Traducido por Kavaalin
Editado por Meli
Los ganadores estaban claros.
Ocho estaban tumbados en el suelo, todavía había unos diez de pie, pero solo se mantenían parados. Si no fuera por su miedo a Guantelete de Hierro, se habrían rendido hace mucho.
Guantelete de Hierro recuperó el aliento y comenzó a maldecir en voz alta. No tenía miedo, ya que había una gran multitud observando, pelear era una cosa, pero matar era algo distinto.
—Maldito seas, caballero blindado. ¿Quién se escondería detrás de un yelmo todo el día a menos que fuera un criminal? ¡Quítate el casco y déjame ver tu cara de fugitivo! Te escondes detrás de un caparazón sin atreverte a mostrar el rostro, ¿y te haces llamar un hombre?
El caballero frunció el ceño, esto era malo.
El Hogar de los Mercenarios era un área gris, incluso sin pruebas reales, siempre y cuando alguien lo reportara, el sheriff aprovecharía la oportunidad para hacer un registro. Si eso sucediera, tendría que dejar Elvira.
Pero, si se fuera, ¿a dónde iría?
El elfo se acercó a Guantelete de Hierro, mirándolo fríamente.
—Veinticinco contra uno, pero aún te niegas a admitir la derrota, ¿y te haces llamar un hombre?
—Abre las piernas y te mostraré si soy… ¡Ah! ¡¡Ah!!
El elfo le levantó el pie y lo pateó en la parte inferior.
—No sé si eras un hombre, pero no lo serás más —declaró el elfo sin expresión ante los gritos agonizantes—. ¿Cómo se siente no ser capaz de lloriquear?
Los mercenarios presentes comenzaron a reír, algunos incluso vitoreaban y aplaudían.
Los miembros de la Tropa del Águila palidecieron y algunos cubrían inconscientemente su entrepierna, luego comenzaron a irse en esa pose mientras temblaban.
—No van a informar de esto.
El elfo se alejó y caminó hacia el caballero.
—Ya no tienen coraje. —dijo en voz baja.
El caballero no respondió, porque en el momento en que abriera la boca, no podría seguir conteniendo la risa. Pero su alegría fue reemplazada por el miedo cuando vio al elfo tambalearse.
—Tú… —Extendió la mano para estabilizarlo—. ¿Estás herido?
—No es por la pelea —respondió cerrando los ojos—. Fue Daniel. Ya pasó el minuto que dije podría aguantar.
El rostro del elfo estaba pálido, su pecho subía y bajaba rápidamente, aunque se encontraba exhausto, no sudaba. Incluso si no podía sentir su temperatura por la armadura, por como lucía, podía adivinar que el elfo tenía fiebre.
El elfo había estado ocultando su mano izquierda vendada pero la mancha de sangre se estaba extendiendo rápidamente.
El caballero se dio cuenta de que había cometido un grave error.
No era que el elfo eligiera no responder a las burlas, sino que sólo podía permanecer en silencio.
Debí darme cuenta y no ignorado. Ni siquiera podía usar bien un arco y, sin embargo, lo metí en esto con mi egoísmo.
—Lo siento Caín. ¿Me puedes ayudar a llegar hasta mi cuarto?
No eres tú quien debería pedir perdón, pensó pero solo asintió porque no pudo hablar por el nudo que tenía en la garganta.
Como si tratara un objeto frágil, levantó con cuidado al elfo y entró por la puerta principal.
—Por favor, no hagas eso… —El elfo estaba perplejo, sus ojos muy abiertos.
El caballero ignoró sus protestas y se dirigió en silencio hacia el segundo piso.
Una puerta se abrió al final del pasillo, un joven pelirrojo salió con el brazo apoyado contra el hombro del arquero White. Por su aspecto somnoliento, ni siquiera los gritos agonizantes los habían despertado, probablemente ignoraban por completo lo que acababa de pasar escaleras abajo.
—Oh, lo carga como a una princesa, que romántico —se burló el pelirrojo.
—¿Lo ves? —replicó el elfo—. Esta pose es como si llevaras a una chica inconsciente.
—Tonterías. ¿Debería haberte llevado como un saco de papas?
—Puedo caminar por mi cuenta…
—Guarda tus fuerzas. —El caballero resopló dentro de la armadura.
—Gracias. —Los labios del elfo se alzaron en una pequeña sonrisa.
—¿Por qué? —respondió con exasperación—. ¿Por casi matarte?
—No creo que eso sea tan fácil. En todo caso… Ya llegamos, bájame, por favor.
—¿Necesitas un curandero?
—No es necesario —respondió y abrió la puerta—. Puedo encargarme de la herida yo mismo y lo otro, esperar a que sane por sí sola, un curandero sería inútil.
—¿Lo otro?
—Sí. —Bajó la cabeza—. Veneno por la mordedura de un hombre lobo.
—¿No te convertirás en un hombre lobo?
—Eso no es posible. —Sonrió—. Sólo los humanos pueden ser convertidos.
El caballero se dio cuenta de que ya había hablado demasiado…Pero como ya ha preguntado tanto, una más no debería ser un problema.
—¿Cómo te llamas?
—¿Eh, yo? —Levantó la cabeza—. Ellen.
—¿Ellen qué?
—Solo Ellen.
—Como no vas a morir, me voy.
Ignoró la expresión de sorpresa del elfo, abrió la puerta detrás de él, se dio media vuelta y se fue.
No está bien, no quería decir eso. Quería disculparme, decirle gracias y un mejórate pronto. Quiero quitarme este maldito yelmo y responder a sus saludos con una sonrisa. ¿Llegará el día en que pueda hacerlo?, apretó los puños y siguió caminando.
♦ ♦ ♦
Estaba nevando al día siguiente, por lo que el vestíbulo del Hogar de los Mercenarios se encontraba lleno de gente.
El caballero se sentó cerca de la puerta: observó como la gente llenaba de poco todas las mesas.
El elfo lo saludó en cuanto llegó. Echó un vistazo alrededor de la habitación llevando su taza; con una expresión vacilante, se acercó hasta la mesa del caballero.
—Disculpa, ¿te importa si me siento aquí? —Esperó en silencio el consentimiento, tomó la silla y sonrió—. Gracias.
No puedo acercarme más. No te acerques más. ¿No te preocupa lo que dijo Guantelete de Hierro? Solo un criminal fugitivo escondería todo el día su rostro y se sentaría siempre junto a la puerta para escapar con facilidad.
—No… —dijo con voz dura—. Sí me importa.
—Oh, —respondió con sorpresa y arrepentimiento—. Lo siento, entonces me iré.
Agarró su taza, asintió con la cabeza al caballero, luego caminó hacia la mesa contigua donde estaban sentados los dos hermanos pelirrojos, haciéndoles la misma pregunta.
Estos aceptaron felizmente.
—Ah, cierto, a nuestro equipo todavía le falta un luchador de rango. ¿Te gustaría unirte? —preguntó el hermano menor
—Si es para ayudarlos con alguna misión estaría más que encantado —el elfo sacudió la cabeza—, pero si es un puesto permanente, entonces lo siento.
—No te preocupes, entendemos. —Sonrió el mercenario más joven, sin ofenderse—. En vez de nuestro insignificante grupito, un equipo más grande te convendría más.
La mesa de al lado estaba siendo ocupada por Fil y sus compañeros. Al escuchar esto, el pequeño bandido le explicó algo en voz baja a su capitán. El espadachín asintió, se puso de pie y se dirigió a la mesa del elfo.
—Me contaron lo que sucedió —El capitán del grupo de mercenarios agradeció seriamente al elfo—. Muchas gracias por todo lo que hiciste por nuestro compañero. ¿Nos darías el honor de unirte a nosotros?
Con treinta o más miembros, «Espinas» se había convertido en uno de los grupos de mercenarios más grandes de Elvira, con los luchadores más fuertes.
—Me temo que no soy apto para permanecer en un grupo a largo plazo —se disculpó—. No pretendo ofenderlos, es por un asunto personal. Lo siento mucho.
—No hay necesidad de disculparse. Con permiso —dijo el espadachín con cortesía y se alejó de la mesa
Por alguna razón, el caballero suspiró aliviado.
