Traducido por Lugiia
Editado por YukiroSaori
♦ ♦ ♦
A la mañana siguiente, durante el entrenamiento, mi padre no tenía un aspecto muy diferente al habitual. Sin embargo, como yo me dirigía al palacio para terminar lo que no pude el día anterior, se limitó a decirme que volviera con cuidado, ya que él no iría hoy, a pesar de ser su día de trabajo.
Probablemente, sea porque hoy es el aniversario de la muerte de mi madre.
Aunque mi padre había sonreído débilmente y me había felicitado al verme con el uniforme puesto, su sonrisa parecía de algún modo amarga. Me preocupaba que si le decía que sabía que era el aniversario de la muerte de mi madre, me preguntara cómo lo sabía. Después de pensarlo un momento decidí dejarlo pasar.
En cuanto llegué al palacio, me encontré con el duque Rass, quien ya estaba trabajando. Tras saludarle e informarle de que me ocuparía del trabajo a partir de hoy, abrí los documentos, pero no pude asimilarlos. No dejaba de pensar en el aspecto de mi padre la noche anterior y me costaba concentrarme. No era así como quería empezar mi primer día real de trabajo.
El duque Rass me miró fijamente mientras permanecía en la misma página durante una hora y me dijo que tomara un poco de aire en lugar de regañarme. Quizá sabía qué día era hoy. Con lo cercano que era a mi padre, era muy probable.
Al salir del edificio del Primer Escuadrón de Caballeros, me dirigí hacia donde mis pies me llevaban. Aunque había pensado que mi padre no vería con buenos ojos que me convirtiera en caballero debido al peso y al precio que tenía que pagar, aun así había apoyado mi decisión. No sabía que había albergado tales pensamientos. Me dolió que dijera que quería que viviera libremente.
¿Era por eso que me había enviado a palacio también en el pasado, a pesar de ser su única hija? ¿Para no verme atada por el nombre de la familia Monique?
Suspiré profundamente. Había salido para despejar la cabeza, pero mis pensamientos no hacían más que complicarse. Ya que parecía que no iba a encontrar una respuesta por mucho que le diera vueltas, volví a suspirar y me di la vuelta.
En ese momento, vi a alguien que caminaba hacia mí desde la dirección opuesta; cabello azul ondeando ligeramente con la brisa, y un traje blanco como la nieve.
Era él.
—Yo, Aristia La Monique, saludo a Su Alteza, el Futuro Sol del Imperio.
—¿Qué hace aquí, señorita?
—Salí a tomar aire fresco.
—Ya veo —dijo, asintiendo en silencio—. ¿Quiere caminar un rato conmigo?
—Sí, Su Alteza.
Me quedé unos pasos atrás y caminé lentamente tras él mientras hablaba:
—Viendo su atuendo, parece que ha entrado en el escuadrón de caballeros.
—Sí…
Miré mi propio uniforme con sorpresa. El fondo negro de mi uniforme indicaba mi actual escuadrón, el Primer Escuadrón de Caballeros, mientras que la insignia plateada de la parte delantera representaba el segundo escuadrón al que volvería en el futuro.
Este era el uniforme que solo la heredera de la familia Monique, la futura comandante del Segundo Escuadrón de Caballeros, podía llevar en todo el Imperio. Podía llevarlo como única descendiente de mi familia, a pesar de no haber conseguido aún los derechos adecuados.
Siguió caminando como si no esperara una respuesta. Mientras acompañaba sin palabras sus pasos, vi a una doncella que sostenía un ramo de flores blancas.
Eran nada menos que camelias blancas.
¿No son esas las flores que vi ayer? Las flores que más le gustaban a mi madre.
Mientras me fascinaba la sorprendente coincidencia, la doncella que se acercaba hizo una profunda reverencia y saludó mientras decía:
—Su Alteza, he traído las flores que me pidió. ¿Debo decorar su habitación con ellas como hacemos cada año?
—Sí.
La doncella se inclinó y desapareció con las flores. Todavía pensando en las flores blancas, abrí la boca involuntariamente:
—¿A usted también le gustan esas flores, Su Alteza?
—Hmm.
—Qué coincidencia. He oído que a mi madre también le gustaban esas flores.
—Así es.
Sorprendida por la inesperada respuesta, le miré. ¿Cómo lo sabía? El aniversario de la muerte de mi madre, las camelias blancas en un lugar inesperado, y él. ¿Qué relación tenían los tres?
—¿Conocía a mi madre? ¿Cómo es que Su Alteza…?
—En ese caso, ¿cómo lo sabe? Sé que usted no conocía el aniversario de su muerte.
—Me enteré por casualidad, no hace mucho.
—Ya veo —dijo, suspirando profundamente.
Apartó los ojos de mí y se quedó mirando a la nada. Tenía una expresión extraña; una que nunca había visto antes. Él, quien siempre había sido inexpresivo o frío, parecía bastante vulnerable por primera vez. Parecía que echaba de menos a alguien.
—Ahora que lo pienso…
Oí una pequeña voz, casi como un susurro. Siempre ha sido muy frío, pero extrañamente, hoy no me pareció fría su voz.
—¿Sí, Su Alteza?
—Usted se parece mucho a su madre.
Me quedé sin palabras; no sabía qué responder. No me había quedado ningún recuerdo de mi madre, y había poca gente que me hablara de ella.
Una débil brisa nos rozó. De alguna manera, la misma parecía llevar el aroma de las camelias.
♦ ♦ ♦
Solo volví a casa cuando se hizo tarde, pero mi padre no se encontraba. Parecía que se había ido al lugar donde se hallaba la tumba de mi madre.
Subí al segundo piso y me quedé en el pasillo. Repasando mis recuerdos, encontré la habitación de ayer, pero estaba cerrada con llave y no pude entrar.
Suspiré mientras pensaba que quería mirar el retrato de mi madre una vez más.
Apenas la recordaba. ¿Qué clase de persona era? ¿Realmente me parecía tanto a ella? ¿Qué parte de mí se parecía a ella? ¿Mi aspecto? ¿O mi personalidad?
Suspiré una vez más ante mi creciente curiosidad y salí al exterior. Respirando el aire frío de la noche, mis complicadas emociones se aliviaron un poco.
—¿Quién está ahí?
Di un salto y me detuve al oír la voz que sonó en la oscuridad. Vi a un hombre que se acercaba a mí de forma cautelosa desde el final del camino.
—Soy yo, señor Lieg.
—¿Señorita Aristia? ¿Qué está haciendo aquí a estas horas?
—No he podido dormir. Debe estar de guardia nocturna hoy.
—Sí, así es —respondió el señor Lieg después de acercarse a mí con pasos pesados—. Yo le vigilaré. No debería estar sola a estas horas.
—Ah, gracias. Siento haberle molestado.
—No pasa nada. Es un honor acompañarla, señorita.
Aunque no se me haría ningún daño en mis propios jardines, asentí dócilmente al señor Lieg, quien parecía de verdad preocupado.
Pensé que toda esta situación era para bien. Tal vez él podría ayudarme a resolver las preguntas que daban vueltas en mi cabeza si conocía a mi madre.
—Señor Lieg.
—¿Sí, señorita?
—Bueno…
—Por favor, adelante.
—Um, ¿conoció a mi madre?
—¿Se refiere a la difunta esposa del marqués? Por supuesto.
Al responder positivamente, a diferencia de mi vacilación todo este tiempo, las preguntas no tardaron en brotar de mí. Eran preguntas que me atormentaban desde ayer, pues no soportaba preguntarle a mi padre.
—¿Cree que también me parezco a mi madre?
—Es imposible que el marqués haya dicho eso, así que ¿quién se lo ha dicho?
—El príncipe heredero.
—Ah, ya veo. —El señor Lieg suspiró después dudar un momento y continuó—: El príncipe heredero debe haber estado recordándola hoy también.
—¿Qué?
—El príncipe estuvo junto al lecho de muerte de su madre.
—¿Su Alteza estuvo?
—Eso es correcto; también estuve allí ese día.
Sin darme cuenta, me quedé inmóvil y con la mente en blanco. Me había imaginado que el príncipe heredero sabía algo de mi madre después de escuchar sus palabras de hoy, pero no podía imaginar que había estado en su lecho de muerte. Incluso en el pasado, y después de haber retrocedido en el tiempo, nunca había oído hablar de algo así.
—Probablemente, usted no sea capaz de recordar nada de aquella época. Después de enterarse de que estaba en su lecho de muerte, lloró durante mucho tiempo y casi tuvo convulsiones. Si Su Excelencia no hubiera llegado y le hubiera calmado, las cosas podrían haber empeorado… —Se detuvo un momento, recordando los hechos—. Después de ese día, su padre prohibió que hablaran de su esposa delante de usted. Por eso, me pregunté quién le habría dicho eso.
Entonces, eso era todo. Mis preguntas fueron finalmente respondidas. Esta era la razón por la que no podía recordar los últimos momentos de mi madre y por la que mi padre ni siquiera me hablaba del aniversario de su muerte.
Incluso descubrí por qué el príncipe heredero sabía del aniversario de muerte de mi madre.
—Se parece mucho a ella.
—¿Qué?
—Preguntó si se parecía a la difunta esposa del marqués. Quitando el color de su cabello, es exactamente igual que ella.
—¿De verdad?
Mientras preguntaba eso con voz entrecortada, el señor Lieg no tardó en detenerse y dirigirse a mí.
—Aunque sea primavera, las noches siguen siendo frías. ¿Por qué no entra ahora, señorita?
—Ah, claro.
Con emociones complicadas, regresé a la mansión a su lado. Él había insistido en acompañarme, aunque le dije que estaba cerca.