Traducido por Herijo
Editado por YukiroSaori
Fue un trato repentino e impactante, pero ninguno objetó. Cuando Rasan buscó su aprobación con la mirada, Shahar asintió. El sonido de la pluma añadiendo las cláusulas adicionales llenó el silencio absoluto de la habitación.
—Aslan será realmente afortunado de ser gobernado por un hombre tan meticuloso como usted, Ober.
—Me siento honrado si lo dice. Es porque he aprendido de su virtud y sabiduría.
Shahar rió de buena gana. Firmó los documentos y se los entregó a Ober, quien también firmó en el espacio en blanco y dejó la pluma.
Como Shahar lo había estado mirando fijamente todo el tiempo, sus miradas se cruzaron en cuanto Ober levantó la cabeza.
Leyeron con claridad los deseos y aversiones que no se ocultaban en sus miradas.
La convicción de que no podían confiar entre sí les otorgaba una extraña sensación de estabilidad. La traición era un riesgo que requería, primero, de la confianza; al carecer de ella, creían que su mutuo recelo serviría como la principal fuerza motriz para el éxito de aquel escandaloso acuerdo.
—Espero que se haya convertido en un gobernante sabio para cuando nos volvamos a encontrar.
—Deseo que pueda convertirse en un rey que pase a la historia como uno de los más grandes en la historia de Faisal.
El aire denso del verano se refrescó con una ráfaga que pasó a su lado. Era una época en la que la desconfianza se esparcía como una plaga.
♦♦♦
Oyó a un pájaro piar.
Marianne, que estaba casi colgada del balcón de su dormitorio, saltó de la cama.
Como el cielo nocturno estaba oscuro como si se hubiera extendido seda negra, no pudo reconocer la forma del pequeño cuerpo hasta que Poibe voló cerca del edificio principal.
—Ma… ¡Marie! —Poibe imitó su nombre con una voz aguda y adorable mientras aterrizaba en el brazo de Marianne.
Ella le acarició el cuerpo suavemente.
—Poibe. Y bien, ¿cómo fue?
—¡Hambre! ¡Tengo hambre! —graznó el ave.
—Oh, te daré un bocadillo. ¿Qué quieres? ¿Ciruelas? ¿Uvas? ¿O semillas de girasol?
—¿Uvas? —repitió Poibe.
—De acuerdo.
Con Poibe todavía en el brazo, se acercó a la jaula que colgaba en un extremo del balcón. Bajo la elegante estructura de plata descansaba una pequeña mesa de mármol tallado.
Marianne alargó la mano hacia uno de los cuencos que Cordelli había preparado y dejó tres o cuatro uvas sobre el espacio vacío de la mesa. Solo entonces, Poibe alzó el vuelo desde su brazo para aterrizar junto a las frutas.
Ella acercó una silla y se sentó. Aguardó a que el ave recuperara el aliento y, en cuanto Poibe terminó de engullir un par de uvas con avidez, Marianne se inclinó sobre el mármol para hablarle.
—Entonces, le entregaste bien mi mensaje al emperador, ¿verdad?
Al oírla, Poibe levantó la cabeza mientras picoteaba el mármol. Acto seguido, el ave reprodujo las palabras de Eckart:
—«Buen trabajo, Marianne. La investigación sobre ese tipo sigue en curso. Si tengo información nueva, te la haré saber a través de Vivian; no te preocupes por eso hoy y descansa».
Después de eso, Poibe volvió a comer uvas despreocupadamente. Ella acarició en silencio su cálido cuerpo, reflexionando sobre la voz melancólica de Eckart.
—Gracias, Poibe —susurró con voz ahogada. Se dejó caer sobre la mesa, apoyando la cabeza en el brazo.
Sus ojos llenos de la luz nocturna temblaban como una ola.
En apariencia, Poibe era solo su mascota, pero desde hacía tiempo lo consideraba un querido amigo. Aquel afecto era mutuo; aunque al principio el ave no permitía que nadie la tocara, tras mucho tiempo juntos ya se dejaba acariciar el plumaje mientras comía.
Siempre mantenía la jaula abierta para que pudiera volar libremente. Y a menudo desaparecía sin previo aviso, pero cada vez que oía su llamada, regresaba al instante con un graznido. Compartían bocadillos, paseaban por el jardín y el ave solía dormitar en su hombro mientras ella tomaba la siesta.
En términos de disfrutar de la misma vida diaria, los dos eran como miembros de una familia viviendo en la misma casa.
Además, Poibe era también el informante secreto de Marianne. Memorizaba fácilmente su mensaje y se lo transmitía a Eckart. Cuando oía por casualidad la conversación de alguien, se la transmitía a ella. Gracias a esto, a menudo se colaba en lugares a los que ella no podía entrar y escuchaba conversaciones.
—Siento asignarte tareas difíciles tan a menudo…
Así había ocurrido aquel día. Nada más volver a casa tras despedirse de Roxanne, Marianne le pidió a Poibe que espiara cuanto pudiera en la mansión Hubble. Gracias a él, ya conocía los detalles de la charla entre Elias, Ober y la señora Chester de la noche anterior; por ello, estaba convencida de que lograría obtener datos sobre Shahar mediante el mismo método.
Por desgracia, los resultados no fueron tan reveladores como esperaba, pero intuía que si el ave lograba permanecer allí más tiempo, terminaría trayéndole noticias mucho más útiles.
—¿Puedes ir conmigo una vez más mañana? —preguntó amablemente.
Poibe se comió limpiamente la última uva y luego tamborileó con sus pequeñas patas sobre la mesa, con los ojos brillantes.
—Tonta.
—Cierto. Soy una tonta, así que tienes que ayudarme. Eres un pájaro realmente inteligente y agradable, ¿verdad? Lo sé.
—«Entendido. Diles que salgo ahora». —Poibe agitó sus plumas blancas e imitó la voz de Elias. Como si estuviera disgustado, picoteó los puños de su camisón. Sin embargo, cuando ella besó su redonda cabeza, Poibe plegó suavemente las alas y se quedó quieto.
—Bien. Mañana seguiremos con esto. Debes de estar agotado, así que vete a dormir. Buenas noches.
—«Buenas noches, mi señora» —imitó Poibe, reproduciendo con exactitud la voz de Cordelli.
Normalmente Poibe se burlaba de ella, pero a veces hacía el papel de una buena mascota.
Estaba tan feliz con Poibe que no sabía qué hacer, y al final colmó de besos a este pequeño y adorable amigo. Lo sostuvo entre las manos con delicadeza hasta que un chillido agudo resonó en la quietud del jardín.
—¡Ma-rie! ¡Tonta!
♦♦♦
Al día siguiente, Marianne y Poibe visitaron a la señora Chester, tal como habían prometido la noche anterior. Los sirvientes, acostumbrados ya a su presencia, le dieron la bienvenida. Todos conocían los apodos que el pueblo le dedicaba en las calles, pero ella seguía siendo la candidata con más probabilidades de convertirse en la próxima emperatriz.
Poco importaba la crudeza de los insultos que la gente lanzaba a su paso. La prometida del emperador, la amante del marqués Ober, la protegida de la señora Chester…
Aquellos tres títulos, por sí solos, tenían el poder suficiente para eclipsar cualquier calumnia acumulada contra ella.
—¡Que las bendiciones eternas de la Diosa Anthea se derramen sobre usted! ¡Es un honor para nosotros recibirla! —Los sirvientes y doncellas la saludaron al unísono cuando entró en la casa.
Como había asistido recientemente al salón organizado por la señora Chester, parecían ser más amables que antes.
—Que la diosa los bendiga también.
Les permitió levantarse con voz elegante. Justo antes de que se cerrara la espléndida puerta principal central, se aseguró de que Poibe hubiera salido volando de la residencia.
—¿Dónde está el marqués Ober?
—Creo que está en el despacho principal.
— Bien. Iré allí de inmediato en lugar de esperarlo aquí. Por favor, traigan el té a esa estancia y no al salón.
—Claro, no hay problema.
Una doncella mayor siguió su orden sin ninguna objeción y dio algunas órdenes a las doncellas de menor rango.
Ayudada por Cordelli, Marianne siguió a un sirviente que se ofreció a acompañarla. Los tres llegaron frente al despacho de Ober, mientras ella observaba las decoraciones interiores de la mansión.
—Marqués Ober, tiene una visita.
Cuando el sirviente anunció y llamó, la puerta se abrió a medias.
Fue Giyom quien asomó la cabeza desde el interior.
Marianne se quedó gélida al cruzar la mirada con él, pero se obligó a no mostrar rastro de temor. Mientras se esforzaba por sonreír con naturalidad, Giyom la reconoció y despachó al sirviente con un gesto. Se quedó allí, bloqueando el umbral como si tuviera algo que decir.
Podría simplemente hacerse a un lado. ¿Por qué intenta bloquearme así?
Instintivamente sospechó de la actitud defensiva de Giyom. Se había encontrado con una situación similar antes.
—Me temo que no puede verlo ahora. Si espera en la habitación, la acompañaré cuando esté listo.
—Me pregunto si está muy enfermo como esta mañana. ¿Se le infectaron las heridas? ¿Tiene mucha fiebre?
—¿Perdón? No, no.
—Pero su actitud es muy sospechosa. ¿No me habías dicho que no era nada serio?
—Señorita Marianne, no…
En el momento en que recordó el rostro de Kloud, que parecía avergonzado mientras intentaba bloquearla.
—¿No vas a hacerte a un lado?
—Lo siento terriblemente, pero no puede verlo ahora.
—Entendido. Si insistes…
—¡Señorita Marianne!
En ese instante, recordó qué tipo de método usó para saciar su curiosidad y decidió que no esperaría a que Ober le permitiera el paso.
Rápidamente apartó el brazo de Cordelli, que la sujetaba en ese momento.
Antes de que Cordelli, avergonzada, pudiera atraparla, Marianne tiró con fuerza de la otra hoja de la puerta, la que Giyom no bloqueaba. El seco chasquido del pomo al girar resonó en el pasillo.
