Pronto, utiliza el rostro del demonio – Arco 10: Capítulo 4 (1)

Traducido por Shiro

Editado por YukiroSaori


Cuando Zhou Yunsheng emergió del estanque de la purificación, el agua negra retrocedió de inmediato, evitando cualquier contaminación en su ropa o piel. Se colocó su túnica y avanzó lentamente hacia el obispo y el obispo auxiliar, notando que las expresiones de ambos reflejaban una profunda distorsión, como si acabaran de presenciar un espectro.

—Obispo, obispo auxiliar, ¿qué sucede? —preguntó con curiosidad.

—Hace un momento vimos… —La boca del obispo se movió, pero no emitió sonido alguno. Tras una pausa, volvió a intentar—: Hace un momento… —Sin embargo, cada vez que intentaba mencionar al hombre, su voz se desvanecía inexplicablemente.

Se trataba de un veto en torno a la palabra, y parecía ser definitivo.

¿Entonces aquel hombre era realmente el Dios de la Luz?

El corazón del obispo se estremeció, y su mirada hacia el joven cambió drásticamente. Recordaba las palabras del antiguo obispo sobre cómo, mil años atrás, emisarios celestiales solían visitar regularmente el continente, eligiendo a jóvenes hermosos para el Padre. Se decía que tenían una preferencia particular por los adolescentes de cabello rubio platino con ojos azules y por aquellos de cabello negro con ojos oscuros. Estos rasgos conferían un estatus especial, convirtiendo a los portadores en objetos de deseo.

Sin embargo, con el tiempo, el Padre pareció perder interés en ellos, cesando el envío de emisarios celestiales al continente y rechazando a los niños de los grandes templos. Gradualmente, esa obsesión fue olvidándose. En ese momento, al mirar al joven frente a él, el obispo sintió como si hubiera descubierto la verdad.

Joshua, con apenas dieciséis años, era la encarnación de la juventud y la frescura. Su figura delgada y su rostro delicado, enmarcado por una cascada de cabello rubio platino que le caía hasta los tobillos, irradiaban luz. Donde fuera que él estuviera, parecía brillar con un resplandor que ahuyentaba toda oscuridad.

Es limpio, puro, tierno y hermoso; su ingreso al estanque de la purificación demostró que posee un corazón devoto y un alma refinada. No es de extrañar que fuera bendecido por Dios Padre.

Con este pensamiento, la inestabilidad emocional del obispo comenzó a calmarse, y su ánimo se elevó al considerar el prometedor futuro del reino de Sagya. En ese momento, todos los sacerdotes de luz dependían de la oración para canalizar el poder de la luz divina. Y aunque los más piadosos parecían ser los más poderosos, en realidad, todo giraba en torno al favor del Dios de la Luz. La mirada del Padre al contemplar a Joshua no solo denotaba favoritismo evidente.

Es razonable pensar incluso que el próximo papa podría surgir del reino de Sagya, o incluso que la Iglesia Central se traslade a Gagor.

Cuanto más reflexionaba el obispo sobre el futuro, más emocionado se sentía, y su mirada hacia el joven se llenaba de afecto.

En el extremo opuesto, el obispo auxiliar se encontraba consumido por el miedo y la incredulidad. Se negaba a aceptar que el hombre rubio era el Padre y que este había descendido al mundo mortal por un pequeño sacerdote, ¡a quien además le había besado la frente con una ternura inigualable! Sin embargo, la luz que había emanado de su ser se desvaneció de repente, y su piel, aún marcada por el contacto con la divinidad, palpitaba con cada latido, recordándole que lo más improbable se había hecho realidad.

La gravedad de su falta se hizo evidente: había intentado asesinar al favorito del Padre, lo que había provocado que este descendiera en persona para impartirle un castigo.

La pérdida repentina de su poder luminoso era un claro indicio de que había cometido una blasfemia imperdonable, lo que conllevaba su expulsión de la Iglesia y el desprecio del mundo. A partir de ese momento, su vida como la conocía había llegado a su fin.

El obispo auxiliar se dejó caer al suelo, pero el obispo ni siquiera se detuvo a mirarlo.

—Declaro que el Templo de la Luz del reino de Sagya expulsa a Colin Gaelic por blasfemia. Retiramos todas las propiedades y honores que se le han otorgado y ordenamos que abandone Gagor en el plazo de una hora. ¡Este veredicto es irrevocable! —proclamó con firmeza.

Sin dilación, un escriba registró el edicto para enviarlo al rey. La búsqueda del demonio ya no era necesaria; si el Padre había descendido en persona al templo, cualquier rastro de maldad se habría desvanecido al instante, como el humo.

El obispo auxiliar comenzó a llorar y a implorar misericordia, pero su voz se extinguió mientras lo arrastraban hacia afuera. El obispo, por otro lado, guió al joven fuera de la sala del estanque de la purificación, murmurando palabras de consuelo y disculpas.

En el vestíbulo exterior, un grupo de criadas y guerreros se arrodillaba, murmurando oraciones con expresiones que reflejaban tanto adoración como temor. Alzaban la vista, deseosos de vislumbrar la estatua detrás del altar, pero el dolor punzante que sentían en sus ojos los hacía desistir en sus intentos. De manera instintiva, comprendían que, si insistían en mirar a pesar del escozor, correrían el riesgo de quedar ciegos.

No todos eran dignos de contemplar la imagen del Dios de la Luz.

Era un milagro que el Dios de la Luz hubiera descendido al reino de Sagya y, además, hubiera sido tan generoso como para permitir que todos presenciaran su aparición extraordinaria. ¡Un honor que ningún templo del continente había experimentado jamás! Si el Papa, que residía en el templo principal, llegara a enterarse, sin duda sentiría celos.

La alegría y el orgullo inundaron los corazones de los presentes, y sus oraciones se tornaron aún más fervorosas.

El obispo rodeó el altar y, durante un instante, levantó la mirada hacia la nueva estatua antes de inclinar respetuosamente la cabeza, parpadeando para aliviar el ardor en sus ojos. Aunque su vistazo había sido breve, fue suficiente para grabar en su memoria aquel rostro de inigualable belleza, el del verdadero Dios de la Luz.

—Dios de la Luz en lo alto, le ruego acepte el arrepentimiento de su creyente… —murmuró, recordando con horror que había osado llamar demonio al Dios de la Luz. Agobiado por la culpa, sus piernas flaquearon y se arrodilló de inmediato, implorando perdón.

En el gran salón, solo Zhou Yunsheng permanecía de pie. No lo hacía para demostrar su singularidad ni para defender la llamada igualdad para todos; solo había quedado deslumbrado por la majestuosa y radiante imagen del Padre Dios.

Miró al hombre alto que reposaba con majestuosidad en la chaise longue. Sus manos, entrelazadas bajo la mandíbula, parecían enmarcar una expresión de compasión que era casi innata en él.

Su cabello rubio, rizado y brillante, contrastaba con sus ojos profundos y resplandecientes, que se asemejaban a estrellas en una noche despejada. Vestía una túnica blanca pura, adornada con joyas que resplandecían con cada movimiento; un cinturón dorado, ligeramente ceñido a su cintura, destacaba las piedras preciosas que lo embellecían. La túnica, medio abierta, revelaba una clavícula seductora y destellos de un torso robusto.

La imagen que proyectaba era tan deslumbrante y hermosa que superaba los límites de la imaginación humana.

Sin embargo, la hipnosis dejaba huellas. Si las secuelas eran severas, podían afectar la cordura, especialmente a través de sugestiones psicológicas. Cada sesión de hipnosis añadía una capa sobre la anterior, profundizando la falta de sentido común en Zhou Yunsheng hasta salirse de su control. Pero, a pesar de ello, no se preocupaba; sabía que la energía que obtendría al completar su misión sería suficiente para sanar cualquier daño.

En ese instante, el Zhou Yunsheng descerebrado se encontraba al borde de la locura. Al darse cuenta de que esta era la verdadera apariencia del Padre Dios, sintió un impulso casi incontrolable de lanzarse hacia adelante y arrodillarse ante Él. Se contuvo una y otra vez, clavándose las uñas en las palmas hasta romper la piel, solo para evitar avergonzarse en público.

Solo podía quedarse quieto, inmóvil, con la boca ligeramente entreabierta, mirando fijamente la estatua con una mirada tan ardiente que parecía capaz de perforar una roca.

El Dios de la Luz había dejado una traza de su esencia en la estatua: todo lo que la estatua contemplaba, él lo veía; todo lo que sentía, él lo sentía. Cuando el pequeño creyente miró la estatua con tal intensidad, el Dios de la Luz sentía su cuerpo calentarse y su corazón inundarse de un placer desconocido.

Sí, hijo mío, mi tesoro, mírame. No dejes de mirarme, mírame por siempre y no dirijas esos ojos hacia nadie más, pensó, extendiendo los dedos para infundir una porción de su poder luminoso entre las cejas de su pequeño creyente.

Zhou Yunsheng percibió el calor, pero no se atrevió a parpadear; se limitó a tocar su frente con expresión atónita y obsesionada que, a su vez, resultaba sorprendentemente tierna.

De repente, en el  vasto templo resonó la risa alegre del Dios de la Luz, asombrando a todos los emisarios y siervos celestiales presentes.

¿Quién logró hacer tan feliz al Padre? ¡Es un verdadero milagro!, exclamaron para sus adentros.

Cuando el obispo culminó sus oraciones de arrepentimiento, notó que su hijo adoptivo tenía su mirada clavada en la estatua, contemplándola.

—Joshua, ¿no te arden los ojos? —preguntó con cautela.

El muchacho continuó mirando la estatua sin otorgar respuesta.

El obispo insistió varias veces en la pregunta, hasta que tuvo que tirar de la ropa del niño para captar su atención.

Zhou Yunsheng volvió a la realidad, sonrojándose antes de responder:

—Mi visión es excelente, lo suficientemente clara como para observar la radiante imagen del Padre Dios y grabarla en lo más profundo de mi corazón.

El obispo sonrió, convencido de que el Padre estaba haciendo un regalo especial a Joshua, permitiéndole ser el único capaz de contemplar su verdadera forma.

—Por supuesto, mi niño. Quédate aquí y ora al Padre todo lo que desees —le dijo con una sonrisa, alargando la mano para acariciar el suave cabello del muchacho.

Sin embargo, antes de que pudiera tocarlo, sintió un dolor agudo en la palma de su mano.

Él retiró la mano en silencio y expulsó a las demás personas del salón. Luego se dirigió a un rincón apartado, donde observó con calma la palma de su mano. Tal como había sospechado, su piel estaba quemada, con un tono carbonizado. Negó con la cabeza y murmuró para sí:

—Incluso el Dios Supremo puede volverse irrazonable al encontrar a su persona amada.

Cuando todos se marcharon, el salón quedó sumido en un profundo silencio; era la hora habitual de oración de Zhou Yunsheng. En circunstancias normales, debería estar arrodillado rezando, pero no pudo continuar. Su mente estaba invadida por la imagen del hermoso rostro del Dios de la Luz, que persistía en su memoria, tanto con los ojos abiertos como cerrados, arraigándose más y más en su ser.

Su corazón hervía, burbujas rosadas estallaban una tras otra en su interior. No podía calmarse; su único deseo era contemplar a su Padre. Aunque la estatua estaba esculpida en piedra, contenía la esencia del Dios de la Luz, lo que hacía que, al tocarla o mirarla, no hubiese diferencia respecto al cuerpo real.

Entonces, levantó la vista; sus ojos, llenos de afecto y anhelo, se encontraron con los profundos ojos de su Padre. Luego descendieron hacia sus delgados labios, donde permanecieron un tiempo prolongado. Sus mejillas se sonrojaron, y sus pensamientos comenzaron a deslizarse hacia un territorio ambiguo.

En el Noveno Cielo, el Dios de la Luz sintió un cosquilleo y una ligera comezón. Sin poder evitarlo, alzó los dedos y tocó los labios del joven reflejado en el espejo. De repente, una sed abrumadora lo invadió.

Sin apartar la mirada, levantó ligeramente las manos, y un emisario celestial le ofreció una copa de néctar dorado en su chaise longue. Aceptó la copa y bebió un sorbo, pero su sed solo aumentó, dejando su garganta aún más seca.

Zhou Yunsheng imaginaba con anhelo cómo sería besar a su Padre, pero no se atrevió a dar ese paso. Sin embargo, de manera inconsciente, avanzó un poco, se arrodilló frente a la estatua y dejó sus manos suspendidas en el aire. Después de un largo rato, con sumo cuidado, abrazó la pierna de su Padre. La sensación cálida y suave lo sorprendió, haciéndolo soltar de inmediato. Retrocedió varios pasos y, colocando ambas manos cruzadas en el suelo, apoyó la frente sobre el dorso de las manos mientras se postraba lleno de temor y reverencia para confesar sus pecados.

¿Cómo puedo albergar pensamientos tan blasfemos hacia el Padre? Eso es demasiado aterrador.

El Dios de la Luz dejó su copa sobre la mesa, su rostro reflejaba frustración. No podía soportar la excesiva humildad del pequeño creyente hacia él. Deseaba hacerle entender que era su hijo más amado, su único tesoro.

Se preparaba para derramar más de su poder luminoso y amoroso sobre el cuerpo del pequeño creyente, con la intención de apaciguar su temor interno. Pero entonces vio cómo el niño levantó la vista, miró a su alrededor como un ladrón, corrió rápidamente hacia la estatua, se detuvo para besar su empeine y luego escapó como un rayo.

Una suave sensación, como el del roce de las alas de una mariposa, sobre su empeine hizo que el Dios de la Luz se estremeciera, incapaz de contenerse. Se cubrió el rostro, deseando ocultar su expresión aturdida, mientras sus orejas comenzaban a sonrojarse.

—Tesoro, ¿cómo puedes ser tan adorable? —susurró con ternura, dejando que esas palabras se deslizaran entre sus dedos.

Poco después, la alegre risa del Dios de la Luz volvió a resonar en el salón.

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