Reina Villana – Capítulo 48: Muertes Tempranas

Traducido por Dimah

Editado por Ayanami


Con el rey fuera, liderando la caza contra los larks, por lo general quedaba un vacío en la línea de mando para quienes permanecían en el palacio.

La batalla contra los larks era una guerra sin fin, la ausencia del rey es tan frecuente que amenaza la estabilidad de su reino. Por eso, hasta el regreso de su majestad, se designaba a alguien para que continuara con la cadena de mando.

Este tipo de sistema es el que encuentras en el mundo de Mahar. No existe soborno ni cantidad de tesoros que puedan comprar el trono. Ya que el trono existe únicamente por la presencia del monarca, siendo un puesto irremplazable e inmutable. Los seis reyes de Mahar eran quienes mantenían la autoridad absoluta sobre su reino y hasta el último aliento.

Este tipo de cultura tiene sus beneficios. Es decir, debido a esto, el rey no tenía que preocuparse de que su posición fuera usurpada cada vez que se marchaba a pelear la guerra.

Algunos reyes llegarían a estar ausentes durante meses, cazando larks y nada más. Otros incluso se dedicarían, exclusivamente, a las actividades sociales de la Ciudad Santa.

Pero ahí es donde terminan las similitudes. Aún cuando otros reyes confiaban en dejar a otros sus propios deberes, los gobernantes de Hashi no lo estaban. De generación en generación, sus reyes siempre han tenido el control total sobre todo lo que sucede en su reino, y los cancilleres son quienes los asisten.

En el reino de Hashi, nada sucede sin que el rey lo sepa.

Al final de la última estación seca, Verus había sido humillado por la desaparición de la reina. Por lo tanto, en esta temporada activa, con la guerra prolongada contra las hormigas larks, se había encargado de monitorear todos y cada uno de los movimientos de la reina.

Incluso, puso espías por todo el palacio, quienes deben informarle de cualquier cambio, con la esperanza de evitar que ocurra algo similar a la última vez.

Mientras espera a que Sven regrese de su investigación, Verus optó por organizar las pilas de documentos que acababa de revisar. Agarró una cantidad bastante grande de papeles acumulados y sacó su sello.

Gruñendo entre dientes, suspiraba mientras estampaba el sello en cada documento. Lo hace casi todos los días, tan robóticamente que ni siquiera piensa en ello.

—Afuera los larks los atacan, mientras la reina adentro hace quién sabe qué. —Suspira, al tiempo que se pellizca el puente de la nariz. —Además de eso, incluso tengo todos estos documentos de los que preocuparme, —refunfuñó.

El aliento se le quedó atascado en la garganta al recordar algo: el conocido y desafortunado caso con las reinas.

Las reinas, incluso las predecesoras, habían muerto antes de tiempo. La mayoría eligió pasar sus últimos días residiendo en la Ciudad Santa y no en el reino.

Lo único afortunado de su muerte fue que, al menos, vivieron lo suficiente para proporcionar un heredero y, que así la familia real continuara con el linaje, a pesar de su fallecimiento.

—Qué tragedia, —reflexionó, y su mano dejó de sellar las cartas. Verus había encontrado que la pregunta lo atormentaba desde mucho tiempo atrás. —¿Por qué las reinas del Reino de Hashi nunca vivieron lo suficiente para ver crecer a su hijo?

Y con eso, puso en marcha su propia, larga y ardua investigación. Muy pronto, concluyó que entre el Praz del rey y la Ramita de Anika, existía un cierto rechazo en el camino.

Estas naturalezas conflictivas durante el embarazo fueron demasiado para que el cuerpo de la reina las soporte y, eventualmente, morirían.

Fue una respuesta satisfactoria, pensó Verus, complaciendo con ello su curiosidad.

Ahora estaba claro para él, que aquellos, quienes residían en el oeste poseían un poderoso Praz. Y para estos reyes, una Anika siempre fue elegida como su reina.

La variable común era que estos reyes podían tener un Praz fuerte, pero ninguno de ellos podía manejarlo muy bien.

—Espero, sinceramente, que un descendiente esté pronto en camino, de ese modo, la reina no estará por mucho más tiempo —se dijo, moviendo los dedos.

♦ ♦ ♦

Después de una hora, Sven regresó rápidamente de su investigación. Junto con su llegada, hubo un sorprendente giro de los acontecimientos.

—¿Con qué permiso? ¿Bajo la autoridad de quién? —Verus preguntó, frunciendo el ceño.

—Su Majestad, la reina, canciller —le respondió Sven—, había ordenado que se abrieran las puertas para permitir que una sirvienta regresara a casa junto a su abuela, quien se encontraba sola.

—¿Qué está tramando de nuevo? —Verus frunció el ceño, y habló en un susurro sólo audible para él.

Cuando se enteró de que la reina se había escapado del palacio e intentó cruzar el desierto, había perdido la poca fe que tenía en Jin Anika.

—¿Y esto es todo lo que has reunido? —Preguntó, Sven asintió.

—Sí, canciller.

—Entonces regresa, —ordenó, —Y esta vez, investiga más a fondo a la Reina. Quiero saber su propósito, lo que hace, con quien se encuentra.

Se inclinó más cerca.

—Y no la pierdas de vista, ¿entendido?

—Entendido, Canciller.

—Puedes irte, —le dijo, Sven se inclinó y se fue tan rápido como llegó. Cuando estuvo solo, Verus se dejó caer en su asiento y chasqueó la lengua con frustración.

La reina pudo haber pensado que había engañado a todos, incluso al rey, pero él no era tan ingenuo como todos los demás. Descubrirá la verdad y expondrá a todos sus mentiras.

♦ ♦ ♦

Lo que pasaba con los larks era que solo atacan cuando sale el sol. Al llegar el crepúsculo; se envolvían sobre sí mismos, formando una armadura tan sólida como una roca, impenetrable, esa era su protección.

Ni siquiera los guerreros podían atravesarlo, a pesar de usar toda su fuerza contra los larks dormidos. Y aunque los reyes podían romperlo con su Praz, implicaba más problemas que dejarlos solos.

Para cuando llegaba la mañana, esos pedazos rotos de larks, se convertirían en otros nuevos. Ésta era la razón por la que nadie los cazaba mientras dormían, ya que significaban más problemas de los que valía la pena.

Sin mencionar que estos Larks que han descansado toda la noche, despertarán llenos de energía. A menos que los guerreros sean capaces de destruir su núcleo, todo este proceso se repetirá una y otra vez.

Un ciclo sin fin.

A diferencia de los larks, la resistencia de un humano no puede soportar tanto tiempo. Se cansan más fácilmente y no son capaces de reponer su número, tan rápido como lo hacen los monstruos.

Sobre todo, estos monstruos no tenían otros objetivos que los humanos. Solo humanos. Y, a diferencia de las personas, estas bestias no tienen nada que perder.

La batalla se prolongó. Un día se convirtió en dos. Luego, dos días se volvieron cuatro.

La extensa batalla contra los larks hormigas rara vez terminaba.

Para el segundo día, otra bengala verde fue lanzada, lo que significaba que la primera línea de defensa había sido rota. Para entonces, todos, ya se habían unido y lograron evitar que los larks abrieran más brechas en las paredes.

Pese a ello, no se escucharon muchos gritos de batalla fuera de la muralla de la fortaleza. No importa cuán intensa se haya vuelto la batalla, siempre hubo un silencio inquietante.

Todo porque no hubo peleas, solo la vista de un campo ensangrentado y seco.

♦ ♦ ♦

Eugene, al despertar, siempre escuchaba las noticias sobre lo sucedido durante la noche. Esto la convirtió en la comandante de la familia real. Por lo tanto, todos los hechos relevantes le eran informados.

Por esto, aprendió más sobre la gente del castillo, conoció los muchos sistemas basados en género, rangos, edad, etc. También se enteró sobre el inventario, cuánto tiempo sobrevivirían con los alimentos almacenados, así como las necesidades diarias.

Incluso supo que había un búnker antiaéreo colocado en lo profundo del sótano del palacio.

Este refugio se hizo explícitamente para el heredero o sucesor del rey y la reina. También tenía suficientes provisiones, con las cuales, un pequeño grupo de personas podría sobrevivir un año.

—Muchos murieron ayer, —suspiró—, la frustración se apoderó de ella mientras revisaba los informes que Marianne le había entregado.

El primer día, con la bengala amarilla, solo algunos fueron heridos, pero no hubo bajas. Sin embargo, a medida que avanzaba la pelea, finalmente, ocurrió la primera víctima, y luego la siguiente y después otra más.

Uno por uno, los cuerpos cayeron muertos.

Y, debido a la lucha constante, las personas empezaron a agotarse.

—Marianne —gritó Eugene en voz baja, mientras enterraba el rostro entre las manos, antes de enderezarse para mirar a la baronesa. —¿Dijiste que esta era la primera vez que ocurrían tantas bajas desde que Su Alteza ascendió al trono?

—Sí, Su Majestad.

—¿Es por mi culpa? —Se preocupó, murmurando para sí misma.

Era muy posible. Su presencia podría haber tenido un efecto negativo en Mahar, el mundo al que no pertenecía. También podría ser la razón por la que había tantas inconsistencias en la historia que ella conocía y había creado.

El único escenario era sutil, pero diferente de lo que recordaba. La información y los hechos que ella no creó estaban en este mundo. Su historia se encontraba fuera de control.

Todo esto era su culpa, la inundaban pensamientos llenos de angustia. No pudo evitar sentirse responsable del pobre hombre que no logró irse a casa porque debía pelear en la guerra. Se sintió culpable por los que murieron.

Al contrario de la agitación persistente fuera de la fortaleza, dentro de los muros del palacio, todos cumplían con sus deberes. Pero estaba claro que, a pesar de la calma que estaban retratando, sus ojos mostraban que se encontraban todo menos tranquilos.

A pesar de su fe en la victoria del rey, en el fondo de sus mentes, se habían resignado a morir en cualquier momento.

—Se preocupa demasiado, Su Majestad, —Marianne la reprendió suavemente. —Venga, vamos a llevarla de regreso a su habitación. Se ve bastante pálida, —señaló, y Eugene suspiró, se frotó la cara y dejó escapar un profundo suspiro.

Admitió que no podía dormir por sí misma. Incluso si estaba muerta de cansancio.

—No es que pueda hacer mucho más que sentarme aquí y preocuparme.

—Lo está haciendo bastante bien, aún si lo digo yo. El hecho de que esté aquí, permaneciendo fuerte y esperando su regreso es una gran fuente de consuelo para su gente —dijo Marianne.

Por mucho que estuviera destinado a consolarla, Eugene no pudo evitar lamentar que ni siquiera logró desearle buena suerte a Kasser cuando salió saltando por la ventana hace unos días. Había sido demasiado complaciente, ahora lo sabe.

En ese momento, supuso que todo terminaría en unas pocas horas y, al anochecer, todo volvería a la normalidad. Pero no fue así.

Repentinamente, una doncella entró en la sala del trono e hizo una reverencia antes de hablar.

—Su Majestad, la general desea hablar con usted, —dijo, y Eugene se enderezó.

—Invítala a entrar.

—Me retiro para que puedan hablar en privado —Marianne se levantó de su asiento y caminó hacia la salida, la reina asintió.

Cuando Marianne se retiró, Sarah entró y se paró frente a Eugene. Ha sido la rutina de los últimos días; Sarah se presenta ante ella varias veces para darle un informe sobre el progreso de los eventos.

La mayoría de las veces, estos informes eran solo eso, informes, y Eugene no necesitaría tomar una decisión, porque Sarah podía manejarlo. Pero ese no fue el caso esta vez.

Después de presentar su informe, Eugene frunció el ceño, preocupada.

—¿Un enfermo?

—Sí, su Majestad.  No es una enfermedad grave, pero es contagiosa. También hay otras dos mujeres que han mostrado los mismos síntomas: fiebre, dolor de cabeza y tos, desde ayer por la mañana. Por ahora, han sido puestos en cuarentena —informó.

Mientras Eugene escuchaba, no pudo evitar sentir que era solo un simple resfriado.

—También se quejan de que los dolores de cabeza son demasiado intensos y piden se les suministren analgésicos.

En situaciones de emergencia como estas, era imperativo que usaran los medicamentos moderadamente, por lo que era necesaria la aprobación de la máxima autoridad para poder usarlos. Los analgésicos, si son fácilmente accesibles para todos, podrían usarse de manera incorrecta. Por lo tanto, antes, los enfermos solo tenían que conformarse con remedios caseros y esperar a recuperarse pronto, pero ahora buscan el permiso de la máxima autoridad.

Después de pensarlo un poco más, Eugene dio su aprobación.

—Dales un poco. Estoy segura de que esto terminará rápidamente, y su alteza lo arreglará todo cuando regrese.

—Sí, su Majestad. Nosotros también creemos eso —con eso, Sarah se fue rápidamente y se dirigió hacia donde se encontraban los pacientes para darles los analgésicos.

Cuando estuvo sola una vez más, Eugene se desplomó en su asiento y se frotó los ojos.

Esto fue más difícil de lo que pensaba. Sabía que ser líder no era un picnic, pero las meras responsabilidades que descansaban sobre ella se estaban volviendo insoportables, abrumándola. Su palabra en el palacio era ley, y eso la asustó aún más.

Ella también se dio a sí misma una sonrisa seca mientras pensaba en Jin.

Que maravilloso para ti sentarse aquí y, simplemente, no hacer nada, le remarcó a Jin, muy consciente de que el personaje estaba casi muerto de espíritu.

Jin había sacrificado el reino, incluso a su gente, solo para convocar la magia oscura de Mara. Y cuando el ejército de larks atacó el reino de Hashi, impulsado por Mara, hubo graves bajas.

Eugene no sabe exactamente cuántos, pero estaba segura de que no podría compararse con las pérdidas de los últimos cuatro días.

Ciertamente, fue más trágico cuando los cuatro reyes se vieron obligados a vagar por el mundo para cazar a Jin, dejando el reino indefenso. Los reinos que tan desesperadamente querían proteger.

Se puso de pie y fue a mirar por la ventana. Su mirada se dirigió hacia el cielo y no vio nada más que el azul claro, hasta que, de repente, estalló una llamarada.

¡Kaboom!

El humo azul se extendió por los cielos y los ojos de Eugene se abrieron con alivio.

—Ah… Suspiró.

Repentinamente, las puertas de la sala del trono se abrieron de golpe.

—¡Su Majestad!

Eugene se dio la vuelta y vio a Marianne acercarse a ella, con los ojos llenos de lágrimas, mientras le dedicaba una amplia sonrisa. Eugene sintió que se le humedecían los ojos, mientras ahogaba sus sollozos y su garganta se apretaba.

Finalmente terminó.

♦ ♦ ♦

Todos los que habían visto el humo contuvieron la respiración mientras veían la humareda azul extenderse más y más.

Después de un breve momento de silencio, una ovación resonante estalló, haciendo eco, hasta que todos se unieron, causando un rugido ensordecedor. Todos, incluso aquellos que no pudieron mantenerse de pie, dejaron escapar un poderoso grito de victoria, vertiendo hasta su último gramo de energía en ese grito.

Kasser respiró hondo, el sudor rodaba por su cuerpo mientras, con la cabeza en alto, disfrutaba de la gloria del sol a la vez que escuchaba los vítores de su reino. Con un último golpe, hundió su espada en la arena a su lado y el último de los larks se convertía en polvo.

Durante cuatro días, se balanceaba sin descanso, solo parando al atardecer y comenzando una vez más al amanecer.

Con la batalla terminada y la adrenalina desaparecida, podía sentir que su cuerpo se paralizaba por el agotamiento. La fatiga era abrumadora, pero aún no podía detenerse.

Todavía tenía que limpiar las secuelas.

—¡Su Alteza!

Lester corrió hacia él, con una amplia sonrisa en su rostro, orgulloso y victorioso.

—¡Solo el reino de Hashi podría luchar contra un grupo tan grande como esos y ganar!

Al verlo, Kasser frunció el ceño preocupado. Lester se reía alegremente, pero el vendaje alrededor de su cabeza era desconcertante, especialmente porque no lo había visto ayer, lo que significaba que era bastante reciente.

—¿Qué pasó? ¿No puedes manejar a un simple lark de clase amarilla?

—Ah… No tengo excusas, Alteza. Mi frente está herida. —Lester pareció avergonzado.

—¿Alguien lo ha tratado adecuadamente?

—No es más que una herida en la carne, Alteza —lo tranquilizó y lo escoltó de regreso al palacio. —Por favor, descanse, apenas ha dormido estos cuatro días —dijo. La preocupación por el bienestar de su rey era notoria.

—No, todavía no. Necesitamos saber cuántos han muerto —se negó, manteniendo su postura erguida y sus extremidades en movimiento.

La sonrisa de Lester cayó, antes de que una mirada seria cruzara su rostro y asintiera, cumpliendo con los deseos de su rey, siguiéndolo todo el camino.

Podría haber presionado más fuerte, pero él sabía lo terco que era su alteza. No descansará hasta que todo esté resuelto, y no será él quien rompa ese hábito.

Cuando Kasser finalmente llegó al castillo, el amanecer había comenzado a despuntar. Pensó en pasar un momento para preguntar cómo habían ido las cosas antes de salir una vez más.

Después de todo, aún había mucho más que limpiar fuera del palacio, pero por dentro era una historia diferente. Solo se abriría para el regreso del rey; todos los demás deberían estar atrapados dentro hasta entonces.

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