Prometida peligrosa – Capítulo 181

Traducido por Herijo

Editado por YukiroSaori


Pasaron cuatro días más. Mientras tanto, la temporada de lluvias dio una tregua en Milán y la cálida luz del sol comenzó a derramarse.

Marianne visitó el salón de la señora Chester después de mucho tiempo y vió a varias personas. Ahora era su trabajo ayudarla, la anfitriona del salón. La señora Chester la llamaba amablemente delante de todos, hablaba con ella y se ocupaba de los detalles, como para mostrarles quién era su nueva protegida.

Roxanne, que reapareció en el salón tras casi un mes de ausencia, se ofreció voluntaria para ayudar a Marianne. Muchas mujeres en el salón comenzaron a cotillear sobre ella; Roxanne levantó la cabeza y les sonrió. Incluso cuando alguien dijo sarcásticamente que se veía mejor que antes, Roxanne no se enfadó. Pero Marianne la vio apretar su pañuelo arrugado, de espaldas a ellas.

—Oh, lo siento. Ha surgido algo urgente de repente, así que tengo que dar por terminada la reunión. Dejaré el salón abierto hasta la tarde, para que puedan quedarse y disfrutar.

Tan pronto como la señora Chester se retiró, Marianne llevó a Roxanne al jardín trasero, diciendo que quería tomar un poco de aire fresco.

—Hace buen tiempo, ¿verdad? —comentó Marianne.

—Sí…, lo hace —respondió Roxanne débilmente.

Marianne la miró con lástima, mientras Cordelli, que la sostenía del otro lado, resoplaba con fastidio.

¿Por qué eres tan perezosa si te ofreciste a ayudar a Marianne?, pensó Cordelli refunfuñando.

Marianne, tratando de calmarla, señaló hacia el extremo del jardín.

—Si vas hacia la entrada principal, hay un jardín de rosas. ¿Te gustaría ir? Hay una fuente y un banco; es perfecto para descansar.

—Sí. Déjame acompañarte hasta allí.

Roxanne caminó hacia el lugar que Marianne señaló. Desde que decidió ser su amiga, Roxanne actuaba pasivamente, como alguien sin opinión propia.

Una brisa tranquila sopló sobre ellas. Había flores que habían caído tras la fuerte lluvia, pero la mayoría florecían más verdes y brillantes gracias a la misma. Parecía que la señora Chester las había cuidado de antemano, prediciendo la fuerte tormenta.

Marianne miró de reojo a Roxanne, pasando junto a las flores que habían sobrevivido. Gracias al fresco aroma del verano, sintieron el sol de la tarde más cálido.

—No te preocupes demasiado. No tienes que reaccionar a lo que otros digan de ti. ¿No es la tradición aquí en el Camino Noble, donde crean rumores infundados y la verdad se entierra fácilmente?

Roxanne no respondió.

—De todos modos, has podido volver al salón, señorita Roxy. Eso es importante.

Roxanne no contestó. Solo las yemas de sus dedos temblaron débilmente mientras ayudaba a Marianne. No estaba claro si era porque esperaba oír algo o si se sentía incómoda por sus comentarios compasivos.

En vez de insistir, Marianne simplemente siguió caminando. A veces, el silencio era lo mejor. Quizá Roxanne también lo prefería.

Pronto llegaron al jardín de rosas. Variedades raras, difíciles de encontrar en el mercado, estaban echando nuevos capullos. El agua fría brotaba de la fuente, refrescando el ambiente.

—¡Oh, qué bonito! ¿Por qué no nos sentamos en el banco de allí…?

Marianne se detuvo mientras caminaba hacia el banco detrás de la fuente.

Había un invitado que ya estaba sentado en el banco. Era un caballero vestido con un traje negro. Golpeando el suelo con un bastón decorativo y con las piernas cruzadas, levantó la cabeza y miró a Marianne cuando oyó que se acercaban a él.

Sus ojos se encontraron con los de ella. Sus ojos oliváceos le resultaban familiares. Él la miró intensamente. Ella le dedicó una leve sonrisa al principio, pero pronto endureció el rostro.

Hubo un incómodo punto muerto entre ellos por un momento. Mientras los dos se miraban, Cordelli se acercó a ella, mirando a Marianne con curiosidad.

—¿Qué te pasa?

Sin embargo, Cordelli también se asustó al verlo. Roxanne se unió a ellas, frunciendo el ceño, pero no podía entender lógicamente por qué las dos mostraban tal reacción.

—¿Quién es ese hombre? ¿Lo conoces, Marianne? —preguntó Roxanne.

—No. No lo conozco —respondió Marianne con firmeza, mirando al frente.

Pero a diferencia de su negación, no podía apartar fácilmente los ojos de él.

Solo entonces el hombre se levantó lentamente del banco. Era bastante alto. Su largo cabello, que le caía hasta la cintura, era verde oscuro como los ojos de Marianne. No era tan corpulento como para ser imponente, pero a juzgar por el ajuste de su ropa, tenía una constitución bastante fuerte.

Caminó a grandes zancadas hacia Marianne.

Ella pensó que parecía mucho más alto de cerca. Cuando ya se había acercado, se inclinó hacia adelante y acercó su rostro al de ella, casi hasta su nariz.

—¡Aléjese! ¿Cómo puede ser tan grosero y maleducado?

Cordelli gritó fuerte y extendió la mano. Tiró de Marianne para ponerla detrás de ella, como una mamá pájaro tratando de proteger a su polluelo.

Pero el hombre se enderezó con una sonrisa, sin avergonzarse en lo más mínimo.

—Oh, vaya… era el color de sus ojos —dijo con una voz elegante, un poco más aguda que la de un hombre común.

Su suave voz tenía un ligero acento extranjero. Marianne, que a menudo había conocido a artistas famosos de todo el mundo desde sus viejos tiempos en Lennox, reconoció rápidamente su misteriosa diferencia.

—Nunca he visto ojos tan claros y verdes como los suyos. ¿Hay muchas personas en Aslan con ojos como los suyos?

El hombre hizo una reverencia muy leve y le sonrió. Su fugaz sonrisa tenía el poder de hacer sentir bien a la otra parte.

—Oh, me disculpo si mi pregunta la ofendió. Hay muchas personas en mi región que tienen ojos como los de esta mujer, pero los ojos de usted y los de esta dama son raros. Especialmente los suyos.

Miró alternativamente a Cordelli, Marianne y Roxanne.

—¿Por qué no se presenta formalmente si es un caballero? Una dama no habla con cualquiera —dijo Roxanne bruscamente.

—Disculpen. Parece que interrumpí su valioso tiempo.

Pronto se arrodilló hábilmente sobre una rodilla y extendió la mano hacia Marianne.

—Me gustaría presentarme. Soy Akad de Elam.

Hubo un momento de silencio incómodo. Pero superando la tensión, Marianne apartó lentamente a Cordelli a un lado.

—¿Mi señora? —la llamó Cordelli, avergonzada. Fingiendo no haberla oído, Marianne se mordió el interior de los labios, colocando su mano sobre la de él.

Akad de Elam no era su verdadero nombre.

Cabello esmeralda oscuro y ojos oliváceos, una voz mezclada con el peculiar acento de la gente del imperio Faisal. Era un hombre que conocía las leyes nobiliarias de Aslan lo suficientemente bien como para distinguir su clase de las demás y cómo llamarla apropiadamente según las costumbres de Aslan.

Solo había una persona que cumplía todas esas condiciones: Shahar Ibn La Partia.

Ese era probablemente su verdadero nombre. Ober confiaba en que, como segundo príncipe de Faisal, sería una carta mejor que la emperatriz Alessa. Él era el invitado que Ober mencionó como el “agradable invitado” de Faisal, que llegaría pronto a Milán.

—Soy Marianne, de la familia del duque Kling.

—Marianne. Es un nombre que le sienta muy bien a una dama. Nunca lo olvidaré.

Shahar no apartó los ojos de ella mientras besaba el dorso de su mano.

—Me siento halagada —retiró la mano, fingiendo la mayor naturalidad posible.

Con una sonrisa amable, parecía un hombre que nunca se enfadaría, pero no parecía débil ni blando. Por supuesto, no era el tipo de hombre que haría que la otra parte desconfiara de él a primera vista. Si no hubiera oído a Ober hablar de su aspecto de antemano, lo habría considerado un extranjero un poco extraño y lo habría olvidado.

Sabía que este tipo de hombre era mucho más peligroso, así que se cubrió la mitad del rostro abriendo su abanico.

—Nunca he oído hablar del apellido Elam. Parece que probablemente no es usted un noble de Aslan.

—Elam es un castillo en el lado oeste de Faisal. Hay muchos lagos, grandes y pequeños, donde se construyeron muchas villas imperiales. Mis parientes lejanos también viven allí. Me gustaría invitarla a Elam a su debido tiempo… —Shahar sonrió de nuevo. Sus ojos brillantes la cautivaron—. ¿Qué tal si tomamos nuestro encuentro de hoy como una oportunidad para ese propósito?

Cordelli resopló con desdén ante eso. Su conversación era demasiado amistosa para ser tomada como su primer encuentro. Marianne se apresuró a encontrar una respuesta antes de que Cordelli explotara de ira.

—Bueno. Sé que Elam es un castillo maravilloso, pero no estoy segura de si Su Excelencia me permitirá salir de Milán.

—¿Su Excelencia?

Al oír eso, Shahar frunció el ceño como si reflexionara sobre algo. Luego se rio rápidamente con aire de confidencia, diciendo:

—¡Oh, usted es la dama de la que hablan! La zorra sin precedentes que controla al emperador y al marqués Chester…

—¡Oiga! ¿Qué demonios está diciendo? ¡Cuidado con lo que dice! —Cordelli le gritó incluso antes de que terminara de hablar.

—Nuestra señora es la única hija del duque Kling. ¡Además, está formalmente comprometida con Su Majestad! ¿Qué demonios dijo? ¿Zorra? ¡Oh, Dios mío! ¿Qué caballero puede atreverse a balbucear rumores tan infundados delante de una dama? ¡Usted no es un caballero, sino un loco imbécil! ¿Quién demonios le permitió venir aquí? ¡Aléjese diez pasos de mi señora! ¡De lo contrario, llamaré a los caballeros! —Roxanne intervino bruscamente.

 

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