente de Raynard se quedó en blanco, haciendo que fuera incapaz de recordar lo que iba a decir.

Al verlo titubear, Yurina preguntó:

—¿Me lo estás obsequiando?

Solo entonces pudo responder.

—Sí. Siempre me das cosas. Esta vez, quise comprarte un regalo…

—Pero hoy era tu cumpleaños.

—De todas formas, quería dártelo.

Raynard acercó su mano a la de la joven, vaciló un momento y lentamente colocó el brazalete en aquella blanca muñeca con un toque cuidadoso.

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