Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
El joven oró frente a la estatua durante varias horas, y el Dios de la Luz lo observó a través del espejo de agua durante todo ese tiempo. En su mano sostenía una copa de cristal, la cual contenía un néctar dorado que desprendía un aroma rico y dulce al girar. Normalmente, ese aroma incitaba al Dios de la Luz a saborear con calma, deleitándose en cada sorbo.
Pero ese día no tenía ningún interés en ello. Las palabras amorosas que fluían de los labios rosados del muchacho eran mucho más dulces que cualquier vino.
Apoyó su mejilla en una mano, sus párpados medio cerrados, mientras una expresión embelesada, de la que no era consciente, se dibujaba en su rostro.
Por fin, el joven concluyó su día de oración. Abrió lentamente sus ojos azules, caminó hasta la estatua del Padre y, con el ceño ligeramente fruncido, besó con suavidad los pies de la figura. Permaneció inclinado allí durante mucho tiempo, como si le costara separarse. Sus pestañas, mojadas por las lágrimas, acumularon aún más lágrimas, y su cuerpo no podía evitar un leve temblor, luciendo a la vez lastimero y encantador.
El Dios de la Luz colocó su copa sobre una mesa, sus pupilas ahora profundas e intensamente enfocadas. Extendió la mano y, con un suave movimiento de sus dedos, señaló el espacio entre las cejas del joven. Una luz dorada, pura, sólida y brillante atravesó el espejo resplandeciente y se filtró en el cuerpo del muchacho.
Zhou Yunsheng, quien aún besaba los pies de la estatua, se disponía a levantarse y marcharse cuando sintió una que una ola de energía era vertida en su frente y se expandía por todo su cuerpo. Era cálida y reconfortante, hasta el punto de casi hacerle gemir.
¿Es este un regalo del Padre?, se preguntó emocionado.
Olvidando por completo su intención de partir, continuó arrodillado, abrazando los tobillos de la estatua, y frotó su mejilla blanca contra el frío mármol. Sus ojos, empañados por la humedad, al final dejaron escapar dos lágrimas cristalinas que resbalaron por sus mejillas y se detuvieron en su barbilla. Lucía tan lastimoso, tan vulnerable.
—Padre Dios, ¿has escuchado mi oración? Padre, ¿sabes cuánto te amo? Padre Dios, mi vida y mi alma son completamente tuyas. Por favor, tómalas. —Su voz estaba impregnada de devoción y amor absoluto.
No podía soportar la idea de alejarse del Padre, aunque fuera por un solo minuto.
En ese momento, la doncella que guardaba la entrada susurró con cuidado:
—Su eminencia, el obispo solicita su presencia en la sala de reuniones para discutir el tema del bautismo del segundo príncipe.
Sin embargo, Zhou Yunsheng no prestó atención. Permaneció abrazado al tobillo de la estatua, como un corderito perdido que por fin había encontrado refugio en los brazos de sus padres. No quería moverse ni un solo paso.
Desde el Noveno Cielo, el Dios de la Luz descruzó las piernas y se incorporó. Sus ojos, ahora entrecerrados, escondían una sonrisa gentil. Trató de contenerse, pero la agitación que sentía en su interior era demasiado poderosa. Una vez más, no pudo resistir la conmoción en su corazón, y volvió a señalar el espacio entre las cejas del joven.
Un poder más puro y vigoroso que el de antes fue vertido en el joven, como una ola inmensa que se apoderó de él. Sintió su alma elevarse por lo alto, delicadamente suspendida en el aire, para luego sentir cómo era sacudida de un lado a otro de manera repentina. El desconcierto lo dejó aturdido, incapaz de controlar sus miembros, mientras se perdía en la embriaguez del generoso regalo del Padre.
Acto seguido, su pequeña boca dejó entrever un leve temblor, tras lo que dejó escapar un suave gemido. Su pálido rostro comenzó a teñirse de rojo, y su expresión lánguida y exuberante, casi seductora, poseía una belleza tan desbordante que podría enloquecer incluso a los dioses mismos.
El dedo del Dios de la Luz, aún posado en el espejo de agua, se quedó inmóvil de repente. Pasó un largo rato antes de que lentamente lo retirara y, distraídamente, lo frotara entre sus dedos. Parecía como si una sensación, punzante y ardiente, hubiera permanecido allí por un instante, pero en un abrir y cerrar de ojos, desapareció sin dejar rastro.
El Dios de la Luz dirigió la mirada hacia su dedo, observándolo con estupor. Entonces, sus ojos, que normalmente brillaban con un color dorado, sereno y claro, comenzaron a oscurecerse, transformándose paulatinamente en un dorado profundo, mientras un matiz de negro puro fue suprimiendo en silencio el brillo que los caracterizaba.
A pesar de los repetidos intentos de la doncella por llamar al joven, este no respondió. Al final, tuvo que regresar a la sala de reuniones para informar de la situación. Poco después, el obispo envió al obispo auxiliar a buscarlo, y solo entonces el muchacho se dispuso a moverse.
Cuando el Dios de la Luz por fin logró deshacerse de aquella sensación penetrante en su dedo, volvió su atención hacia el templo. Pero para su sorpresa, la figura esbelta y adorable que había estado en el salón ya no estaba. La leve alegría que había surgido en su corazón desapareció como el viento pasajero, y sus cejas relajadas volvieron a un ceño fruncido habitual, endureciendo sus rasgos faciales.
—Padre, un siervo celestial ha huido del templo, le ruego me instruya —imploró un emisario celestial vestido con una túnica blanca, arrodillándose con el rostro distorsionado por el miedo.
Era incierto cuándo había empezado, pero aquel Padre misericordioso que todos conocían había desaparecido, convirtiéndose en una deidad insondable de temperamento impredecible. Los habitantes del continente creían que los dioses los habían abandonado, pero en realidad no sabían que ellos habían perecido a manos del Dios de la Luz, quien antaño había sido el símbolo de la belleza y la paz.
Parecía que deseaba destruir el continente bajo el Noveno Cielo. Sin embargo, en el momento crítico, cambiaba de opinión, como si el mundo entero fuera solo un juguete del que se hubiera cansado, manipulándolo de vez en cuando por aburrimiento, aunque lo ignoraba la mayor parte del tiempo. Extrañamente, a pesar de no sucumbir a los deseos terrenales, el Dios de la Luz comenzó a coleccionar muchachos hermosos, mostrando interés únicamente en aquellos de cabello blanco y ojos azules o cabello negro y ojos oscuros.
Sin embargo, por más que los reuniera, por lo general solo les dirigía un breve vistazo antes de ignorarlos, sin reaccionar ante sus intentos desesperados por llamar su atención. Los contemplaba con ojos fríos e implacables, como si fueran meros adornos móviles de exquisita factura.
Si no fuera porque su divinidad aún se mantenía, de hecho, haciéndose más poderosa, cualquiera podría haber sospechado que el auténtico Dios de la Luz había sido reemplazado por un espíritu maligno.
El Dios de la Luz no mostró ningún interés ante la pérdida de un «adorno».
—Déjalo ir —dijo con indiferencia.
Su tono estaba cargado de desdén. Parecía referirse a un objeto en lugar de una persona, dejando así en claro que ese joven, que había sido favorecido en el pasado, no poseía ya ningún valor para él. Sin embargo, el emisario celestial que estaba arrodillado bajó la cabeza aún más y dijo en un susurro:
—Se llevó uno de sus anillos.
El Dios de la Luz dejó salir un leve murmullo, desinteresado por completo. ¿Cómo iba un objeto que un mero mortal podía tocar tener alguna importancia para un dios? El solo hecho de pensarlo era absurdo.
El emisario celestial bajó la cabeza, consciente de que había exagerado y, pálido, se retiró sin demora, tan silencioso como aterrorizado.
Por primera vez en miles de años, un siervo había huido, y este incidente repentino lo hizo perder la calma habitual.
Aquel joven probablemente fue asustado por la frialdad e indiferencia del Padre Divino. Sin embargo, cuando llegue al mundo mortal, entenderá lo que es el verdadero sufrimiento, pensó el emisario celestial para sus adentros.
♦ ♦ ♦
Zhou Yunsheng regresó de la sala de reuniones y vertió por el desagüe las drogas que el segundo príncipe había entregado a Joshua. Como devoto fanático del Dios de la Luz, no podía cometer actos tan descarados como inventar un presagio falso. Su corazón aún cargaba con el peso de la culpa por su amor pasado; ni siquiera podía comer. Se recostó junto a la ventana, con una expresión de profundo pesar, mirando con tristeza el sol poniente suspendido en el horizonte.
Permaneció inmóvil durante una o dos horas, con los ojos apagados, fijos en la distancia. De repente, su rostro adoptó una expresión de claridad, por lo que, con una decisión súbita, corrió hacia el baño y se lanzó a las aguas termales sin siquiera quitarse la túnica. Enterró su rostro en el agua, y cuando emergió, una grotesca mueca de disgusto se dibujó en su rostro.
¡Lloré frente a una estatua! ¡Pasé un día entero susurrándole palabras de amor a una estatua! ¡Y me aferré a su tobillo sin soportar separarme llorando como un tonto! ¡Qué repulsivo! ¡Tengo la piel de gallina!
Apretaba los dientes mientras se reprendía con dureza por sus ridículas acciones.
¡Qué estúpido fui!
El simple recuerdo de sus actos lo hacía querer arrancarse los ojos. Tras una serie de muecas y resoplidos que crearon burbujas en el agua, salió de las termas. Al erguirse, su expresión se transformó por completo, adoptando una apariencia gentil y apacible.
Bueno… Al menos hoy obtuve dos enormes dosis de poder lumínico. Aunque me sienta nauseabundo al recordarlo, tendré que seguir con esta farsa.
Con esa resignada reflexión, logró calmarse al fin. Después de un buen baño, se dirigió directo a la cama, sin siquiera molestarse en secarse el cabello.
♦ ♦ ♦
Dos semanas después, llegó el cumpleaños número dieciocho del segundo príncipe, Alger. Tras recibir su bautismo, emprendería un periodo de viaje obligatorio de dos años, durante el cual no podría regresar a la capital imperial. Durante ese tiempo, tendría que completar varias tareas para demostrar su valía. Este continente no era un lugar pacífico; incluso un noble debía acumular suficiente fuerza para sobrevivir. De otro modo, podrían ser eliminados en cualquier momento.
Aunque los magos con atributos de luz eran escasos, abundaban los magos con otros atributos y los guerreros. Entre ellos, había personas poderosas, pero esa ventaja era también un peligro. Cuando se enfrentaban a los demonios, cualquier individuo podía ser infectado con una «semilla demoníaca», perdiendo la razón y volviéndose contra sus propios compañeros, desatando masacres.
Cuanto más poderoso era un individuo, más atractivo se volvía como huésped para los demonios parásitos. Los demonios, criaturas astutas, solían usar a varios anfitriones temporales para acercarse lentamente a su verdadero objetivo, al acecho de la oportunidad perfecta para apoderarse de ellos.
Por esta razón, durante el periodo de viaje, cada equipo debía contar con un sacerdote de luz en sus filas. Mientras sus compañeros luchaban, el sacerdote de luz recorría el campo de batalla, trazando círculos de luz para evitar que los demonios escaparan o que sus compañeros fueran infestados con semillas demoníacas. Si su poder era suficiente, este podía incluso usar hechizos de luz para expulsar al demonio parásito del huésped y destruirlo.
El reino de Sagya contaba solo con tres sacerdotes de luz: el obispo, el obispo auxiliar y Joshua. El obispo era ya muy anciano, y Joshua aún no había alcanzado la adultez, por lo que únicamente el obispo auxiliar podía acompañar al segundo príncipe en su viaje.
Durante la ceremonia, el obispo bautizó y bendijo al segundo príncipe. Sin embargo, abandonó el lugar inmediatamente después apenas intercambiando algunas palabras con el rey.
El segundo príncipe, quien hasta entonces había estado lleno de confianza, quedó estupefacto, ordenando de inmediato a uno de sus sirvientes que llevara a Joshua a un rincón apartado para hablar con él.
—Joshua, ¿has olvidado lo que me prometiste? Si no logro convertirme en el gobernante del reino de Sagya, mi hermano me desterrará a la frontera para luchar contra los demonios. Tal vez nunca volvamos a encontrarnos —dijo el príncipe, con un dejo de desesperación.
A pesar de que Zhou Yunsheng se encontraba bajo el efecto de su auto-hipnosis, no por eso olvidaría cómo el segundo príncipe había utilizado a Joshua en el pasado. Quería ver cómo se las ingeniaría ahora para llegar al trono del reino de Sagya sin contar con la ayuda del joven sacerdote.
Pero tampoco iba a insultar al segundo príncipe; eso sería una estrategia insensata. Después de todo, el futuro amante de este príncipe poseía un respaldo formidable. A su izquierda estaba el Dios de la Luz, a su derecha el Dios de la Oscuridad, y, además, contaba con el apoyo del rey de las bestias, el papa y el rey de los elfos. Parecía estar a un paso de dominar el mundo. Atacar directamente a esa coalición sería inútil; en cambio, debía superarlos con astucia.
Con los ojos perlados de lágrimas cristalinas, sostuvo su pecho como si intentara contener un inmenso dolor, y dijo con voz trágica:
—Alger, ¿cómo puedes pedirme que traicione a mi Padre amado? Fabricar un presagio, suplantar la voz de Dios… tal pecado bastaría para condenarme a arder entre las llamas del infierno. ¡No! ¡Incluso peor! ¿Y si perdiera la bendición del Padre y me convirtiera en un vil blasfemo? Tendría que vivir el resto de mi vida bajo el desprecio y abuso de los demás… ¡Quizá incluso sería lapidado hasta la muerte por ciudadanos enfurecidos! ¿Es ese el futuro que deseas para mí? ¿Tan ansioso estás por empujarme a ese abismo sin esperanza? Alger, empiezo a dudar de si realmente me amas.
Estas palabras dejaron al segundo príncipe sin habla. No entendía cómo, en pocos días, Joshua había recuperado la claridad de juicio. Y sí, tras reflexionar, comprendió que si Joshua hubiese seguido sus instrucciones, las consecuencias habrían sido terribles.
El obispo auxiliar tenía un hijo ilegítimo, lo que había arruinado su reputación y su posibilidad de suceder el puesto de obispo. La designación de Joshua como futuro obispo parecía inevitable, y el poder político de este cargo era comparable al del propio rey. Era demasiado tarde para tratar de persuadirlo de otra manera, y sabía que no podía dañar la dignidad del joven. Así que, con urgencia, juró que jamás le pediría algo tan injusto. Alegó que había perdido el juicio debido a su deseo de mantenerlo a su lado y le rogó que le perdonara sus errores.
Zhou Yunsheng asintió en silencio y lo miró profundamente a los ojos. Sin embargo, aquella mirada carecía de la pasión que había mostrado en el pasado, algo que dejó al segundo príncipe lleno de ansiedad, pero Joshua dio media vuelta y se alejó antes de que el otro pudiera añadir algo, dejando allí plantado al príncipe, quien se sentía reacio a marcharse.
