Pronto, utiliza el rostro del demonio – Arco 10: Capítulo 5 (1)

Traducido por Shiro

Editado por YukiroSaori


Zhou Yunsheng dedicó los últimos dos años al cultivo de la divinidad y a investigar en secreto sobre el protagonista del mundo. Como si el destino así lo hubiera dictado, se cruzó con el segundo príncipe dos años atrás y juntos se adentraron en el Bosque Oscuro, donde llevaron a cabo diversas misiones, incluyendo el rescate del príncipe bestia, que estaba siendo consumido por la niebla demoníaca. Este acto valiente hizo que el rey bestia se enamorara perdidamente de él. Además, su presencia logró que el Árbol Madre de los elfos floreciera de nuevo.

Durante siglos, el protagonista había habitado en el Templo de Dios, consumiendo frutas y néctares que contenían la más pura esencia de la luz, lo que había refinado su cuerpo con una pureza que cualquier sacerdote de luz.

Al estar en compañía del Dios de la Luz en el templo del Noveno Cielo, su ser absorbía poder divino de manera automática, lo que le liberaba de la necesidad de orar. Aunque en el Reino Divino eso no era algo excepcional, en el mundo mortal había alcanzado un nivel casi sagrado.

Poseía unos ojos oscuros y profundos, un atractivo inigualable y una voz melodiosa que rivalizaba con la del rey elfo. Su canto tenía el poder de calmar incluso a las más feroces bestias oscuras. Desarrolló una amistad entrañable con el rey elfo, y juntos entonaron canciones bajo el Árbol Madre durante tres días y tres noches, llenando de éxtasis a toda la raza élfica.

Tras salir del bosque oscuro junto al segundo príncipe, el protagonista visitó la sede principal de la Iglesia, donde fue recibido con los brazos abiertos por el papa. Su visión excepcional y su elocuente conversación hicieron que incluso el brillante y extraordinario papa lo admirara y se maravillara de él. Esto hizo que el papa lo considerara un amigo íntimo y, al enterarse de que deseaba marcharse, dejó todos sus asuntos pendientes para acompañarlo personalmente al reino de Sagya.

Su carisma inigualable hacía que todos los que lo veían sintieran la imperiosa necesidad de permanecer a su lado.

A pesar de haber recorrido el mundo durante solo dos años, ya había bardos que componían canciones y poemas en su honor. Era conocido como el Favorito de Dios, el Mensajero de la Luz, la esperanza del continente, y se profetizaba que se convertiría en el sacerdote de luz más poderoso de los últimos mil años.

En ese momento, se dirigía acompañado por el papa, el obispo y el segundo príncipe, al Templo de la Luz del reino de Sagya.

—¿Es cierto que solo hay dos sacerdotes de luz en el Templo de la Luz del reino de Sagya? —preguntó con una sonrisa al anciano obispo.

El obispo asintió con respeto.

—Así es, solo somos mi hijo adoptivo, Joshua, y yo. Es un joven encantador.

Aunque deseaba ofrecer más detalles, el obispo aún se veía restringido por el estricto veto en torno a la palabra que el Dios de la Luz había impuesto sobre él años atrás. No podía mencionar mucho sobre Joshua, ni siquiera en presencia del papa.

¿No es esta protección excesiva? Han pasado dos años, y ni siquiera sé si Joshua ha progresado en algo.

Boel Britte, el protagonista, lo vio bajar la cabeza con curiosidad, pero el obispo continuó sumido en sus reflexiones.

—¿Cuántos años tiene? ¿Cómo es su personalidad? —preguntó interesado—. Tengo la intención de quedarme un tiempo en el templo del reino de Sagya y espero poder hacer un buen amigo.

El príncipe, jugueteando con los dedos del chico, respondió con una sonrisa:

—Joshua es muy amable; estoy seguro de que tú y él se convertirán en grandes amigos.

La impresión del príncipe sobre Joshua aún mostraba un destello de afecto, pero su corazón estaba ahora cautivado en su totalidad por Boel. Este último era poderoso, de noble linaje y el papa había insinuado que podría asumir un rol importante en el Templo de la Luz del reino de Sagya. Por lo tanto, era necesario que encontrara el momento adecuado para aclarar su relación con Joshua.

En el pasado, habría temido ofender al Obispo, pero con el respaldo del papa, ese miedo se había desvanecido.

El obispo, por su parte, se sintió complacido al escuchar al príncipe hablar positivamente sobre Joshua. Desde su perspectiva, Boel Britte era el emisario celestial del Padre, mientras que Joshua era el amado del Padre. En el futuro, ambos habrían de coexistir en el Templo del Noveno Cielo, por lo que era beneficioso que comenzaran a forjar una buena relación desde ese momento.

El papa, en cambio, no se sentía atraído por el llamado «adorable Joshua»; simplemente observaba en silencio al hermoso adolescente de cabello negro y ojos oscuros y gentiles. Aunque el chico debería tener cientos de años, su tiempo en el Templo de Dios había detenido su envejecimiento. Además, al haber sido llevado al templo desde joven y haber sido constantemente mimado, su corazón permanecía puro y sencillo.

Una persona así era demasiado fácil de manipular.

El papa, a pesar de encontrarse en la cúspide del poder del continente, no estaba satisfecho con su posición. Él era un hombre que había recibido poder divino directamente del Padre, una fuerza completamente distinta al poder de luz que otros sacerdotes obtenían a través de la oración. Era un poder intenso, puro y adictivo. Si pudiera obtener más de ese poder divino, no dudaría en arrasar el mundo para conseguirlo.

Desde el momento en que fue dotado de poder divino, comenzó a concebir la idea de convertirse en un dios. Sin embargo, durante los últimos doscientos años, sin importar cuán fervientemente orara o cuánto cultivara, su fuerza permanecía estancada en el nivel Santo, sin avanzar ni un ápice.

En medio de su desánimo, apareció Boel. Él vivía en el Noveno Cielo y era el favorito del Padre, pero no podía soportar la soledad del templo, así que rogó al Padre que le permitiera viajar al continente y relacionarse con los humanos. El Padre lo bendijo y le otorgó un anillo incrustado con la piedra de luz más poderosa; al activarse, su luz podría erradicar cualquier mal.

El papa encontró una nueva esperanza. Si lograba forjar una amistad sólida con Boel, tal vez, cuando este regresara al Noveno Cielo, podría recomendarlo al Padre.

Así que fingió acompañar a Boel en su recorrido por los templos, ganándose con facilidad su confianza y afecto. Sabía que el chico mantenía una relación ambigua con el segundo príncipe, el rey bestia y el rey elfo, y que ya había perdido su virginidad. Pero eso no le importaba; su único objetivo era alcanzar sus propios fines, y estaba dispuesto a soportar cualquier incomodidad para lograrlos.

Mientras el grupo se aproximaba al templo, Zhou Yunsheng sostenía unas tijeras frente a un arbusto de rosas, buscando la flor más hermosa para ofrecer al Padre.

Miró a la izquierda y a la derecha, indeciso. Aunque había muchos capullos, pocos habían florecido por completo, y ninguno lo terminaba de convencer.

—Su eminencia, le aconsejo que espere unos días más antes de cortar —sugirió la criada que lo acompañaba.

—Es verdad, no es el momento adecuado —intervino de inmediato otra criada—. Cortarlas sería un desperdicio. Podríamos optar por girasoles en su lugar. Al Padre Celestial también le gustan los girasoles.

Zhou Yunsheng devolvió las tijeras al cesto, acarició con suavidad un capullo y suspiró:

—Está bien, elegiremos girasoles. Este año hay tantos capullos, como estrellas en el cielo. Si por algún milagro todos florecieran de la noche a la mañana, la escena sería realmente hermosa. Desearía verlo con mis propios ojos.

En el Noveno Cielo, como de costumbre, el Dios de la Luz observaba al joven. Al escuchar sus palabras, levantó ligeramente un dedo y vertió un poder dorado en el espejo de agua. Estaba decidido a cumplir todos los deseos del chico; le otorgaría cualquier cosa que pidiera. Si deseaba las estrellas del cielo, incluso las recogería y las ensartaría en un collar para él.

Zhou Yunsheng estaba a punto de marcharse, pero se detuvo sorprendido al ver que la pared cubierta de capullos de rosas florecía uno tras otro, transformándose de un blanco puro a un rojo ardiente y brillante. Era un espectáculo tan impactante como un racimo de llamas crepitantes, una belleza cautivadora.

Observó todo con la boquiabierto, mientras las dos criadas detrás de él también estaban asombradas.

—¡Dios mío, esto debe ser un milagro!

—¡El Padre es muy generoso!

Murmuraron las criadas, pero sus palabras fueron opacadas por una voz aguda y sorprendida:

—¡Increíble, Boel! Apenas entraste al templo, estas rosas florecieron de repente. ¡Esto debe ser un regalo del Dios de la Luz, que te observa desde el Noveno Cielo!

Las mejillas del segundo príncipe se sonrojaron de emoción. Era natural que llegara a tal conclusión, ya que Boel había aparecido de la nada, vistiendo túnicas sagradas grabadas con profecías, llevando un enorme anillo de piedra luminosa y adornos que destellaban con una luz dorada en su cuello, manos y pies.

Había albergado dudas sobre los orígenes extraordinarios de Boel, hasta que este utilizó su luz dorada para vencer a una bestia oscura de nivel Emperador y confesó ser un emisario del Templo de Dios, además del favorito del Padre.

Los signos que había mostrado disipaban cualquier incertidumbre, y era razonable pensar que la escena en la que las rosas florecían fuera de temporada también se debía a él. Todo el mundo sabía que las rosas eran las flores favoritas del Dios de la Luz, y era lógico que Él las hiciera florecer como muestra de su favor hacia su más querido.

Boel contemplaba las flores resplandecientes con asombro, pero sintió un escalofrío ante las dulces palabras del segundo príncipe. Solo él sabía que no era el emisario del Padre, sino un sirviente que había huido, y que su estatus en el Noveno Cielo no era tan noble como todos creían.

Sin embargo, tal vez, debido a mi desaparición, el Padre reconoció mi importancia y me ha perdonado. No es imposible.

Con ese pensamiento en mente, Boel aceleró el paso, queriendo recoger la más hermosa flor en pleno florecimiento, cuando una mano se extendió de pronto y lo tomó por la muñeca,, deteniéndolo.

—No eres merecedor de estas hermosas flores.

De repente, una voz melodiosa y conmovedora resonó, fluyendo suavemente como un arroyo. Sin embargo, en su interior se ocultaba un tono malicioso que estremeció el corazón de todos los presentes.

Boel, quien había disfrutado de dos años de incesantes alabanzas, no pudo soportar la súbita subestimación y humillación. Se giró con furia hacia el dueño de la voz, pero sus ojos se abrieron de par en par, incapaz de contener su asombro.

Estaba convencido de que su belleza era incomparable; en el Noveno Cielo, pocos sirvientes, y ni siquiera los dioses, podían igualarlo. Pero la hermosura del joven frente a él era indescriptible, como un rayo de luz que eclipsaba todo a su alrededor, incluida la propia belleza de Boel, que había sido cantada en innumerables versos por los bardos.

Siempre había creído que su apariencia podía considerarse insuperable, digna de ser llamada única en el mundo. Incluso en el Reino Divino, pocos sirvientes o emisarios celestiales podían superar su belleza. Sin embargo, el joven frente a él poseía una hermosura tan deslumbrante que resultaba imposible describirla con palabras. Era como un rayo de luz pura, iluminando todo a su alrededor y haciendo que todo lo demás palideciera en comparación, incluida su propia figura, tantas veces alabada por los bardos en incontables poemas.

Si este muchacho ascendiera al Templo de Dios, incluso los gélidos y desapasionados ojos del Padre Dios se detendrían brevemente sobre él. Pero, lamentablemente, solo es un mortal, y nunca podrá disfrutar de tal privilegio.

La arrogancia llenó el corazón de Boel con ese pensamiento. Aunque su expresión se mantuvo dócil y encantadora, con fingida tristeza, preguntó:

—Este es un regalo que mi Padre me dio, ¿por qué no puedo recogerlo? Mi nombre es Boel Britte.

Soy el favorito del Dios de la Luz, así que deberías saludarme y obedecer mis órdenes incondicionalmente.

Zhou Yunsheng captó el mensaje implícito, lo cual lo irritó aún más. Si su parte racional hubiese sido la que estaba en línea, no se habría opuesto al protagonista, pero en ese momento, era el ferviente fanático del Dios de la Luz el que estaba en control y, con solo pensar que su venerado Padre Dios había sido engañado por este ser voluble, lujurioso e indigno, y que su sagrada persona había caído tan bajo como para mezclarse en el mundo mortal con simples humanos, lo llenaba de una furia ardiente. Esa ira irracional le hacía querer destrozarlo allí mismo, con sus propias manos.

Recordaba la información que le había facilitado 007: este hombre llevaba una vida depravada, capaz de llevar a cualquiera que conociera a su cama en cuestión de días. Ya fuera en la cama, en los árboles, arbustos, carruajes o aguas termales, era apasionado y receptivo con todos, dejando un rastro de desdén en su camino. La idea de que el Padre pudiera enamorarse de alguien tan repugnante le provocaba un profundo desagrado.

Sintió un impulso repentino de destruirlo todo.

 

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