La Emperatriz se volvió a casar – Capítulo 104: El shock de Sovieshu

Traducido por Adara

Editado por Sakuya


El enviado regresó al palacio imperial mientras Sovieshu leía informes en su despacho.

Al verlo de regreso, el funcionario, que el Vizconde Roteschu había sobornado, se apresuró a ir a su mansión.

En cuanto el enviado entró al despacho, Sovieshu lo interrogó antes de que pudiera acercarse al escritorio.

—¿Y su respuesta?

Sus ojos estaban cargados de expectación.

El Emperador parecía seguro de que Navier enviaría una respuesta, por lo que el enviado se sintió incómodo.

Pero, no podía mentir, tenía que ser sincero.

—Navier no envió ninguna respuesta, Majestad.

Sovieshu estaba desconcertado, pensó que había oído mal. Sin embargo, una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—Entonces te pidió que me comunicaras algo.

El enviado respondió con expresión de torpeza.

—Lo siento, Majestad.

El rostro de Sovieshu se volvió gradualmente frío, y sus párpados empezaron a temblar.

Ahora, no podía entender en absoluto el informe del enviado.

¿No hay respuesta? ¿Cómo es posible que no hubiera respuesta? A pesar de que he aclarado el malentendido, ¿ella no respondió a la carta?

Mientras el emperador estaba sumido en sus pensamientos, el enviado continuó el informe con dificultad.

—Su Majestad…

—¿Qué?

—¿Recuerda al Vizconde Langdel?

—¿Por qué lo mencionas?

—El Vizconde Langdel y la Duquesa Tuania están en el Reino Occidental.

—¿Qué? ¿Por qué están ahí?

—Y el vizconde Langdel …

Sovieshu lo miró expectante.

—Es el comandante de la 5ª División de los Caballeros Supranacionales.

Tan pronto como el enviado terminó de hablar, Sovieshu saltó bruscamente.

—¿De verdad? —Apretó los puños y preguntó con frialdad.

—Sí.

Incluso después de que el enviado se fue, Sovieshu no podía calmarse.

Aunque se tratara de la Alianza Wol, mientras el Imperio del Este tuviera su ejército de magos, no serían rival para el imperio.

Pero eso no significa que enfrentarse a ellos no fuera una molestia.

Los Caballeros Supranacionales eran muy molestos y tenaces. Además, la Alianza Wol que los respalda lo era aún más.

Sovieshu se tragó las maldiciones que estaban a punto de salir de su boca.

También le dolía y enfadaba la actitud de Navier.

¿Cómo pudo no enviar una carta en respuesta y no decir nada a pesar de que he aclarado el malentendido?

En ese momento, surgió un pensamiento…

¿Acaso Navier cree que el contenido de la carta es mentira? ¿Cree que lo inventé para persuadirla?

Podría ser.

¿Le cuesta creerme porque está herida? Sí, es eso. Debe de ser eso.

Sovieshu se movía inquieto de un lado a otro de la habitación.

♦ ♦ ♦

Más tarde en la noche.

Tras enterarse de que la Duquesa Tuania estaba en el Reino Occidental junto con el Vizconde Langdel, el Duque Tuania entró a la oficina de Sovieshu y se quejó de que quería recuperar a su esposa. Esto aumentó aún más la ira de Sovieshu.

Al final, Sovieshu no pudo soportarlo y gritó al Duque Tuania.

—¡Fuiste tú quien no creyó en su esposa y se divorció!

Esto era también lo que quería decirse a sí mismo, pero no quería admitirlo.

—¡Pero, Su Majestad! ¡La señorita Rashta fue quien me dijo que mi mujer tenía una aventura con otro hombre!

Sovieshu se sobresaltó ante la inesperada mención del nombre de Rashta. Recordaba a Rashta conversando con el duque Tuania el día del baile de máscaras.

Sovieshu se rio y dijo:

—No mientas.

Luego añadió con frialdad,

—¿Por qué culpar a otro de tu absurdo malentendido? Aquel día parecías disfrutar conversando con Rashta.

Ante la inesperada respuesta de Sovieshu, el duque Tuania no tuvo más remedio que entrar en detalles.

—Al principio, ella me preguntó si estaba bien que dos personas se besuquearan en el palacio imperial, ¡porque estaba muy avergonzada de haber visto a un noble y a una noble tocándose! Yo me reía porque me parecía tan ingenua.

—Así que Rashta no mencionó a tu mujer.

—No directamente. Pero cuando le pregunté a quién había visto haciendo eso, me describió su aspecto, ¡y sin duda era el aspecto de mi mujer! Yo conocería los rasgos ocultos de su cuerpo…

El corazón de Sovieshu se sintió oprimido, pero dijo con firmeza.

—En cualquier caso, fuiste tú quien lo entendió mal.

Después de que el duque Tuania se marchara, Sovieshu se apoyó en su escritorio con dolor de cabeza y se llevó la mano a la frente.

Ya estaba angustiado por el asunto de Navier. Lo que dijo el duque Tuania le había oprimido aún más el corazón.

Sabía que Rashta tenía un lado ingenuo y otro calculador. Además, reconocía que para sobrevivir en la alta sociedad no se podía ser simplemente ingenuo.

Pero no quería oír hablar de ese otro lado de Rashta.

♦ ♦ ♦

Sin embargo, ése no fue el final de las malas noticias para Sovieshu.

A la mañana siguiente, mientras Sovieshu leía un informe que había llegado a medianoche mientras se vestía, el marqués Karl le dio otra mala noticia.

—Majestad, el Gran Duque Kapmen está de camino al Reino Occidental.

Sovieshu arrugó inmediatamente el informe entre sus manos. Su paciencia se había agotado.

Aplastando con fuerza el informe, preguntó con severidad al marqués Karl.

—¿Qué has dicho?

Adara
Karma ^^

♦ ♦ ♦

Completamente enfurecido, Sovieshu se encerró en su habitación y canceló todas las reuniones previstas.

Se paseó por su habitación mientras organizaba sus pensamientos.

Casi dos horas después, salió tranquilamente de su habitación. Sin embargo, en el fondo le invadía la ira y una firme determinación.

Sovieshu haría que Navier se arrepintiera de haberlo abandonado. Y le haría volver después de que se arrepintiera de no haber creído en su sinceridad.

Para ello…

—Marqués Karl.

—¿Cuándo es la boda de Navier?

—También apresurarán la boda, así que coincidirá más o menos con la de Su Majestad.

—Mi boda debe celebrarse antes que la de Navier, así que habrá que adelantar la fecha.

—Como ordene.

—Y… envía una invitación oficial al Rey del Reino Occidental. Quiero que asistan a la boda.

—¿Cree que vendrán? —preguntó ansioso el Marqués Karl.

En su opinión, era poco probable que vinieran. Pero Sovieshu dijo con una fría sonrisa.

—Vendrán a ver al Duque y a la Duquesa Troby.

—Comprendo.

♦ ♦ ♦

Sovieshu, que había dado instrucciones al marqués Karl sobre la boda, le preguntó cómo iban los preparativos. Tras discutir qué tipo de sedas utilizar, a qué otras personas invitar, etc., se dirigió a la habitación de Rashta.

En ese momento, ella se estaba probando un vestido.

Al ver a Sovieshu, Rashta sonrió ampliamente y exclamó con dulzura: —¡Su Majestad!

El vestido nuevo estaba casi terminado y se lo estaba probando, por lo que parecía muy contenta.

—Majestad, ¿qué tal le sienta a Rashta?

Rashta bajó de una pequeña caja y se giró con gracia delante de Sovieshu.

El largo vestido se mecía lentamente al ritmo de su movimiento. Parecía tan hermosa como una princesa de cuento de hadas, lo que hizo que el diseñador se sintiera complacido.

Ante la insistencia de Rashta, el diseñador acabó confeccionando el glamuroso vestido que ella quería.

Al contrario de lo que esperaba, a Rashta también le quedaba bien ese vestido glamuroso, lo que la hizo sentirse orgullosa.

Pero en cuanto Sovieshu vio el vestido de Rashta, dijo con firmeza: —Es demasiado glamuroso.

Los ojos de Rashta se abrieron de par en par y preguntó: —¿Pero no es hermoso, Majestad?

—Es precioso. Pero me gustaría que fuera más sencillo.

Sovieshu hablaba como si respondiera a Rashta, pero en realidad se dirigía a la diseñadora.

La diseñadora inclinó la cabeza y respondió: —Entiendo.

La mirada de Rashta revoloteó entre Sovieshu y la diseñadora, sorprendida. Luego, cuando rompió a llorar, Sovieshu y la diseñadora la miraron más sorprendidos.

Rashta sollozó y se quejó a Sovieshu.

—Quiero llevar este vestido, ¡Rashta con este vestido quedará muy bien al lado de Su Majestad!

—Puedes llevar un vestido glamuroso en otra ocasión. Esta vez ponte un vestido sencillo. ¿No habrá muchas fiestas a las que asistir en el futuro?

—Es importante llevar este vestido en el día más especial. —añadió con expresión triste—: Rashta quiere ser digna de estar al lado de Su Majestad.

Sovieshu quiso negarse, pero había oído que estresar a una mujer embarazada no era bueno para el bebé que llevaba en su vientre.

Al ver toda su cara enrojecida, Sovieshu finalmente suspiró y aceptó: —Está bien. Puedes ponértelo.

♦ ♦ ♦

Terminé de leer los registros administrativos del Reino Occidental de los últimos 20 años. Ahora tocaba leer los registros administrativos de las antiguas reinas.

—Su Majestad siempre está leyendo libros, —refunfuñó Mastas, era muy activa y esto no le gustaba…

—Siempre ha sido así, incluso en el Imperio del Este.

—¿De verdad, Laura?

—Por supuesto. Siempre libros, libros y más libros.

—Uf.

Mastas y Laura hablaban con mucho entusiasmo sobre mí, mientras la condesa Jubel fingía no estar interesada en la conversación, pero se mostraba discretamente simpática.

Frente a la puerta, los caballeros del vizconde Langdel se turnaban para montar guardia.

La escena me trajo recuerdos de mis días en el Imperio del Este, lo que me hizo sonreír junto con ellos.

Fue en ese momento…

—Majestad.

Rose, que había ido a por café, entró y dijo con expresión extraña: —Ha venido una de las damas de compañía de Christa.

—¿De Christa?

—Sí, ha traído una cesta de flores.

Una cesta de flores…

Aunque parecía absurdo, la dejé entrar de todos modos.

—Mi nombre es Imaru, Su Majestad.

Era la primera vez que veía a esa dama de compañía de Christa.

Tras saludar cortésmente, empujó ligeramente hacia delante la cesta de flores que sostenía con ambas manos y dijo: —Christa se enteró de que Su Majestad ha conseguido caballeros personales, así que me pidió que le entregara esto como felicitación.

Cuando Rose se adelantó y recibió la cesta de flores, la dama de compañía de Christa añadió: —Estas flores las cultivó ella misma.

—Por favor, dale las gracias de mi parte.

Las flores eran vivas y hermosas, y la cesta también estaba decorada maravillosamente.

Pero tan pronto como la dama de compañía de Christa se fue, Rose resopló: —Ella debe estar preocupada por los caballeros de Sir Langdel. Ha ignorado a Su Majestad todo este tiempo, pero precisamente ahora envía un regalo.

La condesa Jubel también preguntó fríamente.

—¿Las tiramos?

Rose la miró sorprendida, luego sonrió y añadió: —Es broma, —señalando la mesa sin decorar.

—Lo pondré ahí, Majestad.

—De acuerdo.

Tras pensarlo un momento, le pedí a Rose: —Señorita Rose, envíe a cambio un ramo de flores de acacia a Christa.

Me hubiera gustado enviarle también flores de mi jardín, pero aún no había cultivado ninguna.

—Es un regalo que envió para quedar bien. ¿Tiene que enviar uno a cambio? De todas formas, no creo que le hiciera mucha gracia enviar este regalo.

A Mastas parecía no gustarle la idea, pero…

—No importa si ella lo envió sinceramente o no.

—¿Eh?

—Una falsa amistad es mucho mejor que estar en conflicto.

♦ ♦ ♦

Pasaron los días, pero Christa no mostró ninguna acción amistosa desde entonces. Sin embargo, hubo algunos cambios.

Ahora mis damas de compañía se llevaban muy bien entre ellas, y me acostumbré a tener caballeros montando guardia en la puerta.

Nian venía con el Vizconde Langdel cada dos o tres días para pasar el rato, y era muy divertido verlos juntos.

Tal vez era porque ahora sabía que el Vizconde Langdel no era un joven inocente enamorado, sino el comandante de la quinta división de los temidos Caballeros Supranacionales.

Cada vez que lo veía concentrarse y reaccionar tanto a las palabras como a las acciones de Nian, no podía evitar reírme. Aunque intentaba no reírme porque podría parecer descortés.

Pero a pesar de estos días de paz, me sentía incómoda cada vez que miraba el cajón de mi escritorio.

Era porque en ese cajón estaba la carta de Sovieshu.

Si pudiera traer de vuelta al Sovieshu de mi infancia, me gustaría sentarme frente a él y preguntarle: —¿En qué piensas realmente?

Aquel Sovieshu era más sincero a la hora de expresar sus emociones que el actual.

Cuando estaba a punto de abrir la carta para volver a leerla, alguien llamó a la ventana.

Miré hacia atrás y volví a ver a Heinley en la ventana. Dejé la carta en el cajón, me acerqué a la ventana y cerré las cortinas.

—¿Reina?

Una voz de desconcierto sonó desde detrás de las cortinas, quería verle así al menos una vez.

Si seguía abriéndole la ventana, no dejaría de venir por aquí.

—¿Reina? Lo siento, ¿Reina? —Heinley me llamó repetidamente como si estuviera realmente sorprendido.

Conté deliberadamente 30 segundos y abrí las cortinas.

Heinley estaba tan abatido que se puso en cuclillas, apoyando las manos en el alféizar.

Una vez que abrí la ventana, me miró a los ojos y se disculpó.

—Lo siento. Es que estoy acostumbrado a verte así…

—Permitiré que Queen entre por la ventana.

—Entonces, ¿puedo venir como Queen?

—Si estás dispuesto a vestirte.

—… ¿Me vestirás tú misma?

¿Qué esperaba? Águila astuta.

—¿Qué te trae por aquí a estas horas?

Evidentemente, aún era hora de trabajar.

—Tengo buenas y malas noticias. Sólo quería dártelas.

—¿De qué se trata?

—La buena noticia es… que por fin se ha fijado la fecha de nuestra boda, Reina.

Me sorprendió la noticia.

—Dentro de poco, seremos innegablemente una pareja casada.

—Ya estamos casados e innegablemente somos una pareja casada.

—Lo que hicimos fue un juramento ante Dios. Ahora proclamaremos ante todo el mundo que yo soy tu marido y tú eres mi mujer.

Mirando a Heinley hablar con satisfacción, sentí ganas de pellizcarle las mejillas.

La forma en que hablaba… me confundía. Recordé cómo lo confundí con una confesión de amor cuando intentó hablarme de la autoproclamación del imperio.

Pero actué con calma y le pregunté: —¿Cuál es la mala noticia?

—Um, bueno…

¿Es peor de lo que pensaba?

Heinley vaciló un poco y dijo: —El emperador del Imperio Oriental envió una invitación para asistir a su boda.

Esta vez me tomó por sorpresa.

—Espera que podamos asistir. En caso de que no pueda, al menos quiere que asista la Reina. —Cuando terminó de hablar, Heinley me miró a los ojos—: ¿Vas a ir?

Me dijo que eran malas noticias, ¿era porque Heinley no quería que yo asistiera?

Pero le contesté enseguida sin dudarlo: —Voy a ir.

—Sí…

—Quiero ver a mis padres y a mis amigos.

Se quedó en silencio, así que continué.

—No quiero perder la oportunidad de ver a la gente que quiero sólo porque él esté ahí.

En cuanto hablé, Heinley dijo rápidamente: —Iré contigo.

—No tienes por qué. —decliné de inmediato.

No es porque me incomodara que me acompañara, sino porque la última vez estuvimos detenidos temporalmente en la mansión Troby por orden de Sovieshu.

Ese debe ser todavía un recuerdo desagradable. No quería hacerle ir ahí de nuevo.

Pero Heinley respondió con una sonrisa.

—Quiero ir contigo. Mis padres y mis amigos también están ahí.

¿Los padres de Heinley estaban en el Imperio del Este?

—Ah.

Supongo que se refería a mis padres.

Cuando abrí la boca, sorprendida, Heinley refunfuñó en tono de broma: —Parecían sentirse muy incómodos a mi alrededor cuando nos conocimos. Esta vez, me aseguraré de que me acepten como su querido yerno.

—…Estoy segura de que ahora les caerás bien.

Heinley me había salvado de caer completamente en desgracia.

Se rio entre dientes y acercó la cabeza. Luego me besó ligeramente en la mejilla.

Me sorprendió tanto que mis ojos se abrieron de golpe.

Entonces, echó un poco la cabeza hacia atrás y me miró a los ojos; al ver que yo permanecía inmóvil, acercó de nuevo la cabeza y apretó los labios contra mi mejilla.

Esta vez, fue aún más largo.

Finalmente se apartó y sonrió tímidamente.

—¿Cuándo me aceptarás como tu amado esposo?

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