Emperatriz Abandonada – Capítulo 7: La ceremonia de mayoría de edad del príncipe heredero (3)

Traducido por Lugiia

Editado por Yusuke


—¿Dónde está el broche de zafiro?

—Esto no, tráeme algo en un tono más brillante. Sí, eso.

—Señorita, ¿puede levantar un poco la cabeza?

Seguí su petición y aparté mi mirada del desordenado entorno. Ya que tenía que ir al banquete como la prometida del príncipe heredero, todas las doncellas de la mansión estaban trabajando juntas para que me viera lo mejor posible. Sin embargo, no podía importarme menos.

Hasta ayer, me había asustado el día de hoy, pero ahora no me afectaba en absoluto. Mi corazón estaba vacío.

Si las cosas salían mal, ¿a quién le importaba? Todavía no tenía noticias de mi padre y mi fe en Allendis había sido traicionada. No había nadie que se preocupara por mí ahora.

No dije ni una palabra de queja mientras me ataban el corsé y me colocaban una alforja para dar más volumen a mis faldas. Una alforja era una falda interior que se sujetaba a la cintura para que las faldas parecieran más voluminosas. La mayoría, estaban hechas de hueso de ballena, alambre o madera, con forma de marco y atadas con un cordón a la cintura. Hasta hace diez años, esponjar las faldas había sido un estilo de moda, pero ahora se consideraba un derroche y algo ridículo, por lo que se utilizaban las de aspecto natural y también eran populares los vestidos que caían al exterior sin necesidad de usar una alforja. Las sirvientas habían estado cuchicheando sobre mi falta de reacciones, pero yo no había oído nada.

Me limité a seguir las manos que tiraban de mí de un lado a otro en un trance durante todo el trayecto hasta la última revisión y mi paso al carruaje.

—¿Está bien, señorita? No tiene buen aspecto.

No pude oír la voz preocupada del señor Seymour, ni los susurros mientras bajaba del carruaje siendo escoltada por la guardia real. Entonces, así es como se sentía el vacío. Nada me importaba ahora.

—Aristia La Monique saluda al futuro Sol del Imperio, el príncipe heredero.

—Tú… No importa, vamos.

Aunque le había saludado con la etiqueta requerida, mi propia voz se sentía desconocida.

Era una voz ligeramente automática que se sentía irreal y suave como si fuera a desvanecerse en cualquier momento. El chico, quien había recibido mi saludo sin expresión, frunció las cejas mientras me miraba.

Estaba a punto de decir algo, pero negó con la cabeza y extendió la mano en su lugar. Puse ligeramente mi mano sobre la suya fría y salí de la sala de espera.

De pie frente a la entrada del salón de banquetes, comprobé mi vestimenta. Llevaba un vestido hecho a juego con el suyo, como una pareja comprometida. Él llevaba un traje blanco sutilmente brillante, y yo un vestido azul decorado con un lazo blanco.

Mientras arreglaba el lazo torcido y enderezaba mi espalda, él hizo un ligero gesto. El sirviente se aclaró la garganta y gritó con fuerza:

—El Futuro Sol del Imperio, Ruvellis Kamaludin Shana Castina, y la Futura Luna del Imperio, la señorita Aristia La Monique, van a entrar.

En ese momento, las puertas se abrieron lentamente. Puse una sonrisa en mi rostro con la espalda recta y, mientras caminaba con cuidado, vi a los nobles inclinarse según la etiqueta ante el gobernante del Imperio. Siguiendo la alfombra roja, me detuve frente al estrado e incliné la cabeza ante el emperador, quien estaba sentado en el asiento de honor.

—Su Majestad.

—Su Majestad, el Único Sol del Imperio.

—Bienvenido, príncipe heredero. Usted también, señorita Aristia. Todos, pueden levantar la cabeza.

Después de haberle saludado, el emperador ordenó a los demás nobles, quienes seguían inclinados, que se pusieran en pie.

En medio de todas las miradas de la multitud, el emperador puso una expresión digna y habló:

—Hoy es el día en que el príncipe heredero alcanza la mayoría de edad. No puede haber nada más alegre.

—Felicidades, Su Majestad. Felicidades, Su Alteza.

Todos se inclinaron al unísono hacia el estrado. Solté su mano y retrocedí unos pasos, haciendo una reverencia con una mano.

—Según la tradición de la familia imperial, el príncipe heredero, Ruvellis Kamaludin Shana Castina, quien ha alcanzado la mayoría de edad, recibirá la corona y la espada.

El emperador habló mientras sacaba una lujosa y brillante corona de una caja que había traído un sirviente. Aunque no podía compararse con la corona que llevaba el emperador, estaba delicadamente enjoyada y brillaba con una elegancia propia.

Las luces de las velas, que brillaban en el candelabro, permitieron que la corona resplandeciera con fuerza cuando se colocó sobre el cabello azul del príncipe heredero. Poco después, se le entregó una espada ceremonial decorada de forma tan brillante como su corona.

Se volvió para mirar a la gente que se inclinaba ante él y habló:

—Todos, por favor, levanten la cabeza. Estoy muy contento de que haya tantos de ustedes celebrando mi mayoría de edad. Muchas gracias.

—Estamos muy agradecidos, Su Alteza.

Entregó la corona y la espada a un sirviente y se acercó a mí con una ligera sonrisa.

Extendiendo su mano, preguntó:

—¿Puedo…? —empezó a decir como si eso fuera lo único que necesitara. Al ver mi expresión, añadió—: ¿Puedo solicitar el primer baile de mi mayoría de edad?

De repente, recordé una escena del pasado. Cuando aún no me había dado cuenta de la gravedad de mi realidad, había fantaseado con él mientras tomaba las complicadas lecciones de emperatriz.

Como había crecido escuchando que viviría como su mujer destinada, el príncipe heredero era alguien que contenía todos los aspectos de mi tipo ideal con el que había soñado.

Su actitud fría era un hecho, ya que tenía que dirigir el Imperio, o al menos así lo racionalicé.

Le entregué mi corazón cuando me pidió que bailara en su ceremonia de mayoría de edad, exactamente igual que ahora.

Había sido mi primera vez en un banquete. Y, entre la gente que me miraba como si fuera un espectáculo, él fue el único que me sonrió. Era la primera persona que me había tendido una mano cuando siempre me había sentido sola, así que le había entregado todo mi corazón.

Pero ahora…

—Es un honor, Su Alteza.

Sacudiendo mis pensamientos, tomé su mano. La ceremonia de su mayoría de edad, la invitación a bailar, su mano fría…, todo era igual que en el pasado.

¿Acabaría mi destino igual? ¿Mi nombre, que significa pionera del destino, no serviría para nada?

Al llegar a la pista de baile, sentí que su mano me rodeaba la cintura. Los músicos, en espera, tomaron sus instrumentos. Un hermoso vals brotó y, tomados de la mano, movimos lentamente nuestros cuerpos al ritmo de la música.

El baile de la mayoría de edad era solo para la persona que se convertía en adulto y su pareja. Por eso, solo nosotros dos bailábamos en medio de las miradas de todos.

En el pasado, aunque había practicado toda la noche, los nervios me hacían perder pasos hasta ser el blanco de las burlas. Pero esta vez, las cosas eran diferentes. A pesar de no haber practicado ni una sola vez o de los tacones que llevaba, bailé con la gracia de una dama con buen porte.

—Qué sorpresa.

—¿Qué quiere decir?

Su fría voz rompió mi estupor mientras bailaba, dejándome llevar por él. Conseguí responder, pero me miró fijamente un momento antes de hablar.

—Me refiero a ti. ¿No es la primera vez que vas a un baile?

—Sí, Su Alteza.

—Entonces, ¿por qué te sientes tan cómoda en él? —me preguntó fríamente mientras realizaba un movimiento de baile en el que nos separamos y me atrajo de nuevo hacia su abrazo—. Es obvio que tu mente está en otra parte. Pero aun así, te mueves como si estuviera intacto en tu memoria. Para estar a este nivel, ¿no significa que has bailado muchas veces antes con alguien?

—Eso no es cierto, Su Alteza. Cómo me atrevería a hacer algo así…

—¿Es así? —resopló y me atrajo hacia él con fuerza. Tenía una sonrisa torcida en su rostro—. ¿La persona de allí es el segundo hijo del duque Verita? El que visita tu casa a menudo —susurró, acercando sus labios a mi oído.

Al girar la cabeza para seguir su mirada, vi a un chico de cabello verde claro.

Un cabello tan fresco como la primavera, y unos ojos esmeralda profundos y brillantes. Mi corazón se apretó al ver su mirada sobre mí.

—No me agrada —exclamó el príncipe heredero.

—¿Disculpe, Su Alteza?

Con ojos temblorosos, le miré. Sus ojos azul marino, que siempre habían sido fríos y sin un ápice de emoción, estaban fríamente apagados.

Mi cuerpo se estremeció mientras una oleada de ansiedad me invadía. Por otro lado, él se limitó a mirar una vez más a Allendis y a sonreír con satisfacción.

Se me puso la piel de gallina. ¿Qué había hecho Allendis para ponerle de los nervios?

Acercó sus labios a mi oído una vez más para susurrar algo, pero no escuché nada. Aquellas ondas de miedo que comenzaron a estrellarse contra mí, me sacaron de mi estado de trance.

Esas ondas congelaron la sangre de mi cuerpo y el corazón acelerado de mi pecho. Temblaba tanto que estoy seguro de que el príncipe heredero podía sentirlo.

En ese momento, sonaron vítores y aplausos cuando la música llegó a su fin. No podía moverme. Mis pies estaban congelados en su sitio. El príncipe heredero, con sus ojos clavados en los míos, tampoco pensaba moverse.

A medida que se me secaba la boca, los vítores se fueron apagando poco a poco.

—Gracias por bailar conmigo el primer baile de mi vida adulta.

—F-Fue un honor…

Tras un momento más, su mirada se desvaneció y la mano que rodeaba mi cintura desapareció. Me dedicó una sonrisa tranquila y continuó como si nada hubiera pasado.

Mi cuerpo apenas logró responder, a pesar del temblor, mientras él extendía amablemente su mano y tomaba la mía.

Calmar mis nervios parecía imposible mientras me arrastraba hasta el estrado. Se inclinó ante el emperador y, cuando estaba dando la vuelta para marcharme, se adelantó y me abrazó aún más fuerte.

¿Q-Qué está haciendo?

Ya estábamos en lo alto del estrado cuando por fin pude vivir mi mirada de sorpresa. Solo entonces me miró, indicándome con la mirada que tomara asiento. Había dos sillas, una al lado de la otra, en un escalón justo debajo del asiento del emperador.

Mi corazón se hundió. Tal vez por mi vacilación, su mano, que me rodeaba amablemente por los hombros, me presionó para que me sentara. Cuando me di cuenta de lo que ocurría, ya estaba sentada a su lado.

La ansiedad crecía cuando sus acciones diferían de mis recuerdos pasados de esta noche. Puse una sonrisa en mi rostro mientras los enviados de cada país formaban una fila frente a nosotros. Comenzaron a ofrecer regalos y felicitaciones mientras el emperador les daba las gracias por turno. La verdad es que estaba absolutamente aterrorizada. La confusión, la ansiedad y la sospecha luchaban en mi interior por hacerse con el control.

—Tú.

—¿S-Sí? ¿M-Me ha llamado, Su Alteza?

Ante su repentina llamada, respondí sorprendida. Frunciendo las cejas, habló:

—He pensado que era extraño. ¿Por qué me tienes tanto miedo?

—N-No entiendo…

—Deberías saber mejor de qué estoy hablando. ¿Por qué? ¿Regresaron tus recuerdos de cuando eras más joven?

—¿Qué? ¿De cuando era más joven?

—Supongo que no. Hmm, en ese caso… —Como si susurrara a un amante, inclinó su cuerpo y acercó sus labios a mi oído—. ¿Es por tu segundo nombre?

—¿C-Cómo lo sabe?

—¿Creías que no lo sabría? Aunque las posibilidades sean escasas, ha aparecido alguien con los derechos de sucesión. Y ya que esos derechos fueron concedidos a través de una profecía, no se puede renunciar a ellos. Mi padre ordenó que el asunto se mantuviera en secreto, pero es imposible que yo no sepa de su existencia.

—Entonces…, ¿qué piensa hacer, Su Alteza?

No atraer su atención había sido un elemento clave en mi plan para escapar de mi destino. A diferencia del pasado, aún no recibía entrenamiento de emperatriz.

Si lograba hacerlo, creía que las posibilidades de ser llevada como su concubina real serían mínimas.

Viví lo más silenciosamente posible. Intenté no llamar la atención innecesariamente ocultando el nombre que me había concedido la profecía, y no le conté a nadie la aparición predestinada de Jieun.

Si hubiera otra consorte, simplemente la tomarían como emperatriz. Sin embargo, mientras tuviera los derechos de sucesión a los que no podía renunciar, la familia imperial nunca me dejaría ir.

Así que, hasta que pudiera encontrar una manera de hacer algo con los derechos de sucesión, mantenerme callada era la mejor manera de evitar atraer su atención.

—La futura emperatriz… Aunque sería más seguro darte un título con una posición inferior a esa, como el de la concubina real, no lo haré debido a la lealtad que tu familia ha mostrado a la familia imperial durante generaciones. ¿Será suficiente? —dijo y, al mirar mi rostro, añadió—: ¿Qué pasa con tu cara? Te estoy diciendo que te permito mantener tu posición de emperatriz. ¿No tenías miedo de ensuciar el honor de tu familia?

Mantener la posición de emperatriz. Él parecía haber pensado que yo tenía miedo de terminar siendo la concubina, pero ya sea ese puesto o el de emperatriz, todo me recordaba mi miserable pasado.

Incluso si me convertía en su emperatriz, ¿no ocurriría la llegada de Jieun? No había ninguna garantía de que, al no convertirme en la concubina real, evitaría que el pasado se repitiera.

Junté mis manos para ocultar mi temblor. Hoy era el día que había acordado con el emperador. Los derechos de sucesión a los que no podía renunciar eran los grilletes que me arrastraban al destino del pasado del que había pasado años intentando escapar. No había tenido suficiente tiempo.

¿Es este el final?

Mi visión se oscureció. Después de lo ocurrido ayer, pensé que no me importaría lo que fuera a ocurrir. Pero ahora que estaba en esta situación, me sentía aterrorizada. Por mucho que luchara, no podía escapar de este profundo pantano, y las oscuras marismas parecían tragarme.

Un estallido de fanfarria me devolvió a la realidad. Los enviados habían terminado su procesión y parecía ser el turno de los nobles.

—Presentando la Espada del Imperio, la casa Rass.

—El Único Sol del Imperio y el Futuro Sol del Imperio, es un honor para mí. Felicidades por su llegada a la edad adulta, Su Alteza.

—Gracias, duque Rass.

Tras las palabras del maestro de ceremonias, el duque Rass y Carsein salieron. Mientras se inclinaban lentamente, los otros nobles se pusieron de pie según sus posiciones a cada lado del dúo.

Había tres familias de duques en el Imperio. Sin embargo, aún existía una jerarquía entre ellas. La primera en la jerarquía era la casa Rass, la segunda era la casa Verita y la tercera…

—Presentamos a la familia del ministro, la casa Verita.

—El Único Sol del Imperio y el Futuro Sol del Imperio, le saludamos. Felicidades por su llegada a la edad adulta, Su Alteza.

—Gracias.

Fijé mi mirada temblorosa en el suelo. No podía mirar al niño que estaba de pie detrás de su padre.

Allendis, ¿sabes lo que me costó confiar en ti? Me destrozaste el corazón con tu mirada de desconfianza y la constatación de que me habían abandonado, una vez más.

Mientras estaba de pie tratando de aclarar mi visión, una mano agarró fuertemente la mía.

—¿Qué estás haciendo? Contrólate.

Su voz fría y enfadada me obligó a prestar atención. El maestro de ceremonias estaba anunciando la tercera familia.

—Presentando la Lanza del Imperio, la casa Monique.

Me levanté lentamente y, al bajar del estrado, me encontré con el duque Zena, quien ocupaba el lugar de la cuarta familia. El anciano me miraba fijamente con unos obstinados ojos morados.

Ignorando su mirada, ocupé mi lugar y le ofrecí mis saludos. A mi alrededor, oí murmullos. No pude girarme para mirar, pero sentí que el centro de la conmoción caminaba hacia mí.

Y con paso firme.

Los pasos que sonaban a intervalos uniformes revivieron mi corazón moribundo. Mi sangre, que había estado congelada por la desesperación, comenzó a correr de nuevo cuando la silueta se detuvo a mi lado.

—El Único Sol del Imperio y el Futuro Sol del Imperio, los saludo. Su Alteza, le felicito sinceramente por su llegada a la edad adulta. Pido disculpas por regresar tarde.

El uniforme azul marino que tanto había echado de menos, el cabello plateado que ondeaba suavemente bajo las luces, la voz que tanto había deseado escuchar.

—Marqués, por fin ha vuelto. ¿Sabe lo preocupado que estaba cuando me enteré que estaba fuera de alcance?

—Le pido disculpas, Su Majestad. Tenía prisa por llegar a tiempo para la ceremonia de la mayoría de edad del príncipe heredero. Por favor, perdóneme.

—Tsk, no le creo. No obstante, nunca podría castigar a la familia Monique. Han trabajado duro, llegando tan lejos. Oigamos los detalles más tarde.

—Sí, Su Majestad. Entonces, me retiraré ahora. Felicidades una vez más, Su Alteza.

Mi padre me abrazó cuidadosamente con sus cálidas manos.

—¿Has estado bien, Tia? Parece que has crecido un poco mientras yo no estaba.

—¡Papá!

Mientras otras familias ofrecían sus felicitaciones, mi padre me llevó a un lugar alejado del estrado y me acarició el cabello mientras hablaba. Su torpe toque estaba lleno de amor y cuidado. La maldición se rompió y yo rompí a llorar.

—Eres una chica mayor, no debes llorar. Los demás lo verán mal. —Mi padre se arrodilló y me limpió las mejillas mojadas. Las lágrimas seguían fluyendo mientras yo miraba sus ojos llenos de amor. Mis nervios por fin empezaron a disminuir su dominio sobre mi corazón—. No soporto verte llorar, Tia. Sobre todo porque ha pasado tanto tiempo. Muéstrame una sonrisa —susurró mi padre después de secar mis lágrimas. Intenté sonreír alegremente ante su expresión de tristeza, pero fui incapaz de controlar mis lágrimas.

—Tsk, Marqués, parece que su hija es todavía joven.

Me estremecí y me paralicé, volviéndome al oír una voz baja. Vi al emperador, riendo a carcajadas, mientras el príncipe heredero fruncía el ceño.

Mi padre me puso con cuidado una mano en el hombro y habló de forma monótona:

—Como ha dicho, mi hija aún es joven, Su Majestad.

—¿Hmm?

—Todavía es demasiado joven para servir al príncipe heredero, quien ya es un adulto.

—Entonces, ¿qué está sugiriendo? —respondió el emperador, levantando ligeramente la cabeza.

—Estaba pensando que empezaré a decidir poco a poco la cuestión del heredero de mi familia.

—¿Oh? ¿Está pensando en casarse de nuevo?

—Eso nunca sucederá, Su Majestad. ¿Ha olvidado ya mi juramento?

—Por supuesto que no. Entonces, ¿es eso lo que está pensando? ¿Usted más que nadie, Marqués?

—Tal vez… —Una leve sonrisa se dibujó en los labios de mi padre mientras la sorpresa surgía en el rostro del emperador. El joven de cabello azul, que los observaba a los dos con el ceño fruncido, comenzó a murmurar—: Esgrima, heredero, juramento. Ja, ¿es eso en lo que estaba pensando?

Tanto mi padre como yo nos quedamos en silencio.

—Ya veo. Por eso tuviste esa reacción.

Mi corazón comenzó a latir rápidamente. Después de un momento de silencio, habló como si estuviera pensando en algo:

—No haga esto, marqués. Reconozco que he descuidado a la señorita Aristia. Sin embargo, eso no significa que la haya rechazado. No importa lo que digan, la dama es mi consorte. Eso ha sido decidido por Dios. Me sorprende que saque este tema.

—No tengo nada que decir en respuesta a eso. Sin embargo… —comenzó a decir mi padre.

—Hablemos de esto más tarde. Esto no es algo para discutir aquí. Su Majestad, hay mucha gente mirando. ¿Por qué no nos dirigimos a otro lugar?

—Hagámoslo. Marqués, señorita, nos vemos la próxima vez.

El emperador asintió con frialdad y se dio la vuelta. El joven desapareció entre la multitud. Las personas que nos habían estado mirando con entusiasmo también se fueron una a una.

—Ahh.

Un suspiro de alivio pasó por mis labios involuntariamente. Por fin podía respirar. Entre mi padre, el emperador y el príncipe heredero, me había ahogado en una tensa ansiedad.

Me limpié la mano, que estaba húmeda de sudor frío, y miré hacia donde había desaparecido el príncipe heredero.

¿Qué sucederá conmigo ahora?

Aunque las cosas estuvieran bien por el momento, el final de este asunto llegaría algún día. Mi sangre se convirtió en hielo en mis venas al recordar la mirada de sus ojos azules como el mar. Una semilla de ansiedad brotó en lo más profundo de mi corazón.

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