La villana vive dos veces – Capítulo 21

Traducido por Herijo

Editado por Freyna


Bill entró en pánico.

Si Miraila hubiera estado aquí, no habría permitido que estas personas entraran en la mansión. Y Artisea habría sido castigada por recibir regalos de un hombre sin su permiso.

Pero ahora Miraila se había ido de vacaciones y Bill era solo un simple mayordomo. Siempre había oprimido y menospreciado a Artisea, pero lo había hecho siguiendo la voluntad de Miraila.

Eso no significaba que no le gustara hacerlo.

Disfrutaba plenamente de la retorcida sensación de superioridad que obtenía al pisotear a la heredera del marquesado Rosan y del placer de maltratar a una joven.

Pero, estrictamente hablando, Miraila era la instigadora de todo.

Bill tenía un talento maravilloso para entender sus pensamientos y obrar en consecuencia.

Mientras se preguntaba si debía detenerla, Emily entró en el vestíbulo sin vacilar. Sus empleados la seguían con diferentes prendas y maniquíes.

Fue entonces cuando Bill decidió detenerla, pero cuando vio al último hombre que entró, se estremeció y se quedó callado.

A simple vista, se podía decir que era un caballero. Ni siquiera su ropa podía ocultar su fuerte complexión y músculos bien desarrollados.

Las prendas que llevaba eran sencillas, pero emanaba dignidad y compostura. Además, llevaba una espada en la cintura.

Los cuatro escuderos que lo seguían también estaban armados.

Bill pertenecía a la clase baja. No se atrevería a enfrentarse a un hombre armado, especialmente si era un caballero. Le daban más miedo los caballeros, acostumbrados a matar, que los nobles que se oponían a Miraila.

—¡Bienvenidos!

Alice corrió alegremente para darle la bienvenida a Emily.

Cuando la jefa de las criadas vio que Alice saludaba a Emily, ignorándola tanto a ella como al mayordomo, la reprendió:

—¡Alice!

Sin embargo, los gritos que deberían haber continuado no llegaron.

Artisea apareció en lo alto de las escaleras y miró hacia abajo.

Emily sonrió, agarró el borde de su falda y la saludó cortésmente.

—Saludos, señorita Artisea.

—Bienvenida, señora Emily. No recuerdo haberla llamado, ¿qué la trae por aquí?

—Su Gracia, el Gran Duque Evron, me envió.

Artisea respondió después de un breve silencio.

—Sophie, acompaña a la señora a mi tocador.

—¡Sí, señorita!

Embelesada, Sophie, que estaba detrás de Artisea, bajó corriendo las escaleras. La tomó suavemente del brazo y la guió al segundo piso, como si fuera una tía a la que no hubiera visto en 30 años. Sus empleados subieron detrás de ella.

Las criadas susurraban mientras observaban la escena.

Esta vez, Artisea dirigió su atención al caballero, que también estaba parado en el vestíbulo.

El caballero llevó un puño al pecho e inclinó la cabeza cortésmente.

Artisea bajó al vestíbulo y se paró frente a él. Entonces, el caballero se arrodilló y la saludó.

—Soy el caballero Alphonse Luen. Fui nombrado caballero por el Gran Duque Evron y he servido en la Guardia del Gran Ducado hasta ahora. Es un honor conocerla.

—También es un placer conocerlo. Soy Artisea Rosan. Puede levantarse.

Cuando extendió su mano, Alphonse besó respetuosamente el dorso y luego se levantó.

—Si me lo permite, la escoltaré a partir de hoy por orden de Su Gracia.

—Le estaré agradecida. Espero que se sienta cómodo en el marquesado Rosan.

Artisea lo expresó con calma. Sin embargo, en su interior se sentía extraña.

Alphonse era uno de los caballeros más capaces y confiables del Gran Duque Evron. Era honesto y sin duda leal. Encarnaba el fuerte espíritu del Gran Ducado.

El que lo hubiera enviado a él como escolta hizo que Artisea se sintiera incómoda. Si hubiera elegido al Caballero Freyl o a cualquier otro caballero de rango similar, no se habría sentido así. Con cualquier otro escolta, habría pensado que había venido a observar y evaluar si este matrimonio sería realmente útil. Y eso sería lo normal.

Pero Alphonse era diferente. Enviarlo a él significaba que Cedric solo estaba pensando en protegerla. Eso le resultaba extraño.

En el pasado, Cedric había confiado a Alphonse el papel de proteger a Licia. Alphonse cumplió con su deber hasta el final. Había muerto a manos de Lawrence.

Sin necesidad de pensar en eso ahora, Artisea sacudió levemente la cabeza para despejar su mente.

Luego miró cuidadosamente a las personas que estaban detrás de él.

Entre ellas, había un rostro familiar: una mujer vestida de doncella, con la cabeza inclinada detrás de los escuderos.

Era Lise Hanson, la nieta de Marcus.

—Alphonse, ¿Su Gracia mencionó algo más?

—Hasta ahora he sido la espada de Su Gracia, pero me pidió que a partir de ahora sea el escudo de la señorita Artisea —declaró Alphonse lentamente.

Un escudo protege desde el exterior, pero también permite atacar desde el interior. No solo sirve como apoyo ofensivo, sino también como un arma de ataque eficaz dentro de un rango limitado. Además, las armas no piensan por sí mismas. Alphonse seguiría sus órdenes.

Artisea comprendió completamente las implicaciones. Cedric debió haberlo considerado todo.

Además, la llegada de Lise Hanson significaba que Marcus había tomado una decisión. En ese caso, no había necesidad de dudar.

Llamó a Bill, quien la observaba de reojo.

—Bill.

Bill bajó la cabeza apresuradamente. Artisea le dijo:

—Prepara una habitación para Alphonse. Que esté en el mismo pasillo que la mía. Y para los escuderos, será mejor preparar habitaciones dobles en el anexo. Puedes dejar que Alice se ocupe de la doncella.

—Un espacio pequeño donde puedan descansar es suficiente. Estos chicos pueden dormir bien incluso en un establo —dijo Alphonse. Artisea sonrió.

—No se preocupe. Quedan muchas habitaciones disponibles. Aunque no sea por mucho tiempo, espero que se sientan cómodos en una casa extraña.

Bill no parecía pensar lo mismo. Sonrió forzadamente y dijo, con expresión preocupada:

—Pero señorita, preparar habitaciones sin el permiso de la señora o del joven amo podría ser problemático…

—Bill.

Ella sabía que diría eso. Por esa razón, habló delante de todos. Artisea bajó intencionalmente la voz, haciéndola sonar aún más fría.

Bill se sorprendió aún más al ver la expresión de Alphonse, más severa incluso que la de Artisea. Los empleados de la boutique también miraron la escena con rostros rígidos. Incluso Emily se dio la vuelta y observó desde la entrada del pasillo en lugar de dirigirse al tocador.

Un ambiente helado descendió sobre el vestíbulo. Artisea preguntó en un tono deliberadamente suave.

—Bill, ¿puedes decirme quién soy?

—Bueno, señorita… —Bill sonó avergonzado.

Los sirvientes y las doncellas de esta mansión estaban bajo su control. Sin embargo, sin las instrucciones de Miraila, no podía usar la fuerza física contra la hija de la casa. Más aún en presencia del caballero del Gran Duque Evron y de la señora Emily, una mujer con muchas conexiones.

—No hagamos un espectáculo, entremos y hablemos. Es un asunto familiar, ¿no cree? —dijo Bill, intentando calmarla, e intentó tomarla del brazo.

Justo en ese momento, la espada envainada de Alphonse golpeó su codo. Bill ni siquiera vio cómo se movió.

—¡Ay!

Gritó de dolor y retrocedió, sujetándose el brazo.

Cuando el caballero avanzó, dos de sus escuderos se acercaron rápidamente, torcieron los brazos de Bill y lo sujetaron.

—¡Arrodíllate! —gritó Alice ferozmente.

Bill quedó atónito mientras lo forzaban a arrodillarse en el suelo.

Artisea dobló una rodilla en un movimiento casi grácil para mirarlo a los ojos.

—Bill, esta es la segunda vez que el marquesado Rosan es deshonrado por culpa de un mayordomo inútil frente al Gran Duque Evron.

—Señorita…

—Una vez se puede pasar por alto. Son cosas que pasan. Si uno es algo perezoso, puede que no conozca el paradero de su señor. Pero serlo dos veces es una deshonra para la familia. Alphonse actúa como los ojos de Su Excelencia, y es increíble que te hayas comportado así en su presencia.

Bill apretó los ojos, mientras un sudor frío le recorría la espalda.

Artisea preguntó de nuevo.

—Dime quién soy, Bill.

—Señorita…

¡Zas!

Alice le dio una fuerte bofetada en la mejilla.

—¡Señorita! ¡Si la señora se entera de esto…! ¡Ay!

Alice le dio otra bofetada.

Sus ojos se enrojecieron, no por el dolor, sino por la pura conmoción.

Aunque siempre lo había ignorado, Bill nunca había dejado de ser consciente de ello. Por mucho que la menospreciara, eso era desde la perspectiva de Miraila. La mujer frente a él era la futura marquesa Rosan, y él no era más que un plebeyo.

Además, ni Miraila ni Lawrence estaban presentes. Y no regresarían por el momento.

Bill se dio cuenta de que Artisea tenía tiempo más que suficiente para deshacerse de él.

Alice le dio otra bofetada.

—¿Y qué si la señora se entera? ¿Cree que va a golpear así a nuestra señorita?

Dependiendo de su humor, Miraila sería capaz de hacer eso y más.

Pero Lawrence era diferente. Él, que valoraba tanto las apariencias, no toleraría el escándalo causado frente al caballero del Gran Duque Evron, sin importar el castigo que Miraila impusiera después a Artisea.

Y aunque Miraila se enfadara luego con Artisea, eso no significaba que él, Bill, estuviera a salvo en ese momento.

Finalmente, respondió temblando:

—La… la heredera…

Artisea sonrió. Su sonrisa parecía completamente diferente a la de antes.

Los escuderos soltaron los brazos de Bill.

—Bill, ve a preparar los alojamientos para Alphonse y los escuderos. Cuando termines, ven a mi habitación con las llaves y los libros de cuentas.

—¿Las… las llaves?

—¿No has oído? Trae las llaves de la caja fuerte. Jacob.

Artisea llamó a Jacob, el asistente del mayordomo, que estaba encogido y abatido en un rincón.

—Ve con Bill y ayúdalo.

—¡Sí, sí!

—¿Has entendido bien lo que ha dicho la señorita Artisea? —preguntó Alice con aspereza.

Aunque Jacob estaba pálido y harto de ser menospreciado, asintió obedientemente. Luego, cuando se dio la vuelta, enderezó los hombros tanto como pudo. Si le quitaban las llaves a Bill, él, como asistente del mayordomo, podría hacerse cargo. Parecía haberse dado cuenta de que esto podía ser su oportunidad.

Artisea le dijo a Alice:

—Alice, ve y ayuda a esa joven criada.

—Pero yo también quiero ver sus nuevos vestidos…

—¿En quién más podría confiar sino en ti?

Alice sacó la lengua y dijo: —Está bien, lo haré. —Luego se rió.

Artisea se dio la vuelta primero. Emily y sus empleados se dispersaron rápidamente, como si no hubieran estado mirando.

Alphonse la siguió en silencio.

Deteniéndose en la puerta del ahora glamuroso tocador, con una expresión serena, completamente diferente a la de hacía unos momentos, Artisea dijo:

—Disculpe. Lamento que haya presenciado una escena tan desagradable nada más llegar.

—No tiene importancia, señorita —respondió Alphonse con cortesía—. No tiene que preocuparse por las apariencias en mi presencia. Su Excelencia nos ha dicho que se encuentra usted en una posición muy complicada dentro de esta familia y que, aunque sus acciones puedan parecer incomprensibles por el momento, todas tendrán una razón, por lo que no debemos dudar.

—Su Excelencia… —murmuró Artisea, sintiéndose extraña.

Incluso Lawrence, a quien había sido leal toda su vida pasada, nunca había confiado en ella de esa manera.

Más que vestidos, le había enviado confianza y fuerza.

Ahora tenía el poder. Con esto, podía dar el siguiente paso.

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