Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
Seguía nublado y caliente en Milán.
Continuó lloviendo todos los días incluso después de que Marianne pasara la noche en el palacio imperial.
La tormenta fue muy severa el primer día, pero al día siguiente disminuyó la intensidad. Cuando empezaba a sentirse tranquila, hubo otra tormenta eléctrica llena de relámpagos.
En esas noche tormentosa, Marianne llamaba a Cordelli sin excepción y se quedaba despierta con ella hasta altas horas de la noche. No estaba tan asustada como el primer día, pero todavía le daba un poco de miedo dormir sola. Así que, como hacía en su infancia, Marianne charlaba con ella en la misma cama hasta el amanecer antes de quedarse dormida.
Cuando la tormenta amainaba, a menudo visitaba el palacio imperial para ver al emperador.
Eckart siempre sacaba tiempo para verla, aunque estuviera bastante ocupado. Cada vez que se reunía con él, le insistía para jugar a algún juego sencillo con las manos con el pretexto de ayudarle con ejercicios de rehabilitación como ajedrez, Othello, póker, origami, memoria, hacer figuras de hilo, dibujar o hacer esculturas de barro.
—Oh, cielos. No es un par.
Revisó las cartas que había volteado y las dejó boca abajo con expresión hosca.
Voltear cartas era también uno de los ejercicios de rehabilitación que ella había ideado.
—Ahora es tu turno, Su Majestad.
Él extendió su brazo derecho entablillado sobre la mesa. Era un juego sencillo, jugado principalmente por niños pequeños, pero él simplemente seguía sus indicaciones. No ponía objeciones incluso si ella jugaba a juegos más infantiles y fáciles. Si ella disfrutaba del juego, él también lo disfrutaba.
Él volteaba hábilmente las cartas y encontraba pares de diamantes, corazones, tréboles y picas. Su pila comenzaba a acumularse frente a él. Era un juego simple, pero le hacía usar bien la memoria y concentrarse, porque tenía que encontrar la forma, el color y el número exactos para hacer parejas.
Ella tenía una expresión seria, viendo cómo las cartas restantes desaparecían rápidamente.
Eckart soltó una risita inconscientemente, mientras volteaba las cartas.
Estos días había aprendido algo nuevo jugando con ella. Era la fuerte determinación de Marianne por ganar. Aunque admitía su derrota claramente, le insistía para jugar de nuevo si perdía, incluso aunque no apostaran nada.
—Mmm… creo que voy a perder, tal como van las cosas —murmuraba con tristeza, él finalmente volteó dos cartas que no eran un par
—¡Oh! ¡Mi turno!
Marianne rápidamente volvió a voltear la carta que Eckart había descubierto. Luego, empezó a emparejar cuidadosamente las cartas.
Él observaba su expresión seria mientras estaba inmersa en el juego.
Cuando sus ojos verde oscuro brillaban y se movían arriba y abajo para emparejar las cartas desordenadas, fruncía el ceño como una niña. Sus labios rojos estaban ligeramente curvados entre los dientes y se habían vuelto un poco blancos.
La luz de la lámpara, encendida cerca, proyectaba una sombra oscura bajo sus abundantes pestañas. Observó de cerca sus mejillas adorablemente lisas, sus manos que se movían alegremente y sus hombros que se agitaban suavemente con el ciclo de su respiración…
—¡Guau! ¡Las hemos emparejado todas! —gritó, aplaudiendo de alegría.
Él volvió en sí como si despertara de un sueño.
—¿De verdad? Déjame contarlas ahora.
Los dos contaron sus cartas. Ella comprobó el número de cartas, divididas en ambas manos, mientras él las extendía sobre la mesa y contaba con las yemas de los dedos.
—¡Veinticinco, veintiséis, veintisiete! ¡He ganado!
—Entendido. Has ganado.
Él había reunido veintiséis pares. Ella sonrió felizmente tras ganar por solo un par más.
—¿Hay alguien mas que te haya ganado en este juego?
—Sí, solo uno.
Ella pareció contrariada ante su respuesta. Aunque el juego de cartas no era oficial, se sentía realmente bien porque, como dama de una familia ducal, había logrado vencer al hombre más honorable de Aslan en varias ocasiones.
Eckart, por su parte, no pudo derrotarla en ajedrez: perdió cinco partidas seguidas. En Othello, ganó cuatro de las nueve partidas que jugaron, por lo que Marianne se quedó con la victoria. Aunque lo lamentó, no le molestó demasiado.
Sin embargo, en póker la situación fue distinta: ganó seis de siete partidas consecutivas. De hecho, en póker, nunca había perdido.
Ella deseaba haberle ganado también en el juego de voltear cartas.
—¿Quién te ganó?
—Colin.
—Ah…
Pero tan pronto como escuchó el nombre, no sintió ningún remordimiento. No tenía sentido que ella deseara vencer a un jugador como Colin, que podía recordar con precisión cualquier cosa una vez que la había visto.
—¿Has derrotado alguna vez a Colin?
—Bueno… perdí la mayoría de las veces, pero quizás gané algunas pocas.
—¿De verdad? Eso es asombroso.
—Pero me avergüenza decir que logré alguna victoria…
—¿Por qué?
—Yo tenía trece años entonces, y Colin tenía siete. Incluso a esa edad, Colin me ganó varias veces. Qué talento tan maravilloso. Jed nunca ha vencido a Colin en términos de memorización.
Ella rio de buena gana mientras inclinaba su taza de té para saciar su sed.
—He obtenido buena información sobre él. Déjame molestar a Jed cuando lo vea más tarde.
—Bueno, no lo admitirá. Como nunca ha jugado a ese juego de adulto, argumentará que la partida no era válida entonces. Jed es tan competitivo como tú.
—¿De verdad? Como dices, me gustaría jugar una partida con él y ganarle. ¿En qué juego es bueno Jed? Quiero ganarle en el juego en el que es bueno, si tengo que jugar.
Cuando uno quiere competir con alguien, es común buscar el punto débil de la otra parte, no su fortaleza, para ganar. Por el contrario, Marianne dijo que quería ganarle en el juego que él jugaba muy bien.
Por razones que desconocía, Eckart se sintió avergonzado ante sus ojos claros, igual que le ocurrió en Roshan. En su caso, él siempre buscaba las debilidades de los demás. Para él, era tan natural como encontrar la respuesta a una fórmula determinada, y nunca pensó que estuviera mal.
Cuando se enfrentaba a su temperamento recto, se sentía muy cobarde.
Y eso era reconfortante para él. Por otro lado, era un gran consuelo para él que una mujer tan buena y amable le sonriera y hablara tan francamente de cerca. Tenía un vago pero firme sentido de la responsabilidad de querer protegerla, para que pudiera seguir viendo el mundo de la misma manera que lo hacía ahora.
Eckart ocultó sus sentimientos con una leve sonrisa y dijo casualmente:
—Bueno, hay ciertas cosas que le gustan. El alcohol, las preocupaciones y las bromas.
—Entonces, ¿debería competir con él bebiendo?
—¿Bebiendo?
—Sí. A mí también me gusta mucho beber.
—No le ganarás en eso. ¿No sabes que la señora Renault es una gran bebedora?
—¿La señora Renault?
—Sí. He oído que es un talento único que heredó de la familia de su madre, los condes de Flemming. Nunca se emborrachan por mucho que beban. Irónicamente, Jed lo heredó de su madre, la señora Renault. Los bebedores normales nunca pueden ganarle. Bebe alcohol como si fuera agua sin fruncir el ceño en absoluto —dijo Eckhart en tono amenazante.
Por mucho que a Marianne le gustara beber, ¿cómo podría vencer a semejante bebedor?
Eckart no quería que su cuerpo sufriera daños por beber en exceso.
Sin embargo, como siempre, sus palabras de preocupación le entraron por un oído y le salieron por el otro.
—Vaya, ahora que lo dices, de verdad quiero ganarle.
—No… Probablemente no lo harás…
—¡No se sabe hasta que se intenta! Supongo que algunas de las cosas que Arthur ha importado esta vez son vinos caros y sabrosos. Me encantaría apostar eso. ¿Puedes servir de juez?
La estantería de la biblioteca giró suavemente mientras los dos charlaban así.
Cuando Curtis salió sigilosamente del pasadizo secreto y llamó en la estantería en lugar de en la puerta, Eckart y Marianne lo miraron.
—Que las bendiciones de Airius y Anthea sean derramadas sobre usted, Su Majestad. El caballero Curtis se siente honrado de verle.
—Levántate.
Curtis enderezó las rodillas flexionadas y se acercó a la mesa donde estaban sentadas las dos personas.
—Cuánto tiempo sin verle, Curtis. Si hubiera sabido que lo vería hoy, hubiera traído a Poibe. Ah, gracias por atender la campanilla en lugar de Cordelli la otra noche cuando llovió mucho. Te devolveré la amabilidad tarde o temprano —dijo ella con una brillante sonrisa.
Curtis dudó brevemente sobre si estaba bien aceptar su promesa de agradecimiento, pero bajó la cabeza cuando Eckart le hizo una señal.
—No tienes por qué. Gracias por tus amables palabras…
—No, me sentiré incómoda si te niegas. Mi padre y yo nos hemos sentido incómodos todo este tiempo porque no te hemos agradecido adecuadamente todas las veces que nos has ayudado, incluyendo el accidente de Roshan. Oh, Poibe es el pájaro que entrenaste, ¿verdad? Te debo el poder controlar bien a Poibe. Le pregunté al emperador qué te gustaba, así que espera unas semanas. Estoy preparando un bonito regalo.
—Gracias. —Aceptó Curtis recibirlo a regañadientes.
—Curtis.
Tan pronto como los dos terminaron de hablar, Eckart lo llamó en voz baja. No había ningún signo de enfado o urgencia en su llamada, pero Curtis supo inmediatamente que Eckart quería saber qué asunto lo traía allí. Fue directo al grano. Sus ojos negros brillaron.
—He descubierto quién es el invitado de Faisal.
