Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz observaba con claridad todo lo que había sucedido. Como era habitual, estaba reclinado en su lujosa chaise longue, rodeado de jóvenes hermosos. Algunos de ellos le servían vino, otros cantaban con voces etéreas, y algunos permanecían acurrucados a sus pies con sonrisas serenas. Todos miraban a su dios con ojos llenos de admiración, pero ninguno de ellos sabía que, aunque el dios parecía estar saboreando su néctar dorado, en realidad su mirada estaba fija en otra persona, observando atentamente.
Solo el emisario celestial que presenciaba la escena desde la distancia pudo notar el cambio emocional en el Padre. Sus ojos, de un dorado pálido, habían tomado un matiz oscuro, salpicados de manchas negras. Si sus pupilas llegaban a cubrirse por completo de este color y perdía el control, el templo entero sería devastado por su inmenso poder divino. Ya había sucedido en múltiples ocasiones anteriores.
El emisario celestial comenzó a sudar con nerviosismo, maldiciendo sin cesar al responsable de la ira del Padre. Su predecesor había perecido durante uno de estos arrebatos de furia y de él no quedó rastro, ni siquiera fragmentos de su alma.
Mientras tanto, Zhou Yunsheng entró al salón principal y se postró con humildad a los pies del Dios de la Luz.
Toda su atención estaba centrada solo en el Padre. Su corazón solo latía por el Padre. Su alma emanaba devoción absoluta. Aunque los recuerdos con el segundo príncipe no eran suyos, lo hacían sentir terriblemente incómodo. Experimentaba una profunda sensación de traición hacia el Padre, y consideraba que aquello era un pecado imperdonable. Gotas de lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro, como perlas desprendidas de un hilo roto, y cayeron sobre el empeine de la estatua, produciendo pequeños sonidos.
Tenía los ojos cerrados y las mejillas húmedas, mordiendo sus labios hasta teñirlos de un rojo intenso; parecía que en cualquier momento podrían comenzar a sangrar. Sin embargo, no sentía ningún dolor. Solo se aferró a los tobillos del Padre e, incapaz de contener el llanto, sollozó con profunda desesperación mientras articulaba palabras de arrepentimiento:
—¡Oh, Padre Celestial!
»¿Cómo puedo expresarle
»que creí en la mentira de un ladrón
»y casi puse en segundo plano
»mi amor por Usted?
»¡Oh, Padre Celestial!
»He perdido lo más precioso
»y eso es mi devoción hacia Usted.
»Por ello, estoy dispuesto a soportar las llamas del infierno.
»Todo sea para expiar mi culpa.
»¡Oh, Padre Celestial!
»Confieso ante Usted mis pecados,
»le ruego perdone a este pobre hijo suyo,
»a quien la culpa y el remordimiento
»están a punto de consumirlo.
»¡Oh, Padre Celestial!
»Castígueme,
»repréndame,
»hágame arder en fuego,
»¡pero le ruego me siga amando!
»¡Siga amándome… se lo ruego!
Apretó su rostro con fuerza contra la fría superficie de la estatua, llorando desconsoladamente como un niño perdido. Su piel lucía pálida, pero su nariz y ojos estaban enrojecidos, dándole un aspecto lamentable, aunque inmensamente encantador.
El destello azabache en los ojos del Dios de la Luz se desvaneció poco a poco y suspiró profundamente mientras, a través del espejo de agua, acariciaba con suavidad las lágrimas que colgaban del mentón del muchacho.
Solo tiene dieciséis años… Apenas dieciséis; aún es un niño. Tan inmaduro… ¿Cómo podría discernir los engaños y la malicia escondidos en los corazones de las personas? Fue engañado y utilizado por un astuto manipulador. No es su culpa.
La ira creciente del dios comenzó a desvanecerse y deseó con todas sus fuerzas poder atravesar el espejo de agua, tomar al muchacho encorvado y sentarlo en su regazo para calmarlo, secar sus lágrimas cristalinas y aliviar su pena.
Aquel era su pequeño creyente, su hijo; nadie tenía derecho a hacerlo sentir tan abatido. Aunque estuvo a punto de perderse en su camino, aquel tropiezo había profundizado aún más su amor y devoción hacia su dios.
El Dios de la Luz percibió el arrepentimiento sincero y el respeto que emanaban de lo más profundo de su alma. Extendió las yemas de sus dedos y dejó fluir una cálida y brillante luz dorada hacia el cuerpo del joven, conteniendo su dolor y permitiendo que la calma regresara a él.
El chico, que hasta ese momento había estado hecho un mar de lágrimas, quedó repentinamente atónito. Tocó su frente con incredulidad y luego dejó escapar una radiante y deslumbrante sonrisa.
—¿Padre, me has perdonado? ¡Sabía que el Padre misericordioso perdonaría mis faltas! A partir de ahora, su siervo, Joshua, no mirará a nadie más que al Padre. Usted es mi todo, bien lo sabe, y ningún tesoro en este mundo puede compararse a Usted. Olvidaré a Alger y viviré solo para el Padre.
Con esas palabras, frotó con suavidad su pálido rostro contra la estatua, aún con lágrimas en los ojos, pero ahora luciendo una dulce y cálida sonrisa.
El Dios de la Luz entrecerró sus ojos dorados oscuros, centrándose en cada movimiento del muchacho.
Así que se llama Joshua… Qué nombre tan encantador, pensó. ¿Vivir solo para mí? Incluso sus votos me resultan adorables…
El Dios de la Luz sonrió, pero luego bajó la mirada, fijándola pensativamente en sus propios pies.
Si el muchacho estuviera postrado junto a mí, abrazándome como abraza esa estatua, aferrándose a mí, ¿cómo se sentiría?
Sin darse cuenta, quedó atrapado en una deliciosa fantasía.
El emisario celestial que lo observaba desde lejos solo podía percibir la luz irradiada por el espejo de agua, pero no su contenido, a menos que el Padre así lo permitiera. Sin embargo, aun sin entender lo que ocurría, comenzó a sentirse inclinado a reverenciar el espejo de agua. La ira del furioso monarca había sido calmada en tan corto tiempo; en toda su existencia de cientos de millones de años, jamás había presenciado algo así.
¿Qué pudo captar tanto el interés del monarca? ¿Hay alguien en los templos que logra atraerlo?
Su mente giraba entre mil especulaciones, pero no se atrevió a exteriorizarlas. Al final, con un gesto de su mano, ordenó a los jóvenes siervos, obedientes en apariencia pero temerosos en el fondo, que se marcharan.
♦ ♦ ♦
Zhou Yunsheng pasó el día en una mezcla de arrepentimiento y fervientes declaraciones.
No fue hasta el atardecer, cuando por fin regresó a su habitación, que se precipitó al baño de inmediato y se sumergió de lleno en la bañera que golpeó con furia el agua con los puños, levantando violentas salpicaduras, y gritando en su interior: ¡Mierda! ¡Maldita sea! ¡Lloré como un estúpido niño mimado! ¡Carajo! ¡Me dan ganas de golpear la cabeza contra una columna y suicidarme de la vergüenza! ¡Qué espíritu tan carente de dignidad! ¡No es de extrañar que los miembros de sectas estén dispuestos a inmolarse por sus dioses, ahora finalmente los entiendo!
El fanático desapareció, y la parte racional de Zhou Yunsheng regresó. Estaba atrapado en un torbellino de emociones, acurrucado en la piscina, alternando entre hacer muecas y provocar un alboroto. El espectáculo resultaba, en cierto modo, cómico.
♦♦♦
Después de encontrar a su adorable pequeño creyente, el Dios de la Luz solo invocaba el espejo de agua para observarlo durante sus oraciones. Verlo mientras escuchaba sus dulces y afectuosas palabras se había convertido en una de sus mayores diversiones. Con el tiempo, su afecto por él creció, y las sesiones de «espionaje» se fueron haciendo más largas.
Descubrió que el muchacho comenzaba cada día profesando su amor hacia el espejo, con una mezcla de seriedad y encanto que siempre lograba arrancarle una sonrisa al Dios de la Luz. Como el único dios en el continente, estaba acostumbrado a recibir respeto e idolatría, pero nunca nadie había logrado conmoverlo de verdad. Incluso el «todopoderoso» papa era solo un peón en su tablero, un juguete que manipulaba a su antojo.
Admiraba la ambición del papa. Aunque era un sacerdote de luz, la oscuridad que ocultaba en su corazón era más corrosiva que el miasma demoníaco. Esa contradicción le provocaba una sensación de placer, como si hubiese encontrado un homólogo. No le importaba apoyarlo, quería ver qué traería para este continente: ¿sería destrucción o un renacimiento?
Para el Dios de la Luz, este tipo de experimentos le ayudaban a pasar el tiempo, ya que de verdad no sabía qué hacer con el continente. A menudo lo encontraba terriblemente aburrido y, en ocasiones, sentía el impulso de destruirlo, pero siempre se contenía en el último momento. Algo dentro de él le decía que aquel mundo escondía un tesoro invaluable.
Y para obtener ese tesoro, las criaturas vivientes del continente debían seguir existiendo.
Después de cientos de millones de años, lo único que había presenciado era la naturaleza voluble y egoísta de los humanos e incluso de los llamados dioses. La idea de encontrar a un humano verdaderamente puro, con un alma prístina, parecía un ideal imposible. Sin embargo, contra todo pronóstico, ese improbable ser existía: su pequeño creyente.
La pureza del alma de su pequeño creyente era deslumbrante. Brillaba con un blanco inmaculado mezclado con destellos dorados que solo los verdaderos devotos del Dios de la Luz poseían. Era tan hermoso, tan deslumbrante, tan adorable.
Nunca se cansaba de observarlo.
Cuando el pequeño creyente oraba, su devoción era pura e inquebrantable. Sin embargo, en cuanto regresaba a su dormitorio, se convertía en alguien diferente. El Dios de la Luz no podía leer sus pensamientos en esos momentos, pero aquello no le impedía disfrutar de las otras facetas que mostraba: eran visiblemente distintas a su habitual gentileza y serenidad.
Al verlo, descubría a un niño lleno de vida. Gruñía, fruncía el ceño, golpeaba el agua enfadado como si estuviera arrojando un berrinche infantil.
Claro, no hay duda que sigue siendo un niño, pensó el dios. Tiene apenas dieciséis años, es natural que sea tan animado.
De acuerdo a la perspectiva de un dios, ¡era casi un recién nacido!
Tal vez las enseñanzas del credo son demasiado severas, por lo que no sería extraño que mi pequeño creyente se sienta atrapado de vez en cuando, reflexionó el Dios de la Luz.
A través del espejo de agua, el Dios de la Luz acarició con ternura los labios fruncidos del joven, esbozando una ligera sonrisa. Y continuó deleitándose con la maravillosa escena del joven después del baño, observándolo quedarse dormido con el cabello todavía húmedo.
Como ya era habitual, empleó su poder para secarle el cabello mientras dormía, pero esta vez no deshizo el hechizo del espejo de agua. Se quedó allí, con su copa de cristal en mano, observándolo dormir. El néctar que fluía por su boca parecía, en ese momento, más dulce que nunca.
Zhou Yunsheng despertó a su hora habitual, se hipnotizó de manera igualmente meticulosa y caminó hacia el templo, rebosante de un amor desbordante y ferviente por el Dios de la Luz.
Una criada se encontraba limpiando el altar de las ofrendas. Aunque sobre este se disponían vinos, pasteles, flores, vegetales, frutas y otros objetos que podían permanecer intactos durante años sin deteriorarse, era considerado una blasfemia ser tacaños con Dios; por ende, la Iglesia se encargaba de mantener la frescura de las ofrendas. Cualquier objeto que permaneciera en el altar por más de dos semanas debía ser reemplazado.
Hace unos cientos de años, estas tareas habrían sido manejadas por los sacerdotes de luz. Pero conforme crecía el poder de la Iglesia, los sacerdotes comenzaron a volverse más aristocráticos, renuentes a realizar trabajos tan humildes y tediosos.
En el pasado, Joshua jamás habría notado estos pequeños detalles, pero en ese momento, como el fanboy descerebrado, por supuesto que los tenía en mente. De inmediato detuvo a la criada, se arrodilló ante la estatua del Padre y comenzó a suplicar culpabilidad.
—¿Cómo he podido descuidar tanto a mi Padre? —exclamó con profundo arrepentimiento—. Todas las ofrendas para el Padre deben ser manejadas por mis propias manos. ¡Es más! Debo ofrecer también mi cuerpo y mi alma en el altar para que el Padre los disfrute. Váyanse todos. A partir de ahora, estas tareas son únicamente mi responsabilidad. No necesito su ayuda. —Con un gesto, despachó a las dos criadas y procedió a recoger las ofrendas del altar para colocarlas en una cesta.
Sin embargo, debido a que 007 había asignado todos los puntos de aptitud de este cuerpo al atributo de luz, su fuerza física no era significativa. Al cruzar el umbral y trató de cargar la pesada cesta con un solo brazo, perdió el equilibrio y cayó hacia un lado.
Acto seguido, su frente impactó contra un poste sólido, pero, para su sorpresa, no sintió dolor alguno.
El Dios de la Luz había quedado momentáneamente aturdido al escuchar al joven decir que también ofrecería su cuerpo y alma en el altar para que él los disfrute, volviendo sí solo para presenciar tan peligrosa escena. Su mirada se oscureció ligeramente, y de inmediato lanzó un rayo de luz dorada que envolvió la delicada y tersa frente del joven.
Un fuerte estruendo resonó, sobresaltando a las criadas que se encontraban cerca de la puerta. Levantaron la vista y observaron con asombro cómo un leve polvo caía del marco superior. Sin perder tiempo, corrieron hacia el sacerdote, convencidas de que debía haberse lastimado gravemente.
Sin embargo, Zhou Yunsheng se levantó tambaleante con expresión extrañada. Su frente no le dolía en absoluto. Por el contrario, sentía una sensación cálida y suave, como si una mano invisible hubiera cubierto la zona y evitado cualquier lesión.
Rehusando con firmeza la ayuda de la criada que intentaba cargar la cesta por él, Zhou Yunsheng examinó el poste con el tacto, asegurándose de que seguía tan duro como siempre. Entonces, pensativo, se retiró del lugar mientras analizaba lo sucedido.
