Pronto, utiliza el rostro del demonio – Arco 10: Capítulo 3 (2)

Traducido por Shiro

Editado por YukiroSaori


Como debía viajar junto al segundo príncipe, el obispo auxiliar necesitaba deshacerse de Joshua de inmediato. De lo contrario, en solo dos años, al llegar a la mayoría de edad, este heredaría el puesto del obispo. Esto tenía al obispo auxiliar muy inquieto, y cuando recibió la más mínima acusación, no dudó en elaborar un plan venenoso.

La mente de Zhou Yunsheng solo se nublaba cuando trataba con el Padre; con el resto de las personas, era meticuloso y frío.

—Entonces, antes de demostrar yo mi inocencia, ¿podría solicitar al obispo y al obispo auxiliar que demuestren primero la suya? —demandó con calma—. Los demonios son criaturas extremadamente astutas, y su actividad favorita es provocar conflictos entre los mortales.

—Todos hemos bebido agua bendita —intervino el obispo mientras sacaba una botella de porcelana completamente blanca y decía con suavidad—: Hijo mío, bébela.

Si el cuerpo de alguien estuviera infestado por un demonio parasitario, beber agua bendita resultaría en que todo su cuerpo resultara cubierto por dolorosas úlceras mientras que el demonio, al quedar envenenado, se vería forzado a abandonar ese cuerpo. En casos excepcionales, el agua bendita incluso podía aniquilar al demonio. Sin embargo, preparar agua bendita de esa pureza no era tarea sencilla; debía fermentarse durante al menos un siglo en un entorno luminoso de la mayor pureza, hasta transformarse de un líquido transparente a uno dorado brillante.

Con la creciente escasez de sacerdotes de luz, y aún más de aquellos capaces de expulsar demonios, la Iglesia trataba el agua bendita como un tesoro invaluable. En toda su vida, el obispo solo había logrado producir tres botellas, y en principio planeaba reservarlas para la familia real, pero ahora no tenía más opción que usarlas. Los sacerdotes de luz eran el recurso más vital para evitar que el continente cayera bajo la guerra oscura, especialmente en el reino de Sagya, que apenas disponía de tres. No podían permitirse perder a ninguno.

Zhou Yunsheng frunció levemente los labios antes de extender la mano hacia la botella, pero justo en ese momento, el criado del obispo tropezó torpemente y cayó sobre él. Su brazo golpeó con fuerza el dorso de la mano de Zhou Yunsheng, haciendo que el frasco de porcelana cayera y se rompiera. El líquido dorado se filtró por las grietas del suelo hacia la tierra, perdiéndose para siempre sin dejar rastro.

El criado se arrodilló y comenzó a suplicar perdón, pero en el salón reinaba un silencio sepulcral. Nadie respondió a sus lamentos.

Esto fue claramente planeado. Pero ¿qué es exactamente lo que intentan lograr?, se preguntó Zhou Yunsheng entrecerrando los ojos, y giró la cabeza para fijar la mirada en el obispo auxiliar, quien mantenía una expresión impecable.

Mientras tanto, el obispo ya había deducido lo que se proponía, y su pálido rostro reflejaba un miedo evidente.

—Esa era la última botella de agua bendita disponible. Cualquier entidad demoníaca capaz de resistir el poder de la luz y parasitar el cuerpo de un sacerdote de la luz debe ser de un nivel superior. Incluso si el obispo y yo combináramos nuestras fuerzas para realizar el hechizo de iluminación, no podríamos detectarlo. Para demostrar tu inocencia, te pido que te dirijas al estanque de la purificación detrás del salón principal —dijo el obispo auxiliar con gélida cortesía.

—¡No! —el grito áspero del obispo resonó en la sala, lleno de desesperación.

Mil años atrás, el estanque de la purificación era una fuente invaluable para los sacerdotes de luz. Este lugar sagrado les ayudaba inmensamente a cultivar su iluminación. Bastaba con sumergirse en sus aguas para que sus cuerpos y almas fueran endurecidos y fortalecidos. En aquellos tiempos, los sacerdotes de luz disfrutaban de un prestigio indescriptible, su poder era tan grande que no necesitaban refugiarse tras magos y guerreros. Sus círculos de luz eran sólidos, inquebrantables.

En teoría, el estanque de la purificación era un lugar ideal para la práctica y el fortalecimiento, pero de manera inexplicable, en algún momento desconocido de la historia y por razones que nadie entendía, las aguas del pozo comenzaron a actuar de manera aterradora. Si el alma de quien entraba tenía siquiera la más pequeña impureza o una pizca de egoísmo, las aguas lo quemarían como si fueran magma, reduciéndolo a cenizas.

En este mundo, salvo los dioses, ninguna alma estaba completamente libre de imperfecciones, ningún corazón carecía por completo de motivos ocultos. Los sacerdotes de luz se preguntaban por qué su propio Padre se había vuelto tan severo, tan implacable en sus juicios. Pero no tenían más remedio que, frustrados, abandonar el uso del estanque de la purificación y depender solo de la oración.

La cantidad de poder divino que se podía obtener a través de la oración era muy débil, y a menudo requería de décadas de devoción para su acumulación. Esta era la razón por la cual la fuerza de los sacerdotes de la luz se ha ido debilitando cada vez más.

El verdadero objetivo del obispo auxiliar, después de tantas maniobras y fabricaciones, era deshacerse de Joshua. Cuando el obispo comprendió por fin lo que se proponía, ya era demasiado tarde para protegerlo, porque eso implicaría dejar escapar a un posible demonio y su profundo sentido del deber no se lo permitía.

Entonces, con un ademán, retractó la negativa que había articulado momentos antes y luego de momento de silencio, habló con dificultad:

—Joshua, hijo mío, sabes que este es mi papel como obispo del reino de Sagya. No puedo ignorar la presencia de un demonio, incluso si ese monstruo se aloja en el cuerpo del mismísimo rey.

—Entiendo, como lo desee —respondió Zhou Yunsheng con calma, inclinándose respetuosamente.

Luego, sin dudar, comenzó a caminar hacia las profundidades del salón con pasos firmes.

Si no fuera por el refinamiento por el que pasó su alma al obtener la energía de un mundo de Clase B, podría haber sentido temor. Sin embargo, el estanque de la purificación no era más que un obstáculo trivial. Él sabía que su alma era extremadamente pura, por ende, capaz de resistir la corrosión del agua. Y después de una hipnosis profunda, su mente estaba libre de distracciones, salvo por un único pensamiento: su amor ferviente y devocional hacia el Dios de la Luz. Un amor tan intenso que, si lo meditaba demasiado, podía asustarlo incluso a él mismo.

Con tranquilidad, se quitó los zapatos y la túnica, quedándose solo con una fina prenda de seda que cubría su cuerpo. Luego, avanzó con calma hacia el pozo. El agua, de un negro puro, se agitaba continuamente y exudaba un frío estremecedor. Si detectaba un alma impura, herviría al instante, su color transformándose en un rojo sangre, y su temperatura letal eliminaría por completo al intruso; ni siquiera un dios podría evitar ser devorado.

Mientras tanto, el obispo auxiliar ocultaba sus manos temblorosas bajo las amplias mangas de su túnica. Si Joshua moría allí —como él esperaba fervientemente—, al no haber un heredero para el puesto, él mismo estaría en posición de ascender al trono del obispo y obtener una autoridad semejante a la de un rey sobre el reino de Sagya. Desde que se reveló la existencia de su hijo ilegítimo, su ambición de deshacerse del joven sacerdote había crecido implacablemente, y ese día se había presentado la oportunidad que tanto había esperado.

En su mente, ya podía vislumbrar el sendero de luz que se desplegaba ante él.

En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz contemplaba la escena desde lo alto. Sus pupilas oscilaban entre un oscuro dorado y un negro absoluto, mientras su inconmensurable poder divino comenzaba a desestabilizarse. La intensidad de su emoción fue tal que, por un breve instante, perdió el control, destruyendo la lujosa chaise long en la que estaba recostado. Si no fuera porque sabía que debía proteger a su pequeño creyente al entrar en el agua, la furia ya lo habría hecho perder la cordura.

El llamado estanque de la purificación no era lo que parecía; en realidad, era una concentración de miasma demoníaco en estado líquido. Esta sustancia tenía la capacidad de indagar el corazón humano, extrayendo la oscuridad que allí yace y usarla como nutrientes para dar forma a un demonio dentro del cuerpo del anfitrión. En otras palabras, los demonios no nacían en el Abismo Tenebroso, como se creía, sino en los rincones más oscuros de los corazones humanos.

Sin embargo, incluso en la más oscura de las sombras puede encontrarse luz. Mil años atrás, cuando el Dios de la Luz aún no había sucumbido a su lado más sombrío, había colocado una restricción sobre el estanque de la purificación, asegurándose de ese modo que el miasma demoníaco allí contenido fortaleciera la luz de los sacerdotes sin corromperlos. Pero un día, sin previo aviso, algo cambió en él. Se sintió profundamente agotado del mundo, retiró la restricción y, en un acto de furia sin igual, exterminó a todos los demás dioses.

Durante las incontables eras que siguieron, el Dios de la Luz no encontró ni un solo corazón verdaderamente puro entre mortales o inmortales. Una vez, extrajo el corazón de una dríade, conocido por su pureza, y lo colocó dentro del agua del pozo para probarlo. Para su sorpresa, en cuestión de segundos, el corazón, rojo y vibrante al principio, se ennegreció por completo y se derritió hasta convertirse en lodo.

Encontraba sumamente interesante observar cómo los mortales se deshacían al sumergirse en el estanque, y esto siempre le había hecho sonreír. Sin embargo, en ese momento, deseaba con todas sus fuerzas haber destruido todos los estanques de la purificación que quedaban en los Templos de la Luz. Si lo hubiera hecho, su pequeño creyente no estaría siendo sometido a un trato tan cruel y ruin.

El alma de su pequeño creyente era pura en demasía, lo suficiente como para soportar la primera ola de erosión. Pero ¿y después? Siempre que su corazón mostrara siquiera un destello de distracción o miedo, sería consumido.

El Dios de la Luz acumuló un rayo de luz dorada en la punta de su dedo, listo para envolver a su pequeño creyente y protegerlo del peligro. Pero antes de que su poder dorado pudiera cruzar el espejo que usaba para observar, algo lo dejó asombrado.

Desde el interior del cuerpo del pequeño creyente emanó una luz blanca diáfana, lo suficientemente pura como para empujar hacia atrás el agua negra del estanque. Este poder era algo que solo las almas con una pureza absoluta podían poseer.

¿Cómo puede tener una voluntad tan firme y un corazón prístino? ¿Cómo pueden ser sus pensamientos tan cristalinos? ¿Es su fe ferviente y devota la razón detrás de esto?

El Dios de la Luz intentó leer el corazón de su pequeño creyente, un acto sencillo para un dios como él. Sin embargo, para su sorpresa, no pudo vislumbrar sus pensamientos. Lejos de considerarlo extraño o inquietante, esto lo llenó de un orgullo sin límites. Le complacía profundamente la singularidad de su pequeño creyente, y por primera vez en siglos, se vio obligado a especular sobre los pensamientos de alguien. Esta pequeña incertidumbre hizo que su alma, largamente adormecida, palpitara con una alegría desenfrenada.

Apoyó la mejilla en su mano, una sonrisa gentil adornando su rostro mientras observaba al chico. Lo veía juntar las manos en oración, y aunque no podía expresarlo en voz alta a causa de la presencia de los observadores, sabía que cada palabra de su súplica estaba dirigida a él.

En las aguas negras y turbulentas, solo la cabeza y las manos del chico emergían a la superficie, haciéndolo parecer tan pequeño y desamparado. El Dios de la Luz sintió un deseo abrumador de entrar en el estanque, envolverlo con su cuerpo alto y protector y brindarle un poder aún más cálido y reconfortante.

Ese deseo hizo que separara una pequeña fracción de su esencia divina y la enviara a través del espejo.

Al mismo tiempo, en el salón, bajo las miradas aterrorizadas de todos los presentes, una figura alta y majestuosa empezó a tomar forma. Sin emitir una sola palabra, caminó hacia el pequeño creyente y acarició sus cálidos y delicados pómulos.

Zhou Yunsheng, inmerso en su oración, no abrió los ojos ni percibió la presencia de su Dios. Esto hizo que el Dios de la Luz experimentara un ligero arrepentimiento, deseando que el chico lo viera. Estuvo tentado de acariciar los mechones de su cabello rubio platinado con infinita ternura, pero temía que interrumpir su oración repercutiera en las aguas negras invadiendo su pureza, así que contuvo su impulso.

Para poder permanecer en el estanque de la pureza sin la restricción divina que antes lo protegía, era necesario un poder de luz tan inmenso que resultaba inimaginable incluso para los sacerdotes ordinarios. Pero lo más importante no era solo soportarlo: aquellos que sobrevivían al proceso conseguirían un crecimiento exponencial en su potencial. El cuerpo de un sacerdote de luz era como un recipiente, y su potencial determinaba cuánto poder podía contener ese recipiente.

El pequeño creyente ya poseía una habilidad extraordinaria, pero, tras ser templado y fortalecido en el estanque, su capacidad incrementaría aún más. En otras palabras, el Dios de la Luz podría inyectar una cantidad mucho mayor de su poder divino en el cuerpo de su pequeño creyente en el futuro sin preocuparse por lastimarlo.

Esto coincidía perfectamente con los deseos del Dios de la Luz, por lo que jamás interrumpiría la cultivación del pequeño creyente, sin importar cuán profundamente anhelara abrazarlo.

—¿Quién eres? ¿Eres acaso el Dios del Abismo Tenebroso? —preguntaron con voces temblorosas el obispo y el obispo auxiliar, llenos de terror.

Sin perder un instante, comenzaron a recitar el cántico del hechizo flecha de luminosa sagrada. Sabían bien que, cuanto más alto el nivel de un demonio, más hermosa era su apariencia. Y la belleza del hombre que había aparecido repentinamente había superado cualquier límite imaginable para los ojos humanos.

Si realmente fuera una criatura demoníaca, su nivel, sin duda alguna, estaría por encima del de un santo.

El Dios de la Luz levantó un dedo y lo llevó a sus labios, haciendo un gesto para silenciarlos. De inmediato, tanto el obispo como el obispo auxiliar perdieron la capacidad de hablar, quedando incapaces de continuar entonando el hechizo con el que iban a atacar al supuesto demonio. Intentaron moverse, huir para buscar ayuda, pero descubrieron con horror que sus cuerpos estaban inmóviles.

¿Qué clase de poder tan inmenso podía incapacitar al instante a dos sacerdotes de luz experimentados y siempre en alerta? Los dos hombres abrieron los ojos de par en par, desesperados. Sin embargo, pronto, el miedo desapareció de sus rostros, para dar lugar a una incredulidad abrumadora.

El hombre rubio caminó en absoluto silencio hacia el lado de Joshua. Desde esa posición, la luz del lugar iluminó con detalle sus rasgos delicados y exquisitamente cincelados, como una obra de arte divina. Luego, inclinó la cabeza y depositó un suave beso sobre el centro de las cejas del joven sacerdote. Su expresión era tan gentil y sus ojos llenos de afecto eran como los de alguien que contempla a su hijo… o quizás a un amante.

El Dios de la Luz permaneció observándolo largo rato, como si analizara cada línea de su rostro. Entonces, sin poder evitarlo, volvió a besarlo una y otra vez, incapaz reprimir la alegría que de su pecho desbordaba, hasta que su cuerpo comenzó a emitir un radiante resplandor dorado.

Esa luz era tan intensa que quemó la piel del obispo y del obispo auxiliar donde fuera que los alcanzaba, haciéndolos gritar de agonía. Sin embargo, para Joshua, esa misma luz no solo no lo dañaba, sino que poco a poco comenzó a penetrar en su cuerpo, llenándolo de una calidez reconfortante.

Los labios de Joshua se entreabrieron ligeramente, dejando asomar una expresión de absoluto placer. Esto hizo que el hombre rubio se sintiera aún más complacido. Una leve risa brotó de su garganta, su voz vigorosa, grave y sensual resonando en los oídos de todos los presentes como un eco imposible de olvidar.

A continuación, el Dios de la Luz levantó un mechón del cabello platino de Joshua, enroscándolo alrededor de su dedo mientras lo acariciaba con una ternura palpable. Pero al notar que las cejas del joven se movían ligeramente, como si estuviera despertando, la figura masculina retrocedió con una inesperada timidez. Un torrente de emociones lo invadió, recordándole algo que lo inquietó: él no era el dios bondadoso que Joshua imaginaba.

Soltó el cabello de Joshua y comenzó a pasearse inquieto por el templo. Al pasar frente a la estatua de cinco metros de alto que lo representaba, levantó los ojos para observarla, y lo que vio lo dejó helado, como si un rayo lo hubiera atravesado.

¡Este no soy yo!

Solo de pensar que Joshua confesaba su amor a esa estatua todos los días, mientras pronunciaba su nombre con tanta devoción, lo llenaba de un odio tan feroz que deseaba destruir esa representación junto con todo el templo del reino de Sagya hasta no dejar rastro.

Pero el pequeño creyente estaba dentro del templo, y no podía soportar la idea de herirlo. Así que contuvo su furiosa ira, agitó su manga y transformó la estatua a su semejanza, elegantemente sentada en un majestuoso trono divino.

Luego volvió al borde del estanque, levantó un dedo en dirección al obispo auxiliar y retiró por completo todo el poder de la luz que le había otorgado. Por último, inclinándose una vez más, besó suavemente el entrecejo del pequeño creyente, transfiriéndole un soplo puro de poder divino antes de desaparecer lentamente.

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