Traducido por Bee
Editado por Shiro
Tres años después.
—¡A-Jian, te amo!
—¡¡Te apoyamos!! ¡¡A-Jian!!
—¡¡Siempre serás el mejor!! A-Jian!! ¡¡Te amamos!!
—¡Ahhhhhh! ¡¡A-Jian, A-Jian!!
—¡A-Jian, mira hacia aquí! ¡¡Ahhhh… A-Jian…!!
Entre los gritos agudos y ensordecedores, un llamativo auto deportivo dorado se detuvo frente a un majestuoso salón.
La puerta del asiento del conductor se abrió, y un par de largas piernas enfundadas en vaqueros se extendieron hacia el exterior.
Los gritos de los fanáticos se volvieron aún más frenéticos. Cuando el hombre salió del auto, lucía una sonrisa confiada y desenfadada. Saludó a la multitud con la mano sin detener el paso; arrojó las llaves del auto a uno de los empleados que se apresuró a acercarse y, escoltado por guardias de seguridad, entró al edificio de Harmony Entertainment.
♦ ♦ ♦
Al mismo tiempo, un todoterreno negro de lujo se detuvo dentro de un exclusivo complejo residencial.
La puerta se abrió lentamente.
Antes de que el coche pudiera avanzar, fue interceptado por el guardia de seguridad de la entrada. Solo después de comprobar la identificación permitió el acceso. Bastaba con eso para saber que la persona en el interior no era alguien que entrara y saliera a diario.
Sin embargo, una vez dentro del complejo, el vehículo avanzó con naturalidad, como si conociera el lugar a la perfección. Giró a la izquierda, luego a la derecha y, sin la menor vacilación, se internó en un garaje concreto. El sistema de estacionamiento de aquel conjunto residencial era intrincado y extremadamente seguro; por la soltura de sus movimientos, el coche solo podía pertenecer a un residente… o a un visitante habitual.
Cuando finalmente se detuvo, bajaron dos adultos y un niño.
Los adultos parecían ser el conductor y un guardaespaldas. Vestían trajes negros impecables y recorrían el entorno con la mirada alerta, caminando en silencio detrás del niño. El pequeño tendría unos siete u ocho años. Su expresión rebosaba emoción. Llevaba pantalones cortos informales y calzado deportivo; tenía cejas pobladas, ojos grandes y vivaces, y un aire lleno de energía infantil.
Se detuvo frente a una puerta en particular. Ya no necesitaba ponerse de puntillas para alcanzar el timbre. Con voz segura, habló al intercomunicador.
No pasó mucho tiempo antes de que, desde el interior del apartamento —con un aislamiento acústico excelente—, se escucharan pasos apresurados.
Al segundo siguiente, la puerta metálica se abrió con un suave siseo.
Los ojos del niño que había venido de visita se iluminaron al instante. Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro.
—Ah…
No llegó a terminar la palabra. La persona que abrió la puerta se lanzó sobre él y lo abrazó con fuerza.
La sonrisa del visitante se hizo aún más brillante. Frotó la cabeza del niño que tenía en sus brazos, de una edad similar a la suya. Solo tras varios segundos lo soltó.
—Je, je… A-Zan, sabía que sería más alto que tú.
♦ ♦ ♦
Al mismo tiempo, en la misma ciudad.
En una villa determinada, el salón era amplio y luminoso. Alguien acababa de abrir todas las ventanas.
La luz del sol entraba a raudales a través de los ventanales de suelo a techo, reflejándose sobre las tablas de madera sin deslumbrar, con una calidez suave y envolvente. Una brisa ligera agitaba las largas cortinas a ambos lados, enmarcando con elegancia los verdes abedules del exterior y la piscina que centelleaba bajo el sol. El movimiento del viento, el verdor y la claridad componían una escena acogedora, llena de vida.
Sin embargo, aquel salón originalmente despejado se veía ahora algo abarrotado. Sobre el suelo se amontonaban numerosas maletas grandes.
Un hombre alto y esbelto, vestido con una camisa blanca y pantalones color crema, se movía de un lado a otro de la casa. Sacaba cosas de las maletas y las colocaba con cuidado en su sitio correspondiente.
En la habitación había otro hombre, aún más alto. Estaba recostado con indolencia en el sofá, observando al de camisa blanca ir y venir. No parecía aburrido en absoluto. De vez en cuando, lanzaba una mirada distraída al televisor de pantalla plana colgado en la pared, donde se transmitían las noticias.
—Espera a que Er Hong vuelva y te ayude. ¿Para qué tanta prisa? —dijo.
—Tengo que ordenar las cosas yo mismo; si no, luego no sabré dónde encontrarlas.
—Entonces lo hago yo —respondió, incorporándose.
Al oírlo, el hombre de blanco se detuvo de inmediato.
—Está bien, esperemos a que Xiao Hai regrese a casa.
El hombre alto y de hombros anchos —Qiu Qian— sonrió satisfecho y volvió a sentarse: había logrado su objetivo. Extendió la mano y tiró de Bai Lang, el hombre de blanco, para que se sentara a su lado. Se inclinó y lo besó.
—Ahora mismo estoy mucho mejor que tú. Deberías descansar. Yo ni siquiera estoy tan nervioso como tú.
Bai Lang alargó la mano y masajeó la pierna derecha de Qiu Qian. Era un gesto que se había vuelto habitual en los últimos dos años.
—Te recuperaste hace poco. Por seguridad, deberías tomártelo con calma un tiempo más.
—Medio año ya es suficiente —suspiró Qiu Qian y, de repente, sonrió con picardía—. ¿O será que estás descontento porque no me esfuerzo lo suficiente por las noches? Aunque, si mal no recuerdo, no te hice moverte mucho.
Mientras hablaba, Qiu Qian atrapó la mano de Bai Lang, la que descansaba sobre su muslo.
Bai Lang no siguió la broma. Pensó en cómo, cada vez que intimaban, veía las crueles cicatrices que surcaban el cuerpo de Qiu Qian y recordaba el dolor que habían dejado atrás. En esos momentos, un impulso irrefrenable lo llevaba a querer abrazarlo con fuerza. Ahora, comprendía por completo la emoción que había contenido aquel abrazo de Qiu Qian sobre la cama del hospital, la noche en que supo de su enfermedad cardíaca.
Al ver el destello que cruzó por los ojos de Bai Lang, Qiu Qian suspiró. Recurrió al único método que sabía que funcionaba: selló los labios de Bai Lang con los suyos, robándole de un golpe todos los pensamientos.
Bai Lang cerró los ojos y respondió con dulzura. Cuando el otro estrechó sus cuerpos, él se movió apenas, ajustando el ángulo de la presión para no cargar sobre la pierna derecha de su amante. Sin embargo, el gesto fue detectado al instante. Qiu Qian lo inmovilizó con firmeza, obligándolo a apoyarse por completo en su cuerpo; luego, como si lo castigara por haberse distraído, su lengua provocó y atacó la ajena sin darle tregua. No pasó mucho tiempo antes de que Bai Lang se volviera dócil. Para Qiu Qian, «dócil» significaba recostarse obediente entre sus brazos y perderse, aturdido, en el deseo.
Un beso cálido e íntimo se prolongó durante un buen rato. Cuando por fin se separaron para tomar aire, en los ojos de Bai Lang ya no quedaba rastro de abatimiento, solo un leve velo empañado. Qiu Qian quedó satisfecho al ver sus labios ligeramente hinchados; no pudo evitar morderlos un par de veces antes de hablar con una voz paciente y suave:
—No tiene nada que ver contigo. Fue porque yo no fui lo bastante fuerte.
Aquello, por supuesto, aludía al grave accidente de tráfico que Qiu Qian había sufrido tres años atrás, en el País V.
El siniestro lo mantuvo ingresado en la unidad de cuidados intensivos durante muchos meses, entrando y saliendo del umbral de la muerte.
La causa del accidente se esclareció por completo unos meses más tarde: había sido obra de la segunda esposa de su padre, Qiu Enxin.
El motivo era sencillo y cruel. El hijo de esa mujer, Qiu Kuo, no podía compararse con Qiu Qian en ningún aspecto y ya había sido prácticamente excluido de la lista de posibles herederos del negocio familiar.
Su madre, naturalmente, entró en pánico. Sobre todo porque, si Qiu Qian lograba cerrar con éxito el gigantesco proyecto de inversión petrolera en el País V, el rumbo del transporte marítimo y del comercio de crudo de la familia Qiu cambiaría por completo durante las siguientes décadas. Aquel proyecto se convertiría en un pilar fundamental. Llegado ese punto, si el sucesor elegido no era Qiu Qian, Qiu Enxin difícilmente podría dar explicaciones ante los ancianos y mayores de la familia.
La familia Qiu había sido, generación tras generación, un negocio controlado por la sangre. El poder del líder se concentraba con una fuerza casi mafiosa. Uno de los principios más importantes era claro: dos tigres no podían ocupar la misma montaña; una familia no podía tener dos cabezas. Por eso, el proceso para elegir al sucesor, estaba regido por normas estrictas y severas. Pero una vez tomada la decisión, el elegido recibía todo el poder sin reservas ni concesiones.
Fue precisamente este tipo de tradición familiar lo que dio forma al extraño comportamiento de Qiu Enxin. La excusa que siempre había esgrimido para casarse con tantas mujeres y tener tantos hijos era, en esencia, muy simple: quería más opciones. Quería asegurarse de que, entre todos ellos, hubiera al menos uno verdaderamente adecuado, para evitar que ese enorme trozo de carne terminara en manos de los hijos o herederos de sus primos.
Cuando la segunda esposa de Qiu EnXin —quien durante años había tramado y esperado que su propio hijo se convirtiera en el sucesor— vio que el contrato del País V ya estaba firmado y la decisión parecía definitiva, resolvió jugar su última carta. Fue igual que en el pasado, cuando había atacado sin piedad a Qiu Xiaohai. Aprovechó que la familia Qiu aún no estaba establecida en el extranjero y desconocía el terreno. A través de una compleja red de intermediarios, contrató a un sicario para acabar con Qiu Qian.
Sin embargo, Qiu Qian no murió en aquel accidente de coche. Tal vez no era su destino.
Aun así, las secuelas de aquel impacto fueron gravísimas y lo dejaron postrado meses en la UCI. No había lugar para bromas.
Por ello, Bai Lang abandonó por completo su carrera como actor. Desde la noche en que se marchó con Qiu Xiaohai para volar al País V, no se separó de Qiu Qian ni un solo paso, dedicándose a cuidarlo día y noche. Aunque Calle Caótica ya había entrado en su etapa de promoción, él no tuvo más remedio que retirarse. Con Qiu Qian entrando de urgencia al quirófano cada pocos días, el corazón de Bai Lang vivía sumido en un caos constante. A esto se sumaba el pequeño Xiaohai, que lloraba a diario hasta tener los ojos hinchados y necesitaba consuelo; Bai Lang simplemente no tenía fuerzas para pensar en nada más.
Aquellos días difíciles y asfixiantes se prolongaron durante meses. Finalmente, las lesiones de Qiu Qian se estabilizaron y pudieron, por fin, respirar un poco más tranquilos. Sin embargo, lo que siguió fue la noticia de que Qiu Qian quizá estaría atado a una silla de ruedas de por vida.
Cuando les comunicaron esto, quien más sufrió no fue Qiu Qian, sino Bai Lang. En su vida anterior, Qiu Qian había gozado de buena salud durante al menos otros diez años, sin accidentes ni desgracias. Y en esta vida, sin embargo, había sufrido algo así en el País V.
Una tarde en particular, al ver a Qiu Qian caer de nuevo durante la rehabilitación y aferrarse con rabia a su bastón, Bai Lang sintió de pronto que no debía acercarse.
Porque, sin él, no habría habido necesidad de vengarse de Su Quan. Y sin Su Quan, Hong Yu no los habría ayudado. Y entonces, Qiu Qian no habría tenido la oportunidad de ir al País V. Y sin la inversión en el País V, que adelantó el futuro de Qiu Qian y despertó la codicia y los celos de tantos….
Toda esa cadena de causas y efectos parecía haber nacido del efecto mariposa provocado por su renacimiento. Además, sentía que debería haber sabido que las intrigas de Qiu Kuo no se detendrían tan fácilmente y que tendría haber advertido a Qiu Qian con myor insistencia. Esa culpa, sumada a la impotencia de no poder hacer más que observar cómo Qiu Qian luchaba con valentía durante la rehabilitación, se fue acumulando en el corazón de Bai Lang, ejerciendo sobre él una presión mental insoportable.
Así, sus noches en vela se volvieron cada vez más frecuentes, y las profundas ojeras bajo sus ojos ya no lograban desaparecer.
Durmiendo en la cama auxiliar dentro de la habitación del hospital, Bai Lang con el Qiu Qian de su vida anterior, aquel cuyas pisadas eran ligeras y veloces, como si volara.
Aquella noche volvió a soñar con la escena previa a su muerte: el momento en que fue a buscar a Qiu Qian para reprocharle todo, y Qiu Qian le respondió con una sonrisa burlona. En el sueño, de pronto, quiso llorar. Bai Lang no sabía si era por la desesperación que había sentido antes de morir o por la culpa indecible que ahora cargaba hacia el Qiu Qian de esta vida.
Entonces, unas manos lo sacudieron con fuerza y lo despertaron.
Vio a Qiu Qian medio incorporado sobre él. Lo zarandeaba con brusquedad mientras decía con voz áspera:
—Despierta. ¿Por qué estás llorando?
Recién despertado, no podía distinguir al Qiu Qian del sueño de aquel que tenía frente a él. Tenía el rostro empapado de lágrimas y quiso lanzarse a sus brazos, cuando se movió, pero al moverse notó de inmediato la postura anormal de su acompañante. Entonces recordó que él estaba herido y que la mitad inferior de su cuerpo apenas tenía fuerzas.
En la penumbra, Bai Lang miró alrededor y vio el bastón de Qiu Qian abandonado sobre la cama de hospital, a unos diez pasos de distancia. Desde que se había lesionado, para facilitar su recuperación, ambos dormían en camas individuales separadas.
Pero ahora, él estaba a su lado.
¿Soltó el bastón y se arrastró hasta aquí solo para alcanzarme?
La sola conjetura hizo que Bai Lang contuviera el aliento por un instante.
Qiu Qian, en cambio, respiraba con dificultad, igual que cada vez que terminaba una sesión de rehabilitación.
—¿Tuviste una pesadilla? Parece que últimamente no duermes bien.
—Tú… —Las lágrimas volvieron a escapar de los ojos de Bai Lang. No sabía qué decir.
—Muévete un poco, durmamos juntos. —Frunció el ceño Qiu Qian mientras lo empujaba suavemente. Con gran esfuerzo, levantó una pierna y la subió a la cama—. Si aplastas esta pierna, aplástala. De todos modos no se mueve; no hace falta tratarla como si fuera algo preciado.
De repente, Bai Lang sintió un impulso irrefrenable de confesarle todo.
A este Qiu Qian, que se había arrastrado hasta allí solo porque le preocupaba que él tuviera una pesadilla.
Aquella noche, Bai Lang le contó absolutamente todo sobre su vida pasada.
