Traducido por Shiro
Editado por YukiroSaori
Siendo una ofrenda para el Dios de la Luz, naturalmente debía ser la mejor.
Detrás del Templo de la Luz se encontraba un enorme huerto donde crecían los frutos más exquisitos del continente; era cuidado meticulosamente por poderosos magos de la naturaleza. Cada dos semanas, seleccionaban los frutos más dulces y perfectos, los conservaban en hielo y era tarea de las criadas del templo elegirlos para las ofrendas.
Cuando los dos magos de naturaleza vieron que el sacerdote había venido en persona, quedaron sorprendidos y enseguida se inclinaron en señal de reverencia.
—Quiero las frutas más frescas, preferiblemente algunas recién recogidas hace solo unos segundos —ordenó el joven con un tono altivo, muy propio de alguien cuya devoción estaba reservada únicamente a su Padre.
Sin embargo, todos los sacerdotes de luz solían comportarse así, por lo que los magos de naturaleza no lo encontraron extraño. De inmediato seleccionaron unas canastas llenas de frutas recién cosechadas y las colocaron frente a él.
Zhou Yunsheng se agachó para inspeccionarlas, probó algunas y determinó que eran de buena calidad antes de colocarlas en su cesta. Regresó al templo, lavó con cuidado las frutas con agua del estanque sagrado y luego las apartó para preparar pasteles.
—Su eminencia, debe mezclar la harina de trigo sarraceno con agua en un recipiente de arcilla, amasarla hasta formar una masa, luego hacer bolas grandes del tamaño de un huevo y aplastarlas en círculos —explicó una criada, temerosa de que el sacerdote no supiera cómo proceder.
Incluso tomó un poco de masa ya preparada, la colocó en una bandeja y realizó una demostración. Zhou Yunsheng la observó con incredulidad, sus ojos reflejaban incomprensión y disgusto.
¿Esto se supone que son los «pasteles» dedicados al Padre? Nada de condimentos, nada de reposo para la masa, nada de una forma específica, nada de levadura. Una vez secos, estos «pasteles» quedarán más duros que una piedra. ¿Cómo puedo ofrecer algo así al Padre? ¡Esto es un insulto, una blasfemia contra el Padre!
El fanboy iracundo se llenó de indignación y, con determinación, apartó a la criada y se dispuso a exhibir todo su conocimiento culinario. Midió con precisión científica la proporción entre harina y agua, y luego utilizó su poder de luz para cubrir sus palmas mientras amasaba la masa hasta que se tornó suave y elástica.
—¡Su eminencia, no debería desperdiciar su poder sacerdotal de luz! —exclamó la criada, horrorizada al ver el brillante resplandor dorado que emanaba de las manos del joven mientras amasaba la masa.
El poder de la luz era un recurso extremadamente valioso y escaso en esos tiempos. De hecho, los países solían invertir todos sus recursos en criar y formar sacerdotes de luz capaces. Además, los sacerdotes evitaban utilizar su poder salvo en emergencias o casos extremos, ya que cada uso consumía la energía que habían acumulado tras intensas oraciones durante años. Muchos hechizos podían costarles incluso más de una década de devoción constante.
Que un sacerdote, como Joshua, usara su preciado poder de luz para amasar harina no era otra cosa salvo una locura, un desatino total. Para la criada, esto era la prueba indiscutible de que el joven «fanático» debía haber perdido el juicio.
La mente de Zhou Yunsheng, sin duda alguna, estaba afectada. Gracias a la hipnosis diaria a la que se sometía, estaba loco por el Padre. Lo amaba apasionadamente, de manera irracional, y no podía tolerar ni el más mínimo descuido hacia su Dios.
¿Unos pasteles tan duros que ni siquiera un cerdo querría comerlos? ¿Y aún así se atrevían a usarlos como ofrenda?
Para él, eso era imperdonable. Juró que debía hacer los pasteles más deliciosos y exquisitos del mundo, una ofrenda digna para su Padre.
—¿Desperdicio del poder de luz? Todo mi poder es un regalo del Padre, y naturalmente debería devolvérselo con todo mi ser. A partir de ahora, no volverán a preparar ofrendas para el Padre, esta será mi tarea —declaró con firmeza y frialdad
La criada notó la mirada helada del sacerdote y, al ver que estaba enfadado, retrocedió asustada hacia una esquina.
Zhou Yunsheng había vivido tantas reencarnaciones que cocinar era una habilidad insignificante para él, ni siquiera valía la pena mencionarla. Amaba la buena comida, y su paladar sofisticado le había llevado a perfeccionar extraordinarias habilidades culinarias.
Mientras la masa reposaba, no se quedó quieto. Seleccionó algunas frutas y legumbres, las trituró y exprimió hasta conseguir sus jugos. La masa blanca le parecía demasiado monótona, por lo que usó los jugos de las frutas para teñirla con hermosos colores como amarillo, rojo y púrpura.
Su destreza y elegancia mientras trabajaba eran dignas de admiración; cualquiera podía notar que lo había hecho incontables veces. Las dos criadas no podían hacer otra cosa más que observarlo boquiabiertas.
Cuando la masa terminó de elevarse, los rellenó y comenzó a darle diversas formas: flores, pájaros, peces y toda clase de pequeños animales. Cada uno se veía impecable, apilados a la perfección sobre la bandeja, tan adorables que parecían pequeñas obras de arte.
Antes de terminar, dejó una porción de masa blanca aparte, la cual se quedó mirando fijamente por un momento, y entonces, incitado por algún pensamiento desconocido, su rostro se sonrojó. Acto seguido, tomó la masa con cuidado entre sus manos, la amasó con delicadeza y se arrodilló en oración antes de colocarla en el centro de la bandeja.
Las expresiones de las criadas pasaron de la incredulidad a la admiración y finalmente al asombro absoluto. Para ellas, estaba claro que la devoción del sacerdote hacia el Dios de la Luz había superado cualquier límite razonable; no era simple dedicación, sino una obsesión hecha carne.
En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz observaba al joven ocupado en su labor, con una sonrisa inescrutable curvándole los labios. Al ver al muchacho preparando personalmente las ofrendas, su frío corazón parecía haberse suavizado como la masa que amasaba. Incluso percibió un matiz de dulzura emanando de lo más profundo de su ser.
Zhou Yunsheng lavó sus manos y llevó la bandeja al vaporizador. Mientras los pasteles se cocían al vapor, salió al jardín para recoger flores dedicadas al Padre.
Según las leyendas, la hermosa rosa blanca era la flor favorita del Dios de la Luz. En el lenguaje de las flores, simbolizaba respeto, nobleza y pureza; encajaba a la perfección con la figura del Padre. Zhou Yunsheng sonrió alegre y se puso de puntillas para alcanzar la más hermosa de las rosas.
—Su eminencia, las rosas tienen espinas, debería usar unas tijeras —advirtió una de las criadas.
Desafortunadamente, el recordatorio llegó demasiado tarde. Zhou Yunsheng frunció el ceño al sentir un punzante dolor en su dedo. Una pequeña gota de sangre roja empezó a formarse y a deslizarse con lentitud, luciendo llamativa y vibrante sobre su piel pálida.
Las dos criadas se acercaron enseguida para ayudar a vendarle la herida.
—Es solo un pequeño rasguño, no es nada grave —dijo Zhou Yunsheng mientras negaba con la cabeza.
Acto seguido, llevó su dedo herido a los labios y succionó la gota de sangre. Cuando se miró el dedo de nuevo, la sangre ya había desaparecido.
Las criadas respiraron aliviadas tras el breve momento de tensión, pero aún con cierta inquietud le entregaron unas tijeras y le advirtieron que no volviera a tocar las espinas con las manos. Los sacerdotes de luz eran el tesoro más preciado del reino; incluso perder una sola gota de sangre podía ser motivo de alarma, especialmente si el Obispo llegaba a enterarse.
En el Noveno Cielo, la leve sonrisa del Dios de la Luz desapareció al instante. Cuando vio al joven cargar la canasta de flores y marcharse del jardín, frunció el ceño con disgusto. Extendió su dedo, y de éste surgió un rayo de luz negra que atravesó el espejo de agua y cayó sobre las rosas de colores rosados, blancos, rojos, y amarillos que llenaban de fragancia el jardín.
En un abrir y cerrar de ojos, las flores que antes estaban en plena floración se marchitaron por completo; sus hojas verdes se secaron hasta convertirse en polvo negro que cayó suavemente al suelo, dejando atrás tallos desnudos y muertos que también se desintegraron.
Un asistente que pasaba por el lugar presenció esta escena y abrió los ojos desmesuradamente con horror. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la cámara del obispo.
Mientras tanto, dentro del templo, Zhou Yunsheng colocaba con sumo cuidado las ofrendas que había preparado, una por una, en el altar. Finalmente, tomó un pequeño pastelillo con forma de hombre. Su rostro se tornó de un rojo carmesí, dominado por la vergüenza, pero igual lo dispuso en el lugar central, por delante del resto de los pasteles.
—Padre, le ruego no desprecie estas humildes ofrendas —dijo con reverencia, su voz acompañada de un ligero tremor—. Si fuera posible, desearía entregar todo lo que soy a Usted. Sin embargo, este cuerpo es demasiado insignificante, demasiado humilde, ¿cómo podría ser digno de su compasión? Si pudiera escuchar mi oración, con solo una leve mirada desde el Noveno Cielo, me sentiría plenamente satisfecho.
Postrado ante la estatua, juntó las manos en un gesto solemne e hizo una profunda reverencia. La timidez en su rostro fue reemplazada por una expresión de amarga tristeza al pensar en todas las criaturas del mundo que necesitaban la salvación divina.
¿Cómo podría el Padre notar a alguien como yo? El llamado amor del Padre Divino no es más que un anhelo extravagante que nunca podrá hacerse realidad.
Mientras cavilaba sobre esto, su ceño se frunció aún más y sintió un nudo en la garganta. Se sentía al borde de las lágrimas. Se arrastró hacia la estatua del Dios de la Luz y abrazó con desesperación el tobillo del Padre, su rostro un retrato de melancolía pura.
En lo alto del Noveno Cielo, el Dios de la Luz observaba la escena con una mezcla de diversión y exasperación. Se masajeó las sienes, pensando en su pequeño creyente. No entendía cómo hacerle ver las bendiciones que le otorgaba.
Era tan encantador y adorable, pero a la vez tan frágil y sensible. Su escasa autoestima lo llevaba a considerarse insignificante, algo que al mismísimo Dios le resultaba a partes iguales divertido e irritante.
¿Acaso piensa que todos los sacerdotes de luz reciben dádivas del Dios de la Luz tras cada oración?
Incluso el Papa, aquel que gobernaba a todos los sacerdotes y templos de luz, había esperado tres largas décadas de devoción constante para recibir una mínima chispa de luz divina. Y, sin embargo, su pequeño creyente no tenía idea de que él se contenía todos los días para no desbordar sobre él un torrente absoluto de amor y luz por temor a que su frágil cuerpo no pudiera soportarlo y sucumbiera.
¿Cómo puede pensar que no lo amo?
Esa idea le generaba un malestar profundo al Dios de la Luz, quien extendió la mano y apuntó con su dedo a la frente del muchacho. A continuación, un delicado rayo de luz dorada atravesó el espejo y descendió.
Zhou Yunsheng emitió un leve gemido mientras el poder divino lo envolvía. Sus cejas, antes fruncidas, se relajaron; sus pálidas mejillas se tiñeron de un rubor saludable, y todo su ser se llenó de una dicha pura y gozosa. Una sonrisa tranquila apareció en sus labios mientras inclinaba la cabeza para besar los pies de la estatua con gratitud.
Cuando despertó de la sensación de ser amado, notó que todas las ofrendas del altar habían desaparecido.
Quedó estático de la sorpresa antes de reaccionar con torpeza, corriendo hacia la puerta. Buscó a las dos criadas y, con urgencia en la voz, preguntó:
—¿Adónde han llevado las ofrendas?
En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz observaba con una sonrisa resignada cómo Zhou Yunsheng corría de un lado al otro, claramente desconcertado. Luego tomó en sus manos el pequeño pastel con forma de hombre y lo inspeccionó con detenimiento. Aún estaba tibio, un ligero rastro de vapor ascendía, impregnando el aire con el aroma único del trigo sarraceno. Sin siquiera probarlo, el Dios de la Luz podía imaginar lo dulce que sabría.
La figurita estaba moldeada con un detalle vívido; el calor había hecho que se expandiera un poco, pero esa pequeña imperfección le daba un aspecto aún más redondeado y encantador. Sus ojos se quedaron fijos en el diminuto pastelillo durante mucho tiempo, dándole vueltas entre sus dedos. Una corriente eléctrica parecía recorrer su interior, dejándolo con una sensación de cosquilleo y ternura en el corazón.
Después de observar el pastel durante más de diez minutos, el Dios de la Luz llevó la pequeña carita a sus labios y, como si tuviera miedo de romperla, depositó un beso suave y cauteloso sobre ella. Luego, giró la cabeza hacia el emisario celestial que estaba junto a él y, con un tono que contenía un matiz de orgullo, preguntó:
—¿No es él adorable?
El uso del pronombre «él» en lugar de «eso» de inmediato alertó al emisario celestial. Se dio cuenta de que el pequeño pastel con forma de hombre probablemente representaba la imagen del mortal que el Padre había estado espiando recientemente. Además, el tono del Dios de la Luz tenía algo especial, un toque de orgullo, similar al de los nobles de los planos inferiores cuando presumían de sus más preciados tesoros.
Este no era un interés común, sino un apego sentimental. El emisario celestial sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal y enseguida respondió con una sonrisa cautelosa:
—Muy adorable. Nunca he visto un chico tan encantador. Me atrevería a decir que ninguno de los sirvientes del templo podría compararse con él.
La expresión del Dios de la Luz cambió de inmediato. La leve curva de sus labios se desvaneció y sus ojos se oscurecieron con un brillo dorado profundo, casi peligroso.
El emisario celestial comprendió que se había equivocado al instante, y se arrodilló para pedir perdón, tratando desesperadamente de analizar qué palabras habían causado el enojo del Padre.
—¿Cómo podrían esos humildes sirvientes compararse con mi amado hijo? —dijo el Dios de la Luz con frialdad, apartando la mirada del emisario celestial.
Luego, tomó el pequeño pastel con forma humana y, con un simple movimiento de sus mangas, se dio la vuelta y se marchó. Aunque no sin antes lanzar un hechizo que prohibía al emisario celestial hablar.
El emisario celestial, caído en desgracia, no sintió resentimiento, solo alivio. Sabía que aquellos que habían irritado al Dios de la Luz antes que él no habían corrido con tanta suerte; la mayoría habían sido reducidos a cenizas. Agradecido de conservar la vida, no paraba de preguntarse qué tan grande debía ser el amor que el Padre tenía por ese sacerdote en el reino mortal.
¿Qué puede tener ese hombre para merecer semejante devoción? Solo puedo imaginar a alguien de una belleza y elegancia incomparables.
Sin embargo, este apego despertaba serias preocupaciones: Si ese amor continuara intensificándose, es posible que el Padre decidiera entregar al sacerdote las divinidades que arrebató a otros dioses. ¡Esas divinidades son tesoros que cualquier emisario celestial o incluso el siervo celestial más humilde habrían matado por poseer!
♦ ♦ ♦
Mientras tanto, Zhou Yunsheng continuaba buscando las ofrendas por todas partes, pero no daba con ellas. Frustrado, suspiraba mientras cruzaba los pasillos del templo. Fue entonces cuando notó que el obispo, el obispo auxiliar y un grupo de soldados armados entraban con paso apresurado al salón principal.
De inmediato, Zhou Yunsheng se inclinó en una reverencia respetuosa hacia los dos ancianos. Sin embargo, el obispo no le pidió que se pusiera de pie. Se limitó a observarlo con una mirada extraña, una mezcla de cautela y escrutinio.
El obispo auxiliar, en cambio, no pudo contenerse. Alzó la barbilla con una expresión altiva y declaró:
—Uno de los sirvientes nos informó que, después de que recogiste algunas rosas, aparecieron rastros de niebla demoníaca que corroyeron las plantas. Es bien sabido que donde hay niebla demoníaca, también hay un demonio. Este puede parasitar en cualquier cuerpo humano, incluido el de un sacerdote de luz. Hemos venido para que demuestres tu inocencia.
