Emperatriz Abandonada – Capítulo 10: El joven y la señorita (1)

Traducido por Lugiia

Editado por YukiroSaori


Las palabras que él había dicho cuando se fue, las repetí una y otra vez en mi mente. Mi cabeza daba vueltas entre su yo del pasado, su yo del presente, y yo.

♦ ♦ ♦

El sonido del choque entre dos metales resonó en mis oídos. Mi brazo tembló ante la evidente diferencia de fuerza y me entró un sudor frío al ver el brillo de la hoja que se acercaba.

No debería dejar que esto continúe, ya que me encontraba en desventaja en cuanto a fuerza.

Me relajé un poco y di un paso atrás. En ese momento, como si hubiera estado esperando que lo hiciera, mi oponente bajó su espada. Intenté apartarme tan pronto como vi su intención, pero su espada fue más rápida. En menos de un segundo, la hoja silbante se detuvo súbitamente justo encima de mi frente.

—P-Perdí.

Quizás debido a mi sorpresa, mi voz tembló un poco. Oí a los caballeros, quienes habían estado observando mi encuentro, apresurarse a mi lado. Apartaron a mi oponente y, con expresiones de extrema preocupación en sus rostros, me preguntaron:

—Señorita, ¿se encuentra bien?

—Sí, estoy bien.

—No se ha hecho daño en ningún sitio, ¿verdad?

—No estoy herida, solo estaba un poco sorprendida.

—¿Sorprendida? Oye, ¿qué estás haciendo? ¡Tráele agua fría! —exclamó el señor Lieg.

Siguiendo sus órdenes, el joven caballero, quien había estado entrenando conmigo antes, salió corriendo rápidamente. Sonreí un poco incómoda ante sus acciones. Siendo honesta, no estaba tan sorprendida, estaba más desconcertada por toda la conmoción que ocurría a mi alrededor.

—Señorita, tome un poco de agua.

—Gracias, señor Eckse.

El caballero, quien había regresado en algún momento, me entregó una botella de agua. Tomé el frío objeto y bebí un sorbo. Sonreí a mi pesar, sintiendo el afecto de todos los caballeros mientras me miraban con preocupación.

—Señorita, es una joven muy hermosa. Debería sonreír más a menudo. Solía ser adorable ante nuestros ojos, pero el tiempo ha pasado muy rápido —dijo el señor Lieg, observándome con orgullo.

—Aunque sea un cumplido vacío, gracias, señor Lieg.

—No, hablo en serio. Me preocupa lo que hará Su Excelencia si se casa ahora…

—¿Qué has dicho?

De repente, oí una voz fría a mi espalda. Aunque había estado sonriendo por los repetidos cumplidos, al girarme hacia el lugar de donde provenía el sonido, sonreí aún más.

—Llegaste sano y salvo a casa, papá.

—Por supuesto, Tia. ¿Has tenido un buen día?

—Sí.

—Parece que hoy decidiste entrenar tu habilidad con la espada.

—Sí, debería ser capaz de empezar a entrenar regularmente de nuevo. Debes estar cansado, vamos a entrar.

Tras despedirme de los caballeros, quienes parecían bastante reacios a verme partir, me dirigí a la mansión con mi padre. Por lo general, él habría estado en casa, pero había ido a palacio por la mañana a recibir al príncipe heredero, quien había regresado de su viaje.

En efecto, hoy era el día de su regreso a la capital.

—Regresaste temprano.

—Si no me hubiera encontrado con Arkint a mitad de camino, podría haber vuelto incluso antes. Hmm, ¿Tia?

—¿Sí?

—Hablando de Arkint, me preguntó cuánto habías aprendido con respecto al trabajo. Dijo que deberías empezar a estudiar bajo su tutela, y que si te parece bien, puedes ir pasado mañana.

El tiempo de verdad había pasado muy rápido. Había decidido entrar en el Primer Escuadrón de Caballeros como escudera del duque Rass en primavera. Se sentía como si hubiera sido ayer, pero el año ya estaba llegando a su fin. Como nos encontrábamos en el tercer día de diciembre, el mes que viene ya sería Año Nuevo.

—Lo haré.

—De acuerdo. Oh, el príncipe heredero ha enviado un mensaje para ti.

—¿El príncipe heredero?

—Así es, me pidió que te recordara que le gustaría verte pasado mañana por la tarde en su palacio.

—Ah…

Recordé la llamativa carta azul con resplandor dorado rociado sobre su superficie, así como lo que había sido escrito en su interior.

Mi buen estado de ánimo se desvaneció ante la idea de tener que volver a encontrarme con él, pero me tragué un suspiro y asentí a mi padre mientras me miraba con preocupación. No podía ir en contra de la orden del príncipe; no tenía más remedio que reunirme con él pasado mañana.

♦ ♦ ♦

Después de un par de días, le dije a mi padre que volvería y me dirigí a palacio. Como mi padre y el duque Rass trabajaban en días alternados, no se encontraban en el palacio a menos que hubieran concertado una reunión por separado. Eso también significaba que rara vez me encontraría con mi padre en el trabajo.

¿Significa eso que no lo veré más que por las noches?

Suspiré ante la pena que sentía. Aunque no podía quedarme bajo el ala de mi padre para siempre, aún me sentía un poco decepcionada.

Al entrar en el palacio del príncipe heredero, un sirviente que trabajaba para el palacio central se acercó a mí.

—¿Es usted la señorita Aristia?

—Sí. ¿Qué ocurre?

—El emperador desea verla.

—Entiendo. Por favor, llévame hasta él.

Tras pedirle a un empleado cercano que transmitiera al príncipe heredero que llegaría tarde porque habían solicitado mi presencia, seguí al otro sirviente hasta el palacio central.

En la sala del trono, había una persona más aparte del emperador. Al entrar en el lugar, el duque Rass y el emperador, quienes estaban tomando el té, se giraron en mi dirección. Me incliné lentamente hacia el dueño del Imperio, quien sonreía con benevolencia.

—Yo, Aristia La Monique, saludo a Su Majestad, el Único Sol del Imperio.

—Adelante. Acabo de enterarme de las noticias a través del duque Rass. ¿Se hará cargo del trabajo de escudera?

—Sí, Su Majestad —respondí.

—Ya veo. Parece que está decidida a suceder a la familia Monique —dijo el emperador con un tono amargo—. Dada la personalidad del marqués, nunca se volverá a casar, así que no está del todo mal. Sin embargo…

—Eso parece, Su Majestad —interrumpió el duque Rass.

—¿También tiene su corazón puesto en la señorita Aristia como su nuera, duque? Ahora que lo pienso, he oído que su hijo es muy cercano a ella. ¿No pasaron medio año juntos en la finca Monique?

—¿No es algo que usted también aprobó, Su Majestad? Bueno, para ser absolutamente honesto, no puedo decir que no tenga tales deseos. No obstante, ¿lo permitiría Keirean alguna vez?

—Eso es cierto. Si no hubiera sido prometida a Ruve, apostaría todo lo que tengo a que viviría con su hija para siempre —comentó el emperador y se echó a reír, haciendo que el duque Rass acompañara su risa—. Sin embargo, señorita Aristia, ¿por qué lleva puesto un vestido formal y no su uniforme? ¿No ha venido a aprender sus deberes?

—Todavía no he tenido tiempo suficiente para tener el uniforme terminado. Además, el príncipe heredero quería verme…

—Oh, ¿Ruve quería verle?

—Sí, Su Majestad.

—¿Cuándo hizo tal petición? No creo haberme enterado —preguntó el emperador, mirándome lleno de interés.

—Hace un tiempo me envió una carta mientras regresaba de su viaje.

—Oh, ya veo.

Una sonrisa llena de orgullo se dibujó en el rostro del emperador, haciendo que me tragara un suspiro. Como el emperador organizó una vez a propósito una reunión para que el príncipe heredero y yo pasáramos tiempo juntos, debía estar contento de que él hubiera tomado la iniciativa de verme. Siguiendo mi línea de pensamientos, el emperador dijo con una expresión de satisfacción:

—En ese caso, debería dejarle ir. Quería preguntarle si tenía pensado reconsiderar el puesto de escudera, pero como eso es lo que apoyan firmemente el duque y el marqués, además de usted, lo dejaré pasar. Apresúrese ahora.

—Le estoy muy agradecida, Su Majestad. Entonces, me retiraré.

—Le dejaré ir por hoy, pero si cambia de opinión, venga a buscarme cuando quiera. —Al ver mi expresión, el emperador añadió—: Adelante, puede retirarse. Páselo bien.

Tras despedirme de ambos, salí de la sala de recepción y me dirigí al palacio del príncipe heredero. Después de caminar un poco, llegué a la entrada y un sirviente del palacio me saludó de forma respetuosa. Parecía haberme estado esperando.

—Bienvenida, señorita Aristia. La guiaré.

Recorrí el pasillo bajo su guía y miré fascinada el interior, un lugar donde rara vez había entrado en el pasado.

Siempre me había ignorado mientras era el príncipe heredero. Incluso después de haber entrado en el palacio como concubina real, podía contar el número de veces que había pisado el palacio.

Sin embargo, ahora, tras retroceder en el tiempo, estaba recorriendo este pasillo por invitación del mismo príncipe. En el pasado, si tal cosa hubiera ocurrido, me habría sentido infinitamente feliz. No obstante, ahora mismo, no me sentía de esa manera; solo estaba ansiosa por saber por qué me había enviado una carta.

Llegué al despacho después de seguir la guía de la servidumbre. Ocupando una pared, se encontraba una estantería llena hasta los topes de todo tipo de libros y documentos, como ocurría en cualquier oficina.

Me incliné ante el joven de cabello azul que estaba sentado frente a una gran mesa, trabajando duro mientras escribía algo.

—Yo, Aristia La Monique, saludo a Su Alteza, el Futuro Sol del Imperio.

—Aquí está, tome asiento. —El joven apartó la mirada del documento y dejó la pluma mientras añadía—: ¿Dijo que mi padre le llamó en su camino a mi oficina?

—Sí, Su Alteza —respondí, sentándome en el sofá.

—Ya veo, ¿qué dijo?

—Me preguntó si había pensado en reconsiderar el puesto de escudera del Primer Escuadrón de Caballeros.

—¿Escudera? —inquirió, con un rostro rígido y lleno de dudas.

Por un momento, un pesado silencio cayó sobre nosotros. Sintiéndome incómoda, jugueteé con el dobladillo de mi falda hasta que escuché una voz fría romper el silencio.

—Vamos a dar un paseo.

—¿Perdón? —pregunté, perpleja.

Él, quien odiaba el invierno, me pedía que diera un paseo con este clima. Dudé, suponiendo que había escuchado mal, pero él ya se había levantado.

—¿No viene?

—Ah, sí. Lo siento, Su Alteza —respondí, enderezándome a toda prisa.

Pensé que me reprendería de inmediato con frialdad, pero, en cambio, se limitó a darse la vuelta sin decir mucho.

El camino que recorríamos se había cubierto por completo de un manto blanco gracias a la nieve que había caído antes, envolviéndolo en una paz invernal.

Las ramas de los árboles se habían vuelto delgadas, de ellas florecieron flores blancas como la delicada nieve. El paisaje era tan silencioso como un cuadro sin una sola brisa.

Escuché el sonido que hacían las rocas congeladas mientras miraba al joven que estaba a dos pasos delante de mí. Su cabello azul era el único estallido de color en el paisaje blanco. Aunque el color era vivo como ningún otro, también parecía muy frío. Tal vez por eso, en lugar de la sensación de calidez que tenía al mirar los jardines cubiertos de nieve, sentí que una energía fría me invadía, se cernía y me rodeaba como si fuera a romperse en cualquier momento.

Incluso cuando pasamos por una puerta arqueada con glicinas y seguimos caminando, él no habló. Ante su prolongado silencio, mi corazón comenzó a palpitar con inquietud. ¿Qué demonios pensaba decir?

—¿Señorita Aristia? —Había perdido la noción del tiempo. Ante la voz que rompió el continuo silencio, me sobresalté y me detuve en seco. Él se detuvo y se giró para mirarme fijamente con sus ojos azules y añadió—: ¿Sucede algo?

—N-No es nada. Lo siento, Su Alteza.

Mi voz temblorosa se había escapado entre mis labios congelados. Mi corazón, que estaba apretado por un nerviosismo sofocante, latía a toda prisa. Mientras escondía las puntas de mis dedos fríos en mis faldas, él me miró en silencio antes de hablar.

—Le pregunté si se sentía bien.

—Ah… Sí, Su Alteza. Estoy bien —respondí después de dudar por un momento.

¿Por qué me preguntaba si estaba bien? ¿No era él alguien que no se preocupaba por mí en absoluto? No podía ser que ahora viniera a preocuparse por mí, así que ¿qué motivo tenía para preguntar?

Mientras reflexionaba sobre estas preguntas, recordé de repente nuestro último encuentro. Solo entonces me di cuenta de por qué me había preguntado eso. Era la primera vez que lo veía después de que nos separáramos en la finca. Ese fue el día en que me di cuenta de que volvía a desconfiar de él, a pesar de mi decisión de no repetir el pasado. El día en que perdí la cabeza ante los grilletes del pasado que me habían atado.

¿Pidió verme por eso? ¿Para preguntarme por qué le tenía tanto miedo y por qué le había rechazado? Si era así, ¿cómo debía responderle? Dado que ya me había visto cuando había perdido la cabeza, no podía evitar fácilmente responderle.

Le miré, llena de nerviosismo, pero se limitó a asentir sin decir mucho. Luego, se dio la vuelta de nuevo y continuó caminando. Respiré aliviada y caminé con paso firme para seguirle.

Una repentina ráfaga de viento frío pasó entre los copos de nieve que habían florecido en las finas ramas, provocando la caída de nieve blanca. Levantó la vista para mirar fijamente la nieve que caía y preguntó:

—¿Todavía tiene sueños?

—¿Disculpe, Su Alteza?

—Quiero decir pesadillas.

—¿Qué quiere decir…? —pregunté, dudosa.

Había algo que me vino a la mente cuando mencionó las pesadillas, pero no había manera de que preguntara sobre eso.

—Olvídelo. Terminemos nuestro paseo.

Estaba a punto de decir algo, pero se tragó sus palabras y comenzó a caminar de nuevo. Traté de calmar mi corazón tembloroso mientras lo seguía. Aun así, pensé con mucho cuidado en nuestra conversación.

Sueños y pesadillas. ¿Por qué me preguntó sobre eso?

Había algo extraño en sus palabras. Incliné la cabeza y le miré mientras caminaba un paso por delante de mí. ¿Escuchó algo extraño de alguien, tal vez? ¿Algo sobre cómo la señorita Aristia tenía pesadillas? Pero eso era imposible. Solo se lo había contado a mi padre y a Allendis.

Mientras caminaba, perdida en mis pensamientos, noté de repente que el camino por el que caminábamos me resultaba familiar y miré a mi alrededor. El estrecho camino estaba rodeado de gigantescos árboles, con hojas quemadas entre nieve derretida.

Estos son los jardines del palacio Ver. ¿Cómo conocía él este lugar? Es un palacete situado en un rincón del palacio interior, por lo que la gente rara vez viene aquí.

Sin darme cuenta, mi mirada se dirigió al centro de los jardines, al lugar con el árbol de flores que apenas había salvado en el incendio la última vez.

Me pregunto qué habrá pasado con los brotes de la flor plateada. Solo florece en invierno, así que ¿habrá logrado florecer?

No obstante, cuando me acerqué, me di cuenta de que el árbol seguía en mal estado. Aunque no era tan grave como antes de volver al pasado, ya que era invierno y aún no se habían hecho los trabajos de jardinería, el árbol estaba solo en el centro de los jardines. Al verlo, me dolió el corazón.

Me acerqué y toqué una rama. También él, sin palabras, miró al árbol.

Al cabo de un rato, fijó sus ojos en los capullos de las flores que aún no habían florecido y murmuró, como si hablara consigo mismo:

—Qué raro. Las flores florecen por estas fechas.

—¿También conoce estas flores, Su Alteza?

Me sorprendieron sus inesperadas palabras y le interrogué, olvidándome de mis nervios.

—Las vi una vez cuando era joven —respondió sin apartar la vista de los capullos plateados.

—Ah…

—Ese árbol florece de forma irregular. Por lo general, los capullos se forman en invierno y florecen justo antes de que llegue la primavera, con elegantes y hermosas flores plateadas.

—Ya veo. Me pregunto qué aspecto tendrán.

Elegantes y hermosas flores plateadas… Me sorprendió que la imagen de esas flores me viniera de repente a la mente. Abrí los ojos hacia él.

¿Acaba de explicármelas? Ni siquiera le pregunté qué tipo de flores eran hasta entonces.

Se me puso la piel de gallina. ¿Por qué se comportaba así? Nunca solía responder bien a mis preguntas, pero ahora estaba siendo amable, nada más y nada menos que conmigo.

No pareció darse cuenta de que mi mirada estaba llena de dudas cuando abrió la boca de nuevo. Al parecer, había estado sumido en sus pensamientos con las cejas fruncidas.

—Hmm, ¿conoce la flor Della? —Me quedé sin palabras ante su repetida amabilidad, tan distinta a su yo habitual. Sin embargo, él pareció interpretarlo de otra manera y me explicó con más detalle—: ¿Conoce las flores blancas que florecen en el lugar donde la Madre Tierra lloró mirando al cielo, pensando en su amante perdido? La gente dice que su amor se hará realidad si comparten las flores de una rama.

—Sí, Su Alteza. ¿Se refiere a las flores blancas que florecen en verano?

—Sí. Se parecen un poco a esas.

—Ya veo.

Aunque respondí a medias, las recordé gracias a sus palabras. Las flores Della eran de color blanco puro, como la nieve, y la gente alababa su belleza, pues sus cinco pétalos parecían extenderse tímidamente como una mujer que acaba de empezar a amar.

Entonces, ¿estas flores son similares?

Sonreí de repente. Me moría de ganas de que florecieran las flores plateadas.

—¿Se ha saciado algo de su curiosidad?

—Sí, Su Alteza. Deben ser realmente hermosas.

Miré los brotes plateados aquí y allá mientras respondía. Tras un momento de silencio, él añadió:

—Ahora parece una persona.

—¿Perdón?

De repente, sonrió después de mirarme en silencio. Era la primera vez que lo veía sonreír de esa manera, sin que fuera una sonrisa llena de satisfacción. Mi corazón palpitó momentáneamente mientras lo miraba sin comprender.

Levantó las comisuras de los labios una vez más y dijo:

—Volvamos.

—Sí, Su Alteza.

Con una extraña sensación en mi corazón, caminé junto a él.


YukiroSaori
Holis lectores, es un placer saludarlos. Felicidades por lograr llegar a este capítulo. Lo sé, fue difícil. Y no se pondrá mejor... ok, no. jo, jo, jo. Solo bromeo... ¡Espero disfrutes de este segundo volumen!

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