Reina Villana – Capítulo 50: La etiqueta de un noble

 Traducido por Dimah

Editado por Ayanami


—Gran Chambelán, —gritó una voz.

Al escuchar que lo llamaban, se dio la vuelta y vio al Rey Kasser acercándose. Se volvió para saludar correctamente, inclinándose ante él.

—Su Alteza, es bueno verlo. —Saludó y se incorporó. —¿Hay algo en lo que pueda ayudarle? —Kasser asintió. Fue detrás de su escritorio y se sentó.

—Sí. —Respondió Kasser, —La reina, ¿A qué hora suele despertar?

Si le hubieran hecho esta pregunta tiempo atrás, le habría sorprendido la repentina preocupación que el rey tenía por la reina. Pero ahora, no le era tan extraño, especialmente cuando él mismo es testigo de cuánto ha cambiado la relación de la pareja real.

Afortunadamente, se aprendió el horario de la reina para así ser capaz de darle al rey, una respuesta confiable.

—Su Majestad la Reina se levanta a las tres de la mañana, Alteza.

El tiempo en Mahar fue establecido por los estándares de Sang-je. Y según estos, a las tres de la mañana ya era tarde.

Kasser miró por la ventana, el cielo aún se veía oscuro, si sus cálculos son correctos, todavía quedaban un par de horas más hasta que se despertara.

—Su Alteza, ¿puedo traer a alguien para que le prepare un té? —Le preguntó el Gran Chambelán. Kasser se negó.

—No. Gracias, —dijo mientras se levantaba de su asiento y comenzaba a prepararse para salir. —Si pregunta por mí, dile que volveré antes de que llegue la mañana. —El Gran Chambelán asintió.

—Por supuesto, Alteza.

Y con eso, Kasser salió de su oficina. No era que tuviera un destino en particular en mente, pero no pasó mucho tiempo hasta que se encontró de pie, fuera del dormitorio de la reina, envuelto en un humor peculiar.

Solo estaba planeando tomar un pequeño desvío antes de irse, cuando pasó por su habitación. Lentamente, giró el pomo y abrió la puerta. Entró cerrándola en silencio detrás de él.

Una vez que la puerta se cerró con un click, se percató que la habitación se encontraba oscura. Decidió no encender una vela y usar su Praz para ver en la penumbra. Allí estaba ella, durmiendo profundamente en su cama.

Se veía tan pacífica, acurrucada abrazando sus almohadas, su manta envuelta a su alrededor. Se veía tan hermosa, tan inocente…

Tan pura.

La reina estuvo esperando su llegada hasta la medianoche y se durmió, Alteza.

Al recordar las palabras del mayordomo, sintió que algo en su estómago se revolvía, Kasser dejó escapar un suspiro silencioso y se pasó la mano por sus mechones azules. Si estaba tratando de engañarlo para obtener un favor, era considerablemente peor que lo que hizo en el pasado.

En ese entonces, estaba claro lo que se esperaba que hiciera y lo que cada uno quería lograr al estar casados. No necesitaba pensar demasiado cuando era consciente del objetivo buscado.

Durante un tiempo, la trató como a cualquier otro huésped que se alojaba en su palacio, pero ahora… Las cosas parecen haberse complicado bastante.

Dejó escapar otro suspiro y decidió que ya era hora de retirarse. Pero justo cuando estaba a punto de salir de la habitación, vio un montón de documentos en la mesa cerca a la cama de la reina. Mientras examinaba su contenido, se dio cuenta de que todos eran informes elaborados por el oficial general.

Tomó los documentos y se dirigió al salón de la habitación. Se reclinó en el sofá y comenzó a leer. Es consciente de que, cada vez que abandona el palacio, la general se encarga de revisar los asuntos y aprobarlos según su discreción. A su regreso, los informes serían evaluados por él.

Cuando se trataba de asuntos que superan la jurisdicción de la general, se le ordenó posponer cualquier decisión hasta el regreso del Rey.

Pero estos informes, aunque la general podría haberlos hecho, eran diferentes a los anteriores. Todos los incidentes, grandes o pequeños, se le comunicaron a la reina durante todo el tiempo que duró la emergencia.

En su ausencia, todo fue revisado e incluso aprobado por ella.

Kasser parpadeó al ver el sello de la reina. Era la primera vez que lo veía impreso en un documento oficial.

♦ ♦ ♦

Cuando Eugene se despertó, llamó a Zanne, quien entró al escuchar su llamada. La reina se sentó frotándose los ojos, en el momento en el que la sirvienta se detuvo a los pies de su cama.

—¿El Rey regresó ayer? —Preguntó, y Zanne asintió.

—Escuché que regresó tarde en la noche y se fue temprano esta mañana, su Majestad.

—Ya veo… —Eugene dijo en voz baja, y pensó lo difícil que era ver al rey. Todavía debe estar ocupado.

Una vez más, no pudo evitar comparar sus agendas. La de su Alteza era bastante apretada y pasaba la mayor parte de su día de pie, contra la de ella, que era lo suficientemente libre como para no hacer nada más que permanecer sentada.

Sin embargo, estoy haciendo mi mejor esfuerzo. Pensó.

Gracias a la excelente idea de Marianne de usar retratos, el conocimiento de Eugene, de las personas que la rodeaban, había aumentado significativamente. También se encargó de memorizar la distribución del palacio. Incluso se tomó el tiempo para visitar todos los lugares que conocía.

Ayer, sin embargo, pasó la mayor parte del día encerrada en su oficina, revisando los documentos. No era mucho, pero lo contaba como un logro en su rol de Reina. También mostró que, a pesar de que el Rey estaba ausente y arriesgaba su vida en el campo de batalla, ella podía ayudarlo y apoyarlo manejando los asuntos internos en el palacio.

Además, quería entregarle personalmente los informes al Rey. Por eso no hizo que Zanne los pusiera en el escritorio de su Alteza, aun cuando ya había terminado con ellos. Inhaló profundamente y, al pensar en los documentos, miró en dirección a la mesa de su habitación.

Hizo una pausa y parpadeó. Después de un rato, al recorrer con sus ojos la habitación, un ceño fruncido apareció en su frente. Se levantó de la cama, miró debajo del escritorio y regresó.

Los informes no estaban.

Cuando finalmente llegó a su salón, los encontró sobre la mesa, apilados ordenadamente en la parte superior. Una arruga apareció en su frente.

Esto es extraño. Estoy segura de que los dejé en el escritorio junto a mi cama antes de dormirme.

También estaba segura de que ninguna de las sirvientas los había movido. Ya que, si una de ellas los tocara, a estas alturas, estarían arrodilladas frente a ella suplicando piedad. Un poco desconcertante, pero cierto.

—¡Zanne! —Gritó, y la joven sirvienta se acercó a ella. —¿Alguien vino a mi habitación mientras dormía? —Preguntó y señaló los documentos sobre la mesa: —Alguien tocó mis cosas anoche.

—Iré y lo averiguaré de inmediato, Su Majestad. —La sirvienta jadeó y se inclinó antes de apresurarse a salir. Unos momentos después, en lugar de Zanne, Marianne entró en su habitación.

—Buenos días, Su Alteza. —La baronesa saludó y Eugene le sonrió cálidamente.

—Buenos días, Marianne. Tú sabes si…

—Sí, fue el Rey, —respondió Marianne, anticipando la pregunta. —Su Majestad pasó por su habitación esta mañana, pido disculpas por no darme cuenta mientras dormía. Tenga la seguridad de que pondré guardias junto a su recámara a partir de ahora, para que esto no vuelva a suceder. —Le aseguró a Eugene.

Eugene adivinó el motivo por el cual fue Marianne quien vino, en lugar de Zanne. A pesar de haber mejorado la relación con sus sirvientes, todavía tenían miedo de molestarla. De modo que Marianne se había encargado de dar la respuesta para que se sintiera cómoda.

Pese a estar casados, Kasser y Eugene aún conservaban su privacidad, la que era muy respetada entre ambos. Por ello, antes de entrar a la habitación del otro, siempre se debía pedir permiso. Ingresar sin consentimiento, como sucedió en la mañana, se considera de mala educación.

Este no era un caso exclusivo de las parejas reales, sino que era igualmente aplicable a cualquier pareja noble. Y podía decir, por el semblante de Marianne, que conocía la regla. Marianne, aunque se está esforzando fuertemente en reparar la relación entre ellos, respeta su espacio personal.

—Marianne, ¿hay alguna regla que prohíba que el Rey ingrese a mi habitación sin previo aviso?

—No exactamente, Su Majestad.

—Entonces, no es un problema si lo permito. —Ella desechó la sugerencia de la baronesa y vio como la tensión abandonaba el cuerpo de la dama.

Aunque era una vieja costumbre, estaba segura de que había otras parejas que entraban y salían libremente de la habitación del otro sin el consentimiento previo, llegando al punto de compartir una habitación. Aun así, ese tipo de parejas eran raras.

En ese momento Eugene, intuitivamente, entendió por qué Jin puso distancia entre ella y el rey. Tenía muchos secretos que ocultar. Si hubieran tenido una relación cercana, eventualmente él habría invadido su privacidad, descubriendo todo.

El motivo por el cual Jin no participó en asuntos oficiales no fue solo para concentrarse en convocar a Mara, sino también como una forma de minimizar cualquier contacto con el rey.

Cuanto más se aislara y se mantuviera a distancia del rey, más fácil sería para ella convocar a Mara y llevar a cabo sus planes. También podría haberla beneficiado el hecho de que Kasser no estuviera pendiente de su bienestar ni rondara a su alrededor todo el día.

Debido a que el rey, definitivamente no es el tipo de persona interesada en lo que otros hacen en su tiempo libre, no molestaba a la gente con preguntas personales. Eugene se había dado cuenta de esto en menos de un mes; Jin probablemente también se percató de ello.

El Rey no era parte de su plan desde el principio, —pensó Eugene. Solo hizo su movimiento cuando llegó por primera vez a Hashi y estuvo segura de la personalidad del monarca.

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