La hija del Emperador – Capítulo 41

Traducido por Lily

Editado por Herijo


—¿Qué sucede, princesa? —preguntó Serira, extrañada de que me aferrara a ella con tanta ansiedad.

Ni siquiera me apetecía responder, así que me acurruqué en su abrazo. Aunque mi pelo mojado me estaba empapando los hombros, lo más importante era que necesitaba consuelo. Daba igual de quién viniera, solo quería que alguien me dijera que iba a estar a salvo. Que esta paz nunca se acabaría.

—Mmm, me pregunto por qué nuestra princesa se comporta así —dijo Elene.

—Alteza, ¿qué ocurre?—insistió Serira.

—¿Le traigo un poco de pudín?

—Es muy temprano para pudín, Elene.

—Aun así, ¿no le ayudaría algo dulce a levantar el ánimo?

Las oía hablar de mí, pero su preocupación no me hacía sentir mejor. ¿Debería volver a dormir? Pero esa opción se desvaneció rápidamente con unos suaves golpes en la puerta. Entró una doncella y me sonrió al anunciar:

—Su Majestad Imperial solicita su presencia, Alteza.

La doncella me escoltó, no al despacho imperial, ni al Jardín de la Serenidad, sino a una sala de reuniones. Nunca había estado aquí. Qué interesante.

Podía oír una cacofonía de voces tras la enorme y pesada puerta. Me sentí increíblemente pequeña frente a ella. ¿Por qué este edificio es tan descomunal? Me siento abrumada. Toda la decoración recargada, la inmensidad innecesaria… Así que este era el lugar donde residía todo el poder del imperio, el palacio que albergaba todas las instituciones políticas, incluida la residencia del canciller. Solo había oído hablar del Palacio Pordere. Esta era la primera vez que venía.

La doncella me abrió la puerta y asomé la cabeza. En cuanto se abrió, voces alteradas llenaron mis oídos.

—Su Majestad, pero también debemos celebrar una ceremonia de guerra…

—Nos alegra enormemente que Su Majestad vaya a dirigir la guerra en persona, sin embargo…

—¿No está tomando una decisión demasiado precipitada al querer ir tan pronto?

¿Qué es todo esto?

Empecé a inspeccionar la sala, y la primera persona en la que me fijé fue Perdel. Se sujetaba la cabeza con las manos, con aspecto extremadamente frustrado. ¿Qué le pasa?

Pero en cuanto vi a Kaitel, entendí a Perdel de inmediato. ¿Puedo irme?

—Pero el Comandante de los Caballeros de Invierno está en grave peligro, y todos sabemos que no hay nadie entre los refuerzos que pueda reemplazarlo… —dijo Perdel sin perder la sonrisa, haciendo lo posible por mediar en la situación. Sin embargo…

—Los refuerzos adicionales ya estaban previstos, pero…

—Incluso si hubiéramos empezado a planificar el envío de refuerzos hace tres semanas…

Pero todas aquellas palabras eran inútiles. ¿Es esto lo que llaman una discusión de sillón?

El ambiente era tan intenso que ya me sentía intimidada, pero lo más aterrador era la sensación de que la situación ya había superado el punto de no retorno.

Miré nerviosamente a Kaitel.

Uf. Aterrador. Verdaderamente aterrador. La mirada en sus ojos dejaba claro que destruiría de inmediato cualquier cosa que se interpusiera en su camino. Ay, ahí está esa mirada asesina…

Por supuesto, para los demás, era el mismo rostro inexpresivo de siempre, pero a mis ojos, Kaitel era una bomba de relojería a punto de estallar.

—Por supuesto que estamos muy contentos de que Su Majestad dirija a nuestras tropas, pero…

—Cambiaría por completo el sentido de la campaña…

¡Paren ya, bola de idiotas! ¿No ven que está furioso? Puedo oírle bullir por dentro desde aquí. Dios mío, está genuinamente furioso.

Sentí un profundo impulso de cerrar la puerta y huir. ¿Debería escaparme? ¿Cómo he acabado en esta crisis? Estaba devanándome los sesos sobre cuál debía ser mi siguiente paso cuando Kaitel cerró las manos en puños.

—Con más preparativos, ¿cuándo se supone que voy a unirme a ellos? Me dijeron explícitamente que la situación era urgente

Su voz era inesperadamente tranquila. Pero esa calma me asustó aún más. Era como la calma que precede a la tormenta. ¡Ahhh!

—¿Alguien quiere explicármelo?

Kaitel levantó ligeramente la cabeza. Sus ojos ya ardían con una llama asesina. Esos no eran los ojos de un humano. Entonces, Kaitel rio.

Espera. ¿De verdad te estás riendo ahora mismo? Dios… Se me cerró la boca sin decir palabra. Lo entiendo, papá. Estás muy, muy enfadado ahora mismo. ¿Te ríes para contener la ira? Porque eso da todavía más miedo.

Había hablado con suma suavidad, pero todos guardaron silencio al oír sus pocas palabras. La sala de reuniones enmudeció, pero parecía que los nobles de este mundo eran todos increíblemente valientes.

—Pero es necesaria más preparación…

—Y debemos celebrar otra ceremonia de guerra…

—Pero, por encima de todo, debemos pensar en la dignidad de Su Majestad, y la del país… —Con esa última afirmación, me tapé los oídos de inmediato.

¡Va a estallar! ¡Bam!

A pesar de que me cubrí los oídos, el sonido de su puño golpeando la mesa era amenazador. Fruncí el ceño. De un solo golpe ha destrozado la mesa.

Acababa de darme cuenta de que nunca, jamás, debía provocarle. Sí. Nunca voy a intentar pasarme de lista con él. Mi vida es demasiado valiosa.

La sala quedó en silencio al instante. La sangre goteaba de la mano derecha de Kaitel al suelo. No fue ni el sonido atronador que casi nos destrozó los tímpanos, ni el ruido del escritorio al hacerse añicos, sino la energía asesina de Kaitel lo que hizo que todos contuvieran la respiración.

—Entonces supongo que todos ustedes pueden ir a luchar en lugar de mi Caballero Negro.

Se podía oír el caer de un alfiler. Había un brillo aterrador en los ojos de Kaitel. Sus labios se torcieron en algo que era más una mueca de desprecio que una sonrisa. Tragué saliva en silencio y retrocedí lentamente unos pasos.

No. Esto no. Entrar ahí ahora mismo es un suicidio.

—Bola de inútiles. No conocen más que la codicia y la pereza. Deberían atarlos a todos…

No se oyó ni un murmullo. Perdel fue el único que negó con la cabeza. Parecía haberse rendido.

¡Oye! ¡¿Quién ha dicho que te rindas?! ¡No te quedes ahí parado! ¡Detenlo ahora!

—Y arrojarlos en medio de una lluvia de flechas. ¿Quizás entonces aprendan a cerrar la boca?

Oh, ese maldito temperamento suyo.

La espada que había sido invocada en la mano de Kaitel ostentaba su afilada hoja bajo la luz. Uf. Siento un escalofrío en la nuca. Cuando Kaitel inclinó la cabeza, una mirada gélida brilló en sus ojos.

—Mantengan la boca cerrada antes de que las corte la lengua.

¿Mamá? Llévame de vuelta…

Estaba aterrorizada con solo observar a distancia. Solo podía imaginar cómo sería enfrentarse a todo eso de frente.

Pero seguro que no se permiten armas en el despacho… Oh. Bueno, supongo que si puede invocarla de la nada, no se puede prohibir. Dejé de disociar y me puse a pensar seriamente si iba a salir corriendo o no.

No necesitaba pensarlo dos veces. Entrar ahí era un suicidio. ¿Qué hago? ¿Escapo? ¿Corro? ¿Me escabullo? ¿Entro más tarde cuando las cosas se calmen? Pero, por supuesto, nunca tuve voz ni voto en el asunto desde el principio.

—¡Princesa!

Lily
Hmm para mí, Perdel la llamo a propósito. Teorizo que la vio desde hace rato.

¡Agh, ese maldito idiota! Incluso en medio del terror que llenaba la sala, Perdel, el único que permanecía allí con naturalidad como si lo hubiera visto venir todo, me saludó con la mano.

¡Hijo de…! ¡Oye! ¡Se supone que no debes hacerme caso en un momento como este! ¡Es de primero de modales! Pero a pesar de mis súplicas silenciosas, todos los ojos de la sala se volvieron inmediatamente hacia mí. ¡Gah! ¡No! ¡No me miren! ¡No me presten atención!

Como si mi absoluta frustración no sirviera de nada, todo el mundo estaba ya completamente centrado en mí. Ni siquiera el asesino de Kaitel era una excepción. Me miró desde arriba con esos ojos carmesí. Me sentí indefensa en el resquicio de la puerta.

Y yo que pensaba que se había ablandado mucho últimamente. Ver esos ojos me transportó a nuestro primer encuentro, cuando casi me mata. Como el recuerdo de un primer beso, pero en su lugar, un primer intento de asesinato. Estoy condenada. No veo salida. No acabaré como esa mesa, ¿verdad? ¿¡Verdad!?

—¡Papá!

¡Solo hay una solución para todo esto! Llamé a Kaitel con una brillante sonrisa, pero su rostro solo se endureció. ¿Mmm? ¿Hice algo mal? Pensé que la intención asesina de sus ojos se había suavizado, pero… ¿fue solo mi imaginación?

Kaitel me miró un breve instante y luego se giró de inmediato. Sentí que me estaba ignorando… Era una sensación extraña.

—Partiré mañana a mediodía, como estaba previsto.

Kaitel soltó su espada y se levantó de la silla. No había ni un ápice de consideración en su rostro por su puño ensangrentado o el escritorio roto.

—Quienes tengan alguna objeción, que me sigan.

¿Alguien se atrevería? ¿Después de amenazarlos así con tu espada? Digo, la espada ha desaparecido de nuevo, pero…

Cuando Kaitel se dio la vuelta para marcharse, acabó justo delante de mí. Esperaba que lo hiciera en algún momento, pero ahora que estaba realmente aquí, me sentí desconcertada. Sentí que mi cuerpo se tensaba. Lo miraba desde unos pasos más atrás, pero no me salía sonreír.

El aire se sentía diferente. Era como si el mismo aire que respiraba en ese momento hubiera cambiado. Era distinto a antes. Kaitel se veía definitivamente tenso mientras me miraba con una expresión escalofriante.

¿Soy solo yo? Digo, considerando la situación, quizás no, pero… Se sentía muy desconocido.

Me siento rara. Es como si lo conociera por primera vez. No es que fuéramos especialmente cercanos, pero aun así, se sentía extraño. Muy extraño.

A ver, nos llevábamos más o menos bien, ¿no? Creía que la distancia entre nosotros se había acortado un poco. Pero ya no lo sentía así.

—¿Adónde vas? —pregunté, encontrando el silencio insoportable. Lo miré y tragué saliva nerviosamente. Agarré suavemente el borde de su ropa.

En cualquier otro momento, ya me habría levantado en brazos. Pero ahora mismo, sus ojos eran tan gélidos como siempre, como si estuviera mirando una piedra en su camino.

No quiero decir que su mirada fuera alguna vez cálida o afectuosa. Pero, aun así, al menos… no parecía que estuviera mirando a una extraña.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Quién la ha traído aquí?

Debería haber huido cuando tuve la oportunidad. No debería haber dudado.

Me invadió un arrepentimiento inmediato en cuanto oí su voz grave y apagada. No debería estar aquí. De verdad.

Me mordí el labio. Me sentí como una vagabunda que ha perdido su hogar. No pude evitar que mi rostro se endureciera por este sentimiento de futilidad. ¿De verdad hice algo tan malo? No lo creía, pero parecía que me equivocaba.

—M-me dijeron que Su Majestad Imperial la había llamado… —apenas logró decir la doncella con su tímida voz.

Kaitel se apartó sin decir palabra. Ni siquiera la miraba de forma amenazante, pero era suficiente para que la doncella temblara incontrolablemente.

Lo entiendo. Da miedo. Podría morir a este ritmo. ¿Qué hago? ¿Debería decir que fui yo quien quiso venir? Parece un poco exagerado, pero aun así… podría ayudar, ¿no? Añadiré toda la monería que pueda…

—¡Oh! ¡Eso!

Estaba a punto de abrir la boca para salvar la vida de esta inocente doncella cuando vi que Perdel se había acercado. ¿Ya se ha vaciado el despacho? Cerré la boca de golpe.

Perdel me guiñó un ojo. ¿Pero qué…?

—La llamé yo —anunció alegremente.

Me quedé sin palabras.

¿Qué? ¿Qué demonios…? ¿En qué estaba pensando?

Aunque Perdel actuaba como si no hubiera hecho absolutamente nada malo, pensar en la doncella cuya vida había estado en peligro no me permitía aprobar su actitud en absoluto.

¡Deberías haber dicho que fuiste tú! ¡¿Por qué decir que fue Kaitel quien dio la orden?!

—¿Quién te dio permiso? —la tensa voz de Kaitel se filtró entre sus dientes.

¡En serio! ¡¿Quién te dio permiso?! Pensé que la obvia e inquietante tensión ya habría desanimado a Perdel, pero en lugar de eso, me agarró y sonrió. ¡Eh! ¡¿Por qué me agarras?! ¿¡Intentas arrastrarme contigo a la tumba!?

Se agachó y me miró a los ojos, sonriendo ampliamente.

Ugh. Tiene una sonrisa bonita.

—Venga, mi princesa Ria. Echabas mucho de menos a tu padre, ¿verdad? ¿Verdad?

No. ¿Por qué haces una pregunta tan obvia? Pero como obviamente no podía decir esos pensamientos en voz alta, le aparté el brazo de un manotazo.

¡Cómo te atreves… sin permiso!

Perdel bajó la cabeza con tristeza. —¡Rechazado por la princesa!

No es la primera vez. Me asombra lo persistente que eres a pesar de cada rechazo.

Retiré la mano y aparté rápidamente la cabeza, pero tuve tan mala suerte… que mis ojos se posaron en un par de ojos carmesí. Pero solo por un momento. Justo cuando sentí que el color de sus ojos empezaba a intensificarse, Kaitel se dio la vuelta.

Rechazada. Fruncí el ceño.

—Llévala de vuelta al palacio —ordenó con voz grave y apagada.

Con esa última orden, Kaitel pasó a mi lado. Sus asistentes lo siguieron.

Maldita sea. Mi ceño no tenía intención de relajarse.

Ugh. Agh. Puaj. ¿Qué demonios es esta sensación tan sucia? No sabía qué era. Lo único que sabía era que era muy desagradable. Sucia. Repugnante.

—Ah. —El rostro de Perdel también se endureció un poco. Siempre era tan alegre y sonriente conmigo que pensé que me sentiría aliviada al ver cómo todo eso se desmoronaba, pero ver su rostro contraerse de una manera que parecía profundamente preocupado, sorprendentemente, no me levantó el ánimo.

¿Qué es esta sensación sucia? Ugh, esto es irritante.

—Pensé que le gustaría…

¿A quién le gustaría qué exactamente? Le dediqué a Perdel una mirada de fastidio, y él forzó una sonrisa.

—Lo siento, princesa. Supongo que Su Majestad no estaba de humor para verla.

—¿Humor?

¿Su humor? ¿Y quién se va a preocupar por mi humor de perros? Pero a pesar de lo que yo sentía, parecía que Perdel solo estaba preocupado por Kaitel. Se llevó una mano a la cabeza y suspiró.

—Es que llevamos toda la noche lidiando con esto.

Sonaba harto, pero yo no estaba de humor para compadecerme. Basta ya, pensé, y me di la vuelta bruscamente.

Perdel pareció desconcertado por mi reacción. —¿Está enfadada, princesa? ¿Está enojada?

No le respondí.

—¡Oh, princesa! ¿Vamos a ver a Silvia?

Olvídalo. Sabía que intentaba animarme, pero mi cuerpo no obedecía a mi mente. ¿Qué es esta sensación de abatimiento…? De repente, anhelé ver a Serira, que esperaba en mi habitación.

Serira. Mi niñera. Mi mamá. ¡Quiero saltar a tu abrazo! ¡Ahora mismo!

Mi repentino anhelo creció sin control. Cuando empecé a correr, la doncella que me seguía gritó detrás de mí. Oí su voz llamándome, así como la de Elene animando a Perdel, que se había quedado desolado por otro rechazo más por mi parte.

—¡Ánimo, Canciller!

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