Traducido por Dimah
Editado por Ayanami
Cuando las puertas del castillo se abrieron para él, Kasser tiró de las riendas de Abu, así evitaba que entrara de inmediato. Sus ojos examinaron diligentemente a través de los guardias y aterrizaron en quien tenía la tarea de abrir.
Con la larga batalla terminada, este suele ser el momento en que uno se vuelve tolerante. Era un momento crítico, porque estarían expuestos a una emboscada. Esta era una de las principales enseñanzas que se aprendía en la guerra y, por lo tanto, Kasser no había bajado la guardia ni una sola vez.
Generalmente, habría entrado sin una escena, pero algo llamó su atención mientras miraba al guardia. Como si se diera cuenta de que lo estaban examinando, el centinela se retorció bajo su mirada.
Cuanto más lo miraba, a Kasser le resultaba más familiar.
Sabía, a ciencia cierta, que la mayoría de los guardias encargados de quedarse en el palacio eran oficiales de bajo rango. Por eso le preocupaba que alguien que le resultaba familiar se quedara como guardia cuando debería haber sido uno de los guerreros que lo apoyaban en la guerra.
Para una persona normal, el área circundante se encontraba tenuemente iluminada. Como todavía estaba amaneciendo, no había suficiente luz del día para que alguien pudiera distinguir claramente el rostro de una persona.
Pero eso no se aplicaba al caso de Kasser.
El motivo de esto es porque en sus ojos estaba su Praz, iluminándolo con un tono azulado, le permitía ver el rostro de las personas tan claramente como si fuera de día. Pero cuando el rostro del guardia cayó al suelo, no pudo verlo correctamente desde el lomo de Abu.
—Levanta la cabeza. —Ordenó. El centinela se estremeció ante el tono áspero. Dudando, finalmente levantó la cabeza. Cuando lo enfrentó, no sin nerviosismo, el rey supo que el guardia era consciente de haber sido atrapado.
Definitivamente, era alguien con quien estaba familiarizado.
—Sven, —dijo, entornando su mirada hacia él.
—Sí, mi Rey. —El guardia se estremeció y se encorvó, tratando de hacerse más pequeño.
Normalmente, un guerrero con su estatus aún estaría ocupado limpiándose el sudor y la suciedad en su armadura por todos los combates generados tras la batalla. Pero, con solo una mirada a la armadura de Sven, Kasser pudo ver que estaba muy limpia.
Eso solo podía significar que no había sido parte de la batalla.
Para que dejara su puesto, un funcionario debería haberse puesto en contacto con él e informarle de estos cambios, pero nunca recibió noticias al respecto.
Una mirada fría brilló en sus ojos cuando Kasser pensó en alguien entrometiéndose con sus soldados, pero pronto reaccionó retomando su actitud indiferente.
Sven era el guerrero favorito de Kasser. Además de sobresaliente, es un hombre de muchos talentos y buena moral. Estaba seguro de que no era del tipo que se acobarda ante los Larks.
—Sígueme. —Le dijo, y Sven inclinó la cabeza.
—Sí, su Alteza.
Kasser le dio un golpe a Abu, y el semental comenzó a caminar dentro del palacio, seguido por su séquito y Sven. La distancia al castillo desde la puerta era larga, especialmente porque estaba ubicada en el centro, rodeada de altos muros.
Casi esperaba que el palacio estuviera en penumbra, pero para su sorpresa, vio las lámparas aún encendidas, brillando intensamente, como si esperaran su regreso. La luz se filtraba por cada ventana y se preguntó por qué seguían encendidas.
Tan pronto como llegó al jardín, tiró de las riendas una vez más, haciendo que Abu se detuviera en seco, el mayordomo del palacio salió a recibirlos con una bocanada, seguido por una serie de sirvientes y otros cortesanos, quienes le dieron la bienvenida.
Esta vista, esto era normal.
—Su Alteza, ¡estamos tan felices por su regreso! —Saludó el mayordomo.
Como rey, Kasser abandonaba el castillo con frecuencia y en cualquier momento, incluso varias veces al día, se iba y regresaba como una persona común que sale de su casa. Lo que significaba que estaban acostumbrados a que se fuera sin mencionarles a dónde se dirigía o cuánto tardaría en regresar.
Incluso hoy, cuando regresó, no hubo aviso, excepto por el guerrero que se había adelantado cuando las puertas se abrieron, para informar a los sirvientes del palacio de su regreso.
El mayordomo se acercó a él, ayudándolo a estabilizar a Abu, mientras el rey bajaba de su lomo. Tan pronto como tocó tierra, el mayordomo y su séquito se inclinaron haciendo una reverencia.
—Mayordomo —gritó, y el mayordomo se enderezó.
—¿Sí, su excelencia?
—¿Por qué están encendidas las luces?
A pesar de no tener poco petróleo y de que la familia real tenía más que de sobra para no preocuparse por ello, era un protocolo no desperdiciar recursos valiosos cuando ocurría una emergencia.
Por eso no podía entender por qué se habían encendido las luces cuando su fecha de regreso era incierta. El mayordomo, ciertamente, no tenía la suficiente autoridad para autorizar este tipo de uso continuo.
—Fue por orden de la reina, —respondió.
Kasser se sorprendió. ¿La reina? No esperaba esa respuesta.
—¿Orden de la reina? —Preguntó, frunciendo el ceño confundido, —¿Por qué?
—Ella había esperado religiosamente su regreso, su Gracia, —informó. —Cuando se fue para irse a la cama, me dijo que dejara las luces encendidas en caso de que regresara tarde en la noche. Algo sobre hacerlo sentir menos solo cuando regrese al hogar.
Había esperado que la objeción llegara poco después de su explicación, estaba listo para defender las buenas intenciones de la reina si el rey no estaba seguro, pero cuando no hubo respuesta, finalmente alzó la mirada.
El rostro del monarca estaba endurecido, pero no parecía enojado. En silencio, observó a su rey.
Hogar, pensó Kasser, era un concepto extraño, uno al que no estaba acostumbrado. ¿Pensó en el castillo como su hogar? No lo consideraba así.
Para él, el castillo era un símbolo de poder, de su sangre y de su derecho de nacimiento. Para él, era solo una parte de su reino, algo sobre lo que gobernar y proteger del peligro. Al escuchar la palabra hogar del mayordomo…
No sabía cómo responder a eso.
Sacudiendo sus pensamientos, pensó que primero debía resolver el problema con Sven antes de ahondar en otros asuntos. Saludó con la cabeza al mayordomo, quien se inclinó y se hizo a un lado antes de que Kasser se dirigiera hacia el caballero.
—Ven conmigo, —le dijo, y Sven inclinó la cabeza.
—Sí, su Excelencia.
Cuando Kasser recorrió los pasillos del palacio, no pudo evitar sentir que algo había cambiado en su ausencia. Todo parecía diferente hoy.
No tenía ningún problema para atravesar los pasillos oscuros en la penumbra. Por lo tanto, el uso de las lámparas fue en beneficio de los cortesanos que deambulaban por los corredores, especialmente después del atardecer. Pero, a menudo, la luz proporcionada solo era suficiente para brindar un poco de luz para no tropezar y caer.
Nunca había visto su castillo tan iluminado en la noche. Incluso pudo ver que no quedaba ningún rincón sin luz.
Pronto, llegó al Despacho Oval y, como de costumbre, dio un rápido vistazo a su escritorio ni bien entró. seguidamente se puso frente a él, revisó su contenido y se percató que no había nada encima.
Escuchó los pasos de Sven, quien venía detrás de él, y fue entonces cuando comenzó a preguntarle.
—¿Bajo la autoridad de quién te quedaste en lugar de luchar contra los Larks? —Preguntó. Durante su breve caminata por los pasillos, Kasser pensó en lo que sabía, junto con los hechos que se le presentaron en ese momento, y llegó a una conclusión aproximada.
Sven no era de los que perdían la oportunidad de luchar contra los Larks para salvar su propio pellejo, no estaba en su naturaleza, así que alguien debe haberlo ordenado. Alguien con la suficiente autoridad como para haberlo movido de su posición.
—El Canciller Verus, —respondió en voz baja. Kasser tarareó en respuesta. Fue justo como esperaba.
—Explícame, —dijo, volviéndose hacia Sven. —Detalladamente.
—Me encargaron patrullar el perímetro de la fortaleza —él comenzó, —Debía asegurarme de que, si algo andaba mal, lo reportara, cualquier cosa inusual.
—¿Y tú? —Kasser le preguntó: —¿Informaste de algún problema?
—Sólo una vez, Excelencia, —dijo, —Cuando las puertas se abrieron justo después de que se encendiera la señal verde.
—¿Las puertas se abrieron? —Kasser preguntó en un tono alarmado: —¿Bajo la autoridad de quién? —Demandó una respuesta.
—Su Majestad, la Reina, —respondió de inmediato, —Ella dio permiso de abrir las puertas, para permitir que una sirvienta regresara a casa.
Al escuchar el informe de Sven, Kasser juntó las piezas inmediatamente. A Sven no se le ordenó vigilar las puertas. No, tenía la tarea de vigilar algo más importante.
Tenía la tarea de espiar a la Reina.
No sería una sorpresa que el canciller Verus estuviera tratando de vigilarla. Después de su desaparición en su guardia cuando terminó la estación seca, debe haber llevado a Verus a tomar medidas para evitarlo.
Que él supiera, Verus y Jin tenían una relación neutral, hasta el momento en el que ella trató de escapar al desierto.
Así era exactamente como imaginaba que el Canciller reaccionaría después de ese incidente.
Verus era un perfeccionista, hasta el punto de volverse paranoico. Probablemente, estaba pensando que, a medida que avanzaba la guerra, la gente se concentraría menos en ella y sería el momento perfecto para hacer otra maniobra como la de antes.
Y aunque entendió lo que pensaba Verus, Kasser no pudo evitar sentirse insultado. No porque su canciller estuviera sobrepasando sus límites o abusando de su poder…
Fue por el solo hecho de que sospechara de la reina lo que le hizo hervir la sangre. Su lógica fue completamente anulada por sus emociones.
—¡Quiero que vayas y le comuniques al canciller Verus que retire a todos y cada uno de los hombres a quienes les encargó espiar a la reina! —Le siseó a Sven, quien se estremeció, —Y dile, que, si vuelve a hacer esto, yo seré al que se enfrente.
—I-inmediatamente, Su Gracia. —Sven tartamudeó, listo para moverse y llevar a cabo su orden.
—Y dile también, —gritó Kasser una vez más, deteniéndolo en seco, —Que esto no ha terminado aún. Me ocuparé de él pronto, hasta entonces, se mantendrá alejado de la reina y del palacio.
—Como desee, su Excelencia. —Y con eso, se fue rápidamente. Kasser dejó escapar un profundo suspiro, antes de enderezarse una vez más y llamar al mayordomo.
—¿Le pasó algo a la General? —Preguntó tan pronto como llegó el mayordomo.
—Nada, Su Gracia, —respondió, y Kasser frunció el ceño mientras miraba su escritorio vacío.
La autoridad del primer ministro Verus sólo se refería a asuntos estatales. Los asuntos internos estaban estrictamente fuera de los límites, porque eran cosas separadas. Los miembros de la familia real eran los únicos que tenían autoridad en el manejo de dichos asuntos, nadie más.
Entonces, ¿por qué está vacío? Pensó.
Normalmente, después de una larga ausencia, como ahora, habría montones y montones de informes esperando su regreso para ser aprobados, porque solo él puede resolverlos. Incluso cuando no se presentaban nada más que cosas triviales, aun así, se debe informar.
¿Había cometido algún error la General? Kasser no pudo evitar la creciente sospecha.
Asintió con la cabeza al mayordomo, antes de volverse hacia él
—Y la reina, ¿me ha dejado algún mensaje?
—No. Su Gracia.
Entonces, ¿por qué me estaba esperando? No podía dejar de pensar en eso.
Sin mencionar los informes faltantes, pero no era tanto un problema como una confusión. No necesitaba molestar a la General solo para terminar enfrentándola. Pudo haber sido que los últimos días transcurrieran tan tranquilos dentro del palacio, que nadie se hubiera acordado de hacer un informe.
—Su Excelencia, también me gustaría informarle que su baño está listo. ¿Quiere que le ayudemos? —Kasser se detuvo ante la oferta.
Inicialmente, sólo iba a pasar para ver cómo iban las cosas hasta ahora; levantar la prohibición de salir, revisar los eventos críticos y resolver asuntos importantes, antes de salir una vez más para limpiar las secuelas.
Pero ante la ausencia de informes, de repente, tuvo tiempo suficiente para descansar. Estuvo tentado a aceptar su propuesta. Después de todo, ha pasado mucho tiempo desde que pudo disfrutar de algo tan simple como un baño tibio, una comida deliciosa y una cantidad de sueño decente, especialmente en los últimos días.
—Está bien, —dijo, y como si sintiera su prisa, el mayordomo incluso le preparó algunos bocadillos ligeros para que los comiera mientras se bañaba.
Cuando Kasser salió de su baño, estaba notablemente más relajado. Su estómago tampoco se quejaba ni una vez. Ah, extrañaba este sentimiento.
Mientras se vestía, el mayordomo se le acercó una vez más y le hizo una reverencia.
—Su Excelencia, la general Sarah solicita una audiencia con usted.
—Envíela a mi oficina; Me reuniré con ella allí.
—De inmediato, mi Rey. —El mayordomo hizo una reverencia y se fue para transmitir el mensaje. Cuando Kasser llegó, no le sorprendió ver que la general Sarah ya estaba allí, esperándolo. Al verlo, lo saludó con una reverencia.
—¡Su Alteza, es maravilloso verlo! —Dijo, Kasser asintió con la cabeza y se colocó detrás de su escritorio.
—Es maravilloso verla a usted también, General, excelente trabajo manteniendo unido el Fuerte.
—Solo hice mi trabajo, Alteza.
—No obstante, si no fuera por ti, me habría resistido a dejar mi reino desatendido durante tanto tiempo.
—Me siento halagada de lo bien que piensa de mí Su Alteza. —Sarah dijo humildemente. —Pero realmente, es el esfuerzo de la Reina por lo que tiene que agradecer, yo simplemente estaba ayudando.
Kasser tamborileó con los dedos en su escritorio, escrutó a Sarah, tomó nota de sus acciones y expresiones. No parecía que lo estuviera diciendo simplemente porque era lo que se esperaba de ella.
—Sí, la Reina, lo que me recuerda ¿Le abriste las puertas a una sirvienta, por orden de ella? —Aclaró, y Sarah lo confirmó.
—Sí, su Majestad, —luego le brindó una breve explicación de lo sucedido y el motivo que condujo a la reina a tomar tal decisión de permitirle a la sirvienta ir a su casa.
—Entonces, ¿Por qué no hay un informe sobre esto?
—La Reina nos ha dicho que escribirá el informe y se lo dará a usted cuando regrese. Ha sido ella quien se ha ocupado de todos los asuntos internos durante su ausencia. Solo seguimos órdenes.
Fue breve, rápido y conciso. Kasser, anteriormente, le habría creído a Sarah al pie de la letra, pero ha aprendido que incluso la General puede ocultarle secretos. Después de todo, solo hasta hace poco se enteró de que Sarah tenía una relación incómoda con la reina.
Podría haberse quedado callada por temor a molestar a su superior.
—General, valoro mucho la opinión de mi gente —dijo en voz baja. —Si algo está mal, dímelo de inmediato. —Sarah frunció el ceño y negó con la cabeza.
—¡Su Alteza, por supuesto! —Exclamó. —Nunca me atrevería a engañarle, —le dijo. Kasser asintió satisfecho.
—Está bien
Después de algunas conversaciones más, la general se retiró, dejando a Kasser en su oficina, reflexionando.
Ha ocurrido un cambio tras otro, y todo se centró en su esposa, la Reina. Al principio, pensó que su pérdida de memoria no era más que un pequeño milagro. Nunca anticipó que vendría junto con cambios tan significativos…
Al igual que las crecientes ondas en las tranquilas aguas cuando se le arroja un pequeño guijarro.
Miró por la ventana, el cielo todavía estaba oscuro y suspiró, se recostó en su silla. Aún quedaba un largo camino por recorrer hasta el amanecer.
Muchas gracias. Está muy interesante