La hija del Emperador – Capítulo 44

Traducido por Lily

Editado por Herijo


Habían pasado ya dos meses desde que Kaitel se marchó a la guerra. El tiempo volaba.

Mientras contaba los días, empecé a sentirme un poco rara. ¿De verdad ha pasado tanto? Parece que fue en un abrir y cerrar de ojos. A este ritmo, creceré y me casaré en nada. Envejeceré y seré abuela… Puaj. Qué espanto.

—¿Qué está haciendo, Princesa?

—¿Mmm?

Estaba estremeciéndome ante mi terrible imaginación del futuro cuando una dulce voz me habló. Alcé la vista y vi que era, por supuesto, Silvia. Relajé el ceño y sonreí con naturalidad.

Silvia me devolvió la sonrisa, radiante. La sensación de su mano en mi cabeza era agradable. ¡Más! ¡Acaríciame más el pelo! Ah, ¿cómo es que eres una mujer casada y sigues siendo tan hermosa? ¿Seguro que eres humana? ¡Debes de ser un ángel! ¡Un ángel sin alas!

—Nuestra princesa sabe cómo hacerse la encantadora. Ya es toda una mujer…

¿Toda una mujer? Sí, claro. Eso distaba mucho de la realidad, pero me gustó la broma de Silvia. Oh, ¡estoy más que dispuesta a seguirle el juego!

—Así es. Soy toda una mujer. ¡Me voy a casar pronto!

Elene soltó un grito ahogado ante mi tono jactancioso. Mientras tanto, Serira y Silvia respondieron con una carcajada. Dejando a un lado a Silvia, me sorprendió un poco que Serira también se riera, a pesar de que estaba ocupada con otra cosa a lo lejos.

¿Tan graciosa soy, mamá? ¿Por qué en este país no permiten los matrimonios precoces? ¡Mentalmente, ya tengo edad de sobra para casarme!

—¿No es agotador venir a Bolcena tan seguido? Por supuesto, estoy muy feliz de verla, pero…

Bolcena era el nombre de la mansión del Marqués Vitervo, situada en Zirgento, la capital de Agrigent.

Al principio me pregunté por qué era necesario ponerle nombre a una mansión, pero Serira me explicó que era como tener una dirección única. E incluso los distintos palacios que conformaban el Palacio de Agrigent tenían sus propios nombres. Para ser sincera, acababa de descubrir que el palacio imperial tenía nombre. Mi maldita ignorancia.

—Pero el palacio es aburrido.

—Aquí tampoco hay mucho que hacer.

—¡Puedo jugar con Sil! —Levanté ambas manos y agarré la de Silvia, con la que me había estado acariciando el pelo. Nuestras miradas se encontraron y ella sonrió.

Era verdad. Durante los últimos dos meses, había estado pasando mucho más tiempo en la Mansión Bolcena que en mi casa, el palacio. Silvia solía ser la que venía a visitarme, pero como estaba en el último trimestre de su embarazo, ahora era yo quien la visitaba.

Llegaba por la mañana después de desayunar y me iba después de cenar, así que prácticamente vivía aquí. Normalmente, dado el intento de asesinato y otras varias razones, no habría forma de que pudiera salir del palacio. Pero, como Silvia era mi madrina y Perdel el canciller, afortunadamente, podía ir y venir a mi antojo.

También era divertido ver la capital de camino. Además, si me quedaba en el palacio, mis días serían aburridos, insatisfactorios y completamente desesperanzadores. ¡Oye! ¡Eso es básicamente maltrato infantil!

Pero no podía creer lo vacío que se sentía el palacio solo porque Kaitel se había ido. Se sentía extraño. Parecía que la presencia de mi padre era mayor de lo que le había atribuido.

—Ahora que Su Alteza está aquí, el palacio no se siente tan vacío mientras Su Majestad está en la guerra. Siempre que Su Majestad se iba, me preocupaba que pudiera pasar algo terrible.

—¿Mmm? ¿Algo terrible? —Entendía la parte de que el palacio no estaba vacío ahora que estaba aquí, pero ¿por qué iba a pasar algo terrible?

Ladeé la cabeza con curiosidad, pero sin decir palabra, Silvia simplemente me acarició la mejilla. Me sentí decepcionada. Vamos. ¿Por qué no me dices el qué? ¡Ahora me has dejado con la intriga!

—¿Habla de los rebeldes?

Si no fuera por Serira, nunca lo habría sabido. ¿Rebeldes? Abrí los ojos como platos ante aquel término que nunca había oído. Serira parecía muy seria.

—Su Majestad ha capturado y ejecutado a muchos de ellos, y aun así he oído que siguen activos en secreto.

—Y seguirán estándolo mientras el Sexto Príncipe siga con vida —Silvia negó con la cabeza y una sonrisa preocupada.

¿Quién es el Sexto Príncipe? ¡Uf! ¿Por qué hay tantas cosas en este mundo que no sé? ¡Me está volviendo loca! ¡Maldita sea! ¡¿Por qué nadie me lo dice?! Oh, da igual. Olvídenlo. Buah. Adelante. Hablen entre ustedes. Yo me limitaré a escuchar a escondidas. ¡La vida se basa en lo perceptivo y observador que seas, después de todo!

—Me siento más tranquila ahora que hay una línea de sangre de la Familia Imperial presente en el palacio, pero antes, cuando Su Majestad se ausentaba durante meses en una conquista, estaba tan ansiosa que apenas podía dormir.

—Cierto. Casi parecía deliberado, porque se iba por mucho tiempo.

—Perdel siempre me dice que no me preocupe, pero ¿cómo no hacerlo? Un movimiento en falso y todo el país podría ponerse patas arriba.

Maldita sea, no tengo ni idea de qué están hablando. Me quedaré quieta. Casi suena como si hablaran en otro idioma. ¿Qué están diciendo? ¿Kaitel hizo qué? Es como si hablaran en una especie de código secreto. ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Me siento un poco excluida. Un poco de afecto, atención y cariño no me vendrían mal.

Justo entonces, como si hubiera oído mis súplicas internas, Silvia se giró para mirarme. ¿Mmm? Cuando nuestras miradas se encontraron, le dediqué una mirada inexpresiva.

Entonces, Silvia sonrió y tiró de mi mano.

—¿No extraña a su padre, Princesa?

—¿A mi padre?

¿Padre? ¡Padre mis narices! ¿Por qué iba a extrañarlo? ¡Apenas llevo dos meses de relajación desde que se fue! Y bueno… Vale, quizás lo echo un poco de menos… ¡No! ¡Olvídalo! Mmm, ¿por qué iba a extrañarlo? Estoy perfectamente sin él.

Hice un puchero con coquetería.

—¿Qué padre?

Los rostros de ambas mujeres se tensaron en un instante. Silvia, incapaz de ocultar su nerviosismo, preguntó rápidamente:

—¿No… no recuerda a Su Majestad?

—¿Mmm?

Sus expresiones cambiaron al oír mi respuesta inocente y despreocupada. Algo grande y pesado cayó entre nosotras. Un profundo silencio.

Me puse a enroscarme un mechón de pelo con el dedo de forma ostentosa. Hmph. ¿Qué me importa a mí un tipo como ese?

De repente, Serira me agarró los hombros, presa del pánico. Ambas mujeres hablaron urgentemente al mismo tiempo.

—¿Ese hombre que veía todos los días?

—¿Qué hombre?

—¡El que la llamaba bicho, Su Alteza!

¡Oye, oye, oye! De todos los buenos recuerdos, ¿tenías que sacar ESE? ¡¿Es que quieres morir?! Solo iba a fingir que lo había olvidado un ratito, pero esa palabra arruinó por completo cualquier voluntad que tuviera de terminar con la farsa. ¿Bicho? ¡Ese es un recuerdo que quiero olvidar! Tienes razón. Me trató como a un bicho. ¿Te hace feliz eso?

—¿No recuerda al hombre guapo con el que comía y hablaba todos los días? ¡Incluso dormían en la misma habitación, Su Alteza!

—No me acuerdo.

—Su padre. Su papá, Princesa.

—¿Quién es ese?

Las dos hicieron todo lo posible por explicármelo, pero yo había decidido no reconocerlo.

Da igual. ¡Si digo que no lo sé, es que no lo sé! ¡Hmph! ¿De verdad creen que voy a decir que lo recuerdo?

Dejando a las dos sumidas en un pánico nervioso, le arrebaté la taza a Elene. Ahh, sí. La limonada definitivamente sabe mejor en invierno.

—¿Q-qué hacemos? Solo han pasado dos meses y ya… ¿Qué dirá Su Majestad cuando regrese…?

—T-tranquila, Serira. No debemos entrar en pánico.

—P-pero… —Serira se cubrió la cara con las manos. Parecía estar a punto de llorar. Estaba tan angustiada que empecé a sentirme culpable por haberlas engañado.

¡Ah, no! ¡No es así! Es porque me hiciste recordar cuando me trataban como a un bicho. ¡Eso es algo que no quiero volver a recordar jamás!

—No podemos ser nosotras las que entremos en pánico. Debemos pensar en la princesa.

Oh, no hay necesidad de pensar en mí, señoras. Hmph.

Fue sorprendente que Elene fuera la más tranquila en esta situación, pero pronto me di cuenta del porqué. Ah. Últimamente he pasado mucho más tiempo con Silvia, debe de estar celosa. Oh, ¿estás celosa? Por cierto, ¿por qué le gusto tanto?

Estiré la mano para agarrar el dedo de Elene y lo agité. A Elene se le iluminó la cara. Otra fanática oculta, como Perdel.

—¡Ah, sí, es verdad!

De repente, Silvia se levantó como si hubiera tenido una buena idea. Me sobresalté. ¿Mmm? ¿Por qué te levantas?

—¡Blaine!

—Sí, mi señora.

—Tráeme la telepiedra que está conectada con el palacio imperial.

—Sí, mi señora.

La doncella hizo una reverencia y se fue. Silvia dejó escapar un suspiro de alivio y volvió a sentarse. Todo lo que había hecho era levantarse y sentarse, pero estaba agotada. Su vientre se había vuelto muy grande en esta última etapa.

¿Por qué tiene la barriga tan grande? ¿Cómo de grande será el bebé? Toqué la barriga de Silvia. Daba un poco de miedo ver lo grande que era su vientre en comparación con lo delgados que estaban sus brazos y su cara.

—¡Tu barriga parece una montaña!

—¿Tan grande es?

—¡Sí!

¿Cómo se vive con eso?

En mi vida pasada tuve amigas que se casaron y tuvieron hijos a una edad temprana, y cada vez me quedaba asombrada. Escuché que las mujeres sufren estreñimiento y problemas para dormir durante el último trimestre.

Las madres son realmente asombrosas. Aunque yo también sea mujer, nunca fui madre, así que me parece algo increíble.

—Su Alteza, su madrina está cansada. ¿Por qué no viene aquí?

Ni siquiera me estaba aferrando tanto a ella. Hice un puchero. Lo estaba diciendo como si estuviera molestando a Silvia a propósito.

Silvia nunca perdió la sonrisa al mirarme, pero… De acuerdo. Lo siento. Debería haber sido más considerada. Me senté en mi silla, tal y como me pidió Serira, y me bebí de un trago el resto de la limonada que Elene me dio.

Justo entonces, la doncella que se había ido hacía un momento regresó con un objeto del tamaño de la palma de mi mano. Era una piedra rosa que brillaba y tenía la forma de una pirámide. Nunca había visto esto antes, pero Silvia lo manejó con gran familiaridad.

—¿Sí? ¿Qué pasa?

¿Eh? Esa voz… Se me cayó la taza del susto. Afortunadamente, Serira la atrapó justo a tiempo. Si no, mi bebida se habría derramado por todo mi vestido.

No, pero espera. ¡Eso no es lo importante ahora mismo!

—¡Perdel!

—¿Sí?

—¿Dónde está?

Esa es la voz de Perdel. Mis oídos no me engañan. ¡Es Perdel, sin duda! Me quedé con la boca abierta. ¿Qué es eso? ¿Puedes llamar a la gente con eso?

No había auricular ni números que marcar. Parecía tan simple como jugar al “teléfono” con vasos de papel, ¡pero aun así, estaba fascinada! ¡Y la calidad del sonido! ¡Es alta definición!

—¿Eso? Me llamas de la nada y esperas que sepa qué es “eso”. ¿Qué buscas? ¿A mí? ¿Me echabas tanto de menos? No te preocupes. Volveré en cuanto termine esto.

—No, eso no. Hablo de esa cosa.

—¿Qué “cosa”? Tienes que ser más específica. Sil, estoy en medio del trabajo, así que no puedo hablar mucho más.

Silvia se estaba frustrando porque Perdel no la entendía. Mientras tanto, Perdel se sentía un poco dolido porque Silvia sonaba como si no fuera él lo que le interesaba.

¿En medio del trabajo y no puede hablar? Pff. Con ese tono de niño enfurruñado no tienes ninguna credibilidad.

—Yo tampoco planeo hablar mucho. Hablo de esa cosa que siempre llevas contigo últimamente.

—¡Oh, eso! Debería estar por ahí, en alguna parte. Pero solo quiero aclarar que no siempre lo llevo encima. ¡No soy un pervertido!

—Pero lo eres.

Oí a Perdel jadear.

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