El renacimiento de una estrella de cine – Capítulo 44: Familia Bai

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


—¡Señor Bai, señor Bai! ¿Puede confirmarnos si el señor Qiu realmente le ayudó a pagar cinco millones?

—¿Cuál fue la razón? ¿Acaso por la conexión con el señor Bai Lang? ¿Significa esto que usted ya conocía desde hace tiempo la relación entre ambos?

—Si lo sabía y no la aprobaba, ¿por qué aceptó entonces el dinero del señor Qiu? ¿Podría explicárnoslo?

—¿O se enteró después, señor Bai? Ahora que lo sabe, ¿no cree que debería devolverle esos cinco millones al señor Qiu?

—Ayer su madre dijo que ustedes ya no se deben nada, ¿se refería a ese dinero?

—¿Podemos preguntar a qué se dedica, señor Bai? Cinco millones no es una suma menor, ¿ha pensado en cómo planea devolverlos?

—Después de contratar a alguien para que golpeara al señor Bai Lang, ¿no teme que el señor Qiu venga a cobrarle la deuda?

—Parece que el señor Bai Lang no ha decidido presentar cargos. ¿Cree usted que acudirá a las autoridades o lo dejará pasar?

Desde que se reveló la noticia del préstamo, Bai Li fue interceptado por más de una decena de periodistas apostados frente a su casa, aguardando como cazadores pacientes. La escena, más caótica aún que la del día anterior, lo dejó sin aliento. Incapaz de soportar la presión, retrocedió y cerró la puerta con brusquedad, aunque los gritos persistieron al otro lado del pasillo.

—¡Señor Bai, no cierre la puerta! ¡Solo queremos algunas palabras!

—¡La señora Bai está dentro, ¿verdad?! ¿Podría salir para una entrevista?

—¿Y el señor Bai padre? ¿Opina igual que ustedes? ¿También desaprueba al señor Bai Lang?

Golpes rudos resonaron en la puerta, secos, insistentes.

Bai Li retrocedió hacia la sala, el rostro lívido. Sus padres, alarmados por el alboroto, se acercaron tambaleantes.

—¿Siguen ahí fuera? —preguntó el padre Bai, con voz débil—. ¿No deberían haber terminado ya su trabajo?

—¿Eres tonto? —gruñó Bai Li, irritado—. ¿Desde cuándo los periodistas tienen horario fijo? —Se pasó una mano por el cabello, exasperado—. ¡Mamá! ¿Por qué dijiste eso ayer? Ahora no hay manera de refutarlos. ¡Mira cómo se han aferrado a tus palabras para darme problemas!

—¿Y no lo hice por ti? —replicó la madre Bai, furiosa—. ¡Cuando me enteré de que ese desgraciado quería que le devolvieras los cinco millones, me hirvió la sangre! ¡Solo tomé un poco de dinero prestado, y aún así lo exige de vuelta! ¡Debe estar mal de la cabeza! ¿No fue por eso por eso que contrataste a alguien para que hablara con él?

Las palabras de su madre hicieron que la ira de Bai Li se apagara, sustituyéndose poco a poco por un rubor de vergüenza.

Claro que no les había contado la verdad. No les había dicho que había aceptado dinero para contratar a alguien que le diera una paliza a Bai Lang. Lo que les dijo fue que este le había reclamado los cinco millones, y que él simplemente había enviado a alguien a «razonar» con su hermano. Que el asunto terminara violencia había sido, —según su versión— un accidente. Un malentendido.

La señora Bai,  en cuanto oyó hablar de devolver el dinero, había caído presa del pánico. Su mente, desde entonces, giraba en torno a aquella idea. Aún no olvidaba la sugerencia de Bai Lang: vender sus dos preciados departamentos para saldar la deuda.

—Por eso aproveché la ocasión para decirle que se olvidara de esos cinco millones. ¿No fue lo mejor? Si no, seguiría rondando nuestros dos departamentos —dijo, convencida de haber actuado bien—. A fin de cuentas, todo es culpa suya. Si se vendió, ¿por qué tiene ahora derecho a exigirnos  que le devolvamos el dinero?

El rostro del padre Bai se ensombreció. Por un momento pareció vacilar, pero finalmente murmuró con voz temblorosa:

—Espera… ¿no habíamos acordado que devolveríamos el dinero poco a poco? Si lo que dijo A-Lang es cierto, entonces… deberíamos…

—¡Idiota! —lo interrumpió la madre Bai en voz alta—. ¡Es culpa suya por meterse en este lío! Piénsalo, ahora que él y ese hombre han arruinado su reputación y todo el mundo lo sabe, ¿cómo va a seguir A-Li con su negocio? Eso significa que si el negocio de A-Li fracasa, será culpa suya, ¡¿y aún así quiere que le devolvamos su dinero?! ¡Esos cinco millones debería pagárnoslos ese tipo como compensación!

—Pero… —apenas alcanzó a murmurar el padre Bai antes de que ella lo interrumpiera de nuevo.

—¡Ni siquiera he empezado a culparte! ¡Todo esto es tu culpa desde el principio! Te dije que no quería tener otro hijo, ¡pero insististe en traerlo al mundo! ¡Y mira ahora lo que ha pasado! Pedirle un poco de dinero es como pedirle un riñón. Dijiste que podría ayudar a A-Li, ¡¡y en cambio solo ha venido a ponerle la zancadilla!!

La madre Bai arremetía con furia, las palabras como cuchillos arrojados sin piedad. Bai Li, de pie junto a ellos, se cubrió el rostro con una mano; el remordimiento le pesaba como plomo. Había perdido tanto por una ganancia efímera.

Ni siquiera había tenido oportunidad de contarles que, tras devolver aquellos cinco millones, había vuelto a endeudarse con un amigo para abrir un cibercafé. ¿Por qué aceptaría prestarle dinero? Por el nombre de Bai Lang, por supuesto. Era su sombra la que todavía le abría puertas. Pero todo negocio nuevo sangra al principio, y las pérdidas se acumulaban poco a poco. Bai Li temía repetir la historia de su ruina. Por eso, en esos días, había intentado desesperadamente contactar a Bai Lang… solo para ser bloqueado una y otra vez por la gente de Qiu Qian.

El miedo lo estaba devorando. Así que cuando alguien se le acercó ofreciéndole dinero a cambio de causarle problemas a Bai Lang, aceptó sin pensarlo demasiado. Lo necesitaba. Además, el plan parecía seguro, impecable. Nadie lo descubriría, y él obtendría una ganancia fácil. En el fondo, Bai Li no era tan tonto como para renunciar al árbol del que podía seguir alimentándose: si Bai Lang ya le había dado cinco millones, ¿por qué no podía darle más en el futuro?

Pero cuando se revelaron las fotos de aquella transacción, el miedo se transformó en terror. Más allá de ser acusado penalmente, lo que realmente le angustiaba era que Bai Lang le diera la espalda. Tal vez aún habría podido disimular sus intenciones, pero las palabras imprudentes de su madre habían sellado su destino. Ahora sí, su vínculo con ese árbol frondoso había sido cortado de raíz.

No, esto no puede quedar así. Tengo que encontrar una manera de recuperarlo… 

Después de darle muchas vueltas, Bai Li se volvió hacia su padre, que permanecía en silencio mientras su esposa le reprendía.

—Papá, ahora solo podemos confiar en ti.

—¿En mí? —El padre Bai lo miró con desconcierto—. ¿Por qué? ¿Qué podría hacer yo?

—Eres el único que no ha dicho nada en contra de A-Lang. Si salieras y les dijeras a los periodistas que todavía hay alguien en nuestra familia que lo apoya, tal vez él lo vea. Así, cuando necesitemos su ayuda más adelante, no nos cerrará la puerta —explicó Bai Li, su voz cargada de ansiedad—. Con el tiempo, podríamos usar tu relación para reconstruir el puente con A-Lang.

—¿Qué? ¿Quieres que lo perdonemos? —saltó la madre Bai, con un grito colérico—. ¡Ese desgraciado fue el que empezó todo! ¡Nos pide que devolvamos el dinero cuando fuimos nosotros quienes lo criamos! ¡Desleal e ingrato! Cada vez que lo vea, ¡lo insultaré sin dudarlo!

—¡Mamá, basta ya! —exclamó Bai Li, irritado—. ¿Te has olvidado del jefe Qiu, el que está detrás de A-Lang? Si seguimos ofendiendo a A-Lang, ¿crees que el jefe Qiu nos dejará tranquilos? ¡Yo aún quiero hacer negocios! Si ofendo a la familia Qiu, dime, ¿cómo se supone que voy a volver a establecer contactos en el futuro?

La madre Bai se quedó sin palabras. Cada vez que la conversación giraba hacia los «negocios», aquella mujer que había pasado media vida cultivando arroza en el campo terminaba cediendo ante la fe ciega que depositaba en su hijo mayor.

—A mí me parece que ese señor Qiu tampoco lo apoya tanto —murmuró la madre Bai, ya más calmada pero aún refunfuñando—. Al fin y al cabo, él también quería que le devolvieran los cinco millones, ¿no?

Bai Li la ignoró y volvió a centrarse en su padre.

—Papá, sal ahora mismo y diles a esos periodistas que sigues deseando que Bai Lang viva bien, que intentarás convencer a la familia, solo que… por ahora necesitas algo de tiempo.

El padre Bai, el hombre más indeciso del hogar, negó con torpeza antes incluso de dejarlo terminar.

—Mi boca es estúpida… no, no, será mejor que lo digas tú.

—¡No puedo! —Bai Li apretó los dientes, conteniendo la rabia—. ¿No has oído lo que están diciendo? ¡Si salgo a hablar ahora, sería como darme una bofetada a mí mismo! Nadie me creería. Así que solo tú puedes hacerlo, ¿entiendes? No es difícil, solo repite exactamente lo que te he dicho.

—Pero yo… —balbuceó el hombre, pero su hijo ya lo arrastraba hacia la puerta.

Bai Li sabía que el tumulto se calmaría con el paso del tiempo; también sabía que su padre, de naturaleza temerosa, terminaría cediendo.

Al ver la escena, la madre Bai no dudó en ponerse de su lado y también empujó a su esposo hacia la salida, aunque no pudo resistirse a añadir entre dientes:

—Y no te olvides de los cinco millones, ¿me oyes? Es mejor si dejamos claro que no los vamos a devolver. Ese desgraciado tiene dinero de sobra, recuérdalo.

Entre los empujones y las súplicas, el padre Bai se vio obligado a abrir la puerta. En cuanto lo hizo, una oleada de destellos y voces lo envolvió.

—¡Padre Bai! ¡Señor Bai! —Lo rodearon en cuestión de segundos. Para aquel hombre, que había pasado media vida encorvado entre los arrozales y la otra vendiendo boletos en una estación, el espectáculo era abrumador. Nunca había visto algo así: decenas de rostros ansiosos, todos hablando al mismo tiempo, exigiendo respuestas.

—¡Viejo Bai! ¿Qué opina del hecho de que Bai Lang haya salido del armario? ¿Lo apoya o lo rechaza?

—¿Y los cinco millones? ¿Van a devolverle el dinero al señor Qiu?

—Si Bai Lang va a la policía, ¿qué hará su familia?

—¿Cuándo se enteró del asunto entre Bai Lang y el señor Qiu? ¿Fue antes o después de pedir el préstamo?

—¿Es cierto que Bai Li contrató a alguien para golpear a Bai Lang por culpa de ese dinero?

—Viejo Bai, ¿podría explicarnos cómo surgió esa deuda?

Las preguntas lo golpeaban como ráfagas de viento helado. Las luces, los micrófonos y las cámaras apuntaban directamente a su rostro, que cambiaba de color entre el verde y blanco. No lograba articular palabra.

Entonces, una voz entre la multitud gritó:

—¡Si siguen preguntando así, el señor Bai no podrá responder! ¡Guarden silencio y déjenlo hablar! ¡Si ha salido, es porque quiere decir algo!

El bullicio se disipó de inmediato. Solo unos pocos periodistas le recordaron amablemente:

—Señor Bai, la cámara está aquí. Si quiere decirle algo a Bai Lang, mire hacia acá.

Pero aquel silencio repentino solo avivó su pánico. Tenía la mente en blanco, la garganta seca. Hablar en ese momento era tan imposible como pedirle que subiera a un escenario.

Sin embargo, las miradas expectantes lo presionaban como una red invisible. Sin saber cómo escapar, abrió la boca y tartamudeó:

—Cinco… cinco millones… —Repitió la frase en su cabeza una y otra vez, como si fuera lo único que podía sostenerlo—. Solo… solo como dice tu mamá, déjalo así.

Un murmullo recorrió a los periodistas. Algunos exhalaron sorprendidos; otros alzaron las cejas. El padre Bai, creyendo que había cometido un error, se apresuró a añadir con aún más nervioso:

—¡Aparte de eso… tú, tú ten una buena vida!

Los rostros frente a él se tensaron. En el siguiente instante, el hombre no soportó más la presión. Se dio media vuelta, empujó la puerta metálica detrás de sí y huyó hacia el interior de la casa. La puerta se cerró con un golpe seco, dejando fuera a los periodistas, atónitos.

Se quedaron sin palabras ante la situación.

Porque, según lo que acababan de oír, el mensaje del padre Bai parecía ser: no querían tener nada que ver con Bai Lang, pero tampoco pensaban devolverle los cinco millones.

Y si era así, entonces acababan de presenciar a una familia tan descaradamente codiciosa que ni siquiera se molestaba en disimularlo frente a las cámaras.

No querían a su hijo, pero sí querían su dinero.

⬧ ⬧ ⬧

Apenas el padre Bai cruzó el umbral, se refugió en su habitación como un animal acorralado. Cerró la puerta con llave y, temblando, se negó a salir.

El miedo lo tenía atado: miedo a los gritos, a los reproches, a las manos que lo empujarían dota vez hacia el ojo público. Así que ignoró los golpes en la puerta, los llamados de su hijo, las súplicas y los insultos que le llegaban como un eco de su propia cobardía.

Cuando Bai Li, horas después, vio las noticias y escuchó con horror lo que su padre había dicho frente a las cámaras, ya era tarde.

Demasiado tarde para desmentirlo, demasiado tarde para limpiar el nombre que él mismo había manchado.

Porque en ese mismo instante, Bai Lang también había hablado. Su declaración, emitida con sobria elegancia a través de su agencia, decía:

«Gracias a todos por su preocupación. Siento haber causado tanto revuelo. A partir de hoy viviré bien por mi cuenta, sin  molestar más a mi familia. Esto incluye el asunto de los cinco millones».

Las palabras eran suaves, pero en su calma había una grieta que separaba mundos.

Bai Li, al leerlas, sintió hervir la sangre. Exigió que su padre saliera a dar explicaciones, pero el hombre, petrificado por el terror, prefería morir antes que volver a ver un micrófono.

La madre Bai, en cambio, se mostraba tranquila, incluso complacida. Para ella, mientras Bai Lang no reclamara el dinero, todo estaría bien.

Bai Li, sin embargo, no tenía la desvergüenza de un político que pudiera negar hoy lo que afirmó ayer. No podía desdecirse, ni fingir arrepentimiento.

Así que decidió esperar. Dejar que la tormenta amainara. Y luego —cuando todo el mundo olvidara un poco— buscaría a Bai Lang, intentar suavizar las cosas, comprar el perdón que ya no se merecía.

Sin embargo, Qiu Qian no era hombre de olvidar.

Bai Lang había renunciado a denunciar la agresión, pero Qiu Qian nunca había prometido perdonar.

Unos días más tarde, el cibercafé en el que Bai Li había invertido el dinero ardió en un extraño incendio eléctrico.

Por suerte, en el momento en que se produjo el incendio, el lugar se encontraba vacío. Además, el cibercafé, al ser un edificio independiente de reciente construcción, impidió que algún vecino resultara herido. Las pérdidas, por lo tanto, fueron puramente económicas.

Sin embargo, estas pérdidas económicas redujeron a cero, una vez más, todos los activos de Bai Li. Y la deuda, sumada a los intereses mensuales, seguía pendiente. Al leer las opiniones en Internet sobre la codicia de la familia Bai y, siendo tímido con los desconocidos, no se atrevió a buscar a Bai Lang. Por ello, ante esta situación sin salida, le robó las escrituras a su madre con la intención de vender uno de los dos apartamentos.

No obstante, el día de concretar la venta, el agente insistió en que vender solo una unidad no era tan rentable como vender el conjunto. Argumentó que, de venderse por separado, se perdería la principal ventaja arquitectónica —la doble altura—, lo que depreciaría considerablemente su valor de mercado. Bai Li, seducido por la lógica del intermediario, consideró que el argumento tenía sentido: al fin y al cabo, esa cualidad única era la razón original de la compra. Venderla ahora por una fracción de su valor potencial le parecía un desperdicio imperdonable.

El agente inmobiliario, con una sonrisa de serpiente, le dijo:

—Señor Bai, piense en el excedente de la venta como un capital para reiniciar su vida —susurraba la voz tentadora—. Una vez saldada la deuda, le quedará un colchón para emprender un nuevo negocio. ¿No es acaso una gran presión llevar siempre esa carga sobre los hombros? Con su talento, sin duda recuperará lo invertido. Y cuando vuelva a florecer, podrá adquirir una propiedad incluso mejor si lo desea.

Bai Li permitió que la codicia le nublara el juicio. Así, vendió los dos departamentos que eran el orgullo y el tesoro de su madre.

Fue cierto que el precio de venta resultó ser excepcional. Pero volver a comprar algo parecido… sería ya una historia completamente distinta.

Así, el día en que le comunicaron el desalojo y la verdad entera estalló ante la madre Bai, esta casi dejó de respirar. Se lanzó entonces a gritarle y golpear a Bai Li con una furia tan visceral como si él nunca hubiera sido su hijo mayor, su joya más preciada.

Bai Li nunca antes había experimentado el veneno de sus palabras ni la violencia de sus manos. La humillación y la ira lo consumieron por completo. Había albergado la intención inicial de comprar un apartamento más modesto para sus padres, pero tras aquel episodio, abandonó toda idea de hacerlo. Decidió, en su lugar, invertir hasta el último céntimo en una nueva y prometedora empresa.

Esto era exactamente lo que Qiu Qian estaba esperando.

Desde el incendio, pasando por el agente intermediario, hasta el proyecto de inversión que tanto sedujo a Bai Li… Qiu Qian observó, con fría precisión, cómo este caía, paso a paso, en la trampa que le había tendido.

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