El renacimiento de una estrella de cine – Capítulo 46: El pez de A-Bai

Traducido por Shisai

Editado por Shiro


Tres estrellas participaron en aquel episodio de Abrazar la naturaleza con amor: Ruan Ying, Li Youfeng y Chen Xun. Cada uno acudió acompañado de su familia, conformando un grupo de nueve personas en total.

Había dos estrellas masculinas y una femenina; entre los niños, dos niñas y un solo niño.

La única mujer del trío era Ruan Ying. Llevaba ya siete u ocho años en la industria musical; en una época donde los nuevos rostros surgían y desaparecían como olas, se la podía considerar una veterana. Antes de debutar, había sido profesora de guzhen, la cítara china. No era de extrañar, entonces, que su canción de presentación tuviera un aire antiguo y una melodía acompañada de guzhen. Aquella combinación, sumada a sus delicados rasgos y a su voz templada y dulce, la catapultó a la fama.

Con el tiempo, consolidó la imagen de una cantante cálida y romántica. Su público no se cansó de ella, y los medios le otorgaron el título de «Diosa Popular». Nadie sabía si aquel apelativo implicaba que Ruan Ying era incapaz de renovarse o, simplemente, que había hallado un papel que amaba y no necesitaba cambiar.

Entre los otros dos participantes, Li Youfeng había comenzado como cantante de música folk. Su aire de hombre maduro y cercano era muy popular entre los estudiantes universitarios. Chen Xun, por su parte, era un presentador de variedades: carismático, de verbo rápido, con ese tipo de humor que podía encender cualquier escena. Cada episodio de Abrazar la naturaleza con amor incluía a una estrella capaz de animar el ambiente; en este, esa era la función secreta de Chen Xun.

Sin embargo, nadie esperaba que, en el trayecto hacia el campamento, tras contar un par de chistes y bromear para aliviar el aburrimiento del viaje, Chen Xun fuera abruptamente reprendido por Ruan Ying, que lo miró con el ceño fruncido y con una voz helada dijo:

—Mi hija se marea en el coche. ¿Podría, por favor, guardar silencio?

Sus palabras fueron como un cubo de agua fría. Chen Xun, profesional al fin y al cabo, habría sabido sonreír y dejarlo pasar si estuviera solo. Pero su esposa y su hijo estaban junto a él, observando la escena, y el golpe a su orgullo resultó mucho más difícil de digerir. Desde entonces, todo el equipo notó que él evitaba hablar con Ruan Ying. Era, sin duda, un comienzo poco afortunado.

Tal como era de esperarse, sin su humor espontáneo para mantener el ritmo, el ambiente se volvió rígido, casi incómodo. La familia de Li Youfeng tampoco contribuía demasiado: su esposa, de carácter dominante, llevaba la voz cantante, mientras él se limitaba a asentir y obedecer dócilmente. Aquella mujer de lengua afilada y aquel hombre corpulento formaban una pareja armoniosa, sí, pero poco atractiva ante la cámara.

El equipo de producción comenzó a preocuparse. Entre adultos demasiado serios, tensiones discretas y sonrisas forzadas, parecían ser solo los niños quienes realmente valían la pena filmar.

Así que, cuando la voz melosa de Zhao Yingzheng, la hija de Ruan Ying, se alzó entre el murmullo del grupo, todos volvieron la cabeza hacia ella.

Según el programa, después de asignar las tareas para montar el campamento, debían ir al bosque a recolectar verduras y frutas silvestres. Pero, en realidad, lo que más importaba era la interacción espontánea, esa chispa de naturalidad que el público ansiaba ver. Por eso, el equipo de producción, preparado para todo, sacó sin dudar las cañas de pescar que había traído de antemano.

Li Youfeng y Chen Xun, que observaban de reojo cómo el grupo vecino parecía pescar a diestra y siniestra, se sintieron tentados. Poco a poco, aquella actividad que en principio parecía monótona encendió el ánimo de todos.

Sin embargo, diez minutos después, la superficie del lago seguía tan quieta como un espejo.

Zhao Yingzheng, con las mejillas teñidas de rosa, empezó a impacientarse.

—¿Dónde están los peces? ¿Por qué no hay peces? ¡Papá, quiero peces, quiero peces…!

Su vocecita aguda rompió la calma del lugar, espantando a los peces que tal vez aún dudaban en acercarse. Las cañas permanecieron inmóviles, y el agua siguió muda. Zhao Qiping, su padre —un pequeño jefe de concesionarios acostumbrado a que el mundo girara a su voluntad—, no estaba hecho para estas pruebas de paciencia. Con las cámaras apuntando a su rostro, apenas logró contener su molestia antes de ordenarle a su hija que se callara.

Pero sus palabras no hicieron más que avivar el incendio.

La rabieta de Zhao Yingzheng estalló como una tormenta: su llanto, agudo desgarrador, se extendió por la orilla, ahuyentando no solo a los peces, sino a todo ser vivo que habitara cerca.

Y no paró. Pasaron los minutos, luego media hora, y el aire junto al lago se llenó únicamente con aquel sollozo persistente.

Aun así, ¿cómo culparla?

Era la más pequeña del grupo, apenas una niña de cuatro años que no comprendía la diferencia entre un deseo y un capricho. Siempre que lloraba aparecían con lo que quería. Pero ahora, por más que su voz se volvía ronca y el llanto le dolía en la garganta, nada llegaba. Zhao Yingzheng se sentía desamparada, incomprendida, perdida en su propio llanto.

La producción,  sin otra opción, detuvo el rodaje para calmarla. Los otros dos niños, intimidados por el escándalo, se ocultaron tras las piernas de sus padres, sin atreverse a moverse. Ruan Ying, protectora hasta el exceso, no solía permitir que su hija se relacionara demasiado con los demás, de modo que el habitual «grupo de niños» —ese lazo natural que solía surgir entre los pequeños— no llegó a formarse.

Y justo cuando la tensión alcanzaba su punto más alto, una voz clara y pura quebró el aire:

—Hermanita, no llores, te daré el pez de A-Bai.

Todos miraron hacia la fuente de aquella voz.

Era Qiu Xiaohai, quien hasta hacía un momento reía despreocupadamente. Ahora, de pie junto al lago, sostenía al otro niño de una mano y, con la otra, depositaba un cubo con sumo cuidado en la orilla. Luego, sin dudar, introdujo la mano en el agua, buscó entre los reflejos plateados y sacó un pez que todavía se retorcía en el anzuelo. Con una sonrisa inocente, se lo tendió ella.

—Toma. Para ti.

Zhao Yingzheng había llorado tanto que el agotamiento se le notaba en los párpados hinchados y en los sollozos entrecortados que le sacudían el pecho. Con el hipo aún temblando en su garganta, miró a Qiu Xiaohai —aquel niño de cejas gruesas y ojos redondos llenos de luz—, y luego al pez que brillaba entre sus manos pequeñas. Dudó un momento, como si no creyera que ese obsequio fuera real, y finalmente lo aceptó con torpeza.

El pez era escurridizo, su cuerpo reluciente se le escapaba entre los dedos, así que Ruan Ying, que estaba junto a ella, intervino para sostenerlo.

—Gracias —murmuró, la voz tirante y poco natural.

A Qiu Xiaohai le gustaba sonreír. Con una sonrisa pura y generosa, se giró sobre sus talones y corrió hacia el pequeño que se escondía tras las piernas de Chen Xun.

—Tengo uno para cada uno —dijo, levantando el cubo con aire solemne—. ¿Quieres un pez?

El pequeño, Chen Zhao, alzó apenas la mirada. Sus ojos vacilaron antes de buscar los de su padre, que le devolvió un leve asentimiento.

—… Está bien.

Esta vez fue Rong Zan quien hundió la mano en el cubo y sacó un pez plateado.

—Toma.

El niño, de casi seis años, parpadeó y sus mejillas se tiñeron de rojo.

—Gracias, gracias… muchas gracias.

Después, le ofrecieron otro pez a la hija de Li Youfeng. la tía mayor Zhang Que, esposa de Li Youfeng, les dedicara una cariñosa caricia en la cabeza, Qiu Xiaohai y Rong Zan regresaron corriendo a su campamento, tomados de la mano.

—¡Ay, por todos los cielos! ¿Lo grabaste? —se lamentó uno de los camarógrafos, golpeándose la cabeza con un suspiro teatral.

—Aunque lo grabemos, no podemos usarlo, ¿verdad? —respondió otro, con tono sombrío.

⬧ ⬧ ⬧

Al caer la tarde, el sol se derramaba sobre el horizonte como un hilo de oro líquido, y el equipo puso fin a la jornada de «cena». Solo entonces, Bai Lang y Qiu Qian aparecieron con una olla de sopa de pescado cuyo aroma se extendió por el aire, cálido y reconfortante, hasta llegar a Chen Dongli.

Qiu Qian cargaba la olla y con firmeza y la depositó con cuidado sobre la estufa del equipo. Para entonces, todos estaban ya acostumbrados a esa imagen: el hombre siempre activo, siempre dispuesto.

Después de haberlos observado toda la tarde, las miradas hacia Bai Lang y Qiu Qian habían cambiado.

Los rumores en línea hervían: que Qiu Qian había prestado dinero a la familia Bai para salvarla de la ruina, que los Bai se negaban a reconocer la deuda, que la relación entre ambos no era más que un pacto de conveniencia disfrazado de amor.

Pero frente a la realidad, las conjeturas se disolvían.

Aquel «gran jefe» era el primero en mancharse las manos, en cargar cubos, en buscar agua, en trabajar con la serenidad de quien no espera reconocimiento. Si solo fuera un patrocinador, ¿por qué actuar así?

Y sobre todo estaba Qiu Xiaohai.

El niño no se despegaba de Bai Lang siempre que la ocasión lo permitía. De hecho, se mostraba incluso más apegado a él que su propio padre. Su interacción proyectaba la imagen perfecta de una familia feliz y completa.

Y no eran solo los miembros del equipo quienes lanzaban miradas furtivas. Después de recibir los peces, los tres niños pequeños que estaban siendo filmados tampoco pudieron evitar dirigir la vista hacia el otro campamento. Había en sus ojos una mezcla de curiosidad y envidia, un brillo inocente que revelaba su deseo de correr hacia allí y unirse a la diversión.

Así que, cuando Bai Lang se acercó con la cena, Chen Dongli no pudo contenerse y habló con una sonrisa expectante:

—Ay, aunque ya te debemos lo de esta tarde, ¿podrías prestarnos a tus chicos otra vez mañana, solo por un rato?

—¿Prestarlos? —preguntó Bai Lang, parpadeando con desconcierto.

—Los tres peces —respondió Chen Dongli entre risas— han acaparado toda la atención. Los niños de aquí no dejan de mirar hacia su lado. Estaba pensando que mañana podríamos dejar que los cinco jueguen juntos un rato. Solo filmaríamos a los niños, sin mostrar a los adultos. Así, aunque se emita, no habrá problema con su privacidad. ¿Qué dices? ¿Podemos hacerlo?

Bai Lang volvió la mirada hacia Qiu Qian. El hombre se encogió de hombros, tranquilo.

—No hay problema. Que jueguen juntos.

—¡El jefe Qiu es todo un benefactor! —exclamó Chen Dongli, con los ojos brillando de alivio—. Perfecto, perfecto. Déjame encargarme de todo. Prometo que ningún adulto saldrá en cámara

Dicho esto, reunió a varios miembros del equipo y se apresuró a ajustar el cronograma del día siguiente.

♦ ♦ ♦

A la mañana siguiente, los cinco niños jugaron juntos al escondite. Las risas resonaban entre los árboles, claras y contagiosas. El equipo de filmación los observaba con sonrisas sinceras; había tantas escenas entrañables que resultaba difícil decidir cuáles conservar.

Y como los niños se divertían de verdad, el ambiente entre los adultos también se suavizó.

La noche anterior, Ruan Ying había recibido una llamada de su representante, quien le reprochó la queja de alguien del equipo. Así que, al día siguiente, bajó la cabeza y fue a disculparse con Chen Xun. Le explicó que en el autobús solo había estado preocupada por su hija, sin mala intención alguna.

La tensión entre ambos se disolvió. Chen Xun recuperó parte de su orgullo, y la conversación volvió a fluir con naturalidad.

En consecuencia, el ambiente, antes tenso y forzado, dio un vuelco completo. Los dos días siguientes transcurrieron ligeros, incluso agradables. Y todos sabían, sin necesidad de decirlo, que la chispa que había transformado aquella atmósfera había sido Qiu Xiaohai. Detrás de él, sosteniéndolo con ternura silenciosa, estaban Bai Lang y Qiu Qian.

Los miembros del equipo lo grabaron en sus corazones.

Más tarde, cuando escuchaban a alguien hablar mal de la relación entre Bai Lang y Qiu Qian, eran los primeros en defenderlos. Habían sido testigos directos de lo que otros solo imaginaban; sus palabras eran firmes, razonadas y veraces.

Así, poco a poco, la voz se propagó: todos en el mundo del espectáculo supieron que Bai Lang y el jefe Qiu compartían un amor auténtico, sereno y legítimo.

Y mientras tanto, los cinco niños seguían jugando, felices bajo la luz suave del atardecer.

No eran los únicos en atraer miradas: muchos no podían evitar volverse hacia la orilla del lago, donde Bai Lang y Qiu Qian caminaban tomados de la mano. El reflejo del agua los envolvía, y su silueta —tranquila, luminosa— parecía la personificación de una dulzura discreta y genuina.

⬧ ⬧ ⬧

Por supuesto, cuando este episodio salió al aire, la aparición de Qiu Xiaohai y Rong Zan en pantalla desató un animado revuelo. Algunos espectadores, de mirada aguda, notaron el parecido entre el niño y las antiguas fotos de Qiu Xiaohai que circulaban por internet. Sin embargo, el equipo de producción negó con firmeza tales especulaciones. «En el mundo siempre hay quienes se parecen», dijeron, «por favor, no inventen rumores que puedan causar malentendidos».

Rong Zan también captó una parte considerable de la atención. Su belleza era tan llamativa que conquistó de inmediato a las madres y abuelas frente al televisor. Pero, al fin y al cabo, eran solo dos niños pequeños; los comentarios, inevitablemente, se diluyeron con el paso del tiempo.

Poco después, toda la controversia en torno a la salida del armario de Bai Lang se disipó al fin.

Aunque, claro está, quienes deseaban seguir pensando en ello, por supuesto que seguirían haciéndolo.

⬧ ⬧ ⬧

Frente al televisor, Kang Jian acompañaba a su novia embarazada, Li Sha, mientras miraban un reportaje sobre la inauguración de un nuevo edificio de Rong Air.

Cuando las figuras de Bai Lang y Qiu Qian aparecieron en pantalla, su estómago dio un vuelco.

Siempre había creído que la homosexualidad era algo que permanecer oculto, fuera del mundo, fuera de sí.

Por eso había elegido a Li Sha: una mujer que podía ayudarlo con su carrera, pulcra, sensata, con la que su camino como actor se volvió más llano y prometedor.

Ahora, con su hijo creciendo en el vientre de ella —esa pequeña vida que sellaría su fortuna—, Kang Jian debería haberse sentido dichoso.

Pero, al ver a Bai Lang en la pantalla, un torbellino lo atravesó sin piedad.

Envidia. Celos. Un resentimiento silencioso. Y, mezclada entre todo ello, una admiración que nunca había desaparecido…

Miró el vientre redondeado de Li Sha, y por primera vez no sintió la expectación de antes. Solo un hueco sordo, un eco del pasado que no dejaba de llamarlo.

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