Traducido por Lily
Editado por Herijo
—¡Perdel!
En todo el vasto, inmenso palacio imperial, solo cuatro personas llamaban a Perdel de esa manera. El primero era su íntimo amigo y superior, Kaitel. El segundo, otro amigo cercano, Asisi. El tercero era el mentor de Kaitel, Dranste, a quien solo veían de vez en cuando.
Y por último, pero no menos importante, estaba el nuevo tesoro nacido en el palacio, la princesa Ariadna. Al principio, su voz le había parecido estridente y extraña, pero ya se había acostumbrado. Perdel se dio la vuelta y le dedicó una gran sonrisa.
Tal como sospechaba, quien había venido corriendo hacia él no era otra que la única e inigualable princesa, Ariadna.
—¡Princesa!
La forma en que se acercaba con sus pasitos torpes desde la distancia era adorable. Perdel contuvo el aliento. Había crecido bastante y era tan linda que cualquiera que la mirara no podía evitar sonreír. Era tan adorable que uno podría hartarse de llamarla adorable tan a menudo. Y Perdel era uno de los muchos que estaban completamente hipnotizados por su encanto.
—¡Vaya, nuestra princesa ya corre bastante bien!
—¡Sí! ¡Soy muy buena!
Era adorable incluso cuando presumía. Perdel no pudo evitar sonreír. Daban ganas de morderla de lo adorable que era. Se agachó para que la niña no tuviera que inclinar tanto la cabeza para mirarlo y sus miradas se encontraron.
—¿Qué haces, Perdel?
—Iba a volver a mi habitación.
La niña asintió ante la sonrisa de Perdel.
Luchó contra el impulso de tocarle el pelo. Ah, quiero acariciarle la cabeza. Miró con anhelo su pequeña cabeza. ¡Solo quiero acariciársela una vez!
—¿Dónde está mi papá?
—¿Ah, Su Majestad?
Mientras calmaba sus manos que temblaban con el deseo de acariciar la cabeza de la niña, Perdel se puso a pensar. Habían almorzado juntos y él le había enviado un montón de papeles que necesitaban aprobación, pero no estaba seguro de si Kaitel estaría en su despacho.
Considerando la rutina de Kaitel, debería estar en su despacho o en la sala de entrenamiento, pero si la princesa estaba aquí, no estaba en su despacho.
—Probablemente esté en la sala de entrenamiento.
Ria se quedó pensativa ante el término desconocido. Serira, que había estado detrás de ellos como una sombra, sonrió y acarició la cabeza de la princesa.
¡Eh, eso es lo que yo quería hacer! Los ojos de Perdel se iluminaron de celos. ¡Y yo aquí, conteniéndome!
No es que le guardara rencor a Serira, pero no pudo evitar sentirse molesto de que ella estuviera haciendo exactamente lo que él quería hacer justo delante de sus ojos.
Mientras tanto, a mí ni siquiera me lo permiten… Bueno, podría si realmente quisiera. Podría simplemente cerrar los ojos y hacerlo. ¡Si fuera necesario, saldría corriendo justo después!
Pero el verdadero problema era lo que vendría después.
—¡Papá! ¡Perdel me ha tocado la cabeza!
Un simple desliz de la boca de esa niña inocente y… Se estremeció. Qué aterradora era aquella mirada silenciosa que lo fulminaba. Pensando en lo que había sucedido antes, no era algo a lo que debiera ceder a la ligera. Sería una locura.
La última vez que le acarició la cabeza, fue atormentado durante una semana entera con una pila interminable de papeles y documentos. Oh, qué recuerdo. Perdel ni siquiera había podido volver a casa porque estuvo días y noches seguidas revisando papeles con los ojos inyectados en sangre.
Ese imbécil lo hizo a propósito para hacerme la vida imposible. Bastardo. Realmente no es de ninguna ayuda en mi vida, ¿verdad? Ha sido así desde que éramos jóvenes.
Kaitel fue un compañero insufrible para Perdel desde el momento en que lo conoció. Y lo había odiado desde entonces. Si tuviera que enumerar las razones por las que lo odiaba, podría hacerlo con total seguridad:
-
-
- Por culpa de Asisi.
- Por culpa de Asisi.
- Por culpa de Asisi.
-
Sí, gracias a esta variada y colorida lista de razones, Perdel odiaba a Kaitel. Muchísimo. Una cantidad repugnante. Aunque ahora lo reconocía como su amigo, el odio seguía ahí. ¡No me gustas!
Kaitel era el archienemigo de Perdel y el mayor obstáculo de su vida. Siempre burlándose de él, criticándolo, ignorándolo.
Y ni siquiera puedo matar al tipo. Además, Kaitel es el emperador. ¡Y yo soy la persona que lo puso ahí! Al final, supongo que todo es mi karma.
—Debería haberme puesto del lado del Sexto Príncipe —refunfuñó Perdel, abatido.
Ria ladeó la cabeza con curiosidad mientras lo observaba. Incluso ese gesto le pareció a Perdel insoportablemente adorable… ¡Yo también quiero una hija! ¡Una hija mía!
—Princesa.
—¿Mmm?
—Su Alteza, ¿puedo tener un beso en la mejilla? —suplicó con ojos ansiosos y desesperados, pero la respuesta que recibió fue fría.
Ria frunció el ceño de inmediato.
—No.
Su expresión era como si hubiera escuchado la petición más demencial y repugnante de la historia. Perdel se sintió un poco dolido.
¿Por qué mi situación es tan patética? ¡Oye! Me convertí en canciller a la tierna edad de veinte años y, desde entonces, he reformado por completo todos los sistemas ineficientes y los he reemplazado con políticas nuevas y altamente eficientes que han hecho a este país tan próspero y estable como lo es ahora.
¡Soy un canciller de primera clase en este país! ¡Un genio de la política! ¡Y sin embargo, aquí estoy, sin una hija! ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede alguien vivir sin una hija?
—P-princesa…
—Entonces, ¿papá está en la sala de entrenamiento? —preguntó Ria mientras agitaba algo en su mano. Solo entonces Perdel se dio cuenta de lo que sostenía la princesa.
—¿Qué es eso?
—¡Un regalo para papá!
¿Un regalo? ¡Ese tipo no se merece ningún regalo!
La creciente envidia amenazaba con nublar su raciocinio.
Ah, no puedo creer que sienta envidia de algo teniendo la vida que tengo. Perdel nunca imaginó que estaría en esta situación. ¡Siempre pensé que la gente solo sentiría envidia de mí!
—¿Un regalo? ¿Qué es?
—Lo encontré en el Jardín de la Serenidad. ¿Quieres verlo?
De una pequeña bolsa roja, Ria sacó un bonito guijarro. Probablemente era uno de los muchos guijarros que se habían esparcido por el jardín como decoración.
¿Cuánto costaron esos otra vez? Oh, espera. Ese no es el punto. A Perdel le decepcionó darse cuenta de que estaba más ocupado tratando de recordar el precio del objeto que admirándolo por lo que era. Pronto sonrió.
—¡Es hermoso!
Ria sonrió radiante.
—¿A que sí? Por eso lo recogí para dárselo a papá de regalo.
No creo que a Kaitel le gusten este tipo de cosas…
Kaitel siempre había sido indiferente a todo lo bello, ya sean mujeres hermosas, joyas hermosas o alguna otra cosa hermosa. Era como si su pozo de emociones se hubiera secado. Tsk, tsk. No tiene nada de humano.
A Perdel nunca le había gustado Kaitel, pero esa era la parte que más odiaba de él. Su absoluta indiferencia, incluso hacia las personas…
No dudaba en ordenar que mataran a bebés y niños, que no se perdonara a ningún anciano, y no se contenía en torturar a hombres y mujeres por igual para obtener la información que necesitaba.
Esa era la razón por la que Perdel siempre sentía ganas de provocar a Kaitel y llevarle la contraria. Era divertido ver cómo se irritaba por su culpa. Por supuesto, esa diversión venía en un paquete con una amenaza de muerte, pero de alguna manera, Perdel siempre salía con vida.
Aunque todos estaban impresionados de cómo Kaitel siempre perdonaba a su amigo, Perdel no lo veía de esa manera. ¡Solo me perdona la vida porque no podría manejar las consecuencias de mi ausencia!
Para ser sincero, incluso el propio Perdel estaba impresionado de haber llegado tan lejos. Pero si acaricio el pelo de la princesa ahora, no veré el mañana, ¿verdad? Ese psicópata.
—¿Qué están haciendo ustedes dos allí? —Era una voz familiar.
Ria se giró de inmediato para mirar. Perdel también miró hacia donde venía la voz. Tal como había sospechado, Kaitel vestía de manera informal con una espada en la mano, como si volviera de la sala de entrenamiento. Perdel se incorporó.
—¡Papá! —Ria se iluminó y corrió hacia él.
Perdel se tragó un gemido de envidia mientras veía a Kaitel atrapar a su hija en brazos con total naturalidad.
Yo también quiero hacer eso. ¡Quiero abrazarla! Necesitamos tener una hija que se parezca a Silvia más pronto que tarde. ¡No creo que pueda aguantar mucho más!
—¿Qué estaban haciendo? —preguntó Kaitel.
Ria le entregó el guijarro que sostenía.
—¡Toma! —Kaitel recibió el guijarro impecablemente liso, y luego miró a su hija como preguntando qué era aquello. Con una sonrisa, Ria dijo: —¡Es un regalo!
Perdel sonrió derrotado mientras observaba la escena. No necesito nada más. Las hijas son lo mejor.
Ria era tan adorable que hasta Kaitel sonrió.
—¿Es un soborno?
—Sí.
Perdel se sintió incrédulo ante la extrañamente seria conversación entre padre e hija… ¿Un soborno? ¿Llamas a un gesto inocente de una niña un soborno? ¡Eres malvado!
Pero los dos no prestaron atención a la furia de Perdel, dejándolo consumirse amargamente por su cuenta. ¡Todo esto es porque no tengo una hija propia!
—Es bonito.
Los ojos de Ria se abrieron como platos ante la voz inexpresiva.
—¿De verdad?
—Si. —La niña sonrió radiante, aparentemente feliz con la reacción que recibió, y Perdel se quedó sin palabras.
Nuestra princesa es un ángel absoluto. Aun así, verlos así ahora me llena de un nuevo asombro.
Cuando era un poco más pequeña, las cosas siempre eran tan tensas que cada vez que Perdel veía a la niña, se preguntaba si ese sería el día en que Kaitel finalmente la mataría. Pero ahora, los dos se habían convertido realmente en padre e hija. Mientras el padre sostenía a su hija, y la hija era sostenida por su padre, no podían parecer más naturales y cómodos el uno con el otro.
Vaya. Kaitel es padre ahora. Perdel tuvo una súbita revelación. A estas alturas, sería ridículo si Kaitel intentara negarlo.
El problema era que esto no era algo de lo que reírse, sino algo que envidiarle.
¡Yo también quiero una hija! ¡Una hija bonita y adorable como ella! ¡Una hija linda y cariñosa! En realidad, tener algo que envidiar en la vida es bueno. Porque se convierte en una motivación para mejorar y esforzarte por alcanzar tu meta.
De hecho, Perdel solía angustiarse por el hecho de que su vida pudiera ser demasiado perfecta. Un origen familiar prominente, una relación sana con su familia, habilidades excelentes, un intelecto sobresaliente y una esposa hermosa: no le faltaba nada. Por supuesto, esto era prueba del desbordante amor de los cielos, pero a su vez, era casi molesto lo bendecido que estaba. Le parecería bien que le quitaran una de esas cosas.
Pero si esa cosa era una hija, todo cambiaba.
Oh, era una historia completamente diferente. Una hija no se podía conseguir con esfuerzo. ¡Era pura suerte! ¿Cómo diablos se puede trabajar para conseguir eso? Y el problema era que Perdel quería una hija de inmediato. ¡En este mismo instante!
Hija… quiero una hija… ¿Debería adoptar una?
En ese momento, los labios de Kaitel se curvaron en una sonrisa seductora.
—Es más bonito que la persona que me lo da.
Ria frunció el ceño al escuchar la broma de Kaitel.
—¡No soy fea!
—¿Quién ha dicho nada de fea? —respondió Kaitel.
Ria le frunció el ceño.
—¡Tú lo has dicho!
Kaitel replicó con indiferencia:
—Yo nunca he dicho eso.
Perdel hizo una mueca. Qué infantil. Burlándose de su propia hija. Pero sentía envidia. Perdel contuvo las lágrimas.
—¡Sí que lo has dicho! ¡Has dicho que era fea! —protestó Ria.
A Kaitel no le importó.
—He dicho que es diferente a la persona que lo sostiene. Nunca he usado la palabra fea.
Ria se mordió los labios. No tenía respuesta para eso. Perdel quería ayudar, pero estaba demasiado distraído por la princesa frustrada. Debe ser por esto que la gente quiere hijas. ¡Maldita sea! ¡Qué envidia!
—Sí lo dijiste. Dijiste que era fea —murmuró Ria, gruñendo por lo bajo.
Kaitel sonrió.
—Sí. Eres fea.
Ria lo fulminó con la mirada. La broma de Kaitel molestó mucho a Perdel. ¡Cómo se atreve a llamar fea a la princesa! Perdel comentó:
—No puedo creer lo infantil que eres. ¡Esa no es forma de hablarle a nuestra preciosa princesa!
Kaitel se volvió hacia él.
—Pensé que te ibas a casa. ¿Qué haces aquí?
—Me encontré con la princesa y estábamos charlando. —Miró a Ria.
Ella sonrió y Kaitel lo fulminó con la mirada. ¡Cómo se atreve a mirarme como si yo fuera el malo!
—No te preocupes. No la toqué. —Perdel estaba dolido. ¡No tiene ni idea de cuánto quería acariciarla, abrazarla y besar su linda mejilla! ¡Deberían recompensarme por mi autocontrol!
Pero Kaitel fue un paso más allá y le preguntó a la princesa:
—¿De verdad Perdel no te ha tocado?
—¡No, no lo ha hecho! —respondió Ria.
¡Ese idiota! Gritó Perdel. —¡¿De verdad tenías que preguntárselo?!
Ria inclinó la cabeza en los brazos de Kaitel. Kaitel lo miró con lástima y se burló:
—Ten una si quieres una.
Estaba hurgando en la herida. Tener una hija era con lo que Perdel soñaba todo el día, todos los días.
—¡Lo haré! ¡Te juro que lo haré! ¡Voy a tener un hijo y una hija, y los abrazaré todo lo que quiera! —criticó Perdel.
Kaitel se burló descaradamente.
—Pues hazlo. ¿Quién te lo impide?
¡Ese bastardo!, pensó Perdel, mirando fijamente a Kaitel.
