Traducido por Herijo
Editado por Freyna
La marquesa Camellia levantó lentamente su taza de té, ocultando su expresión. A juzgar por el tiempo que pasó antes de que pronunciara sus siguientes palabras, estaba claro que muchas cosas pasaban por su mente. Sin embargo, la marquesa no perdió la compostura.
—No sé de qué hablas. ¿Crees que el Gran Duque Roygar tiene alguna relación con el barón Yetz, querida? —dijo con un tono elegante.
No obstante, su mente seguía en desorden. El barón Yetz era una de las fuentes de financiamiento más importantes del Gran Duque Roygar. Aunque esto no significaba que desempeñara un papel crucial en la facción del Gran Duque; simplemente ofrecía grandes sumas de dinero a cambio de ciertos beneficios, ya que tanto el Director de Seguridad Pública como el Ministro de Finanzas eran hombres de la facción del Gran Duque, así como otros funcionarios clave.
No era una relación forjada por lealtad, así que no importaba si se rompía. Ciertamente, lo mejor sería cortar toda conexión con el barón Yetz, especialmente si era cierto que Cedric había tomado sus libros contables. Ahora que Cedric estaba involucrado, no había posibilidad de que las cosas se resolvieran tranquilamente a través de negociaciones tras bambalinas o acuerdos políticos.
Dado que la hija del señor White y la joya estaban relacionadas con este asunto, los periódicos harían mucho ruido al respecto. El emperador usaría chivos expiatorios en lugar de arriesgarse a apaciguar la ira del pueblo mediante la fuerza. El barón Yetz no sería suficiente para calmar esa ira; tendría que ofrecer algo de mayor estatus. Tenía que evitar convertirse en ese objetivo.
De todos modos, todo lo que el barón Yetz podía ofrecer era dinero. Era mucho dinero, pero no algo indispensable. No era momento para lamentaciones al respecto. Sin embargo, no podía simplemente aceptar las palabras de Artisea; se preguntaba hasta qué punto debía creer lo que decía.
Cedric Evron odiaba la política a puerta cerrada. La marquesa también había oído rumores sobre su enamoramiento con Artisea. ¿Era él el tipo de hombre que renunciaría a lo que tiene por la mujer a la que ama? Era un misterio. Cedric era joven y muchos hombres solo mostraban su verdadera naturaleza después de enamorarse.
Aunque no había garantía de que Artisea pudiera romper la conexión entre el Gran Duque Roygar y los negocios del barón Yetz, tampoco había certeza de que no pudiera hacerlo.
Artisea dejó su taza de té y la miró.
—El barón Yetz es un hombre vulgar. Ofrece sobornos a cualquiera que pueda beneficiarlo. Estoy segura de que ha hecho regalos a muchas figuras influyentes para obtener protección en momentos como este. Sin embargo, no es prudente aceptar un regalo de tal persona.
Artisea sonrió.
—Una dama de tu estatus nunca habría imaginado que la joya que te dio el barón fue adquirida estafando a una buena persona.
La marquesa deslizó sus yemas sobre el borde de la taza. Artisea volvió a llevarla a sus labios mientras la marquesa observaba atentamente cada uno de sus movimientos.
Las comisuras de los labios de Artisea estaban suavemente curvadas y sus ojos brillaban, como si disfrutara del momento. Cada uno de sus gestos era elegante y sereno.
Llevaba un vestido con volantes, pero no destacaba; parecía barato y desgastado por el uso constante, además, sus mangas eran cortas.
A pesar de su juventud, actuaba como esas viejas zorras astutas en la alta sociedad. Hasta ahora, nunca le había dado importancia a Artisea; sólo veía en ella a la hija pobre de Miraila.
Aunque era la sucesora del marquesado Rosan, no tenía control sobre él. Era hermana de Lawrence, pero no sería útil ni siquiera para un matrimonio político.
Ella sería devorada por Miraila como un parásito durante el resto de su vida, mientras Lawrence intentaría ganar su libertad mandando a su obsesiva madre con su hermana…
La marquesa Camellia se enorgullecía de conocer bien la naturaleza humana. Miraila nunca renunciaría a su hija. Muchos padres consideraban a sus hijos como su alter ego, o más bien, como sus posesiones.
A muchas personas les daba placer atormentar, controlar y abusar de otros. Sin embargo, había una clara diferencia entre golpear a un sirviente y abusar de un niño. Nada satisface más el deseo de poder y posesión que el placer que se siente al golpear a tu propio hijo hasta la muerte, y luego escuchar sus gritos, anhelando su abrazo y afecto.
Renunciar a una posesión tan bien domesticada carecía de sentido. Por lo tanto, no serían alguien de quien preocuparse.
Pero ahora, la chica frente a ella no era la pobre joven que la marquesa Camellia siempre había considerado, sino una dama genuina. A los ojos de la marquesa, parecía haber un fuego turquesa ardiendo dentro de Artisea. Es una pena que no nos hayamos conocido antes, pensó.
A veces, las amistades pueden ser más intensas que el romance, pero su hija estaba lejos de poder ganarse la confianza de esta chica. ¿Y su hijo? Su hijo habría sido adecuado, pero Cedric ya había tenido el privilegio de conocerla primero.
Levantándose de su asiento, le pidió a Artisea que esperara un momento. Luego regresó con una caja de joyería de terciopelo. Dentro había un collar de diamantes. Artisea pudo reconocer que la joya incrustada en el centro era el Corazón de Santa Olga.
—Este collar fue diseñado especialmente para el Corazón de Santa Olga. Por favor, tómalo tal cual —dijo la marquesa.
—Entonces te pagaré por el resto del collar —respondió Artisea.
—Lady Artisea, eso no será necesario. Como sabes, ya has pagado un precio razonable. Además, creo que puedo imaginar para quién deseas esta joya —replicó la marquesa Camellia con una voz suave y gentil mientras recordaba su pasado.
—En el pasado, cuando no era reconocida como la hija del marqués Kwaimar y ni siquiera se me consideraba parte de la nobleza, la dama más honorable de la alta sociedad solía asistir al mismo salón que yo.
—Sí —respondió Artisea cautelosamente, tratando de no revelar sus emociones.
—Ahora es diferente; mi esposo se preocupa por mí y Su Excelencia la Gran Duquesa Roygar me reconoce como su hermana mayor; ella se somete a mí. Ahora incluso los otros nobles me miran con respeto —continuó la marquesa Camellia—. En ese momento, no podía imaginar saludar a Su Majestad ni nada parecido. Sentía tanta envidia cuando trataba a su amiga con afecto y elogiaba la preciosa joya de su familia que no podía olvidarlo.
Artisea comprendió por qué la marquesa hablaba así.
Al actuar como si esto fuera un regalo para la emperatriz, daba la impresión de que la joya no le estaba siendo quitada. Así negaba su relación con el barón Yetz mientras mantenía una atmósfera agradable. En realidad, no podía aceptar que una joya tan valiosa estuviera en manos de un hombre tan vulgar que ni siquiera era un verdadero noble.
—Así que después de tener este recuerdo de mi juventud en mis manos, sentí la necesidad de exaltar su belleza. Esta es una medida temporal porque la Estatua de Santa Olga ha desaparecido y no hemos podido encontrarla; por lo tanto, la gema fue colocada temporalmente en este collar.
—Entiendo.
Artisea habló con naturalidad. Las palabras de la marquesa Camellia, por supuesto, no eran creíbles. No era el tipo de persona que consideraría esto un simple recuerdo. Si realmente estuviera diciendo la verdad sobre su admiración y recuerdos de la emperatriz, ya habría presentado este diamante a Su Majestad.
Artisea pensó que probablemente este collar era un trofeo para la marquesa Camellia, una recompensa por su juventud, en la que se sintió menospreciada e inferior a la vizcondesa Fischer. Ahora tenía en sus manos la prueba de que ocupaba una posición mucho más alta que la vizcondesa, con una influencia que ni siquiera la emperatriz podría permitirse ignorar.
Sin embargo, para Artisea, la vida de la vizcondesa Fischer había sido mucho más plena en comparación con la de la marquesa Camellia. La vizcondesa había conocido a su ama, a quien quería dedicar su vida; había ganado su confianza y murió por ella.
Finalmente, la marquesa Camellia sonrió antes de expresar:
—Confío en que transmitirás mis sentimientos adecuadamente a Su Majestad.
—Lo tendré en cuenta —respondió Artisea mientras tomaba la caja de joyería y se levantaba.
—Disculpa por haber venido a esta hora de la noche. Que las manos de la diosa de la noche te permitan tener un sueño placentero.
—¿No crees que podríamos ser buenas amigas? Ven a visitarme a menudo en el futuro.
Artisea solo sonrió. Aunque no era una mala idea, ella y la marquesa Camellia no estaban destinadas a ser amigas. La marquesa parecía querer convertir al Gran Duque Roygar en el emperador.
Por el contrario, Artisea algún día derrocaría al Gran Duque Roygar.
♦ ♦ ♦
Cuando Artisea salió de la mansión de Camellia, la luna ya se inclinaba hacia el oeste y una estrella matutina se elevaba en el cielo hacia el este. Todo estaba en movimiento y nada podría detenerlo ahora.
No se dirigió a la entrada principal de la mansión del marquesado Rosan, sino que salió del carruaje cerca de la entrada trasera. No quería que nadie supiera sobre su partida nocturna; había salido en un carruaje sin marcar.
La brisa nocturna era fría. Alphonse le puso una capa sobre los hombros.
—Lise —llamó Artisea a una de las dos sirvientas que la seguían.
Lise Hanson, quien había llegado al marquesado de Rosan el día anterior y aún no sabía qué papel jugaría, hizo una ligera reverencia y respondió:
—Sí, Milady.
—Tu abuelo se encuentra en el Gran Ducado de Evron en este momento, ¿verdad? ¿Están allí también tus otros familiares?
—No, pero mi tío está en la capital —respondió Lise, siguiendo las instrucciones que Marcus le había dado para esta situación.
—Entiendo —asintió Artizea. Quizás eso significaba que, en lugar de Marcus, su hijo mayor tenía los medios para contactar a sus familiares.
Sacó una carta de su pecho.
—Entonces ve a tu tío y dale esta carta. Eso será lo mejor.
Enviar una carta al Gran Ducado de Evron a altas horas de la noche sería arriesgado, así que esta era la mejor opción por el momento. El regreso de la familia Hanson al marquesado de Rosan aún debía prepararse tras bambalinas.
—No te preocupes. Todo lo que tienes que hacer es entregársela. Tu abuelo y tu tío decidirán las cosas importantes.
—Entiendo.
—Sube a este carruaje. Es demasiado tarde para que consigas otro. Después de entregar la carta, puedes visitar a tu abuelo de regreso. Solo intenta no atraer la atención de las otras sirvientas.
—Sí. Gracias —dijo Lise, guardando la carta en su pecho y haciendo una reverencia cortés a Artisea.
Pronto, el carruaje se fue y Artisea entró en la mansión.
Finalmente, había terminado los preparativos para tomar el control del marquesado de Rosan.
